Posteado por: M | 4 septiembre 2010

Emigración, islamismo y xenofobia (I)

Acontecen en Europa sucesos realmente extraordinarios, de los que algún eco salta el Atlántico y aterriza en Nueva York, crisol multirracial y multicultural. Conciernen a los problemas migratorios y específicamente a los que plantean los gitanos y, sobre todo, los musulmanes. El islam político vuelve a ser el fantasma que recorre Europa y los europeos ofrecen crecientes manifestaciones de su inquietud o prevención en todos los países, pero la corrección política impone el silencio o los paños calientes hasta que sobrevienen el crimen o el escándalo.

Todas las encuestas confirman que la emigración y el islamismo son un motivo de preocupación para los europeos de toda condición, pero los dirigentes políticos tardan en reaccionar hasta que las encuestas se muestran contundentes y ofrecen oportunidades electoralistas para los más osados, menos acomplejados o más complacientes. ¿Cómo cerrar la brecha abierta entre unas opiniones públicas alarmadas o exasperadas por la crisis y una clase política acunada en el progresismo que escurre el bulto o se parapeta detrás de la corrección política para estigmatizar a los Casandras que sólo profetizan desgracias?

La ansiedad sobre la integración de los musulmanes en Europa y el auge del islamismo radical persisten en la mayoría de los países. El 13 de julio, la Asamblea Nacional francesa votó abrumadoramente en favor de la prohibición del burka y del niqab en el espacio público, incluyendo no sólo las oficinas o el transporte, sino también las calles y los parques, a pesar de los problemas constitucionales que plantea la medida. Según el ministerio del Interior, el 25 % de las mujeres que llevan el rostro tapado en Francia son conversas al islam nacidas en familias no musulmanas.

Cuando un destacado socialdemócrata alemán, Thilo Sarrazin, publica un panfleto sospechoso de racismo, que denigra por igual a árabes y turcos, la clase política pone el grito en el cielo, aunque los periódicos constatan que la opinión pública comparte masivamente las tesis incriminadas. Hay que silenciar la supuesta blasfemia en el templo del fariseísmo mediante una censura antes sutil, ahora grotesca.

Aún pervive el recuerdo de cómo la libertad de expresión, a propósito de las caricaturas de Mahoma, fue sacrificada en muchos lugares de Europa en el altar del apaciguamiento. Se puede desbarrar contra el Papa, pero no criticar suavemente al imán de la esquina; analizar con minuciosidad hostil la historia de la cristiandad, pero no la del islam; exigir todo tipo de consideraciones y respeto religioso para los musulmanes, mas silenciar el integrismo feroz que prevalece en tierras islámicas.

La expulsión-espectáculo de los gitanos

Tras el triunfo electoral en Holanda, en junio último, de un partido calificado de xenófobo, el Partido Popular de la Libertad (PVV), de Geert Wilders, el presidente Sarkozy organiza en Francia una auténtica expulsión- espectáculo de miles de gitanos rumanos y búlgaros, por supuestos motivos de orden público, a imitación de lo que ya había hecho Silvio Berlusconi. La prensa europea se emociona y estigmatiza el comportamiento xenófobo y simplista del gobierno francés tanto como la hipocresía generalizada, porque nadie desea que le hurten el bolso en el supermercado o que instalen un campamento de fortuna cerca de su domicilio.

El Estado de derecho, último refugio del liberalismo, padece en Francia por culpa del populismo de un presidente que trata de recuperar la popularidad perdida, a pesar de que el Consejo de Estado francés, última instancia en cuestiones administrativas, con una jurisprudencia ejemplar, admitió y llevó a sus últimas consecuencias en otras circunstancias el recurso fundado en el vicio de la desviación de poder, es decir, la corruptela burocrática consistente en justificar la expulsión de los gitanos por unas razones (orden público) que el legislador concibió con otros propósitos. En último extremo, las deportaciones suplantan el imperio de la ley por la arbitrariedad, además de poner en entredicho la inteligencia política del hiperactivo presidente.

Las declaraciones discriminatorias no sólo contra los romaníes, sino contra los ciudadanos “franceses de origen extranjero” (es decir, musulmanes), a los que se amenaza con la pérdida de la nacionalidad si reinciden en la delincuencia, dejan fríos a los franceses, hasta el punto de que una encuesta publicada en el diario conservador Le Figaro revela que entre el 70 % y el 80 % de los consultados acoge favorablemente las medidas legales impulsadas por Sarkozy. Los llamados principios republicanos quedan sometidos al albur del oportunismo político. Para tapar la crisis económica, el cinismo se instala en Europa y los gitanos recuperan su papel de chivos expiatorios, como ha ocurrido tantas veces en la historia con otras minorías.

Cuando la Comisión Europea expresó su inquietud en un informe que subraya las fallas de la legislación francesa, en comparación con los requerimientos comunitarios, la deportación de los gitanos deviene una disputa de leguleyos. Francia niega que se hayan producido expulsiones colectivas, pero las cifras son muy elocuentes: 283 deportados en la última semana de agosto, 8.313este año y 7.875 en 2009. Algunos se marcharon voluntariamente, previo pago de una indemnización.

Los romaníes forman la minoría étnica más numerosa de la UE, hasta unos 12 millones, pero su integración ha mejorado muy poco desde que en 2005 se lanzó el “Decenio para la integración”. Según las estadísticas del Consejo de Europa, Rumanía (casi dos millones), Bulgaria (750.000) y Hungría (700.000) son los países con más porcentaje de población gitana. En España suman 725.000 (1,5 % de la población total) y unos 4000.000 (0, 60 %) en Francia. Su escolarización es baja, alta su tasa de delincuencia y muy acusado su nomadismo.

