Posteado por: M | 20 agosto 2010

Retirada militar y malos augurios en Iraq

La última brigada de combate de EE UU terminó de abandonar Iraq al alba del 19 de agosto. Las imágenes de los blindados norteamericanos cruzando la frontera hacia Kuwait, en orden de retirada, inevitablemente incitan a unas reflexiones sobre la guerra de marzo de 2003, los más de siete años de ocupación, ahora el repliegue y los numerosos interrogantes sobre el futuro. No obstante, los portavoces oficiales glosan “el momento histórico” y el presidente recupera algo de oxígeno por haber cumplido con su más arriesgada promesa electoral luego de haber fustigado incansablemente “la guerra mala” desencadenada por su predecesor George Bush.

El compromiso exacto de Obama tras su toma de posesión fue la retirada de todas las tropas de combate en un plazo de 16 meses, que en realidad serán 19. El cuerpo expedicionario estadounidense, que llegó a alcanzar los 170.000 hombres (140.000 en enero de 2009), quedará reducido a 50.000 soldados, pero éstos, en principio, no participarán en operaciones militares, confiadas al ejército iraquí en formación, sino que se dedicarán a tareas de entrenamiento, protección, información y contrainsurgencia, con el objetivo específico de consolidar “la transición hacia algo diferente”, según la cautelosa declaración del vocero del departamento de Estado, Philip Crowley.

El futuro inmediato es un arcano envuelto en varias incógnitas que nadie se atreve a despejar. La retirada de las últimas tropas de combate, que probablemente serán trasladadas a Afganistán, donde se libra “la guerra buena” de Obama, coincide con un recrudecimiento de la violencia y altas dosis de incertidumbre política. Días antes de que se completara el repliegue hacia Kuwait, altos responsables militares y civiles iraquíes trataron en vano de que la Casa Blanca retrasara lo inevitable. El Jordan Times, recogiendo las aprensiones de todos los vecinos árabes, llegó a solicitar que EE UU reconsiderara su decisión “para no arrojar gasolina sobre el fuego devastador”. Nada es menos seguro que la prudencia y oportunidad de la retirada.

Washington y Bagdad polemizaron hasta el último momento incluso sobre el nivel actual de la violencia. La Casa Blanca aseguró que en el mes de julio habían muerto 222 civiles por actos de violencia, pero las autoridades iraquíes elevaron esa cifra a 535, la más alta de los últimos dos años. El horrendo atentado suicida de la semana pasada en un centro de reclutamiento del ejército iraquí, que causó al menos 60 muertos y más de 100 heridos, atribuido a Al Qaeda, confirmó que el repliegue norteamericano agita el fantasma de la guerra civil y estimula a los enemigos de un Iraq pacífico y democrático.

Un balance desastroso no justifica una retirada con prisas, aunque en la práctica resulte casi simbólica. La ilusoria guerra relámpago, la intervención electrónica en principio con escasos efectivos humanos, según la doctrina del entonces jefe del Pentágono, Donald Rumsfeld, fue seguida por los errores políticos y en general el fiasco de la ocupación, acompañada por el descenso a los infiernos de la guerra civil y el fanatismo armado. Al menos 4.415 norteamericanos y más de 100.000 civiles iraquíes perdieron la vida. Los gastos sufragados por EE UU superan ampliamente los 750.000 millones de dólares y los beneficios no aparecen por ningún sitio.

Casi al mismo tiempo, las dos principales coaliciones políticas, la del primer ministro Nuri al-Maliki (Alianza del Estado de Derecho), predominantemente chií, y la del ex primer ministro Iyad Alaui (Movimiento Nacional Iraquí), integrada por chiís laicos y líderes suníes, que fue la lista más votada, anunciaron el ruptura de las negociaciones para constituir un gobierno de coalición, pese a que las elecciones se celebraron el pasado 7 de marzo. Sólo un nuevo gobierno respaldado por el Parlamento podría modificar o prorrogar la misión de las tropas norteamericanas que permanecen en el país, cuya retirada total, según el acuerdo de seguridad entre los dos países (17 de noviembre de 2008), deberá concluir el 31 de diciembre de 2011.

