Posteado por: M | 13 julio 2010

Los presos cubanos desterrados

La extraña aparición televisada de Fidel Castro, tan frágil de aspecto como charlatán, vituperando una vez más al enemigo eterno, Estados Unidos, y anunciando la inminente catástrofe nuclear en Corea del Norte e Irán, coincidió con el desenlace de la última maniobra diplomática de su hermano, el presidente Raúl Castro, en la tarde-noche del 12 de julio, que culminó en el aeropuerto de La Habana con la deportación de los once primeros presos políticos y de sus familias, con destino a España, luego de una tenebrosa negociación con los jerarcas de la Iglesia católica cubana acompañados en sus últimas horas por el ministro de Asuntos Exteriores español, Miguel Ángel Moratinos.

No se trata, por su supuesto, de la liberación incondicional de presos políticos, sino de su deportación, ni de ningún logro en la defensa de las libertades y los derechos humanos, sino del destierro de los opositores que se habían convertido en un obstáculo para que la dictadura pudiera presentarse en el escenario de Bruselas de la mano amistosa de Moratinos, convertido durante los últimos seis meses en el hombre de los Castro en la capital comunitaria, pero cuya gestión se vio trágicamente entorpecida por la muerte del preso político Orlando Zapata Tamayo, que estaba en huelga de hambre, en febrero último.

Como premio sarcástico por desterrar a sus ciudadanos, injustamente perseguidos, el gobierno de La Habana tiene la desfachatez de reclamar a la Unión Europea (UE) las subvenciones o el trato de favor, o la condonación de las deudas, que le ayudan periódicamente a perpetuar la falsa arrogancia y la inicua dictadura sobre las necesidades perentorias de un país paupérrimo y humillado por el empecinamiento represivo.

La llegada a Madrid de los primeros deportados del gulaj tropical confirma simplemente que la tiranía de los hermanos Castro sigue utilizando a los presos de conciencia como moneda de cambio, peones en el tablero estratégico que le sirven para mitigar las tensiones internas y ofrecer una coartada a sus cómplices diplomáticos. Nada nuevo en el castrismo y sus mazmorras. La deportación de los opositores es una vieja maniobra que ya sufrieron en su integridad moral los norteamericanos Jesse Jackson (1984), Bill Richardson (1996) y Jimmy Carter (2002), éste como premio por su asombrosa visita a la isla. La situación de los derechos humanos no cambió en absoluto y el número de presos políticos aumentó en vez de disminuir. La misma experiencia tuvo el Vaticano tras la visita pastoral del papa Juan Pablo II a Cuba, en 1997.

Los interlocutores cambian, pero los métodos de la dictadura se mantienen y  con frecuencia se recrudecen o se maquillan. Por eso resulta sorprendente que el ministro Moratinos se presente como hacedor de milagros y asegure que la deportación de los prisioneros políticos “abre una nueva etapa en Cuba”, cuando es evidente que otras etapas similares desembocaron en una represión mayor y que la dictadura sólo se ha comprometido a cambiar la cárcel por el destierro de 52 de los más de 200 presos de conciencia que contabilizan las organizaciones defensoras de los derechos humanos. Por más que el exilio sea un alivio para los presos y sus familias, hay que mantener la prudencia al pronosticar la evolución de un régimen que sigue anclado en la rigidez ideológica, la militarización permanente y la persecución implacable de la disidencia.

Uno de los más prestigiosos observadores de la situación cubana, el periodista Andrés Oppenheimer ha dejado bien sentado en el Miami Herald que la afirmación del jefe de la diplomacia española “es un disparate”. Ni las deportaciones son un hito en la historia reciente de la isla, ni alteran la naturaleza del castrismo, ni favorecen necesariamente la reforma de un sistema que lleva más de medio siglo encarcelando a los opositores, ni cambia para nada la actitud cruel de los carceleros o el desamparo de los disidentes y sus familias que malviven bajo la férula de la policía y el desprecio orquestado del régimen.

La Administración de Obama, como las que le precedieron, está prácticamente inmovilizada y a la espera que de que “el hecho biológico” de la desaparición del camarada dictador pueda abrir nuevos horizontes. Y en cuanto a la Unión Europea, no sabemos si aceptará las explicaciones de Moratinos para rectificar la llamada “posición común” que condiciona las relaciones comerciales a los progresos inequívocos en la protección de los derechos humanos en Cuba. Estoy convencido, sin embargo, de que la libertad y las desdichas de los cubanos no se verán modificadas lo más mínimo por la deportación de los presos.

La interpretación de la entrevista televisada de Fidel Castro, coincidente con las deportaciones, como un síntoma de las divergencias con su hermano Raúl, éste presuntamente partidario de las reformas, no es sino una conjetura balsámica, una hipótesis improbable de los que consideran, siguiendo a Moratinos, que la isla se encamina hacia el amanecer  por el mero hecho de que el régimen se encuentra en su ocaso.

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