Posteado por: M | 18 agosto 2010

Obama se enreda en el debate sobre la Córdoba House

Una vez más, Barack Obama parece que no está en sintonía con el gran público, como si ignorara o desdeñara las inclinaciones, los sentimientos y las opiniones políticas o culturales de la mayoría de sus conciudadanos. Así se explica su desafortunada intervención en el controvertido asunto de la mezquita que un grupo islámico pretende edificar en el bajo Manhattan, cerca de la zona devastada donde se alzaban las Torres Gemelas (Zona Cero) antes de que fueran derribadas por los atentados islamistas del 11 de septiembre de 2001. Lo que en un principio era una disputa restringida a Nueva York se transformó rápidamente en un debate nacional e internacional de alto riesgo político para el Partido Demócrata en el poder.

La polémica sobre la construcción de la Córdoba House, un espectacular edificio de 15 plantas que debe albergar la mezquita como parte de un centro cultural y comunitario, se infiltró insidiosamente en la Casa Blanca durante la cena oficial ofrecida para festejar el comienzo del Ramadán (Itfar), el 13 de agosto, siguiendo la tradición y las relaciones de otros presidentes con los dignatarios mahometanos. La discusión sobre la mezquita se convirtió aceleradamente en un altercado sobre Obama.

No sabemos si la elección del nombre de la ciudad española es un homenaje a la supuesta tolerancia entre las tres culturas en la época del califato, bajo dominación musulmana, desde luego, en el siglo X; si el centro está llamado a convertirse en faro intercultural en la Babilonia posmoderna; o si la denominación esconde una nostálgica e imperativa reivindicación de Al Andalus, lo que destinaría a España a convertirse en la primera frontera de una eventual expansión del islam, según las profecías de Al Qaeda. Poco sabemos de las motivaciones de los promotores, de dónde proceden los fondos o de por qué el lugar elegido en la Gran Manzana.

En su discurso ante los invitados, Obama defendió con vehemencia el derecho de los promotores a construir el centro islámico, a semejanza de otro judío existente al norte de Manhattan. Éstas fueron sus palabras: “Como ciudadano y como presidente, creo que los musulmanes tienen el mismo derecho a practicar su religión que cualesquiera otros ciudadanos en este país. Y ese derecho incluye el de construir un lugar para el culto y un centro comunitario en una propiedad privada del bajo Manhattan, según las leyes locales y las ordenanzas.”

A renglón seguido, el presidente se explayó en una lección académica sobre los derechos consagrados en la Constitución, un alegato en pro de la libertad de culto. “Nuestro compromiso con la libertad religiosa debe ser inalterable”, sentenció. La libertades religiosa, de expresión y opinión están recogidas en la Primera Enmienda de la Constitución estadounidense, aprobada por el primer Congreso (1789), en la que puede leerse: “Congress shall make no law respecting an establishment of religion, or prohibiting the free exercise thereof.”

Obama señaló que “la causa de Al Qaeda no es la del islam, sino que representa una fuerte distorsión del islam”, pero parece evidente que para muchos norteamericanos el islam no es una religión cualquiera sino la que aparentemente inspiró a los autores del crimen apocalíptico. Al Qaeda es una nebulosa o franquicia que se extiende por todo el universo islámico. Y si la construcción del centro es constitucional y pertinente, “¿por qué no lo dice con nitidez el presidente?”, según la incómoda pregunta del Washington Post. ¿Por qué tiene que matizar o rectificar en medio de la agitación mediática en un año electoral?

También se refirió el presidente a la nítida separación entre el Estado y las confesiones y recordó a los peregrinos del Mayflower (1620) que habían huido de Europa a América en busca de la tolerancia que no encontraban en sus países. Un símil un poco forzado porque los primeros colonos vivían en una época muy distinta, en las agitados años de guerras que precedieron a la paz de Westfalia, y eran unos cristianos imbuidos de un anhelo de libertad que nada tiene que ver con la vesania destructora que anima actualmente a los que hacen del islam su trampolín ideológico.

