Posteado por: M | 18 octubre 2010

China cierra filas ante el desafío del Nobel de la Paz

Diez días después del sobresalto causado por la concesión del premio Nobel de la Paz al profesor Liu Xiaobo, disidente y activista de los derechos humanos, el pleno anual del comité central del Partido Comunista (PCCh) se clausuró el 18 de octubre en Beijing con la esperada promoción del vicepresidente de la República, Xi Jinping, como vicepresidente de la poderosa comisión militar, que de esta forma se asegura su primacía en la carrera para convertirse en el número uno de la jerarquía comunista en el congreso del partido que deberá celebrarse en 2012 para reemplazar a la actual dirección por otra más joven.

Ante las críticas exteriores por el encarcelamiento de Liu Xiaobo y la vulneración sistemática de los derechos humanos, la dirección comunista pretendió escenificar una demostración de unidad, de equilibrio y consenso, con la designación de Xi Jinping (57 años), miembro del comité permanente del politburó, como el más que probable sucesor del actual presidente, Hu Jintao, cabeza visible del sector más socialista y dogmático. La designación de un sucesor previene las luchas por el poder, pero la balanza parece haberse inclinado definitivamente en favor del sector más pragmático y reformista del primer ministro, que se distingue por actuar como azote de la corrupción en los engranajes de la maquinaria partidista.

Junto a la promoción de Xi Jinping, el pleno del comité central aprobó un plan económico quinquenal (2011-2015) de fuerte acento social, cuyo objetivo primordial será corregir la creciente distancia entre ricos y pobres y entre regiones desarrolladas (costeras) y atrasadas (interior). El documento final del pleno sugiere que el desenlace es un laborioso compromiso: promociona a un reformista, pero, al mismo tiempo, satisface las demandas del sector del partido dirigido por el presidente Hu, cuya estrella ascendente en Li Keqiang (56 años), igualmente miembro del comité permanente del politburó (9 miembros), máximo organismo decisorio.

La atribución del premio Nobel de la Paz de 2010 (8 de octubre) a Liu Xiaobo, que sigue en prisión, suscitó variadas reacciones dentro y fuera de China, como un reflejo del aparente inmovilismo del sistema político, férreamente controlado por el PCCh, y la cautela de las potencias occidentales que temen perjudicar sus intercambios con la segunda potencia económica del mundo, motor del crecimiento y comprador compulsivo tanto de materias primas como de bonos del Tesoro de EE UU. Si la estabilidad institucional y la buena salud económica están garantizadas, ¿qué más se puede pedir? ¿Acaso las élites enriquecidas desde 1987, como les proponía Deng Xiaoping, están dispuestas a sacrificar su prosperidad en el altar de la libertad política y la decencia administrativa?

Las informaciones a las que pueden tener acceso los medios occidentales apenas si ofrecen novedades sobre la relación de fuerzas dentro del PCCh, que se supone dividido, pero no fracturado, en dos corrientes principales. Un de ellas se autodefine como socialista o socialdemócrata, encabezada por el presidente de la República, Hu Jintao, además secretario general del PCCh, de la que surgen las críticas más feroces contra el capitalismo salvaje y las lacras sociales. La otra, supuestamente más liberal, se conoce como “el partido de los príncipes”, cuyos miembros proceden de los escalones superiores de la nomenklatura, más pragmáticos que ideólogos, apadrinados por Jiang Zemin, ex presidente jubilado, y que cuenta en sus filas con el primer ministro, Wen Jiabao, y otros censores del inmovilismo o la corrupción generalizada. A ésta pertenece Xi Jinping, cuyo ascenso pone coto a las disputas con un éxito relativo de la corriente más favorable a las reformas, pero siempre bajo la férula del partido.

