Posteado por: M | 28 junio 2010

El ratón de Toronto, la austeridad de Europa

Los telespectadores que vieron envueltos en llamas los automóviles de la mítica Policía Montada, en las calles habitualmente tranquilas de Toronto, y que se enteraron por los corresponsales de que Canadá ha gastado más de mil millones de dólares en asegurar las cumbres del G-8 y el G-20, que reunieron durante el pasado fin de semana a los más poderosos líderes del planeta, quizá se preguntan para qué sirven esos ejercicios de costosísima diplomacia-espectáculo que con tanta frecuencia acaban en una reiterada versión de la fábula esópica recreada por Horacio: parieron los montes y alumbraron un ridículo ratón. El roedor, en este caso, es la pretensión de reducir del déficit apabullante que atenaza a la mayoría de los países más desarrollados, aunque de manera voluntaria, y el bálsamo de fierabrás consiste, una vez más, en apretarse el cinturón, unos más que otros.

Lo más interesante no fue lo ocurrido en Toronto, sino el agrio y prolongado  debate entre keynesianos socialdemócratas, adalides del gasto público como recurso presuntamente infalible para estimular la demanda, y los liberales ortodoxos o monetaristas defensores de primar la oferta mediante la drástica reducción del déficit como requisito inexcusable de una recuperación menos frágil. Una simplificación teórica y quizá un falso dilema cuyo planteamiento depende de la situación geopolítica de cada potencia y del papel que desempeña en el concierto o el desconcierto comercial y financiero de las naciones.

Durante los últimos veinte años, China, las monarquías petroleras y otros exportadores de materias primas acumularon ingentes cantidades de divisas y se convirtieron en los grandes prestamistas del mundo desarrollado. Beijing atesora más dólares que nadie. Con los préstamos recibidos o la colocación de su deuda, a tasas de interés bajas cuando no irrisorias, los países occidentales (EE UU y Europa) engrosaron sus déficits con dinero barato y fácil, pero de esa forma pudieron seguir comprando hidrocarburos y manufacturas chinas a precios atractivos. Vivimos durante unos años en el mejor de los mundos posibles. Un círculo poco virtuoso del que los europeos son las primeras víctimas al sufrir los recortes del llamado Estado del bienestar.

El presidente Obama, bajo los consejos o las filípicas del profesor Paul Krugman, premio Nobel de Economía, gurú de la progresía norteamericana y el último de los keynesianos, defendió una estrategia de estímulos continuados de la demanda, pero no tuvo ningún éxito en Europa. Bajo la batuta de Angela Merkel, respaldada por Sarkozy y Cameron, los europeos eligieron el camino de la austeridad, del recorte del déficit para sanear sus finanzas y plantear el crecimiento desde bases más sólidas. “Los gobiernos no deberían convertirse en adictos del préstamo (…) El gasto mediante el endeudamiento no debe proseguir”, insistió el ministro alemán de Finanzas, Wolfgang Schaüble, campeón del rigor.

Pese a las admoniciones de Washington, la socialdemocracia europea se batió en retirada, hasta el punto de que uno de sus más calificados portavoces, Le Monde, bien es verdad que en sus horas más bajas, insertó un editorial para atacar la falsa disyuntiva y defender a los europeos por haber privilegiado el recorte de la deuda y demorar el estímulo de la actividad. Porque, a su juicio, el aumento de la deuda perjudica gravemente las perspectivas de un crecimiento sano y sostenido. Y concluía: “Lo que los gobiernos deben llevar a cabo es una política de equilibrio de los riesgos: el de la deflación y el de la deuda.” En otro caso, el gasto puede desembocar en pan para hoy y hambre para mañana.

El presidente Obama no se dio por vencido, ya que al final de la cumbre de Toronto, encajada como otra derrota, volvió a insistir sobre la fragilidad de la recuperación y pidió a los otros líderes que aumenten el gasto para sostener el crecimiento. Ante la resistencia general a seguir estirando más el brazo que la manga, el mediático Krugman utilizó las páginas del International Herald Tribune, el apellidado periódico global, para lanzar una sonora requisitoria contra todos los europeos, a los que amenazó nada menos que con “La tercera depresión”, título del artículo, si no obedecen su consigna, recogida por Obama, de seguir gastando, como aquel que dice, a manos llenas, en vez de tragarse la amarga pócima de la austeridad.