Los primeros colonos que se establecieron en el actual estado de Massachusetts (un centenar aproximadamente), en lo que bautizarían como Nueva Inglaterra, eran puritanos o integristas ingleses, más radicales incluso que los calvinistas, que buscaban una nueva Jerusalén donde purificar la religión anglicana organizada y corrompida por el rey Enrique VIII.

La libertad religiosa y el derecho de los musulmanes a construir sus mezquitas en Nueva York o cualquiera otra ciudad no habían sido cuestionados por los más recalcitrantes adversarios del empeño de situar el centro islámico a sólo dos manzanas del escenario desolado de un crimen horrendo. Lo que estaba en discusión era la prudencia, la sensatez o la oportunidad de levantar la ostentosa Córdoba House cerca del inmenso solar donde estaban las Torres Gemelas abatidas por unos terroristas que dijeron actuar en nombre del islam, un lugar que el mismo Obama había considerado “tierra sagrada” (hallowed ground).

Al dar a entender que tomaba partido a favor de la construcción de la mezquita –en ese sentido fueron interpretadas sus palabras por todos los medios, algunos de ellos para elogiarlas–, Obama se situó en el centro de una agria controversia que hasta entonces había gravitado sobre la decisión municipal de autorizar la obra en un lugar de alto valor simbólico, de resonancias patrióticas, y que, por ende, podía herir los sentimientos no sólo de los familiares de las víctimas, sino también de otros muchos neoyorquinos y de millones de norteamericanos poco inclinados a asumir las supuestas excelencias del multiculturalismo o el apaciguamiento sin reciprocidad.

El alcalde del Nueva York, el judío Michael Bloomberg, acompañado por todos los abogados de la corrección política, defendió la construcción del centro islámico como una prueba y una ocasión para reafirmar la importancia del principio de libertad religiosa con el objetivo de tender puentes entre las comunidades de una urbe multiétnica y multicultural, políticamente demócrata, con frecuencia convertida en escaparate que exhibe los mayores contrastes, en flagrante contradicción con la América profunda, anglosajona y protestante.

Pero una reciente encuesta de la cadena CNN reveló que los puentes de Bloomberg y Obama eran problemáticos: el 68 % de los encuestados a nivel nacional se oponía al proyecto del centro islámico, un porcentaje que ascendía al 70 % entre los electores independientes (los que no declaran militancia o simpatías por ninguno de los dos grandes partidos). La intervención presidencial, lejos de aplacar los ánimos, los encrespó, hasta provocar un indeseado y peligroso enfrentamiento entre las que Ross Douthat, en el New York Times, ha llamado “las dos Américas”.

De un lado, la América anglosajona, originalmente protestante, que encontró un acomodo con las minorías judía y católica (irlandeses, polacos y latinos, principalmente) hasta fraguar un crisol cultural dominante; de otra, la América de los grupos étnicos que estaban instalados y discriminados, como los negros, o que empezaron a llegar después de la Segunda Guerra Mundial y que ahora forman un inextricable e inasimilable mosaico de etnias y creencias con unas pulsiones comunitarias que frenan o impiden la integración pese a tratarse de una nación de emigrantes. Un sector no desdeñable de la primera, la América Wasp (blanca, anglosajona y protestante) abriga la sospecha de que el islam es incompatible con el American Way of Life.

La población musulmana en EE UU no llega a 5 millones (1,5 % del total), mientras que en la Unión Europea se aproxima al 4 % y en Francia al 10%. Se suponía que estaba mejor integrada que la de Europa, pero algunos hechos recientes demostraron que también los estadounidenses de nacimiento o adopción podían ser seducidos por la guerra santa (yihad) contra los infieles. El comandante médico Nidal Malik Hassan mató a 13 de sus compañeros en la base de Fort Hood y el inmigrante legal Faisal Shahzad colocó una bomba en Times Square.

La realidad es mucho más compleja de lo que pudiera dar a entender esa dicotomía de las dos Américas. La nación constitucional o cívica que iguala legalmente a todos los ciudadanos, en la que parece inspirarse la disertación de Obama, no se define por la etnia ni por la religión, pero ésta, a su vez, constituye el elemento esencial que impregna a toda la comunidad (umma) y que condiciona en todo el mundo el comportamiento social de los mahometanos, por moderados que se proclamen y aunque residan en Nueva York.

En la práctica, los lazos comunitarios y religiosos son tan fuertes entre los musulmanes que el multiculturalismo como ideología, con la secuela de los guetos y el hacinamiento, como hemos visto en Gran Bretaña, desemboca en un nuevo feudalismo globalizado que rechaza precisamente al pluralismo cultural de nuestras complejas sociedades a ambos lados del Atlántico, mientras que en la mayoría de los países musulmanes imperan el integrismo religioso, la intolerancia hacia otras religiones y el despotismo político más descarnado. Según los investigadores sociales, la integración en la comunidad musulmana suele ser más fuerte que los vínculos laicos y nacionales.

La polémica de la mezquita arreció y alcanzó tal dimensión nacional, los comentarios adversos se multiplicaron en todos los ámbitos, en medio de la contrariedad y el temor electoral de varios líderes del Partido Demócrata, que Obama se vio obligado a rectificar o matizar sus palabras apenas 24 horas después de haberlas pronunciado: “No he comentando y no comentaré nada acerca de si me parece prudente o no decidir que hay que poner una mezquita ahí (…) Estaba refiriéndome de manera muy específica a los derechos de que disfrutan las personas en nuestro país desde su fundación. ”

El portavoz de la Casa Blanca precisó luego: “No corresponde al presidente enjuiciar los proyectos locales. Pero sí tiene la responsabilidad de defender los principios constitucionales de la libertad religiosa y de igual trato para todos los norteamericanos”.

No fue suficiente para que la tempestad amainara. La revisión o aclaración oficial sólo sirvió para enconar el debate, ya que las iniciales palabras presidenciales fueron interpretadas, como no podía ser de otra manera, como un apoyo para la causa de la construcción de la mezquita, un proyecto que había levantado ampollas y comentarios airados entre los representantes de las familias de las casi 3.000 víctimas mortales de los atentados del 11 de septiembre, que no han olvidado la prédica del islamismo radical ni cómo las masas islámicas celebraron los atentados y alardearon de la supuesta gesta de los pilotos suicidas.

La diatriba de los republicanos estaba prevista, pero quizá no tanto los recelos y aprensiones de los demócratas, en cuyas filas cundió un aparatoso desánimo. “Hubiera preferido que el presidente se hubiera comportado más como un político y menos como un profesor”, resumió un destacado congresista. “Acertado en los principios, pero sus consecuencias políticas serán desastrosas”, apostilló un republicano. ¡Y Otra vez las insinuaciones malévolas sobre la frialdad de Obama ante los sentimientos de los ciudadanos corrientes!

Muchos de los candidatos del Partido Demócrata en las elecciones del próximo noviembre, que concurren en distritos muy disputados, no tendrán más remedio que afrontar preguntas incómodas sobre un asunto que probablemente les hurtará el favor de algunos de los electores independientes que les dieron la victoria en 2008, como reconocieron varios representantes demócratas.

Obama no sólo recibió las críticas de los sectores más radicales, populistas y truculentos del Partido Republicano, encabezados por Sarah Palin y Newt Gingrich, que llegaron a propalar la tesis de que la mezquita cerca de la Zona Cero asestaría una puñalada a los corazones norteamericanos. Una organización judía progresista y de reputación intachable, la Anti-Defamation Leagle (Liga Antidifamación), creada para combatir el antisemitismo y otras formas de fanatismo, se pronunció contra la mezquita porque en vez de tender puentes, como propagaba el alcalde Bloomberg, podría provocar nuevos abismos intercomunitarios.

Los medios progresistas y liberales aplaudieron el discurso inicial del presidente, pero se sintieron desconcertados y desilusionados por el asterisco añadido, la nota explicativa que hizo de Obama un presidente capaz de pronunciar un discurso impopular pero coherente y responsable, a pesar de los tambores electorales, y malgastar en 24 horas el coraje político de que hizo gala ante sus invitados en la cena destinada a romper el ayuno del Ramadán.