Ambos clanes coinciden en preservar a toda costa la bonanza económica, cimiento de un nacionalismo puntilloso, y cooperan en el desempeño burocrático del mastodóntico PCCh, con 73 millones de miembros y una estructura leninista, aparentemente invisible: las órdenes parten de arriba y llegan sin desvíos al último rincón. Los dos grupos difieren en los intereses inmediatos y las inquietudes sociales, ecológicas o de reforma política, pero no parece probable, sin embargo, que la concesión del premio Nobel de la Paz a Liu Xiaobo, profesor de literatura, de 54 años, vaya a tener una repercusión apreciable sobre los alambicados equilibrios del poder, del reparto de cargos y sinecuras. A lo sumo, hará aflorar de nuevo el añejo y frustrante debate sobre los límites de la apertura y el ámbito de la tolerancia. Apenas un alfilerazo en la piel del paquidermo.

De Tiananmen a la Carta-08

Desde la sangrienta represión militar de las manifestaciones estudiantiles en la plaza Tiananmen de Beijing (4 de junio de 1989), el régimen comunista ha logrado neutralizar con relativo éxito la controversia política que entonces se había infiltrado insidiosamente en los engranajes del partido y del ejército bajo los auspicios del secretario general, Zhao Ziyang, purgado sin contemplaciones y hasta su muerte. Lo mismo ocurrió cuando el escritor Gao Xingjian, residente en Francia, adalid de la libertad y la democracia, ganó el premio Nobel de Literatura del 2000, o cuando los disturbios en el Tíbet ensombrecieron los fastos de los Juegos Olímpicos de 2008.

El profesor Liu fue detenido en diciembre de 2008, dos días antes de que se publicara la Carta-08, de la que fue uno de sus redactores, un manifiesto por la libertad de conciencia y el respeto de los derechos humanos semejante a la Carta-77 promovida en Checoslovaquia en 1977 contra el régimen comunista por Vaclav Havel, aunque éste no recibió el Nobel. La Carta-08 fue firmada por más de 300 escritores, universitarios e intelectuales, pero los censores eliminaron el texto de internet cuando ya había recibido más de 10.000 adhesiones. El día de Navidad de 2009, Liu fue condenado a 11 años de prisión, por “incitar a la subversión  contra el poder del Estado”, y en mayo último fue trasladado a una remota prisión, 500 kilómetros al norte de Beijing.

La concesión del Nobel a Liu, “por su larga y pacífica lucha por los derechos humanos fundamentales”, enfureció a las autoridades de Beijing, que reaccionaron con evidente nerviosismo ante la que consideran la mayor injerencia en los asuntos internos desde la tragedia de la plaza de Tiananmen, cuando las potencias occidentales rebajaron el nivel de sus relaciones con China y el comité ad hoc del Parlamento noruego, en otra decisión controvertida, discernió el premio Nobel de la Paz de 1989 al dalai lama, líder espiritual del Tíbet, exiliado en la India.

El Comité Nobel puso el dedo en la llaga al proclamar que el gobierno del PCCh había liberado de la pobreza a muchos millones de chinos, pero que las reformas económicas no habían ido acompañadas por similares progresos en el régimen político. Por lo tanto, la cuestión más relevante consiste en saber si la concesión del premio Nobel endurecerá o mitigará la represión y si movilizará a la ascendente clase media cada día más ilustrada y más próspera, las élites de un país de fuertes contrastes y agudas discrepancias en el ritmo del desarrollo.

Al conocerse la concesión del Nobel de la Paz, el ministerio de Asuntos Exteriores fustigó “la blasfemia”, el grave insulto infligido al pueblo chino por haber otorgado el galardón a “un delincuente que ha violado la ley”, y convocó al embajador noruego para entregarle una severa advertencia sobre el futuro de las relaciones entre ambos países. Los periódicos oficiales dieron a entender que la concesión del Nobel formaba parte de una maniobra artera para propagar los valores occidentales en China, agrietar el consenso nacional y agravar las tensiones sociales.

El Global Times de Beijing, un diario en inglés lanzado en 2009 para lectores extranjeros, abandonó su habitual asepsia, para escribir: “Parece como si el Comité Nobel deseara ver un país desgarrado por la división ideológica, o incluso a punto de hundirse como la Unión Soviética”. Una comparación que equivale a mentar la soga en casa del ahorcado, pues la supervivencia constituye la máxima prioridad de la dirección del PCCh desde 1989, oscilando entre la adaptación, la represión y la atrofia. El fantasma de Gorbachov, a quien el PCCh presenta como un aprendiz de brujo, revolotea como una pesadilla sobre el Palacio del Pueblo.

