Posteado por: M | 4 julio 2010

La guerra de la droga se recrudece en México

La guerra de la droga en México ha superado todos los niveles conocidos de la violencia y el espanto. La carnicería se recrudece y se extiende por todo el país, proliferan los secuestros y los ajustes de cuentas, con más de 1.200 asesinatos en el mes de junio de 2010, el más sangriento desde que el derechista Felipe Calderón llegó a la presidencia de la República en diciembre de 2006 tras unas elecciones conflictivas.  Los carteles del narcotráfico se enfrentan entre sí y contra el Ejército y la policía. Sobre el panorama ensangrentado e intimidatorio planea la histeria xenófoba del poderoso vecino del norte, principal consumidor de los narcóticos cuyo monopolio se disputan a tiros los escuadrones de la muerte.

La estrategia del presidente Calderón, que implicó a los militares en la lucha contra la delincuencia organizada, fracasó estrepitosamente. Las estimaciones oficiales cifran en más de 25.000 el número de muertos por causa de la guerra encubierta de los carteles del narcotráfico desde 2006. Washington no sólo se inquieta ante la espiral del crimen y la corrupción en el patio trasero, sino que algunas predicciones oficiales sitúan a México y Pakistán en el peor escenario posible, el de los Estados amigos susceptibles de “un rápido y súbito colapso” (US Joint Forces Command).

Al cesar en el cargo por la llegada de Obama a la Casa Blanca (enero de 2009), el jefe saliente de la CIA, Michael Hayden, declaró que México podía devenir  “más problemático que Irak”, lo más parecido un Narcoestado si los carteles llegaban a formar un frente común contra el poder político para parcelar el país. Los periódicos norteamericanos proclaman incansablemente que México “is on the brink” (al borde del abismo) o que Ciudad Juárez es la más letal del mundo, “Murder City”, devastada y sin ley, donde los sicarios asesinan a doce personas diariamente.

Ante el fiasco evidente, el presidente Calderón regresó al memorial de los agravios históricos y al lamento de la proximidad, como si quisiera emular el “¡Pobre México! Tan lejos de Dios y tan cerca de los Estados Unidos”, el aforismo atribuido al dictador Porfirio Díaz a principios del siglo XX. En un manifiesto publicado en los periódicos nacionales, el presidente de la República escribió el pasado 15 de junio: “El origen de nuestro problema de violencia comienza por el hecho de que México está situado junto al país que tiene los más altos niveles de consumo de droga en el mundo.”

Los datos de que se disponen, aunque fragmentarios, le dan parte de razón. El 90 % de la cocaína consumida en EE UU transita por México, así como la mitad de la marihuana y la metanfetamina. Los expertos norteamericanos, citados por el Washington Post, cifran entre 10.000 y 25.000 millones de dólares anuales el dinero que llega a México procedente de los insaciables consumidores norteamericanos. En sentido inverso, la mitad de las armas de fuego que utilizan los sicarios, incluyendo granadas y fusiles de asalto militares, proceden del vecino del norte.

No hace falta subrayar el gran poder corruptor de ese tráfico de drogas, armas y dinero, una combinación explosiva, un flagelo que está minando la sociedad y la política mexicanas. Para combatirlo, la Administración de Obama y el Congreso estadounidense comprometieron más de 1.300 millones de dólares para suministrar al gobierno de Calderón toda clase de instrumentos militares y policiales, incluyendo vehículos blindados y helicópteros, según el acuerdo conocido por Iniciativa de Mérida.  Los resultados, empero, son decepcionantes. No hay manera de detener la fatídica escalada de las nuevas y macabras formas de violencia, nunca registradas en el país desde los tiempos de la revolución.

Los más de 3.000 kilómetros de frontera contribuyen a una vecindad conflictiva y contradictoria, caracterizada por la asimetría y la injusticia, según el análisis de Carlos Monsiváis:  “A lo largo de dos siglos, en un proceso que mezcla el recelo, el despojo, las migraciones de largo alcance, las fricciones interminables y las integración múltiple, México y Estados Unidos (los gobiernos, las culturas, las sociedades, las personas) han vivido en forma desigual y combinadas encontronazos y desencuentros, rechazos y acercamientos, dominación financiera y flujos migratorios.”

Dada la superioridad tecnológica y económica de EE UU, la sociedad mexicana en su conjunto ha oscilado siempre entre la resignación ante lo inevitable, aunque mitigada por las remesas dinerarias de la emigración (casi 2.000 millones de dólares anuales), y la tentación de las formas ilegales o paralegales de los espaldas mojadas para corregir la tremenda asimetría legada por la geografía y confirmada por la historia tras la invasión de 1847 y la pérdida de los vastos territorios que le fueron arrebatados por el codicioso vecino. Cuando el fatalismo se apodera de la clase política mexicana, ésta mira para otro lado ante la degradación de la ley y el orden, se regodea o enriquece con la componenda y acaba por perder la dignidad.

