Posteado por: M | 11 septiembre 2010

Aniversario del 11-S bajo el signo del islam

En cada aniversario de los atentados del 11 de septiembre de 2001 (11-S), que destruyeron las Torres Gemelas y causaron casi 3.000 muertos en Nueva York, el día en que el mundo cambió por completo, proliferan en la prensa norteamericana las noticias, los análisis y las reseñas de los libros sobre el islam político o islamismo radical, un fenómeno global cada día más extendido e inquietante que convierte la religión en ideología destructora y concita reacciones comprensibles de temor e indignación, a veces histéricas o desmesuradas, en algunos sectores de la opinión y especialmente en la derecha cristiana.

Las encuestas sugieren un incremento sostenido del número de ciudadanos que expresan sin ambages una visión negativa del islam. “Is America islamofobic?”, se pregunta en portada la revista Time para anunciar un gran reportaje que ofrece algunos datos sobre la expansión acelerada del islam en EE UU y las polémicas que desata la construcción de una mezquita, de las que hay unas 2.000 en todo el país y más de 100 en Nueva York.

Zona Cero de Nueva York

En el noveno aniversario del apocalipsis de Manhattan, cuando en medio de la sangre y la devastación emergió un nuevo escenario estratégico, los sentimientos de horror y de ira siguen muy presentes en la vida norteamericana. La controversia y las emociones suscitadas por el proyecto de construir un centro islámico (Córdoba House) y una mezquita a dos manzanas de la Zona Cero preocupan a las autoridades religiosas de todas las confesiones, que se reunieron en una cumbre de emergencia en Washington para denunciar “el escarnio, la desinformación y la abierta intolerancia” que estaban sufriendo los musulmanes norteamericanos. “América no es así –resumió el cardenal Theodore McCarrick–. América no se edificó sobre el odio.”

Los reunidos en Washington insistieron, como no podía ser de otra manera, en el derecho constitucional de los musulmanes a construir sus mezquitas, de acuerdo con la libertad de culto, pero no se pronunciaron al unísono sobre “la prudencia de levantar ese proyecto en el lugar elegido”, a sólo dos manzanas de la inmensa cicatriz abierta por el derrumbe de las Torres Gemelas, un asunto en el que “las personas responsables han adoptado posiciones diferentes”, según el comunicado del cónclave religioso. Esto quiere decir que persisten las discrepancias sobre la mezquita al más alto nivel.

En EE UU viven unos 2,5 millones de musulmanes con una población total de 300 millones, un porcentaje muy inferior al que ofrece cualquier país europeo. En términos generales, están mejor integrados que los que viven en Europa, su nivel de vida es superior –abundancia de universitarios, financieros, profesionales liberales  y rentistas– y muchos disponen de la nacionalidad norteamericana. No obstante, desde los atentados del 11-S, la desconfianza cuando no la hostilidad ha crecido en su entorno, en parte motivadas por algunos acontecimientos que golpearon el imaginario nacional.

Los dos últimos episodios de violencia que alcanzaron resonancia mediática fueron protagonizados por dos personas aparentemente bien integradas en EE UU. El 5 de noviembre de 2009, el comandante militar Malik Nidal Hassan, nacido en Virginia de padres de origen palestino, ametralló a sus compañeros de armas en la base de Ford Hood (Tejas) y mató a 13 de ellos. Este militar, de confesión mahometana, psiquiatra de profesión, había caído bajo la influencia de un imán extremista de los muchos que predican la guerra santa (yihad).

El 2 de mayo de 2010, un coche bomba colocado en la muy concurrida Times Square de Manhattan no llegó a estallar por un fallo en el mecanismo de ignición. El presunto autor del atentado frustrado, que podría haber causado muchas víctimas entre los transeúntes, fue Faisal Shahzad, otro islamista de origen  pakistaní, que había trabajado como analista financiero y que, según el FBI, fue captado ideológicamente y entrenado por los talibanes en los santuarios de Pakistán.

