Posteado por: M | 27 septiembre 2010

Alta tensión China-Japón con EE UU al fondo

La hipótesis de que el epicentro de la geopolítica se ha trasladado del Atlántico al Pacífico, expuesta con frecuencia e inquietud en estos escritos, ha recibido un repentino impulso como secuela de la agria controversia entre Beijing y Tokio luego de que los guardacostas nipones detuvieran al capitán de un pesquero chino en una zona disputada del mar de China meridional. El conflicto económico, estratégico y diplomático parece haber entrado en aguas menos turbulentas tras la liberación incondicional del marinero chino, el 24 de septiembre, tras 15 días de detención, un apaciguador desenlace que encubre para la prensa japonesa un humillante repliegue. Pero la tensión está lejos de haber remitido.

Los daños colaterales son considerables. China actuó siempre en posición de fuerza y celebró la aparente victoria con nuevas exigencias. Las alarmas sonaron en Washington e inmediatamente el horizonte del Pacífico se cubrió con tintes sombríos. La crisis estalló cuando aún no se habían mitigado los ecos del anuncio con el que China mostró su orgullo por haber superado a Japón como segunda potencia económica, mientras el presidente Obama seguía deplorando infructuosamente la renuencia de Beijing a corregir al alza el valor irreal del yuan.

Lo que es nuevo, en cualquier caso, es que China se pavonea como primer mercado de las exportaciones japonesas y máximo tesorero de la deuda estadounidense. Los lados del triángulo del Pacífico han cambiado la clasificación económica y la longitud de su poder.

Una situación que actúa como revulsivo del equilibrio de poder en Asia y coloca en el mismo escenario a las tres primeras potencias económicas y a los dos mayores ejércitos, aunque el chino no sea precisamente de los mejor pertrechados. Cualquier choque de intereses adquiere inmediatamente dimensiones globales, de manera que las escaramuzas en el mar de China meridional, en el mar Amarillo o en la frontera intercoreana amagan con provocar indeseables fallas en todos los continentes.

La desconfianza es recíproca, alimentada por los agravios, las pesadillas históricas y un resentimiento a flor de piel. Beijing esgrime los tratados militares de Washington con Tokio y Seúl para justificar su paranoia, denuncia las maniobras navales conjuntas de EE UU con Corea del Sur y se niega, por tanto, a abandonar a su fiel aunque imprevisible vasallo de Corea del Norte.

Tanto el Japón pacifista como Corea del Sur están protegidos tanto por el paraguas nuclear norteamericano como por las tropas instaladas al sur del paralelo 38 en la península coreana desde el armisticio de 1953. Y nada se consigue con los paños calientes, el comercio y las sonrisas si la ecuación militar favorece claramente a los generales de Beijing, aparentemente más intransigentes que los dirigentes civiles del Partido Comunista (PCCh).

La crisis se trasladó a Nueva York con ocasión de la cumbre mundial en la ONU sobre los objetivos del milenio. El primer ministro chino, Wen Jiabao, abandonó la sonrisa diplomática y se negó a reunirse con su homónimo japonés, Naoto Kan, e incluso amenazó con nuevas medida de retorsión si Japón no liberaba al capitán. La secretaria de Estado, Hillary Clinton, tuvo que consolar a Naoto Kan asegurándole en privado que el tratado se seguridad y defensa mutua entre los dos países (1960) se extiende a las islas en disputa.

El origen del antagonismo se encuentra en las islas que los japoneses llaman Senkaku (Diaoyu para los chinos), en el mar de China meridional, prácticamente deshabitadas, bajo administración teórica japonesa, pero reivindicadas tanto por China como por Taiwán. El pequeño archipiélago sólo es un punto de referencia simbólico en una colisión estratégica y económica de gran calado que afecta a los ricos yacimientos de hidrocarburos situados un poco más al norte, donde se entrecruzan peligrosamente las aguas territoriales chinas con la zona económica exclusiva japonesa.

La detención de un pesquero chino por los guardacostas japoneses desencadenó un intercambio de exabruptos retórico-nacionalistas. Los japoneses trataron de rebajar la tensión liberando a la tripulación del pesquero (13 de septiembre), pero reteniendo al capitán, a la espera de presentar cargos contra él, cuando en otros incidentes similares se apresuraron a liberar a las tripulaciones. ¿Por qué ahora tardaron 15 días en adoptar una decisión claramente política, como reconoció el fiscal encargado del caso? ¿Por qué el apresamiento del pesquero se realizó el 8 de septiembre, aniversario de la invasión japonesa de China en 1931?

Los chinos, a su vez, elevaron el tono, abrumaron al embajador nipón con ruidosas manifestaciones patrióticas, suspendieron las conversaciones diplomáticas sobre los campos petrolíferos marinos y multiplicaron las diatribas en internet, en una atmósfera estrictamente controlada que se complace en exhibir los pésimos recuerdos del imperialismo nipón. En flagrante represalia, cuatro turistas japoneses fueron detenidos y acusados de fotografiar instalaciones militares.