La réplica intelectual puede encontrarse en un escrupuloso informe de la revista británica The Economist, cuya primera frase reza : ”El hombre nace libre pero por todas partes se encuentra endeudado”, paráfrasis del célebre y polémico apotegma de J.J. Rousseau en el comienzo de El contrato social, en el que proclamó de manera apodíctica que “el hombre nace libre pero por todas partes se encuentra encadenado”, una situación llamada a remediarse mediante el ejercicio ilusorio y a veces despótico de la voluntad general. Ahora, mientras los grandes derrochaban en seguridad el dinero necesario para otras causas, resulta que las cadenas que el hombre debe quebrantar son las deudas que arrastra y que empiezan a ser insoportables.

Durante los últimos 25 años, la época llamada de “la gran moderación”, los préstamos y el endeudamiento fueron los instrumentos empleados para combatir todos los males económicos, para mantener a raya la inflación y el desempleo. “Ahora, la deuda se ha convertido en el principal problema”, asegura Philip Coggan, autor del citado informe.

El semanario británico acompaña su reportaje con un cuadro estadístico en el que aparece la deuda total (pública, privada, financiera y no financiera) de los países representados en la cumbre de Toronto, calculada según el porcentaje del producto interior bruto (PIB). En ese escalafón mundial de deudores, España aparece en un inquietante tercer lugar (su deuda representa el 336 % del PIB), sólo por detrás de Japón y Gran Bretaña, pero muy por delante de Corea del Sur, Suiza, Francia, Italia, EE UU, Alemania, Brasil y Rusia, en orden descendente). La conclusión es que “en el mundo desarrollado, el modelo de endeudamiento financiero ha llegado a su límite”.

En España, no sólo las familias parecen haber agotado su capacidad de endeudamiento muy por encima de cualquier cálculo razonable. El piso, el coche de alta gama, los muebles, la segunda residencia, las vacaciones más generosas que en los países de nuestro entorno, el absentismo rampante, las pensiones vinculadas a la inflación, la medicina y la enseñanza prácticamente gratuitas crearon tensiones incoercibles en los servicios públicos, como un anticipo de la frustrada llegada de Jauja. Y para terminar con los agravios comparativos, se proyectaron un aeropuerto y una estación del AVE en cada capital de provincia, con las cajas de ahorros como garantes finales del derroche. La fiesta parece que ha terminado y hasta el manirroto y populista Zapatero, espoleado por sus socios europeos, se presenta como campeón de la austeridad. ¡Vivir para ver!

Arde Toronto porque los que tienen declarada la guerra a la mundialización están empeñados en demostrar, a golpe de cóctel molotov, que otro mundo es posible, cuando el vaticinio más verosímil encubre un sombrío retorno al pasado. Porque la cumbre canadiense no aportó ninguna solución para el flagelo de la deuda ni sirvió siquiera para mitigar los inabordables problemas estructurales. En realidad, arde toda Europa bajo el peso del rigor presupuestario, aun que no sea vean las llamas. Si no se produce la calamidad que imaginan Krugman y otros profetas del desastre, no cabe duda de que entramos en una época de incertidumbre que habrá que superar con mucho sudor y algunas lágrimas.

La austeridad debería extenderse a unas cumbres que sirven para poco, a no ser para la exhibición cansina de unos líderes que tienen poco que proponer y a unos diálogos en la oscuridad que llegan al gran público mediante filtraciones periodísticas estrictamente administradas o a través de un comunicado conjunto bastante anodino y redactado por los tramoyistas de sueldos estratosféricos. ¿Por qué no regresamos a una diplomacia más tradicional y algo más eficaz? No es cierto que nuestra sociedad del espectáculo reclame imperiosamente exhibiciones como la de Toronto, liberadas del sopor por los contestatarios de la gasolina.

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