Posteado por: M | 13 septiembre 2010

Erdogan y el islamismo avanzan en Turquía

Los resultados del referéndum constitucional en Turquía del 12 de septiembre, con aires de plebiscito, arrojaron un rotundo triunfo para el primer ministro, Recep Tayyip Erdogan, y su Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP), islamista y conservador, pero no resuelven ninguno de los problemas candentes: las relaciones con la Unión Europea (UE), el crecimiento económico sostenido, el problema kurdo y, sobre todo, la polarización creciente entre los islamistas en el poder y las élites occidentalizadas y secularizadas que acusan al gobierno de menoscabar de manera irreparable la separación de poderes y de seguir adelante con su agenda oculta para acelerar la islamización de las instituciones.

Erdogan y sus huestes del AKP presentaron las 26 enmiendas de la Constitución como un esfuerzo para consolidar la democracia, afianzar la supremacía del poder civil sobre el militar y aproximar la estructura legal del país al modelo democrático-liberal que prevalece en la UE. Por el contrario, la oposición de izquierda, representada por el Partido Republicano del Pueblo (CHP), kemalista, sin negar la conveniencia de algunas de las reformas, describió todo el proceso referendario como un nuevo golpe de los islamistas contra el orden secular instaurado cuando Mustafá Kemal (Ataturk) abolió el califato y proclamó la república (1923).

Si muchas de las enmiendas concernientes a los derechos individuales eran objetivamente necesarias e impecablemente democráticas, la ambigüedad de la elección –un solo voto para preceptos muy diversos– explica también el resultado e incluso las disonancias en el campo laico y republicano. “El partido gobernante preparó cínicamente un paquete de medidas con elementos diversos que no deberían haber sido decididos conjuntamente y los presentó con un mensaje equívoco hasta el punto de convertirlo en una vulgar manipulación”, sentenció un editorial de la edición inglesa del diario liberal Hurriyet de Estambul (12 de septiembre).

Según el escrutinio provisional, el 58 % de los votantes lo hizo a favor y 42 % en contra. La participación quedó en el 77 %, elevada para los registros habituales (el voto es obligatorio) y pese al boicot preconizado por el Partido de los Trabajadores Kurdos (PKK), ya que las reformas no afectan a las reclamaciones culturales y políticas de la importante minoría instalada en el sureste del país (17 % de la población). El voto negativo sólo se impuso en las provincias costeras del mar Egeo, tradicionalmente más liberales y menos piadosas. En cualquier caso, el escrutinio confirmó la fractura del país y el voto favorable quedó muy por debajo del 75 % que se exige en el Parlamento para aprobar las reformas constitucionales.

Dos de las 26 enmiendas perjudican a dos de los bastiones del laicismo, el Tribunal Constitucional y al Alto Consejo de Jueces y Fiscales, cuyos miembros, a partir de ahora, deberán ser elegidos por el Parlamento (Gran Asamblea Nacional) o el presidente de la República, con participación del gobierno, un sistema similar al de algunos países europeos. Pero los críticos aseguran que el AKP pretende politizar el poder judicial y abolir el principio de la separación de poderes. “Erdogan quiere cambiar la Constitución en un sentido autocrático, para instaurar un sistema presidencial”, declaró Kemal Kiliçdaroglu, jefe del CHP.

Entre los designios supuestamente ocultos del gobierno para islamizar las instituciones, desde los cuarteles a los juzgados, y los recelos de la oposición ante el autoritarismo de Erdogan, el consenso deseable en cuestiones constitucionales naufragó en el Parlamento, donde las reformas, redactadas en 2007, no fueron aprobadas hasta abril-mayo de este año, pero no por la mayoría de dos tercios requerida, lo que hizo inevitable el referéndum luego de que el presidente de la República, Abdulá Gül, firmara la ley el 13 de mayo.

Las sospechas sobre las intenciones del gobierno de Erdogan son alimentadas periódicamente por las detenciones masivas de implicados en supuestas conspiraciones cívico-militares, como la trama conocida por Ergenekon. Los detenidos no son sólo militares, sino también académicos, magistrados jubilados, periodistas y escritores que vituperan al gobierno y que pertenecen a la élite secularizada, guardián de la República laica fundada por Ataturk. Lo que están en juego no es la islamización del país –siempre fue musulmán–, sino de sus instituciones, y también el temor de una introducción subrepticia y progresiva de la ley islámica (sharia).

La oposición teme ahora que Erdogan, fortalecido por el triunfo en el referéndum, adelante las elecciones, previstas en principio para la primavera de 2011, a fin de garantizarse un tercer mandato consecutivo que potenciaría la influencia islámica en todas las instituciones y acentuaría las tendencias antioccidentales de su política exterior. Para el gobernante AKP, “los tradicionales y estrechos lazos de Turquía con Occidente constituyen un proceso de alienación”, según puede leerse en el opúsculo estratégico (Strategic Depth) escrito por el ministro de Asuntos Exteriores, el combativo Ahmet Davutoglu.

Durante este año, Turquía prosiguió su acercamiento a Irán, Iraq y Siria, patrocinó indirectamente la flotilla con ayuda humanitaria que pretendió quebrantar el bloqueo de Gaza, rompió su alianza de 50 años con Israel y trató de organizar y encabezar un frente islámico para presentarse como un poder regional, mediador ante la OTAN en particular y Occidente en general. “Bajo el gobierno islamista de Erdogan, el país ya no puede ser considerado un aliado de Occidente”, advierte el analista turco Soner Cagaptay.

No sabemos si las reformas constitucionales allanarán el camino de Europa precisamente cuando Erdogan, simultáneamente islamista, moderado y conservador, en conflicto con Occidente y los no creyentes, adalid del islamismo como ideología política, aparece para la élite secularizada como un adepto del choque de civilizaciones y con ambiciones califales. Por eso trata de arrancar a Turquía de la senda occidentalizadora en que la situó Ataturk y quizá por lo mismo aparece compartiendo con Rodríguez Zapatero el podio de la alianza de civilizaciones.

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