Algunos analistas creen que la estrategia norteamericana en todo el gran Próximo Oriente, desde el Mediterráneo hasta la frontera indo-pakistaní, podría verse afectada por la decisión final sobre la construcción de la Córdoba House, pero otros advierten de que la instalación de una mezquita cerca de la Zona Cero abriría una herida emocional en la sociedad norteamericana y probablemente sería vista por los que preconizan las exégesis más radicales del islam como “un monumento erigido en el lugar de una gran victoria militar”. Como una blasfemia en la catedral del recuerdo y la aflicción.

La cumbre religiosa coincidió con la proclama incendiaria de un oscuro pastor protestante de una pequeña iglesia de Florida, Terry Jones, que instituyó por su cuenta el 11-S como “el día de la quema del Corán”, libro sagrado de los musulmanes, provocando la alarma de la Casa Blanca, del departamento de Estado y del jefe de las tropas en Afganistán, general David Petraeus, quien declaró que un vídeo que mostrase una hoguera con ejemplares del Corán “sería indudablemente utilizado por los extremistas en todo el mundo para inflamar la opinión pública e incitar a la violencia”.

Para entender la baladronada del pastor Jones hay que tener en cuenta el arraigo de que goza en EE UU, desde los tiempos de la fundación, el derecho inalienable del free speech (libertad de palabra), que existe precisamente para garantizar la autonomía religiosa de cualquier persona, una prerrogativa que nadie cuestiona ni siquiera cuando su ejercicio resulte arriesgado o pueda poner en peligro la vida de los soldados norteamericanos en el extranjero. La quema del Corán o incluso de la bandera norteamericana no es delito, ni un acto que pueda ser prohibido o sancionado por las autoridades administrativas.

En vísperas del aniversario, Obama salió a la palestra para hacer un llamamiento en pro de la tolerancia y de la mejora de las relaciones entre musulmanes y no musulmanes, visiblemente inquieto por la proliferación de los sentimientos antiislámicos.  Reiteró el leit-motiv de su discurso de El Cairo, la obviedad retórica de que “EE UU no está en guerra contra el islam, sino contra Al Qaeda”. Y añadió: “Somos una nación ante Dios, al que podemos invocar con diversos nombres, pero seguimos siendo una nación.”

Los mensajes oficiales en pro de la tolerancia religiosa van dirigidos no sólo al estrambótico pastor de Florida, sino también, desde luego, a los imanes extremistas que arengan con sus proclamas incendiarias a los fieles en las mezquitas de Nueva York, Washington o Detroit. Pero la prédica de Obama, coartada por la corrección política y por algunos aspectos incómodos de su biografía –se educó en un país de mayoría musulmana y nunca vistió el uniforme militar–, resulta poco persuasiva para un número creciente de americanos que sostiene opiniones abiertamente islamófobas. También ha sido mal recibida su decisión de no acudir a la Zona Cero el día del luctuoso aniversario, sacudido este año por una enconada disputa.

Muchos norteamericanos no entienden que el gobierno de su país patrocine la gira que realizó por Oriente Próximo el imán Feisal Abdul Rauf, el hombre que da la cara en la empresa que se propone construir el centro islámico cerca de la Zona Cero, presupuestado en más de 100 millones de dólares. Se trata de un imán presuntamente cosmopolita, que se presenta como constructor de puentes entre el islam y Occidente, pero que levanta la sospecha de actuar a sueldo del departamento de Estado que dirige Hillary Clinton, pese a sus ambiguas posiciones sobre el terrorismo.

Lo relevante, sin embargo, es que la organización de Bin Laden ha quedado reducida a mera referencia integrista o a una denominación propagandística y genérica para aludir a unos sentimientos harto extendidos o para designar a los numerosos grupúsculos locales y regionales –Afganistán, Irak, Yemen, Somalia, el Magreb, Indonesia, los guetos de algunas ciudades europeas– que coinciden en atacar los intereses norteamericanos, quemar banderas o al tío Sam en efigie y movilizar a las masas desheredadas contra “el gran Satán”, en una guerra subrogada e ideológica. El estar en guerra contra Al Qaeda, como dice Obama pensando en Afganistán, equivale a enfrentarse a un fantasma, una nebulosa escurridiza.

