Posteado por: M | 27 julio 2010

Documentos de un Afganistán caótico

La publicación en internet por la organización Wikileaks de casi 100.000 documentos secretos concernientes a la guerra de Afganistán, entregados previamente a tres prestigiosos periódicos (The New York Times, The Guardian y Der Spiegel ), no sólo ha levantado la inevitable polvareda sobre la licitud, oportunidad o justificación de tan arriesgada práctica periodística, sino que suministrará abundante material para el encono de la controversia, especialmente en Washington, Londres y Berlín, sobre el alcance y objetivos del conflicto, los métodos poco ortodoxos  empleados por la OTAN o los norteamericanos y la mejor manera de escapar de la ratonera.

Los citados periódicos rechazaron cualquier connivencia y se apresuraron a declarar que habían aceptado informar de los documentos, calificados de explosivos, porque éstos iban a ser reproducidos por Wikileaks, una organización no lucrativa que vive oficialmente de las donaciones de sus lectores y que está especializada en la publicación anónima de documentos confidenciales en su website.  La titánica misión que se ha impuesto consiste en combatir el secretismo  y la confidencialidad, a su juicio, excesivos, que condicionan o enmascaran la actuación de los gobiernos, con grave quebranto de la transparencia democrática.

En el ambiente enrarecido de Washington, en medio de las luchas partidistas ante las elecciones de medio mandato de noviembre, y siendo de dominio público las discrepancias en el seno de la misma Administración sobre “la guerra de Obama”, considerada por influyentes analistas como “una guerra de elección, no de necesidad”, la aparición de los informes en internet y el trato de favor dispensando a tres periódicos de las tres capitales donde la disputa es más intensa, pueden dar pábulo a las más fantásticas conjeturas sobre los objetivos de los autores de la filtración dentro y fuera del Pentágono.  La censura recae sobre la aparente desidia del gobierno en la custodia de documentos comprometedores.

El análisis se complica porque los informes secretos llegan al gran público un mes después de la destitución del general Stanley McChristal como comandante en jefe y su sustitución por el general David Petraeus, el arquitecto de la contrainsurgencia, un relevo que no parece dictado por la voluntad de abandono, sino por la de proseguir e intensificar la misma estrategia ensayada con éxito en Iraq y anunciada por Obama en diciembre de 2009, pese a las reticencias expresas del vicepresidente Joseph Biden y otros altos cargos ante el envío de otros 30.000 soldados.

La mayoría de los documentos, si hemos de creer en los resúmenes del New York Times, recogen informes rutinarios, incluso triviales, de actuaciones supuestamente secretas, pero que ofrecen una visión pesimista de la guerra desde los escalones más bajos del escalafón militar. Casi nada nuevo bajo el sol, aunque sí la confirmación de algunas operaciones de ardua justificación, como los bombardeos con efectos devastadores en la población civil, los tristemente famosos daños colaterales. Los informes recogen el sentimiento generalizado entre las tropas de que la guerra se hace interminable y no podrá alcanzar un final victorioso.

Una de las pocas novedades revela la utilización por los talibanes de misiles portátiles tierra-aire, dotados de infrarrojos de alta definición, para derribar los helicópteros norteamericanos, como en la guerra anterior habían servido para abatir los soviéticos y provocar un viraje decisivo en el desarrollo de las operaciones. Esos misiles tienen una tecnología similar a las del modelo Stinger que la CIA entregó a la resistencia afgana en los años 80 para combatir a los soviéticos.

Los documentos detallan algunas operaciones secretas llevadas a cabo con la ayuda de aviones sin piloto, los llamados drones, para eliminar a algunos jefes de una insurgencia “resistente y astuta”, más fuerte que en ningún otro momento desde la invasión de 2001, que dispone de numerosos santuarios de la frontera pakistaní, en la región de Waziristán. Los jefes talibanes o líderes de Al Qaeda eliminados o por eliminar figuran en una lista negra del Pentágono.

El consejo o advertencia de los rusos hace diez años adquiere una inquietante actualidad: “No lo hagáis. Nosotros lo intentamos, pero es imposible.” Los ataques terroristas del 11-S de 2001 destruyeron también todas las precauciones estratégicas. Por ese motivo la obstinada pretensión de convertir un país tribal y descentralizado en una democracia de tipo occidental parece más descabellada cada día, ni siquiera como parte de un ambicioso esfuerzo diplomático por establecer un nuevo equilibrio de poder en toda la región que implicaría a Rusia, China, India y Pakistán, según predica desde hace meses el ex secretario de Estado Henry Kissinger. Afganistán mantiene su reputación de tumba de los imperios.

Muchos de los documentos publicados descubren el secreto de polichinela: la estrecha colaboración de algunos responsables de los servicios de inteligencia de Pakistán (ISI) con la insurgencia de los talibanes, que se remonta a la época de la guerra contra los soviéticos con la bendición de Washington.  Probablemente, la connivencia es ahora menor, pero se mantiene a pesar de la misiva conminatoria que Obama dirigió en 2009 al presidente pakistaní, Asif Alí Zardari. El teniente general Hamid Gul, ex jefe del ISI, sigue actuando como enlace con los talibanes ahora que está sobre la mesa la negociación con los que el alto mando estadounidense considera “moderados”.

La prensa norteamericana comparó la masiva filtración documental con la publicación en 1971 de los llamados Papeles del Pentágono, un exhaustivo estudio del departamento de Defensa sobre las relaciones Estados Unidos-Vietnam (1945-1967), expresamente encargado a la sazón por el secretario de Defensa, Robert McNamara, No obstante, la conclusión es que las diferencias son más importantes que las similitudes. El estudio de 1971 estaba basado en documentación oficial, pero su llegada a las páginas del New York Times se produjo por la filtración de uno de sus autores, Daniel Ellsberg, presuntamente persuadido de que denunciaba el comportamiento inconstitucional y falsario de varios presidentes (Kennedy y Johnson, principalmente) y contribuía a terminar con “una guerra equivocada”. Ellsberg no entregó al periódico los documentos que habían servido de base para redactar el estudio.

Los informes de Wikileaks recogen materiales muy diversos, pertenecientes a numerosas bases de datos y no pueden haber sido reunidos por una sola persona. Se trata de documentos inverificables, supuestamente surgidos de los niveles más bajos de la inteligencia militar, y cuya escasa relevancia ha sido realzada por su aparición en los periódicos. En su editorial, The Guardian advierte de la posibilidad de una gigantesca falsificación, en la que podrían estar implicados los servicios secretos afganos, y denuncia la caótica situación sobre el terreno y quizá el cansancio o la morosidad del cuerpo expedicionario. Los otros interesados en la filtración deberían buscarse, desde luego, en la cadena de mando militar y en la Administración norteamericana.

En un ponderado estudio sobre la situación política en el frente interior, el Washington Post llega a la conclusión de que los documentos revelados no afectarán al frágil apoyo bipartidista con que Obama cuenta en el Congreso para proseguir la guerra, ni forzarán una brusca revisión de la estrategia establecida hace siete meses. Pero es indudable que filtración y sus rocambolescos vericuetos añadirán leña al fuego de la frustración popular y las evidentes vacilaciones  y ambigüedades de la Casa Blanca. Al fin y al cabo, aportarán nueva munición dialéctica para los que, dentro de la Administración, preconizan una retirada más pronto que tarde.

Obama llegó a la presidencia aureolado por el convencimiento intelectual y la esperanza popular de que los grandes problemas geopolíticos serían tratados más por la diplomacia que por la fuerza militar, aunque hubiera que parlamentar con el adversario. Algo parecido debieron pensar los miembros del Comité noruego que le otorgaron prematuramente el Premio Nobel de la Paz. Los que se hicieron la ilusión de un cambio radical se sienten ahora desilusionada por el dominio renovado de las fuerzas tradicionales de la política exterior estadounidense. Incluidas las que están detrás de la revelación aparentemente poco patriótica de documentos secretos.

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