Aún es pronto para proclamar que la guerra de Iraq ha terminado. Sería insensato, además, que EE UU proclamara una victoria que parece harto problemática, o encomiara una retirada que muchos responsables iraquíes reputan prematura. Los altos mandos militares no ocultan su inquietud, hasta el punto de que el teniente general Babaker Zerbari declaró recientemente en la cadena Al Jazira que sus tropas, especialmente la aviación, no estaban preparadas para asumir el relevo y que, por lo tanto, “las fuerzas norteamericanas deberían permanecer en el país hasta que el Ejército iraquí alcanzara plena operatividad”.

La retirada de las tropas de combate señala el fin de la Operación Libertad Iraquí,  que culminó en pocas semanas en la primavera de 2003 con la destrucción del régimen de Sadam Husein, pero cuyo objetivo estratégico de instalar en Bagdad un gobierno pro norteamericano, estable y democrático, gestor prudente y equitativo de las riquezas petroleras, no ha sido alcanzado y más bien podemos argüir que se halla gravemente amenazado. Los problemas pendientes son innumerables y la Operación Nuevo Amanecer, que ahora se pone en marcha, nace en medio de la algarabía de los peores augurios.

Según un cuidadoso informe publicado por el Guardian londinense, periódico portavoz del progresismo británico y poco sospechoso de estimular el esfuerzo bélico, la franquicia Al Qaeda en Mesopotamia, cuyos comandos aterrorizaron el país hasta 2007, pero que fue prácticamente aniquilada por la estrategia del general David Petraeus, está tratando de reanudar sus actividades terroristas mediante el procedimiento de persuadir a sus ex aliados de las milicias suníes para que vuelvan a la insurgencia con el señuelo de un salario mensual muy superior al que ahora reciben del gobierno iraquí.

En cualquier caso, el departamento de Estado tiene previsto emplear a más de 7.000 guardias privados de seguridad para proteger a los civiles de los ataques de Al Qaeda y las milicias chiíes respaldadas por Irán. Y el secretario de Defensa, Robert Gates, dejó abierta la puerta a la posibilidad de que las tropas estadounidenses sigan en Iraq más allá de la fecha límite de 31 de diciembre de 2011. En el caso de que se forme un gobierno capaz de negociar un nuevo acuerdo.

Iraq está muy lejos de haber superado la fractura étnica y religiosa que sólo fue mitigada, luego del golpe militar que acabó con la monarquía en 1958, por la mano de hierro de Sadam Husein y los procedimiento criminales de gasear a sus ciudadanos y aniquilar con brutalidad difícilmente superable a sus reales o supuestos adversarios, empezando por sus compañeros de armas e incluidos sus yernos.

El sectarismo religioso recíproco entre las élites de las comunidades chií y suní, lejos de esfumarse, se recrudece, según confirma el fracaso de las negociaciones para formación un gobierno de concentración nacional. En Stratfor, el analista George Friedman llega a la conclusión de que si la retirada prosigue según lo previsto por la Casa Blanca, lo más probable es que los líderes chiíes más próximos a Irán se sientan libres o quizá presionados para atacar a los suníes y avivar los rescoldos de la guerra civil.

Además de que el reparto de los ingresos de los hidrocarburos sigue sin resolver, una situación volátil persiste en el Kurdistán, la región septentrional donde Washington se propone utilizar los servicios de dos veteranos diplomáticos para mitigar las endémicas tensiones entre el Ejército iraquí y las milicias kurdas que gozan del respaldo norteamericano desde antes de 2003.

Pese a esos sombríos vaticinios, Obama parece no sólo empeñado en cumplir con sus promesas de retirar a todas las tropas a finales de 2011, sino en mantener la falsa e imprudente dicotomía entre la guerra mala de Iraq, que siempre consideró injustificada, y la guerra buena o necesaria de Afganistán, adonde se traslada el principal campo de batalla, a la que también ha puesto fecha de caducidad para antes de las elecciones presidenciales de 2012.

No hace falta ser muy versado en los problemas geoestratégicos para llegar a la conclusión de que los intereses vitales de EE UU dependen en mayor medida del destino de Iraq y sus fabulosas reservas de hidrocarburos que de un problemático éxito en las inhóspitas tierras afganas. ¿Cómo compaginarlos con el calendario de repliegue (¿quizá abandono?) aconsejado por las encuestas o las conveniencias electorales?

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