Posteado por: M | 29 septiembre 2010

Woodward, en el ala oeste de la Casa Blanca

Un nuevo libro del famoso periodista Bob Woodward, que junto con Carl Berstein publicó por entregas la bomba periodística del Watergate que aniquiló al presidente Richard Nixon, en 1974, alimenta estos días las comidillas y las maledicencias que la clase política y los periodistas intercambian en torno a la Casa Blanca y el Capitolio. El libro se titula Obama´s Wars (Las guerras de Obama) y está dedicado a narrar las discusiones al más alto nivel (“feroces disputas”, según el New York Times) que protagonizaron los asesores y responsables políticos, civiles y militares, en noviembre-diciembre de 2009, y que sirvieron de base para que el presidente decidiera la nueva estrategia en Afganistán.

Obama's Wars de Bob WoodWard

Después de leer numerosos extractos y algunas recensiones en la prensa norteamericana, especialmente en el New York Times y el Washington Post, mis primeras y parciales impresiones apuntan a un Obama dubitativo y un poco leguleyo, con una plétora de asesores y confidentes, que actúa como si fuera un juez metódico que pone por escrito sus propias reflexiones y escucha los alegatos de fiscales y abogados antes de pronunciar el veredicto.

Fue, como se sabe, una sentencia salomónica, que significó el envío de 30.000 soldados al teatro de operaciones, menos de los 40.000 que reclamaba el general Stanley McChrystal, a la sazón comandante en jefe, pero más de los 20.000 propuestos en último extremo por el vicepresidente Joe Biden y demasiados para los consejeros que se oponían a cualquier aumento del cuerpo expedicionario. Y para no defraudar a éstos, Obama añadió el estrambote imprudente de que las tropas empezarían a ser repatriadas en agosto de 2011.

Como se recordará, el general McChrystal fue destituido en junio último tras unas explosivas declaraciones en la revista Rolling Stone, una crítica indirecta de las vacilaciones de Obama y una diatriba contra “el escalón civil” de la Administración y su supuesta incompetencia en asuntos militares.

Según Woodward, en las deliberaciones sobre Afganistán en la Casa Blanca, y de manera sorprendente, fueron  dos generales retirados y uno en activo los que mantuvieron las más duras y persistentes opiniones en contra de la escalada del conflicto, mientras que los asesores civiles se mostraban favorables al envío de más tropas. Esos generales son: James L. Jones, consejero de Seguridad Nacional; Karl W. Eikenberry, embajador en Kabul; y Douglas Lute, éste en activo, asesor presidencial para todo lo concerniente a Afganistán y Pakistán. Este último llegó a advertir a Obama: “Señor presidente, usted no debe hacer eso”, según la cita del libro.

El libro ha levantado ampollas en los sectores más favorables a la Administración demócrata, aunque ni la Casa Blanca ni el Pentágono han hecho comentarios. Algunos periódicos consideran que Woodward presenta con delectación, parcialidad y encono un entorno presidencial bastante conflictivo y fragmentado, una corte desgarrada por los debates, en permanente discusión cuando no disputa sobre las cuestiones candentes. ¿Las guerras de Obama? ¿Acaso también las que se libran dentro del ala oeste de la Casa Blanca?

Los conservadores, por supuesto, han aprovechado la oportunidad para presentar a un comandante en jefe debilitado, mal aconsejado y vacilante. Si hemos de creer lo que se cuenta en el libro, “el presidente es un jefe del Ejecutivo mucho más irresponsable de lo que jamás hubieran podido imaginar sus más ardorosos críticos”, comentó Gary Schmitt en el Weekly Standard.

Las citas y las fuentes

Como hiciera en anteriores trabajos sobre otras Administraciones, Woodward reproduce minuciosamente, con profusión de detalles, los altercados que se sucedieron aquellos días entre los hombres del presidente, divididos sobre los objetivos de la guerra y perseguidos por el fantasma de Vietnam. Como es habitual las citas se acumulan, con frecuencia sin delimitar las fuentes, y las interminables conversaciones privadas se estampan con demasiados pormenores para resultar  verosímiles. Quizá se trata de una recreación o licencia literaria, pero convendría aclararlo.

Así, por ejemplo, reproduce literalmente una conversación telefónica entre Obama y Biden, en la que éste reitera su frontal oposición a la escalada del conflicto.  El tenso intercambio de pareceres prosigue en la Casa Blanca, cuando el vicepresidente, ante el ordeno y mando del comandante en jefe, expresa su contrariedad: “Estamos encerrados en Vietnam”. Y Obama replica: “Si mi propuesta no produce el efecto deseado, no haré como esos otros presidentes [los que se empecinaron en Vietnam u otras guerras] y no quedaré atrapado por mi ego o por mis necesidades políticas, por mi seguridad política.”

Como se ve, Woodward procede como un novelista que pone en boca de los personajes las palabras que más convienen para la coherencia y animación del relato. Cabe pensar, no obstante, que la verdadera conversación entre el presidente y el vicepresidente debió manifestarse en términos bastante similares, ya que el autor conoce, al parecer, las seis notas manuscritas que Biden envió a Obama por fax, en las que aquél se mostraba “muy pesimista y más convencido que nunca de que Afganistán era una nueva versión de Vietnam”.

Woodward está más interesado por las controversias y las pugnas descarnadas entre los personajes, como si empleara sistemáticamente la temible técnica de la grabadora, que por el análisis, la evaluación de las condiciones sobre el terreno o la perspectiva histórica. Al reprocharle el procedimiento, el periodista reconoce que la dramatización puede no coincidir exactamente con lo ocurrido, puesto que “los pensamientos, conclusiones o sentimientos atribuidos a una persona” no fueron en muchos casos obtenidos directamente, sino extraídos “de algunas notas o de lo que el personaje comentó con un colega”.

Según Woodward, el presidente consultó con el general Colin Powell, secretario de Estado con Bush, antes de que comenzara la tormenta, en septiembre de 2009. En una charla privada, que no sabemos quién le ha contado al autor, Powell aconsejó a Obama: “No se deje presionar por la izquierda para no hacer nada ni por la derecha para hacerlo todo”. Dos meses después, volvió a recomendar al presidente que se mantuviera firme frente a los generales (se supone que McChrystal y otros) que exigían el envío de más tropas.

El retrato menos amable de los trazados por Woodward corresponde al general James L. Jones, un militar sin pretensiones intelectuales que considera “distante y cerebral” al presidente y que describe a los asesores civiles (entre ellos, el dimitido Rahm Emanuel y David Axelrod) como “the water bugs”  (bichos molestos) o el “politburó” (órgano supremo del partido comunista soviético).  El general Jones utiliza “una retórica que Obama parece haber desterrado” por considerarla una herencia de los años de Bush: choque de civilizaciones, choque de religiones, guerra contra el islamismo y otras consignas. Woodward sostiene que Obama eligió a su asesor de Seguridad Nacional porque no quería que éste “fuera percibido como su criado, una mera prolongación del presidente”. Pero no queda claro qué papel desempeña el general en las deliberaciones más relevantes.

En fin, que el ala oeste de la Casa Blanca, en la que pululan los consejeros, los asesores, las secretarias y a veces los periodistas, está tan animada como siempre, a juzgar por los libros o las series televisadas que levantan los velos de la discreción y hacen jirones con la púrpura del poder.

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