Posteado por: M | 1 septiembre 2010

Israelíes y palestinos ponen a prueba el poder de Obama

El primer intento de la presidencia de Obama por dar una nueva oportunidad a la paz se inició con una cena en la Casa Blanca, el 1 de septiembre, apenas 24 horas después del asesinato de cuatro colonos israelíes en la conflictiva ciudad de Hebrón, en Cisjordania. Los lamentos y las imprecaciones que resonaban en Israel advirtieron tanto de la violencia enquistada en la región desde hace casi un siglo, llevada a su paroxismo por el islam político, como del papel crucial que las colonias judías desempeñarán en las conversaciones inauguradas en Washington bajo los más sombríos augurios.

Las primeras reacciones tras al atentado terrorista de Hebrón confirmaron el abismo que separa a los interlocutores invitados de Obama. Tanto el primer ministro israelí, Benyamin Netanyahu, como el presidente de la Autoridad Palestina, Mahmud Abás, condenaron el asesinato múltiple, pero el primero señaló que “el terror no determinará las fronteras de Israel o el futuro de los asentamientos”, mientras que un portavoz del segundo señaló que el ataque de Hamás demuestra “la necesidad y la urgencia de un acuerdo de paz justo y duradero”.

Sobre el cónclave de Washington, que se iniciará el 2 de septiembre, revolotean los fatídicos interrogantes sobre las colonias (asentamientos, según el eufemismo de la corrección política) y la seguridad, la paz por los territorios, la reparación  de la injusticia, los recuerdos lacerantes y el derecho irrevocable de Israel a defenderse, todos los puntos fuertes de la retórica diplomática que hasta ahora sólo ofrecieron frutos amargos, recrudecimiento de la violencia, días de luto y pulsiones vengativas.

Los israelíes señalaron que el ataque de Hebrón, el más mortífero en los últimos dos años, reforzará a Netanyahu en sus demandas de seguridad, sobre todo, en la raya crucial del Jordán, en la que confluyen el agua y la estrategia; pero la Autoridad Palestina hizo saber que el atentado se produjo en un sector de Cisjordania que se encuentra bajo completo control del Ejército israelí (Tsahal). Mientras proliferan las conjeturas mejor o peor intencionadas sobre la visión utópica de dos Estados hermanados por la geografía y el sufrimiento, la historia se repite siempre en Palestina en forma de tragedia.

Le negociación de nunca acabar

Durante los 43 años transcurridos desde la guerra preventiva de los Seis Días (junio de 1967), en la que Israel derrotó a los ejércitos árabes y ocupó Cisjordania, Gaza, la península del Sinaí y los altos del Golán, el problema palestino ha recorrido un tortuoso camino de innumerables planes de paz, conversaciones directas o indirectas, conferencias diplomáticas y acuerdos pronto incumplidos, disputados, revisados o caducados, que explican el escepticismo generalizado o la indiferencia con que fue acogido el 20 de agosto el anuncio de la secretaria de Estado, Hillary Clinton, de que el primer ministro israelí, Benyamin Netanyahu, y el presidente de la Autoridad Palestina, Mahmud Abás, iban a intentarlo una vez más.

Todos los presidentes norteamericanos desde Lyndon Johnson, en el poder en 1967, trataron de estabilizar la nueva situación estratégica planteada por la victoria israelí y la retirada de Gran Bretaña al este de Suez, cuya posición como potencia hegemónica fue asumida por EE UU. Israel emergió arrogantemente como el aliado imprescindible y punta de lanza de los intereses occidentales, mientras la URSS trataba infructuosamente de introducirse en el laberíntico mundo árabe-musulmán a través de los regímenes teóricamente laicos de Egipto, Siria e Irak, que entraron en crisis tras la aparatosa derrota militar.

El único éxito perdurable en el extenuante rosario bélico-diplomático para restablecer la paz y la coexistencia correspondió a Jimmy Carter, que reunió en Camp David al presidente de Egipto, Anuar el Sadat, y al primer ministro israelí, Menahem Beguin, líder del Likud (derecha nacionalista). El cónclave duró 12 días y terminó con dos acuerdos bilaterales refrendados por EE UU (17 de septiembre de 1978). El primero, una declaración de principios que previó “una autoridad del autogobierno” de los palestinos, pero éstos, que no fueron convocados, discreparon sobre el método, seguían obcecados con la violencia terrorista y se oponían al reconocimiento de Israel. El segundo estipuló la devolución del Sinaí a Egipto, concretada en 1979, y la firma de un tratado de paz.