En un editorial, el Washington Post lamentó la confusión introducida por el presidente en tan acalorado debate. Y concluyó: “Desgraciadamente, en vez de aportar claridad y liderazgo, [Obama] se hizo un lío con su primera declaración y luego pareció que rectificaba ante las críticas.” Y un ex consejero de Bush pasado al periodismo, Michael Gerson, lo resumió en el mismo periódico: “Ningún presidente, de ningún partido o ideología, podría decir a millones de norteamericanos que sus edificios consagrados profanan la tierra sagrada, porque esa declaración sería comprensiblemente interpretada como un asalto presidencial contra los más profundos sentimientos de sus conciudadanos.”

Pero ya los halcones del neoconservadurismo, a través de la Weekly Standard, habían emplazado toda su artillería dialéctica contra “la estúpida perogrullada” que se deriva del multiculturalismo y la corrección política.

Para centrar el debate, un analista conservador, Charles Krauthammer, sin poner en tela de juicio el deber del presidente de combatir cualquier forma de sectarismo, resaltó, sin embargo, el carácter sagrado o trascendente de la Zona Cero, su fuerte simbolismo, para sostener que los grandes lugares de la memoria de las naciones deben preservarse de cualquier intromisión profana, “sin permitir nunca que se olvide, se trivialice o se malverse” el mensaje. Hay que evitar la blasfemia en la catedral del espíritu. Por eso no puede haber miradores comerciales en Gettysburg o Verdún, un convento de carmelitas en Auschwitz –Juan Pablo II alejó de allí a las monjas—, un centro cultural alemán en Treblinka u otro japonés en Pearl Harbor.

Más allá de las dudas y vacilaciones de Obama, arriesgadas para un presidente sometido diariamente al escrutinio de los medios, en una democracia de opinión pública, el problema que late en todo este asunto de la Córdoba House en Manhattan tiene mucho que ver con la personalidad del presidente, su formación intelectual y sus relaciones con el mundo musulmán y sus agravios persistentes. Las tensiones con Israel, la exhortación al mundo islámico para “un nuevo comienzo”, en su discurso de El Cairo (4 de junio de 2009), y la pretensión de corregir sistemáticamente a Bush en el asunto del combate contra el terrorismo islamista le han granjeado la desconfianza o la hostilidad de esa América que se define como una nación abrumadoramente cristiana, recelosa de un islam expansivo.

Obama representa, por el contrario, la América multirracial y multicultural, surgida tanto de la inmigración como del melting pot, del mestizaje, que mantiene sus distancias con el patriotismo tradicional y se muestra comprensivo, por ejemplo, con el sufrimiento del pueblo palestino, como puede escucharse en el discurso de El Cairo que los israelíes y muchos judíos norteamericanos no le perdonan, o en las palabras pronunciadas  durante su campaña electoral en Berlín (24 de julio de 2008), en su única visita a Europa como candidato, cuando se definió como “ciudadano del mundo” y esbozó la estrategia de “tender puentes y derribar muros”.

El galardonado cronista conservador George F. Will acaba de situar al presidente en “el progresismo transnacional” de raíz europea que los liberales norteamericanos tratan de emular, pero que suscita un repudio creciente entre sus compatriotas. No es un insulto, desde luego, pero sí una profunda descalificación y una advertencia electoral ante la cita crucial de noviembre.

No es cierto que Obama esté “complaciendo al islam radical”, según la acusación de Gingrich, pero la controversia desatada en EE UU a propósito de la mezquita de Manhattan tampoco ayudará a mejorar su imagen en el mundo musulmán, donde la guerra de Afganistán, el laberinto de Iraq, el alejamiento de Turquía y el estancamiento en el conflicto de Palestina le han hecho perder gran parte de las opiniones favorables que suscitaron tanto su elección como el discurso de El Cairo. Algunas encuestas confirman que el respaldo islámico se ha volatilizado en menos de dos años.

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Responses

  1. Los sentimeintos suscitados en torno a la construcción de la dichosa mezquita, deben satisfacer de forma mayúscula a un Bin laden que solo un mes
    después del atentado a las Torres Gemelas afirmo que lo que estaba librando es una guerra entre civilizaciones.


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