Posteado por: M | 23 agosto 2010

Pronósticos imposibles para un siglo

Aunque llega con algún retraso, la traducción española de The Next 100 Years for the 21st Century (Los próximos cien años, Editorial Destino, Barcelona, 2010), de George Friedman, presidente de Stratfor, ofrece una buena ocasión para reconsiderar algunos de los vectores o líneas de fuerza –militares, políticas, demográficas, económicas y tecnológicas– que sin duda presionarán sobre los acontecimientos y los condicionarán en este siglo, aunque en ningún caso para predecir lo impredecible.  Una buena lección de geopolítica o geoestrategia, como ustedes prefieran.

George Friedman, analista de los conflictos internacionales, es el presidente de Stratfor (Strategic Forecasting o Previsión Estratégica), nacida en 1996, con sede en Tejas, un típico think tank norteamericano (foro de investigación y análisis), compañía privada dedicada a la reflexión intelectual y el estudios de las relaciones internacionales, considerada “la CIA en la sombra”, según la advertencia del editor español, una alusión cuyo autor anónimo y fundamentos me gustaría conocer.

Los próximos cien años

No sabemos si se producirá la Tercera Guerra Mundial que Friedman anuncia sin temblarle el pulso para mediados de siglo y que tendrá algunas similitudes con la que ensangrentó y devastó el planeta de 1939 a1945, seguida por una nueva edad de oro de desarrollo (la treintena gloriosa de Europa occidental) como la que propició la derrota de Alemania y Japón. Ese conflicto se librará entre Estados Unidos y una problemática coalición de Eurasia y el Lejano Oriente con el objetivo de corregir el desequilibrio mundial favorable al imperio norteamericano. Según el autor, el imperativo de equilibrio es uno de los motores de la historia universal.

El pronóstico general está anticipado y resumido en la página 21: “En el siglo XXI  se producirán una serie de confrontaciones en las que estarán involucradas potencias de segunda fila que intentarán formar coaliciones para contener el crecimiento de la primera potencia mundial, mientras Estados Unidos monta operaciones militares para desestabilizarlas.”

A pesar de la reducción al absurdo que comporta un pronóstico tan lejano, la lógica implacable de los análisis de los diversos actores internacionales, desde Rusia y China a México, y la ponderada visión de los intereses en juego o las pugnas que de ellos se deducen constituyen una magnífica guía para adentrarnos en ese mundo sin ley que deriva del fracaso de la organización de un sistema de seguridad colectiva, fenómeno al que el autor dedica escasa atención.

Echo de menos alguna referencia o análisis de temas que hoy nos parecen tan candentes como el desarrollo de la India y su antagonismo histórico y fronterizo con China, o la pretensión de Irán de convertirse en una potencia regional dotada del arma nuclear. Tampoco sabemos si la paz al fin llegará a Palestina en este siglo o si la derrota definitiva del terrorismo islamista provocará algún terremoto en los países del islam, la única fe religiosa en expansión.

“Estados Unidos gana mientras Al Qaeda pierda” (página 80), sentencia el autor. Éste y otros pronósticos resultan especialmente llamativos por su contundencia. Los estadounidenses vencerán a los islamistas adeptos de la guerra santa (yihad), a pesar de que puedan producirse algunos contratiempos, en Irak o Afganistán, porque EE UU seguirá como potencia dominante “mientras los musulmanes estén luchando entre sí”. Sólo la aparición en el mundo musulmán de un Estado-nación fuerte, capaz de aunar voluntades y esfuerzos, de ambiciones regionales, podría alterar el pronóstico.

Ninguna consolación para los europeos. Cuando haya terminado la guerra contra los yihadistas, hacia 2020, “México y Turquía aún no están preparados para jugar (sic) un papel global significativo y Europa seguirá aislada y dividida (reaccionará a los acontecimientos pero no los iniciará)” (página 133).

Si el declive de Europa no ofrece dudas, Friedman es un adversario de la corriente de pensamiento decadentista norteamericana que reflexiona sobre el ocaso inexorable de los imperios, en la línea cautelosa de Paul Kennedy, Richard Haass o Fareed Zakaria. Su visión es nacionalista y me atrevería a decir que provocadoramente  imperial, en la línea de Samuel P. Huntington en El choque de civilizaciones (Editorial Paidós, Barcelona, 1997), aunque alejado del tremebundo avatar de “la conexión islámico-confuciana”. En todo caso, el retrato del futuro me resulta algo desenfocado por la pasión patriótica.

A medida que el libro se aleja de nuestra conflictiva realidad para adentrarse en un futuro más allá de 2020, las previsiones se hacen mucho menos plausibles y el interés decae inevitablemente. En cualquier caso, el libro se centra en una previsión, un pronóstico razonable teniendo en cuenta los actores y muchos de los conflictos actuales o por emerger, y no debe confundirse con una profecía más o menos apocalíptica que la mayoría de sus lectores no podremos verificar.

Mi conclusión es que la primera parte del libro, dedicada a la información y el análisis pertinente y a veces exhaustivo, es mucho más interesante que la segunda empeñada en rizar el rizo de lo que simplemente no se puede pronosticar.

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