Sadat, Beguin y Carter en Camp David, 1978

Los convenios de Camp David fueron el corolario de dos seísmos geoestratégicos: la guerra de octubre de 1973, cuando las tropas egipcias atravesaron el canal de Suez, y el primer embargo petrolífero decretado por los árabes que terminó con la era del petróleo barato, seguidos por la sorprendente visita de Sadat a Jerusalén y su resonante discurso ante el Parlamento israelí (20 de noviembre de 1977), precedidos por la frenética actividad mediadora de Henry Kissinger. Sin duda en venganza por su osadía de reconocer a Israel, el rais egipcio, vituperado como “traidor” por gran parte del mundo árabe, fue asesinado en 1981 por los Hermanos Musulmanes, parteros ideológicos del islam político, en un atentado que fue el preludio de la escalada criminal proseguida por la nebulosa de Al Qaeda y el terrorismo islámico.

El fin de la guerra fría y la desintegración de la URSS inauguraron un nuevo período en la historia de la convulsa región, caracterizado por la influencia sin precedentes de EE UU y su libertad de maniobra. Por esta razón, tras la primera guerra de Irak para liberar Kuwait (1991), los acuerdos negociados en Oslo entre el gobierno israelí, dirigido por el laborista Isaac Rabin, y la Organización para la Liberación de Palestina (OLP), presidida por Yaser Arafat, fueron rubricados en la Casa Blanca (13 de septiembre de 1993), con el presidente Bill Clinton como testigo y garante de su cumplimiento. El reconocimiento recíproco, la proyectada autonomía de los palestinos y el mediático apretón de manos entre Rabin y Arafat parecían haber sentado las bases de una transacción definitiva fundada en el principio solemne de “paz por territorios”.

Rabin, Arafat y Clinton en la Casa Blanca, 1993

En las cartas intercambiadas como instrumentos de ratificación, Rabin declaró: “El gobierno de Israel ha decidido reconocer a la OLP como el representante del pueblo palestino.” Y Arafat firmó lo siguiente: “La OLP reconoce el derecho de Israel a existir en paz y seguridad.” Hamás y otros grupos extremistas palestinos rechazaron y fustigaron “la capitulación”, mientras los colonos y los religiosos judíos orquestaron una campaña de denigración contra Rabin que alcanzó el paroxismo con su asesinato (4 de noviembre de 1995) por un integrista de la Tora de los que predican la unión mística e indestructible entre el pueblo hebreo y la tierra prometida.

Tanto Sadat como Rabin recibieron el premio Nobel de la Paz por haber abierto la puerta a la esperanza y haber aceptado, pese a todos los riesgos, temores y controversias, una realidad rechazada ritualmente por los más ciegos antagonistas, pero ambos pagaron la osadía con sus vidas y hoy lamentamos el tener que incluir sus respectivos sacrificios en la estela interminable tanto de la sangre derramada como de las esperanzas fallidas.

No obstante, la paz volvió a tener su oportunidad en los últimos y tormentosos meses de la presidencia de Bill Clinton, que en julio de 2000 convocó en Camp David a Arafat y al primer ministro israelí, el laborista Ehud Barak, a los que condujo hacia un detallado plan de paz que incluía los temas más vidriosos –Jerusalén, refugiados, estatuto territorial definitivo–, pero que acabó naufragando por causas que nunca fueron aclaradas, pero apuntan a las disensiones interárabes y el temor casi patológico de Arafat a ser engañado o envenenado, pero también a la campaña electoral en Israel y la obstrucción radical del Likud, los partidos religiosos y los colonos.

Barak sigue alegando, aunque no sabemos si defendiendo su contenido, que su propuesta en Camp David fue la más generosa jamás formulada por un líder israelí, ya que incluyó la división de Jerusalén como doble capital, la evacuación de la mayor parte de Cisjordania, el intercambio de algunas colonias por su equivalente territorial en el desierto del Neguev y la creación de un fondo para indemnizar a los refugiados de 1948, sin reconocerles el anhelado derecho de retorno.

Pese a que estaba a punto de abandonar la Casa Blanca, Clinton no se dio por vencido y siguió presionando con nuevas propuestas –los llamados Clinton Parameters–, que incorporaban todos los avances de Camp David y que se discutieron por delegaciones de un nivel inferior en Washington, El Cairo y Taba, hasta enero de 2001. Las negociaciones quedaron abandonadas tras el triunfo del general Ariel Sharon (Likud) en las elecciones de febrero de 2001, mientras los territorios ocupados se inflamaban con una nueva intifada expresamente impulsada por Arafat. Una vez más, la derecha nacionalista israelí obtenía ventaja política de la violencia y los atentados terroristas.

Obama retorna a la mesa de negociación en unos momentos de innegable adversidad política y diplomática dentro y fuera de EE UU. Además de visitar Egipto y Turquía, pero no Israel, y aunque exigió el fin de la colonización de Cisjordania, las encuestas en los países musulmanes confirman que entre el 80 % y el 90 % de los consultados lo rechazan como mediador del conflicto israelí-palestino porque no creen que pueda ser neutral.  El islam político dominante en todos los países de la región, sustituto enloquecido del nacionalismo fracasado, considera ofensiva la mera existencia de un Estado judío en la tierra que previamente perteneció a los sarracenos, y ha inoculado ese fanatismo en las masas iletradas.

