Posteado por: M | 15 septiembre 2010

Castro en el laberinto de su ocaso

Algo se mueve en el falso paraíso del inmovilismo político por antonomasia y el desastre económico sin remedio. Me refiero a Cuba, donde Fidel Castro anunció que el sistema del dilema trágico (socialismo o muerte) estaba agotado, luego rectificó sin convencer a nadie y finalmente ordenó a la Central de Trabajadores de Cuba (CTC), la correa de transmisión del régimen, que propalara a los cuatro vientos el despido de medio millón de empleados estatales en 2011. Para rematar la jugada del pánico, del palo y tente tieso, se insinúa en los pasillos abarrotados del comité central del partido comunista (PCC) que los cesantes del hipertrofiado sector público no cobrarán subsidio de desempleo.

Ese plan draconiano de la reducción de teóricos puestos de trabajo, misérrimamente remunerado (salario medio mensual de 20 dólares), pero sin verdadera contraprestación, sólo es concebible en una dictadura férrea e ideológica que, una vez más, pisotea sus principios y pone sordina a todas la baladronadas anticapitalistas en aras de la supervivencia de una nomenklatura despótica y corrompida, la misma que ya fue sentenciada por el ideólogo yugoslavo Milovan Djilas tan temprano como en 1956 en su histórica disección del estalinismo (La nueva clase).

El resultado calamitoso de la economía administrada se perpetuó desde 1964 con el presidente soviético Leonid Brezhnev, maestro del estancamiento y teórico de la soberanía limitada para encontrar en el extranjero los recursos que suplieran la incuria interior, a costa de varias guerras. Ante los salarios casi simbólicos y los subsidios tan problemáticos como discriminatorios, los obreros y empleados fingían que trabajaban. La impostura corregida y aumentada sigue vigente en Cuba, ahora extraviada en el laberinto de sus contradicciones.

Ya conocemos la trastienda del espectáculo por las últimas apariciones del que fue Líder Máximo, ahora consejero en jefe e infalible de su hermano, el presidente Raúl Castro. Las exhibiciones periodísticas y discursivas del decrépito caudillo en su definitivo otoño, pero sin que el amigo García Márquez describa el naufragio, formaron el prólogo inopinado del bombazo del despido y la vaga esperanza de que muchos de los afectados puedan colocarse en un sector privado en tímido auge tras medio siglo de condena y denigración.

El gobierno hizo saber que se propone permitir un aumento significativo de la actividad económica privada, que actualmente sólo ofrece unos 500.000 empleos, de los que unos 140.000 son por cuenta propia: restaurantes familiares o paladares, fontaneros y electricistas, taxistas, los que alquilan habitaciones y los fotógrafos de bodas y cumpleaños. Otros 250.000  son cooperativistas. Desde que Raúl Castro asumió el poder por enfermedad de su hermano y mentor (2006), unos 100.000 campesinos han recibido tierras estatales en arrendamiento. De los 11,2 millones de cubanos que viven en la isla, no llegan a cinco millones los que forman la población activa.

Unos 5 millones de trabajadores están en la nómina del gobierno y de las empresas estatales, lo que supone el 85 % de todos los que trabajan o simulan que lo hacen. Ante la baja fuerza laboral y su disparatada distribución en los sectores de la economía, parece que el socialismo real ya no da para más, en un entorno indiferente cuando no hostil, a pesar de los subsidios de Hugo Chávez, y el gobierno se propone mitigar las tensiones y, al mismo tiempo, aumentar sus ingresos fiscales con los impuestos del incipiente sector privado.

“Nuestro Estado no puede ni debe continuar manteniendo empresas (…) con plantillas infladas y pérdidas que lastran la economía, resultan contraproducentes, generan malos hábitos y deforman la conducta de los trabajadores”,  puede leerse en el comunicado de la CTC. Tan paladino reconocimiento de los males endémicos de la feroz dictadura sobre las necesidades, pero también del escaso entusiasmo de los cubanos por  el socialismo de la penuria, confirman que el régimen se halla en una encrucijada igual o peor que la vivida a principios de  los 90, tras la caída de la URSS y la supresión de las subvenciones soviéticas (casi mil millones de dólares anuales).