Un periodista de un diario nacional confirmó a las agencias occidentales que los medios chinos conocían la noticia del premio Nobel de la Paz, pero que no estaban autorizados para divulgarla, y una vez más, la censura impuso su arbitrariedad incluso en internet.

Liu Xiaobo es más conocido en el extranjero que en China, lo mismo que la Carta-08. Cuando se priva a los disidentes de los beneficios de la publicidad, en un país gigantesco y con grandes masas iletradas, las protestas contra el poder despótico se consumen con hiriente rapidez. La única concesión, por el momento, fue la visita de la esposa de Liu a la prisión, siempre escoltada por la policía, para comunicarle la noticia del premio, pero la consecuencia inmediata para ella fue la residencia vigilada en su casa de Beijing, el aislamiento y la prohibición de visitas tanto de ciudadanos chinos como de diplomáticos occidentales.

Antes de que se anunciara la concesión del Nobel de la Paz, el primer ministro, Wen Jiabao, había tratado de cautivar a sus interlocutores occidentales en la ONU con rituales alusiones a la reforma política, aunque inéditas en un medio occidental. En medio de la controversia sobre la manipulación de las divisas, el semanario Time le dedicó su portada con el título “El mundo de Wen”, y publicó una entrevista, difundida por la CNN (3 de octubre), en la que llegó a expresar su fe en “la libertad de expresión, indispensable en todos los países”, y subrayó que uno de sus ideales políticos consiste en que “cada uno pueda llevar una vida dichosa y digna”.

En una carta abierta firmada por varios centenares de intelectuales, enviada a las agencias occidentales en Beijing, los signatarios no sólo solicitaron la liberación de Liu Xiaobo y de todos los presos políticos, sino que recordaron las declaraciones del primer ministro en favor de la reforma política. “Deseamos que, en el marco de la Constitución de la República Popular de China –podía leerse–, el gobierno garantice realmente todos los derechos de los ciudadanos y que impulse una transición  social pacífica para hacer de China un país democrático, dotado de un Estado de derecho digno de ese nombre.” La misiva añadía un pronóstico casi subversivo: “Si el partido comunista no se reforma, si no se transforma, morirá de muerte natural.” Apenas si duró 24 horas en internet.

En contra de lo ocurrido en otras ocasiones, las declaraciones del primer ministro en el extranjero fueron recogidas por algunos medios chinos en Beijing y en provincias, incluyendo la imagen de la portada de Time, lo que se ha interpretado como el augurio de próximas e hiperbólicas batallas. Y en su proclama, los intelectuales señalaban: “El primer ministro Wen Jiabao ha expresado un fuerte deseo de promover la reforma política, y nosotros estamos preparados para comprometernos activamente en ese esfuerzo.” La opinión dominante, sin embargo, es que tendrán que esperar mucho tiempo antes de que pueda hablarse de una transición hacia la democracia.

El profesor Willy Lam, de la universidad china de Hong Kong, citado por la agencia France Presse, se muestra muy prudente y estima que “las recientes manifestaciones de Wen Jiabao representan la opinión de una facción en el seno del partido que desea avanzar rápidamente [en el camino de las reformas], pero que esa facción no se impondrá necesariamente”.

Los intereses y la prudencia de Occidente

Las reacciones occidentales fueron muy moderadas y ambivalentes. Algunos gobiernos, como el español, tardaron más de lo que hubiera sido deseable en exigir la liberación de Liu Xiaobo. El presidente de la Comisión Europea, José Manuel Barroso, hizo una exposición general y poco comprometedora “en apoyo de los que, alrededor del mundo, a veces con gran sacrificio personal, luchan por la libertad y los derechos humanos”. Durante toda la mañana en que se anunció la concesión del premio, la Casa Blanca mantuvo un embarazoso silencio, y fue por la tarde cuando el presidente Obama elogió a Liu y demandó su libertad “tan pronto como sea posible”.