El tráfico de drogas no es ninguna novedad. Los mexicanos estuvieron siempre en el ojo del huracán del comercio ilícito con EE UU, del alcohol en la época de la ley seca, de la heroína durante la Segunda Guerra Mundial, de la marihuana en los años 60 y de la cocaína de ahora, sobre todo, tras la derrota en su terreno de los carteles colombianos. Y el tráfico ilegal fue regulado invariablemente con sangre en las calles y corrupción en los despachos oficiales, pero ensayando nuevas formas de crueldad inaudita, como las despiadadas carnicerías que ahora se perpetran en los centros de ayuda a los toxicómanos.

Lo que sí es novedoso es el poder creciente de los grupos criminales, que han arrebatado la supremacía o sustituido a los colombianos como los reyes de la industria internacional de narcóticos, y la debilidad palmaria del gobierno. La sangre está llegando a las filas de la clase política, como lo demuestran el asesinato de Rodolfo Torre Cantú, candidato del Partido Revolucionario Institucional (PRI) para el gobierno de Tamaulipas (28 de junio), y el secuestro de Diego Fernández de Cevallos, uno de los políticos más influyentes del país, en cautiverio desde el 14 de mayo. La osadía de los carteles no conoce límites, hasta el punto de haber ordenado la ejecución de una funcionaria norteamericana del consulado de Ciudad Juárez, que estaba encinta, y de su marido, ayudante del sheriff de El Paso.

El escritor Héctor Aguilar Camín dio el grito de alarma: “La violencia criminal ha dado un salto cualitativo. La opinión pública y las autoridades del país deben darlo también, cerrando filas en el rechazo y en el combate contra el crimen organizado.” Enérgicas palabras de muy ardua concreción, en un momento caracterizado también por el cansancio o la indiferencia de las masas, la facilidad en la recluta de los sicarios y las sospechas de connivencia de los políticos con los asesinos.

Al otro lado de la frontera, tampoco hay grandes novedades. La más llamativa consecuencia es un espasmo de xenofobia plasmado en una reciente ley del estado fronterizo de Arizona, que otorga nuevas competencias a la policía para interrogar y en su caso expulsar a los inmigrantes sin papeles que considere sospechosos. La pasividad de la Administración de Obama, pese a las promesas para captar el voto de los latinos, recibe abundantes críticas y desconcierta a algunos estados fronterizos.

El último discurso presidencial sobre el vidrioso asunto de la inmigración legal e ilegal resultó trivial y decepcionante y sólo sirvió para subrayar la ambivalencia que domina tanto en la sociedad norteamericana como en las esferas oficiales, cegadas por las ventajas inmediatas y coloniales de los términos del intercambio. Y ante la incapacidad de la Casa Blanca y el Capitolio para impulsar una nueva legislación, lo más probable es que otros estados sigan por el turbio sendero señalado por Arizona.

Durante la mayor parte del siglo XX (exactamente 71 años), México estuvo gobernado por el PRI, el partido eterno, mediante una dictadura que combinaba sin escrúpulos el capitalismo de los camaradas, el caciquismo generalizado, la retórica  seudoizquierdista del balcón y el fraude masivo en las elecciones, bajo la mirada complaciente de la clase política norteamericana de los dos grandes partidos, un establishment muy alejado, desde luego, del puritanismo de los padres fundadores o de las mínimas exigencias de la política llamada de buena vecindad.

Con el nuevo siglo, la llegada al poder del Partido de Acción Nacional (derecha liberal, PAN) cambió la situación.  Calderón terminó con la complicidad de los poderes públicos con los carteles y pretendió defender el monopolio estatal de la coerción, rompiendo con las cadenas del pasado. Sabido es que muchos de los gobiernos del PRI a escala regional habían mantenido durante años una descarada connivencia con las organizaciones criminales y habían mitigado tanto el derramamiento de sangre como las tímidas protestas de Washington, pero a cambio de que la corrupción y el falseamiento de la democracia alcanzaran niveles tan espectaculares como denigrantes.

La lucha sin cuartel declarada por el presidente Calderón contra el crimen organizado, sin embargo, puede darse por fracasada. La regeneración de la democracia sirvió para liquidar a la guerrilla, pero no para doblegar a los narcotraficantes. Los especialistas norteamericanos piensan que los carteles de la droga son sumamente peligrosos, pero no invencibles; que la democracia es el único camino transitable y que tal vez el ejemplo de Colombia, que cuenta con una eficaz ayuda norteamericana, debería trasladarse a México. A Calderón sólo le quedan dos años en el poder y no puede ser reelegido como lo fue el colombiano Álvaro Uribe.

El retorno del PRI al poder en 2012, como auguran las encuestas y los últimos resultados electorales, volvería a plantear el crucial problema de si es factible restaurar el viejo orden despótico pero complaciente con los enemigos del Estado mediante pactos tácitos y complicidades monstruosas. Estamos ante el vaticinio más pesimista: el de las instituciones del Estado infiltradas y corroídas por el narcotráfico.

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Responses

  1. Los EEUU tan interesados en combatir por los Drechos Humanos cuando se trata de Cuba u otraos países, se han puesto siempre una venda a la hora de mirar lo que ocurre en su corral trasero. Una política que apoya a elemenytos corruptos en las más altas entidades estatales e ignora la miseria en que vive el pueblo no puede acabar de otra manera.
    Por lo demás un buen análisis de como se ha forjado el drama mejicano


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