El discurso de El Cairo y sus secuelas

El discurso de Obama en El Cairo (4 de junio de 2009), en el que denunció como intolerables los sufrimientos de los palestinos y aludió con simpatía a la causa de crear un Estado, suscitó impetuosas pero efímeras esperanzas en el mundo árabe-islámico.  Pocos siguen creyendo en su buena voluntad. El reflujo y la decepción son perceptibles en Ramala, Amman o El Cairo, mientras los sectores islamistas mantienen la prédica del odio y el crimen, insultan a Mahmud Abás como colaboracionista y niegan la legitimidad del Estado hebreo. Estas son las razones por las que “la apertura de Obama hacia el mundo musulmán, estúpidamente ejecutada, no podía tener éxito”, sugiere un comentarista del New York Times.

En sentido inverso, las relaciones del presidente norteamericano con el primer ministro israelí se aproximaron al punto de ruptura por la actitud desafiante de éste en el asunto de las colonias de poblamiento judío en Cisjordania y el anuncio de nuevas y provocadoras construcciones en Jerusalén coincidiendo con la visita del vicepresidente Joseph Biden a Israel. En marzo de este año, Netanyahu fue recibido en la Casa Blanca, pero con un protocolo degradado –sin fotos y sin conferencia de prensa – luego de una controversia pública sobre las colonias.

La situación cambió radicalmente el 6 de julio, cuando el primer ministro israelí regresó a Washington, fue recibido en la Casa Blanca con todos los honores y se transformó milagrosamente en un hombre de paz, pese a haber sido presentado cuatro meses antes como el mayor obstáculo para la negociación. Obama declaró: “Creo que el primer ministro Netanyahu desea la paz y desea asumir riesgos para alcanzarla.” Aunque había expresado públicamente su comprensión con las reticencias palestinas ante las negociaciones directas, el presidente norteamericano cambió de opinión y se convirtió en su más decidido promotor.

¿Qué ocurrió entre marzo y julio que justifique ese viraje? Las conjeturas son numerosas. Las dificultades internas, los apremios ante las elecciones del próximo noviembre y las presiones de la comunidad judía en EE UU, que financió generosamente su campaña electoral de 2008, contribuyeron a la rectificación de Obama luego de que Netanyahu hiciera saber discretamente que había recuperado la confianza en el gran aliado y protector en medio de la tormenta desatada por el proyecto nuclear de Irán. Volvamos, pues, al punto de partida y pongamos sordina a la agria disputa sobre las colonias, decidieron en Washington y Jerusalén.

Bajo la fuerte presión estadounidense, la Liga Árabe, que se mostraba reacia al diálogo directo, apoyó públicamente las nuevas conversaciones el 29 de julio, dejando al presidente Abás en absoluta libertad para fijar la fecha con sus interlocutores. El acompañamiento del presidente egipcio, Hosni Mubarak, y del rey de Jordania, Abdalá, traducen la voluntad inequívoca de no permitir que las conversaciones sean torpedeadas por los radicales de Hamás e Hizbolá que tanto dependen económicamente de Irán o por un nuevo intento de romper el bloqueo de Gaza.

Principios y pragmatismo

Junto a la desconfianza derivada de un supuesto proceso de paz tan prolongado como decepcionante, agitado por periódicos estallidos de violencia, las delegaciones israelí y palestina acuden a Camp David con hondas divergencias que afectan más a los principios que al método de la negociación. Las discrepancias se reproducen entre el consenso internacional, representado por el llamado Cuarteto (Rusia, EE UU, la Unión Europea y la ONU) –un instrumento diplomático creado en 2002 por sugerencia de España para acompañar el proceso de paz– y la posición mucho más ambigua o indefinida de EE UU en sus exigencias hacia Israel.

En consecuencia, Abás llega a Washington con una pancarta simbólica en la que puede leerse la última declaración del Cuarteto, de 20 de agosto, en la que éste aboga por “un estatuto final, negociado entre las partes, que acabe con la ocupación que comenzó en 1967 y cuyo resultado sea la emergencia de un Estado palestino independiente, democrático y viable que conviva en paz y seguridad con Israel y sus vecinos”. Netanyahu, al frente de un gobierno tan dividido como anexionista, esgrime la invitación de la secretaria de Estado, Hillary Clinton, que convocó las conversaciones “sin condiciones previas” y fijó el plazo de un año para su conclusión.