Como si las humillaciones históricas y las heridas de la ocupación y la guerra no se hubieran restañado o los dirigentes del PCCh quisieran utilizarlas como arma arrojadiza. No quedó claro, sin embargo, si los chinos habían amenazado con suspender las exportaciones de minerales estratégicos o de componentes electrónicos que China manufactura a buen precio con destino a la gran industria japonesa, pero sí reiteraron que la detención del capitán era “ridícula, ilegal y nula”.

La liberación del capitán del pesquero no calmó los ánimos ni puso fin al chirriante choque de nacionalismos. Japón quitó importancia a la crisis con una decisión política, que no judicial, y alegó que se trataba de “un incidente aislado”, pero Beijing publicó un duro comunicado para reiterar que la detención era injustificada  y exigir que Tokio entone la palinodia, se disculpe y le ofrezca compensaciones, porque “un acto semejante infringe la soberanía territorial de China y viola los derechos humanos de ciudadanos chinos”.

Las reacciones en Japón fueron muy dispares, pues si bien la oposición denunció “la evidente derrota diplomática”, el mundo de los negocios respiró aliviado y el presidente de la bolsa de Tokio celebró la liberación del marinero. El Partido Democrático, que ganó las elecciones en 2009 con un programa para mejorar las relaciones con los países de Asia y reducir la dependencia con respecto a EE UU, no ha tenido más remedio que recurrir al protector norteamericano, aunque a costa de defraudar a una opinión pública atacada de nuevo por el virus nacionalista cuando contempla el resurgir reivindicativo de China.

Sorprendido por la actitud de Beijing y espoleado por las críticas internas, el primer ministro japonés replicó que las demandas chinas le parecían “impensables” y que su gobierno solicitará una indemnización para reparar los daños causados en las patrulleras al chocar con el pesquero intruso. La escalada al menos retórica resultará inevitable y quizá nos ilustre sobre la pretensión china de manipular su creciente poder económico para obtener concesiones políticas o territoriales.

No está claro a quién debe atribuirse el éxito diplomático de China, pese a que su primer ministro ocupó el proscenio y se condujo con su proverbial tenacidad. Los especialistas estadounidenses arguyen que las tensiones marítimas y diplomáticas son el corolario de la expansión económica de China y del nacionalismo que la acompaña y reviste todas sus manifestaciones. En The National Interest, el analista John Lee, haciéndose eco de lo que opinan algunos funcionarios japoneses, aseveró que el proceso de decisión en China se encuentra bastante fragmentado. Una presunción concordante sostiene el Instituto Internacional de Investigación de la Paz, de Estocolmo, en su último informe Nuevos actores de la política exterior en China.

Según esas conjeturas, de imposible confirmación en una estructura tan secreta y compleja como el PCCh, el Ejército de Liberación Nacional dirigió la tramoya del episodio marítimo, quizá porque la cúspide burocrático-política atraviesa por un período de transición que culminará en 2012 con la prevista sustitución del actual presidente Hu Jintao, que entonces cumplirá diez años en el cargo.

El decano del Center for American Studies, de la Universidad Fuda, en Shanghái, citado por el Washington Post, asegura que “Éste es un momento de debilidad del gobierno chino”. La situación es inestable en el Comité Permanente del Politburó, máximo órgano del PCCh, cuyos nueve miembros están divididos entre los seguidores del actual presidente, Hu Jintao, y de su predecesor, Jiang Zemin, que encarnan las dos corrientes en precario equilibrio, la pragmática y la populista, que se disputan la primacía dentro de la dictadura comunista.

El imparable desarrollo económico de China adolece de graves inconvenientes y desata fuertes tensiones políticas y sociales, no sólo entre las élites dirigentes civiles y militares, sino también entre la próspera clase media y la inmensa reserva subdesarrollada de mano de obra barata, explotada sin contemplaciones. Además, los intereses económicos cada vez más globalizados alimentan una estrategia reivindicativa y complican las relaciones con EE UU y Japón, que nunca estuvieron presididas por la confianza y que aceleran periódicamente las pulsiones nacionalistas.

El hecho de que Tokio se arrugara en principio ante las presiones de Beijing constituye un desafío para Washington y pone en tela de juicio su estrategia en el Pacífico. Porque parece evidente que China no ha superado la impresión de estar cercada y no está dispuesta a ceder el protagonismo cerca de sus fronteras marítimas por las que patrulla permanentemente, desde 1947, la poderosa VII Flota norteamericana, dependiente del Mando del Pacífico, que tiene sus bases principales en Okinawa, Guam, Hawai y California. Por el momento, el Pacífico no semeja un mar en calma sino todo lo contrario, ni lo ocurrido en el mar de China meridional puede considerarse una tempestad pasajera.

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