Posteado por: M | 8 octubre 2010

EE UU bendice la negociación con los talibanes

Resulta muy difícil hacerse una idea aunque sea aproximada de lo que ocurre en Afganistán y Pakistán(AfPak), en la zona fronteriza del Waziristán, en territorio occidental pakistaní, donde tienen su refugio y sus cuarteles generales los grupos terroristas designados genéricamente como talibanes, algunos de ellos vinculados a Al Qaeda. En medio de la confusión general, lo único cierto es que los insurgentes, o al menos parte de ellos, negocian con el presidente afgano, Hamid Karzai, con la bendición y hasta la connivencia de Washington. Aunque el portavoz de la Casa Blanca negó una participación directa, reconoció que la Administración “sostiene desde hace tiempo los esfuerzos de reconciliación que llevan a cabo los afganos”.

Según la prensa norteamericana, la negociación se ha entablado con el grupo del mulá Omar, que domina el eje Kandahar-Quetta, y sus aliados, que cuando detentaron el poder se comportaron con un sectarismo y un oscurantismo brutales, los mismos que hace un año rechazaron cualquier contacto con el gobierno de Karzai a menos que EE UU se comprometiera a retirar todas sus tropas. Otras fuentes pakistaníes y árabes, citadas por el diario británico The Guardian, aseguran que los contactos incluyen al grupo de Sirajuddin Haqqani, instalado en el norte de Waziristán, que mantiene una relación muy estrecha con Al Qaeda y la yihad mundial.

La posición sospechosa de Pakistán, con un gobierno débil, un ejército omnipresente y unos servicios secretos (Inter-Services Intelligence) que actúan con una autonomía desconcertante, perturba cualquier negociación. Los talibanes son una especie de brazo armado de los pastunes, integrantes de la comunidad mayoritaria afgana, escindida en varias tribus, que habitan a ambos lados de la frontera internacional trazada por el colonialismo británico en 1893 para proteger su imperio de las Indias (línea Durand), jamás reconocida por Kabul.

Por eso los talibanes actúan como pez en el agua en los territorios del noroeste del Pakistán, donde tienen sus santuarios, mientras que el gobierno y el ejército pakistaníes temen verse estratégicamente acosados entre la presión de la India al este, en la volátil frontera de Cachemira, y la reivindicación de los pastunes-talibanes al oeste. El nacionalismo afgano secular, en su momento aliado de la URSS (1973-1978), reivindicó todas las zonas pastunes de Pakistán (el Gran Pastunistán).

Ante la pasividad o la connivencia del ejército pakistaní con los insurgentes afganos, la contienda se extiende y se intensifica, principalmente en las zonas fronterizas, allí donde los helicópteros y los famosos drones (aviones sin piloto) norteamericanos se dedican a la caza con misiles de los jefes de la insurgencia aun a riesgo de producir víctimas colaterales indeseadas.

A principios de octubre, Washington presentó sus excusas por el bombardeo de un puesto militar pakistaní, un ataque en el que al menos seis soldados resultaron muertos o heridos de gravedad. El cierre del principal paso fronterizo ocasionó un grave trastorno logístico y permitió a los insurgentes incendiar los camiones-cisterna que transportaban combustible para las tropas de la ONU.

Paralelamente, la situación político-diplomática también se degrada por momentos, así con Europa como en EE UU, hasta el punto de que, en medio de la tormenta fronteriza, el presidente Obama envió un informe al Congreso en el que criticaba duramente al gobierno de Islamabad por eludir las acciones militares que pudieran enfrentarlo a los talibanes o Al Qaeda en las zonas fronterizas.

La apertura de negociaciones entre Karzai y los talibanes, que son el secreto de polichinela, no hace sino reforzar las razones estratégicas del ejército y los servicios secretos pakistaníes, cuyos responsables avizoran con inquietud el más probable futuro: la retirada de los occidentales y el refuerzo de los guerrilleros talibanes dentro de Pakistán, un factor seguro de inestabilidad. Islamabad siempre estuvo a favor de un régimen islámico en Kabul, dominado por los pastunes, a fin de sofocar la tentación nacionalista de éstos para expandirse hacia el este.

Las conversaciones de Karzai con los talibanes no ofrecen el mejor escenario para que tenga éxito la estrategia de contrainsurgencia planeada por el general David Petraeus, como un remedo de la ensayada con relativo éxito en Iraq. Más bien parece “una estrategia de salida” que podría aligerar las presiones electorales y partidistas sobre el presidente Obama, pero que sería “moralmente repugnante”, como advierte The Washington Post, por cuanto implicaría la entrega de parte del poder a los elementos más radicales e integristas de la insurgencia, los que coinciden con Al Qaeda en su odio hacia la civilización democrática occidental que han jurado destruir. Una capitulación diplomática, en fin, susceptible de fortalecer a los extremistas pakistaníes y de encender la mecha de una nueva guerra contra las tribus afganas (uzbekos, hazaras, tayikos) que no están dispuestas a vivir bajo la férula reaccionaria y terrorista de los talibanes y Al Qaeda.

Más allá de las elecciones de medio mandato, el 2 de noviembre, Obama se encuentra en la misma encrucijada de todos los presidentes comprometidos en guerras que, pese a todas sus implicaciones geoestratégicas, no afectan al corazón del sistema y los intereses vitales de la nación. Las llamadas guerras de elección (wars of choice) por contraste con las guerras de necesidad (wars of necessity), según la clasificación popularizada por Richard Haass.

El presidente no quiere dar carta blanca a sus generales para un conflicto expansivo y prolongado que podría dislocar el frente interior, atormentado por el recuerdo de Vietnam, en medio de la campaña electoral para las presidenciales de 2012. Tampoco está seguro de que pueda tener éxito la opción meramente contraterrorista que propugna el vicepresidente Biden. Y parece que ha abandonado la peligrosa quimera del nation-building, de la construcción de una nación moderna y democrática en Afganistán, quizá porque tiene la certeza de que la continuación de la escalada desgarraría al Partido Demócrata.

El error de Obama radica en su presentación electoral del conflicto de Afganistán como “la guerra buena”, que afectaba a los intereses vitales de EE UU, de la que supuestamente dependía la seguridad del mundo, mientras criticaba la guerra estúpida, innecesaria y contraproducente de Bush en Iraq. Una impostura que hoy se vuelve contra él, que amenaza con dividir al Partido Demócrata y que sólo puede producir malas noticias para una opinión pública que se debate entre la indiferencia y la hostilidad con el telón de fondo de unos gastos estratosféricos, deudas multimillonarias y un abrumador tributo de sangre. El comandante en jefe necesita asumir todo el pasado, incluidos los errores, para acabar con la ambigüedad que debilita su poder y amenaza su gloria.

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