Posteado por: M | 7 julio 2010

Las dos derechas de Polonia

Con la elección del liberal Bronislaw Komorowski como presidente de la República, el 4 de julio, parece que los polacos han dejado atrás el ominoso trimestre del accidente aéreo de Katyn y las peores inundaciones que se recuerdan, mas los reñidos resultados electorales, con el país prácticamente dividido casi por igual entre los dos contendientes en el escrutinio final (52,63–47,30  %  de los votos), el impulso reformista quizá no podrá alcanzar la altura y la intensidad que esperaban los más ardorosos europeístas. El nacionalista Jaroslaw Kaczynski, europesimista recalcitrante, hermano gemelo del presidente desaparecido, se apresuró a presentar su plan de batalla para las elecciones locales del otoño próximo y las legislativas de 2011.

Aunque la izquierda vive sus peores momentos, prácticamente desaparecida de la competición durante la transición democrática, otra secuela de sus componendas con el estalinismo, la sociedad polaca está fracturada y muy polarizada entre dos amplias coaliciones de derechas: la Plataforma Cívica (PO), a la que pertenece el presidente elegido y que dirige el primer ministro, Donald Tusk, liberal favorable a las inversiones extranjeras, moderadamente laica y europeísta, y el partido Ley y Justicia (PiS), muy conservador en cuestiones sociales, intervencionista en economía, euroescéptico y respaldado por amplios sectores de la Iglesia católica.

La situación interna es prometedora, ya que Polonia fue uno de los pocos países que experimentó un apreciable crecimiento (2 % durante el 2009) cuando todo el continente sufría los efectos de la recesión, pero algunas reformas importantes se encuentran bloqueadas por la timidez del gobierno o por las discrepancias notorias entre las dos principales fuerzas políticas: recortes en la pletórica burocracia, reorganización de los sistemas de salud y de pensiones y privatización de las insostenibles empresas públicas. También habrá que modernizar el sector agrario cuando las subvenciones europeas empiezan a flaquear.

No obstante, la política exterior tiene una importancia trascendental en un país que sufrió dos repartos inicuos y dos ocupaciones crueles, además de asesinatos en masa y otras atrocidades, hasta desembocar en un socialismo real que perpetuó el atraso, la frustración  y la alienación de la mayoría de los ciudadanos. Los vecinos poderosos que provocaron las desgracias siguen ahí: Alemania y Rusia, que deseaban abiertamente el triunfo de Komorowski en nombre del olvido de las infamias y de la buena marcha de los negocios.

La vinculación a la Unión Europea (UE) aparece a los ojos de la nueva clase media urbana, beneficiada por la transición, como una especie de ungüento mágico capaz de mitigar los malos recuerdos y sellar la reconciliación con los verdugos históricos, Alemania y Rusia, sin pensar demasiado en la protección lejana y problemática de EE UU. Esa política de apertura y modernización levanta ampollas en amplios sectores de la sociedad, los que han votado a favor de Kaczynski, que se consideran las víctimas propiciatorias de la transición democrática y del previsto desmantelamiento del Estado burocrático heredado del comunismo.

Frente al nacionalismo radical de los hermanos Kaczynski, que contaron con el apoyo del presidente George Bush y aceptaron la instalación en suelo polaco de una panoplia balística norteamericana, los liberales modernizadores de Komorowski se vieron fortalecidos por  la actitud más distante y menos sensible ante los problemas típicamente europeos del presidente Barack Obama, que retiró la oferta del escudo antimisiles en aras del entendimiento con Rusia.

Tanto el presidente elegido como el candidato derrotado por la mínima representan la fractura del país, por más que ambos procedan del tronco común de Solidaridad, el sindicato que enarboló la bandera de la libertad frente a la opresión soviética.  Enterradas u olvidadas las contradicciones de clase, alejados los agravios históricos, me parece harto plausible la hipótesis de que ambas fuerzas pueden llegar a un consenso para culminar la transición y asegurar un reparto más equitativo de las cargas y beneficios que se reputan ineludibles para cerrar el período abierto en 1989.

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