La Administración de Obama, pues, deberá superar la incongruencia entre los principios de la convención definitiva, cuyos parámetros proclama y firma como integrante del Cuarteto, y las medidas necesarias para su consecución, que no se atreve a exigir bilateralmente a Netanyahu. La primera prueba de fuego no se hará esperar, ya que la moratoria de diez meses para la construcción de nuevas viviendas en Cisjordania, decretada por el gobierno israelí en noviembre de 2009 por diez meses, expira el 26 de septiembre.

El primer ministro israelí no desea prorrogar la moratoria, al menos públicamente, ya que esa decisión entrañaría probablemente la caída de su gobierno, el más derechista y anexionista de la historia de Israel, cuya supervivencia depende de los votos de pequeños partidos que se oponen ferozmente a cualquier limitación de las colonias o de su expansión en el Gran Israel (del Jordán al Mediterráneo) porque las consideran parte de la tierra prometida en la ley mosaica e imprescindibles para la seguridad de todo el país.

La cuestión de las colonias provocó algunas declaraciones incendiarias dentro de Israel, hasta el punto de que el rabino ultraortodoxo Ovadia Yossef, jefe espiritual del partido Shas, que forma parte del gobierno, apeló a Dios para que acabe con la vida del presidente Abás. Y el ministro de Asuntos Exteriores, Avigdor Lieberman, se mofó de la reunión de Washington: “Hemos conocido muchos acontecimientos festivos de este género”. En vísperas de la cumbre de Washington, el asesinato de cuatro colonos en una emboscada cerca de Hebrón elevó súbitamente la fiebre de todos los que en Israel hacen de la seguridad una razón de peso para defender la colonización

Aunque había prometido que no celebraría con versaciones directas con los israelíes si éstos no decidían la congelación definitiva de las colonias, el presidente palestino, muy debilitado y vulnerable por la secesión de Hamás en Gaza desde 2007, aceptó la negociación bajo fuertes presiones de Washington y de algunos Estados árabes (especialmente Egipto y Jordania, los mejores aliados de Washington), pero aseguró que abandonará las conversaciones si Israel no mantiene la moratoria para nuevas construcciones.

La situación en Cisjordania ha mejorado, en gran parte debido a la incesante ayuda internacional (ante todo, europea), y el primer ministro palestino, el tecnócrata Salam Fayyad, se ha empleado a fondo y con relativo éxito en la creación de un embrión de Estado, promoviendo la estabilidad, el desarrollo y la mejora de los servicios públicos, pero la ocupación del Ejército israelí y sus rutinas diarias (patrullas, controles, detenciones nocturnas, demolición de las viviendas de los sospechosos, etc.) no sólo causan molestias o perjuicios innumerables, sino que ofrecen abundante munición para la denuncia de Hamás y otros radicales, que han descrito el cónclave de Washington como “una gran engañifa”.

Para evitar un descarrilamiento prematuro, el liderazgo de las conversaciones deberá quedar en manos de Obama y Clinton, comprometidos en una empresa que pone a prueba al poder norteamericano y que puede ser histórica si consiguen persuadir a los israelíes y su gobierno de que la seguridad no será degradada por la entrega de casi todos los territorios ocupados y la emergencia de un Estado palestino viable, los dos pilares de la solución de dos Estados por la que aún apuesta la comunidad internacional, pero que los judíos ponderan con recelos o escepticismo y que los islamistas se proponen combatir, fieles al imperativo suicida de que “cuanto peor, mejor”.

Parece fuera de toda duda razonable que, en las actuales circunstancias, la diplomacia de EE UU no podrá lograr un acuerdo global que resuelva los problemas cruciales que siguen pendientes desde hace más de 40 años y que el Cuarteto señalaba en su comunicado: cómo terminar con la ocupación y evacuar a la mayoría de los colonos (unos 350.000) sin provocar una guerra dentro de Israel, el estatuto de Jerusalén, la cuestión de los refugiados. Y los que no figuran en la retórica diplomática: la incorporación de Gaza a un futuro Estado palestino, que los israelíes exigen que esté desmilitarizado, y la profundidad estratégica a lo largo del Jordán.

El sueño de la paz entre los dos pueblos que reivindican una misma tierra ha desembocado en una realidad conflictiva alimentada por la sangre, el odio y el rencor. La Administración de Obama, luego de haber cortejado sin éxito a los que consideraba las víctimas más notorias de la situación y de haber invitado a los árabes a “un nuevo comienzo”, ahora se encuentra en la encrucijada en la que se extraviaron sus predecesores. Descartado por inviable el camino de la solución global y definitiva, quizá ha llegado el momento de arreglos parciales pero irreversibles en el sentido de “la paz por territorios” y de un Estado palestino que ofrezca a Israel las garantías de seguridad que reclama. Pero persistirá el rechazo del islamismo, fuerza emergente en la región.

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Responses

  1. De lectura obligada, una vez más.
    Se lo recomiendo a mis alumnos!


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