Posteado por: M | 4 octubre 2010

Neolaborismo y socialdemocracia

Como las ideas políticas británicas siempre influyeron en el continente, la elección de un nuevo líder del Partido Laborista suscita un interés que se mezcla con las diversas reflexiones sobre el futuro de la socialdemocracia y del Estado del bienestar en Europa. La elección de los delegados del congreso del Labour recayó en Ed Miliband, apodado Red Ed, Ed el Rojo, de 40 años, más joven e izquierdista que su hermano David, también conocido como el Lumbreras (brains), que fue ministro de Asuntos Exteriores con Tony Blair y parecía predestinado para la más alta responsabilidad antes de que mordiera el polvo de la derrota fratricida.

Los periódicos británicos que conocen los entresijos del laborismo aseguran que el resultado de la votación que dio el triunfo al más joven de los Miliband se debió primordialmente al respaldo de los sindicatos, que conservan la falsa aureola de fuerza de choque y brazo financiero del movimiento. Y puesto que la vuelta de los sindicatos a la palestra y las aleluyas de la decrépita vieja guardia parecían preludiar un salto hacia el pasado, que entrañaría el entierro inopinado del neolaborismo, el nuevo líder se apresuró a manifestar su convicción de que las elecciones nacionales se ganan desde el centro.

En primer lugar, el triunfador argumentó contra los que desean vengarse del nuevo laborismo, como Neil Kinnock, viejo coleccionista de derrotas, ahora empeñado en la empresa inviable de dar marcha atrás al reloj de la historia. En cuanto a la tentación de las huelgas en protesta por los recortes presupuestarios del gobierno conservador-liberal de David Cameron/Nick Clegg y el anuncio de un plan draconiano de austeridad, Miliband fue más contundente: “Necesitamos ganarnos al público para nuestra causa, y lo que debemos evitar a toda costa es alienarnos a la gente y añadir nuevos capítulos al libro de la historia de los fracasos sindicales.”

El mayor atrevimiento de Ed el Rojo en su discurso de investidura fue el repudio de la decisión de Blair y su hermano David, a la sazón titular del Foreign Office, de alinear a Gran Bretaña con EE UU en la controvertida guerra de Irak para derrocar a Sadam Husein. Una refutación harto consecuente con la evolución de las opiniones dentro y fuera de Gran Bretaña, ahora mucho más críticas e irritadas que en 2003, pero que aún provoca una fuerte división en las filas laboristas, como confirman las recensiones vitriólicas que han merecido las memorias de Blair tituladas A Journey. My Political Life (Editorial Hutchinson, Londres, 2010).

Aunque se pronunció a favor de regular tanto la City (el floreciente agio financiero) como la inmigración, dos cuestiones polémicas que Blair y luego Gordon Brown prefirieron eludir, el nuevo jefe laborista recordó que el partido había apostado hace más de veinte años por la economía de mercado y el librecambio, cuando borró de sus estatutos cualquier referencia marxista a la nacionalización de los medios de producción. “Miliband decepcionó a los que deseaban una ruptura con el New Labour”, sentenció en un editorial The Guardian, el único diario de calidad que sigue respaldando a los laboristas.

El psicodrama fratricida está en todos los periódicos populares y sensacionalistas, pero una lectura menos convulsa de los acontecimientos indica que el izquierdismo con que describen a Ed el Rojo sólo se explica por comparación con las veleidades elitistas del hermano mayor, más brillante y menos imprevisible, pero claramente perjudicado en sus aspiraciones por la reiterada fidelidad hacia Blair.

El último invento ideológico británico, la tercera vía del profesor Anthony Giddens, también conocida por neolaborismo, sirvió a Blair para cimentar su primera y abrumadora victoria de 1997, tras una cura de oposición que había durado 17 años y colocó al Labour ante el vértigo de un abismo electoral. La tercera vía incluyó en su pragmatismo un reconocimiento de los méritos de Margaret Thatcher, pero, al mismo tiempo, una simpatía compasiva hacia los más débiles, una regeneración de los servicios públicos y una fe incólume en la educación y el progreso.

Luego la tercera vía se impuso en Alemania, impulsada por el canciller Gerhard Schröder, y ganó adeptos no sólo en Escandinavia, sino también en Portugal, Holanda, Bélgica y otros países pequeños, precisamente cuando se empezaba a cuestionar el futuro del Estado del bienestar, cuya defensa a ultranza correspondió a un historiador británico recientemente fallecido, Tony Judt (1948-2010), cuyo testamento político-intelectual puede leerse resumido en The Guardian y en el libro titulado Ill Fares the Land (Penguin Press, 2010), de enrevesada traducción (¿Sufre la Tierra o la hacen sufrir, acaso está hipotecada o maltratada?).

Judt sostiene la idea, crecientemente impopular, de que el Estado puede desempeñar un papel encomiable en la vida de los ciudadanos sin menoscabar sus libertades. Con esa premisa, la socialdemocracia deviene la única tabla de salvación en medio del naufragio. Pero Anatol Kaletsky, reputado editorialista de The Times, tras un concienzudo análisis de la situación económica, llega a la conclusión de que “el Estado británico no tiene los medios para sufragar los servicios sociales” y deberá privatizar la educación, la sanidad y las pensiones para dedicarse con más ahínco a la gestión de la economía y las finanzas.

Mientras la socialdemocracia pugna por defender su eficacia, el socialismo puro y duro, desconectado tanto de la globalización como de la gestión eficaz, empeñado en promover la igualdad, sólo sobrevive en algunos sectores nostálgicos de la Francia más añeja y burocrática, incapaz de superar el tabú del servicio público, o en aquellos otros países que no acaban de vislumbrar su modernización política.

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