Posteado por: M | 14 octubre 2010

Confusión en Europa ante la xenofobia y el islam político

La mezcla inextricable de los problemas de la inmigración y del islam político o islamismo radical –porque muchos de los inmigrantes son musulmanes– provoca tanta inquietud como confusión en Europa. La izquierda tradicional sigue vituperando ritualmente a la derecha, a la que califica de extrema y/o xenófoba, epítetos de oprobio, mas ahora topa en sus propias filas con los que rechazan el burqa o el velo en las escuelas en nombre del secularismo, el laicismo o la libertad de las mujeres. Los mismos objetivos en las dos grandes fuerzas o conglomerados del arco político y de la construcción europea (democristianos y socialdemócratas), aunque por razones distintas.

La xenofobia (odio, repugnancia u hostilidad hacia los extranjeros, según el DRAE), comúnmente por motivos raciales o económicos, con frecuencia no puede predicarse de los que meramente se oponen al islam como expresión política, antidemocrática y violenta, por más que sean denigrados como islamófobos, neologismo muy utilizado por los gendarmes de la corrección política. Para comprender lo que nos pasa, sin embargo, no se debe confundir el islam como religión monoteísta con el movimiento político de la yihad que se reviste de justificaciones religiosas y utiliza el Corán como arma arrojadiza.

En el terreno de los hechos, por ejemplo, hay militantes antirracistas que se oponen al velo islámico y denuncia la alienación religiosa. El político holandés Geert Wilders abusa del discurso de la izquierda para defender su estrategia anti-islam, aunque llega luego a un acuerdo parlamentario con la derecha; obtiene votos en los barrios obreros, mas acepta un riguroso plan de austeridad.

Algunos partidos populistas, en Noruega, Dinamarca, Suecia, los Países Bajos, Austria, Hungría e Italia, se aprovechan de ese panorama harto enrevesado y esgrimen argumentos tanto de la derecha como de la izquierda para alertar contra la expansión del islam integrista y/o terrorista. Mientras la derecha (tradicional o extrema) recuerda las raíces cristianas de Europa, la izquierda socialdemócrata propugna la integración y la igualdad de derechos, sobre todo, de las mujeres. En realidad, los populistas peroran con lo que está vedado o desaconsejado por la corrección política.

Esos variopintos partidos sólo coinciden en su rechazo del islam como fuerza política que coarta la libertad de todos, cancela los derechos de las féminas y pretende imponer su ley (sharia) en muchos suburbios. De manera que el debate sobre la inmigración se traslada desde la economía y la seguridad al terreno resbaladizo de la visibilidad coránica en Europa. Si las estrategias restrictivas de la inmigración eran defendidas por los partidos conservadores, ahora la cuestión musulmana preocupa a derecha e izquierda. Y los populistas de toda laya, aunque identificados sin matices con la extrema derecha, se benefician electoralmente.

Todas las contradicciones de la izquierda saltaron en Francia durante el reciente debate parlamentario sobre el burqa, hasta el punto de que un destacado diputado del Partido Socialista (PS), Manuel Valls, que tiene aspiraciones presidenciales, publicó un resonante artículo en el políticamente correcto Le Monde (01-10-2010) para solicitar  “un reencuentro de los socialistas con Francia y con ellos mismos” que pasa por la asunción de la ley que prohíbe en el espacio público el vestido que disimule u oculte el rostro (burqa o niqab), aprobada definitivamente por el Senado el 14 de septiembre con una abstención socialista que confirmó las vacilaciones ideológicas o identitarias. Y, mezclando argumentos de la derecha y la izquierda, añadía Valls:

“La inmensa mayoría de los responsables políticos y de la sociedad civil han reconocido que el uso del burqa constituye un atentado contra la libertad de la mujer y, al mismo tiempo, resulta ser el fruto de una reivindicación extremista que se propone, con el pretexto o el señuelo de la libertad religiosa, poner a prueba la resistencia de la República y de sus tres principios fundadores: libertad, igualdad, fraternidad.”

Más allá de la retórica de este socialista inquieto por la desconfianza que los progresos del islam político generan en los franceses, no cabe duda de que la xenofobia y la prédica antimusulmana se extienden por Europa a medida que se enconan los problemas económicos, envejece la población y se incrementa el flujo inmigratorio. Francia cuenta con la minoría islámica más numerosa: casi seis millones de musulmanes, en su mayoría procedentes del Magreb, y el velo islámico, en cuanto signo ostentativo, está prohibido en sus escuelas y en la función pública por una ley de 2004, en nombre del laicismo republicano.

Distinto es el caso de los gitanos de origen rumano o búlgaro, discriminados o deportados de Francia e Italia por los gobiernos de Sarkozy y Berlusconi, claramente situados a la derecha, que enmascaran el carácter inmoral y xenófobo de las medidas con el pretexto del orden público, en una notoria desviación de poder que infringe los derechos de una minoría étnica europea que teóricamente goza de libertad de circulación y establecimiento en todo el espacio de la UE.

Convendría, pues, distinguir entre los xenófobos o racistas que rechazan la inmigración en bloque, ciegos a los dictados de la moral pública y los imperativos urgentes de la mano de obra, y los que dirigen sus diatribas contra los sarracenos que viven en guetos segregados en los suburbios, bajo la dictadura de los imanes y sometidos con frecuencia a un sermón radical, reivindicativo y, por supuesto, antioccidental, cuando no a una nítida apología de la violencia. Los gérmenes de un islamofascismo que cuenta con abominables precedentes.