La legislación comunitaria de 2004 garantiza el derecho de todos los ciudadanos de la Unión Europea a instalarse en cualquier Estado miembro. Añade que aquellos que amenacen el orden público o la seguridad pueden ser devueltos a sus países de origen, pero previamente deberá instruirse “un expediente caso por caso” precisamente para impedir las deportaciones colectivas.

Puesto que el episcopado francés denunció sin ambages el proceder del gobierno, el papa Benedicto XVI no pudo por menos que expresar su malestar y su celo apostólico ante el nuevo éxodo de los gitanos. Y lo hizo en francés, durante el rezo del Ángelus, el domingo 22 de agosto: “Los textos litúrgicos de hoy nos recuerdan que todos los hombres son llamados a la Salvación. También contienen una invitación a saber acoger las legítimas diversidades humanas, como hizo Jesús, que vino para unir a los hombres de todas las naciones y lenguas.”

Las palabras del Pontífice irritaron al gobierno francés. Un consejero áulico de Sarkozy, el publicista Alain Minc, uno de los responsables del desastre de Le Monde, echó mano de la caja de los truenos en los micrófonos de France Inter: “Tengo que explotar un poco. ¿Este Papa alemán? ¿Y además, en francés?” Y encadenó su peculiar filípica: “Se puede discutir todo lo que se quiera sobre el asunto de los gitanos, pero no un papa alemán. Juan Pablo II quizá, pero no éste. Su insensibilidad se hizo patente cuando recuperó a un obispo revisionista; su insensibilidad histórica, ya que es, como todos los alemanes, un heredero; no un culpable, pero sí un heredero.”

La diatriba sectaria de Minc resultó tan ofensiva como absurda, una estúpida perorata sobre la culpa colectiva e incluso su transmisión de generación en generación, que indignó a los católicos. Como si los franceses pudieran rememorar con buena conciencia todos los episodios de su pasado sin recordar las persecuciones y matanzas por motivos religiosos, desde los cátaros a los hugonotes. Precisamente por ser alemán, el papa Ratzinger está muy bien preparado para apreciar y condenar los efectos demoledores del fanatismo, el racismo y la xenofobia.

La ex ministra Christine Boutin instó a Minc a que presentara sus excusas por “haber insultado al Papa, a los católicos, a los alemanes y a los europeos”. Y añadió: “Cabe formular la pregunta de si el señor Minc habría osado atacar de la misma manera a un imán o al dalai-lama.” Una vez más, el nudo gordiano de la ley del embudo que se aplica en función de los protagonistas. Hasta el momento de escribir estas líneas, Sarkozy no había desautorizado a su entrometido consejero.

La prensa prestó menos atención a lo ocurrido en Roma, donde el coronel Gadafi, extravagante dictador de Libia desde hace 40 años, en una visita de negocios, exigió a la Unión Europea (UE) nada menos que 2.000 millones de euros para frenar el flujo migratorio clandestino desde su país a Sicilia y Malta.

En Turquía, a su vez, el gobierno de Recep Tayyip Erdogan, que se presenta como islamista moderado y aspira a convertirse en socio de la UE, obligó a las cheerleaders (animadoras) ucranianas a cambiar de atuendo y moderar sus contorsiones supuestamente para no turbar a los jugadores turcos e iraníes en el campeonato mundial de baloncesto. Ambos hechos fueron parcialmente ocultados o infravalorados por la corrección política y la alianza de civilizaciones que tanto han afeitado los cuernos de la sátira.

Más sobre la mezquita de Manhattan

Las excepcionalidad de EE UU está en entredicho y el virus alcanza a la ciudad de Nueva York, que algunos consideran como la utopía realizada de la armonía racial y religiosa, a pesar de su historia sangrienta. Un editorialista del New York Times se levantó alarmado y encolerizado porque descubrió en una encuesta propia que el 67 % de los neoyorquinos sostiene que los promotores de la mezquita en el Bajo Manhattan, cerca de la Zona Cero, deberían buscar “una ubicación menos controvertida”.  A nivel nacional, el porcentaje se aproxima al 80 %.

Sólo el 27 % de los encuestados piensa como el periódico, pero éste insiste en defender su opinión –la erección de la mezquita en el lugar planeado–, aunque ya no se atreverá quizá a calificar de islamófoba, como hasta ahora era habitual, a la amplia mayoría de conciudadanos que sostiene lo contrario. Una mayoría, desde luego, que no está en contra de la libertad de culto, que sólo propugna el cambio de lugar de la mezquita, pero que prefiere no enterarse de que los cristianos son perseguidos aún en tierras del islam, en países regidos por dictaduras teocráticas que figuran entre los estrechos aliados de EE UU.

La defensa de las opiniones propias frente a las de la mayoría honra al periódico y sin duda constituye un ejemplo digno de emulación para los que con tanta frecuencia cambian de parecer según los vientos que corren o los dictados de la corrección política. Pero un rotativo serio debería evitar la aplicación de calificativos infamantes como el de islamófobo o xenófobo, las llamadas denigraciones ad hominem, para coartar la libertad de sus adversarios dialéctico o sus lectores y sofocar la libre discusión de los problemas.

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