Como señala Richard A. Falkenrath, reputado especialista de la seguridad y el contraterrorismo, la amenaza del terror contra EE UU y sus intereses en el extranjero se ha extendido y es más enrevesada que hace nueve años. “La radicalización ocurre por doquier –advierte–, principalmente entre musulmanes desafectos, que en realidad no tienen ninguna vinculación con Al Qaeda, pero que, de vez en cuando, se unen para organizar y perpetrar un ataque.”

Muy vigilados por la policía, en el mismo Nueva York existen al menos dos grupos extremistas, la IslamicThinkers Society y el Revolution Muslim Group, que, protegidos por las garantías de la Constitución norteamericana (en su primera enmienda), utilizan una retórica agresiva y no ocultan sus simpatías por las manifestaciones más extremas del islamismo.

En EE UU y Europa, al contrario de lo que ocurre en el orbe musulmán, las libertades de conciencia y de culto están efectivamente garantizadas y no se subordinan a los avatares de la política. Forman parte de la tradición democrática, de la secularización que mantiene la primacía del poder civil sobre el religioso, de manera que ninguna de las confesiones establecidas incita a la violencia o a la quema de libros sagrados. La actitud del pastor Jones es insólita, aunque oportunista, y quizá no pretende otra cosa que recaudar dólares o adquirir notoriedad, aprovechando un ambiente enfebrecido por el aniversario de la agresión inaudita y la campaña electoral.

Según una encuesta del Washington Post-ABC News, prácticamente la mitad de los consultados (49 %) manifiesta una visión desfavorable del islam (el 37 %, favorable). La apreciación global es bastante más negativa que hace ocho años (en octubre de 2002), cuando el 47 % aseguró que tenía un concepto positivo del islam. Aproximadamente el 33 % de los ciudadanos cree que la corriente principal mahometana fomenta la violencia contra los que no son musulmanes (un porcentaje que dobla el de 2002). Algunos, como el pastor Terry Jones, creen que el islam es “una religión diabólica” cuyo progreso en EE UU hay que frenar.

Quizá no es casual que la percepción poco amable del islam coincida con la ola de pesimismo que prevalece no sólo en notables círculos de la comunidad académica, sino también entre amplios sectores de la población sin distingo de inclinaciones partidistas. Según una encuesta reciente del Wall Street Journal/NBC News, el 65 % de los estadounidenses cree que su nación está en declive y que la recuperación económica se presenta muy poco segura porque los problemas son estructurales no cíclicos, según la conclusión de muchos analistas.

Como es notorio, los norteamericanos están profundamente divididos, los políticos del Partido Demócrata se baten a la defensiva luego de que Obama respaldara oblicuamente la construcción de la mezquita y los mejor informados arguyen que Mohamed Atta, uno de los cerebros de los atentados del 11-S recomendó “leer el santo Corán” y “recordar todas las cosas que Dios ha prometido a los mártires”. Los que incluso llegan a hacer comparaciones aluden al espectáculo surgido con ocasión de las caricaturas de Mahoma publicadas en un diario danés, cuando numerosos europeos de todas las tendencias estaban dispuestos a sacrificar la libertad ante las exigencias violentas de las masas mahometanas agitadas por los agentes del islam político.

En el New York Times, estandarte y trinchera de Obama, el columnista Roger Cohen, en un artículo titulado dramáticamente “Cosecha de odio”, rememoró su visita a Auschwitz en 1998, cuando la instalación de un convento católico fue desautorizada por el papa Juan Pablo II y eliminadas las cruces cristianas porque resultaban ofensivas para los judíos. Su conclusión: teniendo en cuenta los sentimientos dominantes en la sociedad, la construcción de la mezquita en la Zona Cero “no es una idea sensata”.

Finalmente, el pastor Jones canceló o pospuso la quema del Corán después de entrevistarse con un imán de Florida, Muhammad Musri, que supuestamente le prometió parlamentar con los promotores de la mezquita de Manhattan para decidir su traslado a otro lugar. Antes había recibido la visita de agentes del FBI y una llamada telefónica del secretario de Defensa, Robert Gates, quien probablemente le advirtió de los peligros que podrían derivarse para los soldados norteamericanos en Afganistán e Iraq.

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