Teniendo en cuenta el creciente peso de China en el capitalismo globalizado, tanto el Wall Street Journal como el Financial Times trataron de ponderar los efectos político-económicos del acontecimiento. Para el primero, el premio Nobel de Liu Xiaobo constituye un revés para un país que lleva 20 años tratando de pulir su imagen, pero que no ha logrado sacudirse el estigma de la dictadura. En un blog del rotativo londinense podía leerse: “Los inversores con frecuencia huyen de los asuntos políticos en China, y algunos incluso reconocen la estabilidad aportada por el sistema de partido único.” La concesión del premio Nobel de la Paz, por lo tanto, se presenta como un desagradable recordatorio de que no se puede ignorar por completo la evolución política.

JC de Swaan, especialista de los mercados asiáticos de capitales en la universidad de Princeton (EE UU), resumió el futuro brillante que aguarda a los capitalistas: “Desde la perspectiva de las empresas norteamericanas, las oportunidades son mejores, más importantes y diversas que nunca. Las compañías extranjeras no sólo proyectan manufacturar o importar desde allí, sino también vender en el mercado chino, lo que constituye una excelente oportunidad (…) Las infraestructuras han mejorado notablemente (…) China ofrece una enorme oportunidad para la economía norteamericana y cada día es más atractiva.”

Y no olvidemos que muchos chinos, y no sólo en la dirección del PCCh, observan la crisis occidental como una magnífica oportunidad para reforzar el poder del antiguo Imperio del Medio, sobre todo, en Asia, como puso de manifiesto la última disputa con Japón a propósito de la soberanía sobre unas islas en el mar de China meridional.

La lucha por el respeto de los derechos humanos se desarrolla actualmente en un escenario mundial, en el que, desde luego, se encuentra China, pero los mandamases comunistas, los 370 miembros titulares y suplentes que aproximadamente integran el comité central del PCCh, se aferran a los supuestos dictados confucianos sobre el valor supremo de la comunidad para sostener que las ansias de libertad de los ciudadanos y el interés público deben supeditarse a la apreciación o criterio subjetivo y, por ende, arbitrario, que en cada momento establezcan la dirección y sus funcionarios, investidos con el poder exorbitante que otorga la infalibilidad.

Probablemente, después de la concesión del premio Nobel, Occidente no olvidará de Liu Xiaobo y otros disidentes encarcelados o perseguidos, pero todo parece indicar que, como otras veces, las protestas no desbordarán el nivel retórico. La buena marcha de los negocios acabará por imponerse a los escrúpulos morales de colaborar con una dictadura oligárquica que mantiene en funcionamiento la cárcel más poblada del mundo y que esgrime como un espantajo el temor universal ante el caos y las tensiones centrífugas inherentes de una transición democrática al estilo soviético.

Desde que Deng asumió el máximo poder en 1978 e incitó a los chinos a enriquecerse, porque es una experiencia maravillosa, se viene discutiendo sobre la viabilidad de un sistema que promueve el avance económico, pero sin libertad política. Después de Tiananmen (1989), las lucubraciones sobre la democratización resultaron sarcásticas. Ahora vuelven con renovado impulso, pero concitan más el escepticismo que la esperanza. Ni las sombrías perspectivas demográficas, ni las constantes manifestaciones contra la corrupción, ni la ocupación de tierras por los campesinos tienen fuerza suficiente para hacer temblar los cimientos del régimen.

El PCCh es una enorme estructura oligárquica que no sólo controla el poder político, sino también los más potentes grupos económicos. Los directores de todas las grandes empresas, incluidos los bancos, son nombrados por los dirigentes comunistas, de manera que la tan cacareada libertad económica está muy lejos de ser una realidad. Los líderes comunistas siguen pensando que fuera del partido, como manda la más rancia ortodoxia, no existe la salvación. La disciplina –la purga permanente que predicaba Mao– y la corrupción son los lubricantes de la maquinaria del partido y del asombroso crecimiento.

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