Varios parlamentos europeos han adoptado leyes restrictivas para el islam político que no afectan a las disposiciones sobre la inmigración en general. Bélgica fue el primer país de la Unión Europea (UE) que inició un proceso legislativo para prohibir el velo islámico que cubre por completo la faz de la mujer. El 29 de abril, la Cámara de Diputados votó la ley por casi unanimidad (136 votos a favor de los 138 diputados presentes), pero el Parlamento fue disuelto antes de que fuera aprobada por el Senado. Como no se ha podido formar gobierno desde las elecciones de junio, en las que progresaron los separatistas flamencos, las tareas legislativas están paralizadas.

En Noruega, el populista Partido del Progreso es el segundo más votado (22,9 % en 2009), y en Dinamarca, el Gobierno está respaldado por el Partido del Pueblo Danés. En las elecciones del 19 de septiembre, la extrema derecha xenófoba entró por primera vez en el Parlamento de Suecia. Suiza aprobó por referéndum en 2009 una disposición que prohíbe la construcción de minaretes en las mezquitas, una medida claramente dirigida a reducir la visibilidad del islam, pero que no afecta al estatuto de los inmigrados. En Italia, Berlusconi está aliado en el gobierno con la Liga Norte, de tendencia claramente xenófoba y anti-islam.

En Austria, el Partido Liberal (FPÖ, por sus siglas en alemán) obtuvo el 27% de los votos en las elecciones municipales en Viena, el 10 de octubre, prácticamente duplicando los sufragios conseguidos en 2005, tras una campaña dirigida contra los inmigrantes musulmanes, en defensa de los valores nacionales y, en primer lugar, del catolicismo . Ese resultado sitúa a la formación dirigida por Heinz-Christian Strache, ex discípulo del fallecido Jörg Haider, como el segundo partido en la capital, por detrás de los socialdemócratas del alcalde Michael Häupl, que lograron el 44,1% de los votos.

En los Países Bajos, el Partido Popular de la Libertad y la Democracia (PVV), dirigido por el populista Geert Wilders, logró un gran éxito en las elecciones de junio último al pasar de 15 a 24 escaños y convertirse en la tercera fuerza más votada luego de haber colocado el rechazo del islam en el centro de su propaganda y de exigir el freno de la inmigración procedente de los países musulmanes. Después de más de tres meses de negociaciones y cabildeos, para que los democristianos vencieran sus escrúpulos de conciencia, los dos grandes partidos tradicionales, el liberal y el cristiano-demócrata, llegaron el 30 de septiembre a un acuerdo con el partido de Wilders, única manera de conformar una mayoría parlamentaria inclinada hacia la derecha.

El acuerdo deja al partido de Wilders fuera del gobierno, pero apoyando a éste en el Parlamento. El programa pactado prevé medidas draconianas de austeridad, que afectará al gasto social y, por ende, a los subsidios que reciben los inmigrantes; el endurecimiento de las disposiciones sobre extranjería y la aprobación de una ley para prohibir el burqa y el niqab en el espacio público.

La situación es paradójica porque Wilders está sometido a un proceso penal, acusado de incitar al odio racial y la discriminación, debido a sus declaraciones sobre el Corán y los musulmanes, recogidas en el film Fitna (Discordia), un expeditivo alegato contra la supuesta islamización de su país.

Si cabe preguntarse por qué el veneno de la xenofobia ha adquirido carta de naturaleza en Holanda, país campeón de la tolerancia, no es menos inquietante comprobar que un dirigente político, por muy agitador que aparezca ante la opinión moderada, se sienta en el banquillo acusado de un presunto delito de opinión, después de haber sido arrojado al infierno de la extrema derecha por advertir de los peligros que entraña la progresión del islam, pero aceptado finalmente como garantía de la estabilidad gubernamental. O la justicia holandesa ha perdido el norte o los políticos han dinamitado todos los principios.

En el último decenio, la situación política en Europa ha evolucionado y se ha inclinado hacia la derecha y la inmigración se ha disparado. Los partidos populistas han progresado electoralmente y ya no suscitan la misma oposición ni los mismos escrúpulos, aunque están aún muy lejos de haber alcanzado la respetabilidad. La socialdemocracia los vitupera y descalifica, quizá porque sospecha que, al igual que ocurre en Francia con el Frente Nacional, pescan en río revuelto, es decir, recogen parte de sus votos en los caladeros de la izquierda. Pero la derecha tradicional los considera, en realidad, sus peores adversarios, en la medida en que profieren un discurso atractivo para las clases medias.

En 2000, la Unión Europea expresó abiertamente su reprobación y sancionó políticamente a Austria, mediante la suspensión de las relaciones bilaterales, en señal de protesta por la formación de un gobierno de coalición entre el Partido Popular (ÖVP), democristiano, y el Partido Liberal (FPÖ), del ultraderechista Jörg Haider, al que se llegó a presentar como la reencarnación de un nuevo Hitler, hasta el punto de que Israel retiró a su embajador en Viena para subrayar cómo los recuerdos más amargos se habían reavivado ante el extremismo.

Diez años más tarde, ante el cambio de relación de fuerzas, los socialdemócratas y sus aliados en el Parlamento de Estrasburgo ya no se atreven a descalificar a los gobiernos de Copenhague o Ámsterdam que deben su supervivencia parlamentaria al apoyo de los adalides del freno del islam. No se sabe muy bien si el temple moral de Europa ha descendido unos peldaños, si la izquierda socialdemócrata ha dejado de ver en el islam una oportunidad electoral y una fuerza capaz de competir pacíficamente con el cristianismo o si la amalgama entre terrorismo e islamismo, exacerbada desde los atentados contra las Torres Gemelas (2001), ha concitado unos terrores apocalípticos en los europeos de todas las tendencias confundidas.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

Categorías

A %d blogueros les gusta esto: