Posteado por: M | 2 agosto 2010

Las tensiones electorales asedian a Obama

Cuando aún no se han cumplido dos años de su elección triunfal, las relaciones del presidente Barack Obama con los votantes, según todas las encuestas, están muy alejadas de la luna de miel y se acercan peligrosamente a la confrontación o el divorcio. Al leer la gran prensa de la costa oriental, inmediatamente surge la sorpresa cuando el periódico más dedicado al elogio presidencial, The New York Times, nos comunica con grandes titulares que para ayudar a sus correligionarios demócratas en el otoño (en las elecciones parciales o de medio mandato de noviembre), “Obama podría permanecer al margen”. Según todos los indicios, la presencia del presidente en algunos distritos puede ser contraproducente, perjudicial para el candidato demócrata.

¿Quién nos lo iba a decir?  ¿Cómo se ha fraguado esa desafección tan ruidosa hacia un presidente con reputación de imbatible por haber cambiado radicalmente las percepciones del público?  El carismático mesías de color –sobre todo, para los europeos que no votan en EE UU—ha sido declarado implícitamente persona no grata en algunos distritos donde los demócratas están en la cuerda floja, con dificultades crecientes por las reticencias cuando no la hostilidad que Obama suscita no sólo entre los electores republicanos, sino también entre los independientes que tanto coadyuvaron a su triunfo hace dos años. La maquinaria electoral demócrata, tan meticulosamente lubricada por David Axelrod en 2008, se encuentra averiada y su reparación exigirá más tiempo y unas circunstancias menos adversas.

Por eso la tentación o el imperativo del repliegue. Las discrepancias tácticas entre la Casa Blanca y los demócratas del Capitolio se han trasladado con profusión a las columnas de la prensa y las entrevistas televisadas. Si los congresistas demócratas se quejan de la aparente falta de interés del presidente en la próxima cita electoral, o de su compromiso poco caluroso –su famosa frialdad o lejanía–, los consejeros de éste arguyen que las elecciones no deben convertirse, en ningún caso, en un referéndum sobre la Administración que acentuaría la pendiente de la impopularidad y levantaría muchos obstáculo para su reelección en 2012.

El citado periódico neoyorquino asegura que “varios candidatos demócratas y líderes del partido manifestaron en diversas entrevistas que no están seguros de que la estrategia política de Obama esté enfocada hacia la lucha de 2010”. En otras palabras: Obama y sus consejeros hacen todo lo posible por evitar que la eventual derrota del Partido Demócrata en noviembre, que podría aproximarse al desastre si pierde una de las dos cámaras del Congreso, socave la estrategia para la reelección en 2012. Los demócratas recuerdan con amargura que perdieron la Cámara de Representantes en 1994, un acontecimiento que marcó el comienzo del calvario de Clinton.

La consigna no admite réplica: hay que evitar a toda costa que a Obama le ocurra lo que a Jimmy Carter en 1980, cuando  fue derrotado por Ronald Reagan y se convirtió en el primer presidente demócrata no reelegido desde que una enmienda constitucional limitó a dos el número de mandatos posibles y restringió, por ende, los poderes presidenciales. La 22 enmienda de la Constitución fue introducida en 1951, con Harry S. Truman en la Casa Blanca, para restablecer la restricción tradicional de los dos mandatos legada por George Washington y Thomas Jefferson, pero que había sido obviada por Franklin D. Roosevelt a favor de las urgencias derivadas de la Gran Depresión y la Segunda Guerra Mundial.

La mayor fuerza del presidente tiene mucho que ver con las debilidades del Partido Republicano, que carece de un candidato indiscutible que se asemeje a Reagan, capaz de aglutinar a todas las tendencias, y de un programa coherente que revitalice la revolución conservadora fundada en la recusación ancestral del Big Government  (aumento incesante de las prerrogativas federales) y el rechazo del liberalismo de las élites (izquierdismo idealista, intervencionista, en el sentido norteamericano del término). La desorientación ideológica de los conservadores ha desembocado en una campaña exclusivamente anti-Obama.

El Partido Republicano sigue muy dividido entre los populistas patrióticos del llamado Tea Party, cuya heroína sigue siendo Sarah Palin, empeñados en demostrar que las élites ilustradas, dominantes entre los demócratas, contravienen los “valores americanos”; la derecha religiosa, que tanta influencia alcanzó con George Bush; y los sectores tradicionalmente conservadores que se unen en su campaña contra el intervencionismo o socialismo del gobierno. Hasta ahora, ningún aspirante presidencial fue capaz de realizar una síntesis electoralmente productiva.

David Brooks señala que, pese a todos los acontecimientos que podían haber fortalecido el liberalismo y la regulación del capitalismo –desde la reforma del sistema de salud y la crisis de Wall Street hasta el desastre provocado por la British Petroleum en el golfo de México–, la verdad es que “el país no está inclinándose hacia la izquierda, sino hacia la derecha” en todos los asuntos relevantes: déficit y gasto público, control de armas, aborto, calentamiento global e intervención del gobierno. Según una encuesta de Gallup, los electores que consideran a los demócratas “demasiado liberales” han pasado del 39 % al 49 %. El esperado impulso progresista no ha conquistado los corazones.

Por el momento, con un presidente atrapado en el laberinto de Afganistán, con fuertes dolores de cabeza financieros, cuya distancia con el público aumenta sin cesar, los consejeros aseveran que el jefe se “concentrará, sobre todo, en lanzar un mensaje, recaudar fondos y motivar a los votantes, en vez de andar recorriendo el país distrito por distrito”. Ése es el programa que será meditado y discutido durante unas vacaciones que tendrán pocos momentos para el ocio. Porque ya se sabe que los grandes negocios del imperio no están sometidos al ritmo de las estaciones.

Lo más sorprendente, sin duda, es que los éxitos de Obama en el Capitolio –la reforma del sistema de salud, la regulación financiera aprobada en 15 de julio— no mejoran su posición, sino que paradójicamente le hacen perder terreno. La situación económica poco clara y el nivel del desempleo (10 %), el intervencionismo estatal inoperante durante la vacilante gestión de la crisis de la marea negra han hecho surgir algunas dudas sobre la competencia del gobierno y suministran abundante munición dialéctica a la oposición. Una vez más, la economía se interpone entre la voluntad del presidente y las demandas del gran público, como vio el sagaz Bill Clinton. Casi dos tercios de los encuestados aseguran que las decisiones de la Casa Blanca no han mejorado su situación personal.

La presidencia de Obama ha producido más desilusión que entusiasmo. No ha sido un revulsivo ideológico ni está favoreciendo a la izquierda, sino todo lo contrario. No está claro si el país regresa al dominio de una clase media fundamentalmente conservadora tanto en cuestiones políticas como sociales y morales, los sectores que empezaron a crecer durante los ocho años de Reagan (1981-1989). Hay que esperar a las elecciones parciales del próximo noviembre para orientarnos mejor en una situación que debe gran parte de su complejidad a las cogitaciones entre idealismo y pragmatismo de un presidente nada común, pero que no acaba de conectar con el común de los mortales.

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