Además de lidiar con la crisis financiera internacional, el régimen castrista se vio sacudido por la devastación de los huracanes en 2008, así como por la disminución de los ingresos del turismo y de las remesas para los familiares enviadas por los residentes en EE UU y otros países. La última y desastrosa cosecha de azúcar obligó a recortar las importaciones (-37 %) y agravó la escasez crónica en el sector alimentario.

El señuelo de la vía china

Como en aquellos años de desconcierto (1990-1991), ahora que ya no se puede insultar a Gorbachov por su dislocación del socialismo real, no sabemos si el reconocimiento de la grave situación y el empeño de convertir en virtud la angustiosa necesidad se verán lastrados en La Habana por el corsé ideológico, arrinconados tan pronto como la tormenta amaine, o si señalarán el comienzo de un cambio sin retorno en la dirección china, el último descubrimiento o señuelo de una burocracia anquilosada. Tampoco sabemos quién puede representar en Cuba el papel de Deng Xiaopong, el hombre que señaló a los chinos la senda maravillosa del enriquecimiento y la prosperidad.

¿Ocurrirá algo parecido en Cuba sin incurrir en una monstruosa matanza como la de la plaza de Tiananmen, 11 años después del comienzo de la apertura (1978-1989)? Desde que el 7 de julio fue fotografiado en público por primera vez en cuatro años, Fidel Castro ha multiplicado las apariciones y los discursos, no está claro si para ayudar a su hermano en el durísimo ajuste que acaba de anunciarse o para comunicar al mundo su propósito de morir con las botas puestas, obedeciendo el propio dictado de socialismo o muerte.

Quizá Fidel Castro trata simplemente de distraer la atención con sus lúgubres conjeturas sobre la guerra nuclear y el polvorín del Próximo Oriente o de ayudar al ministro español de Asuntos Exteriores, Miguel Ángel Moratinos, a completar su cruzada para aligerar las mazmorras del gulaj tropical a cambio de aparecer como el cómplice obsecuente de la dictadura, como acaban de reprocharle los disidentes desterrados que vinieron a Madrid sin ni siquiera el derecho de ser reconocidos como refugiados políticos.

Una entrevista de cinco horas

En un reportaje-entrevista publicado en la revista norteamericana The Atlantic, el periodista Jeffrey Goldberg, que visitó a Fidel en La Habana, aseguró que éste le había dicho: “El modelo cubano ya ni siquiera funciona para nosotros”. Confrontado con este diagnóstico que más semeja en reniego, que dio la vuelta al mundo, el dictador se rectificó a sí mismo y, como es habitual en estos casos, trató de matar al mensajero e insistió en que era el capitalismo el que estaba en fase terminal. Las palabras de Castro, traducidas al inglés por Goldberg, fueron las siguientes: “The Cuban model doesn´t work for us anymore”

No obstante, Julia Sweig, experta en cuestiones cubanas en el prestigioso Council of Foreign Relations (CFR), que acompañó a Goldberg en su entrevista, confirmó las declaraciones de Castro. Según ella, Castro reconoció que “el Estado desempeña un excesivo papel en la vida económica del país”.

Sweig se mostró relativamente optimista en lo que concierne a los planes de reforma de la economía al borde de la asfixia, porque “existe una demanda acumulada tan gigantesca en Cuba que el traslado de empleos del sector público al privado tienen probabilidades de éxito”. Los economistas de la disidencia consultados por teléfono se mostraron menos confiados en la capacidad de la dictadura para restablecer la credibilidad perdida.

Goldberg y Sweig estuvieron conversando con Castro durante unas cinco horas, como era habitual en los buenos tiempos en que el dictador osaba dar lecciones al mundo desde el Palacio de la Revolución y cantaba las excelencias del marxismo-leninismo con una garrulería inagotable. Entre las rectificaciones más significativas de Castro, siempre según Goldberg, sobresale el mensaje crítico que envió al presidente de Irán, Mahmud Ahmadineyad, por negar el Holocausto y no entender las consecuencias de su antisemitismo teológico.

Entre las palabras que Goldberg pone en boca de Castro figuran las siguientes, éstas inesperadas: “Creo que nadie ha sido más vilipendiado que los judíos. Diría que mucho más que los musulmanes. Han sido mucho más calumniados que los musulmanes porque han sido difamados y culpados de cualquier cosa. Nadie culpa de todo a los musulmanes.” Y concluyó sobre esta cuestión: “Los judíos han vivido una existencia que es mucho más dura que la nuestra. Nada se puede comparar con el Holocausto.”

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