Posteado por: M | 21 octubre 2010

Cura de austeridad en Europa

Europa vive estos días entre la austeridad y el tumulto, entre los draconianos recortes presupuestarios y las protestas vehementes y hasta violentas de los que intuyen que habrán de tragarse la amarga píldora de la reducción de las prestaciones sociales, el aumento de los impuestos y la prolongación de la vida laboral. Tres años después de que estallara la crisis financiera que sacudió los cimientos del capitalismo, resulta que los rescates multimillonarios con dinero de los contribuyentes no curaron la enfermedad, aunque aliviaron los síntomas, y ahora se hace ineludible una vuelta de tuerca para dar un hachazo a los déficits cuyo aumento insensato colocó al sistema al borde del colapso.

El recorte del gasto por antonomasia se anunció en Gran Bretaña, agobiada por un déficit del 11 % que amenaza su soberanía, si no se corrige con rapidez, e incomodó incluso al gran aliado norteamericano con una rebaja sin precedentes del gasto militar. La penitencia por los gastos insensatos consiste en la cura de caballo más elevada desde la Segunda Guerra Mundial. Sudor y lágrimas para los próximos cuatro años, y esperemos que sin sangre. El ministro de Finanzas, George Osborne, cuantificó el sacrificio en 95.000 millones de euros y la pérdida escalonada de casi medio millón de empleos en el sector público.

La agitación callejera se ensañó con el presidente de Francia, el hiperactivo Nicolas Sarkozy, que perdió la iniciativa y ahora observa compungido, encerrado en el Elíseo, cómo una oposición socialista y comunista que estaba aparentemente dislocada recurre al filibusterismo parlamentario, recompone sus batallones y convierte una modesta alza de la edad de jubilación (de 60 a 62 años) en el punto de encuentro de todos los descontentos, en el revulsivo de un malestar tan difuso como generalizado. De nuevo la epidemia del mal francés que se apodera del Hexágono periódicamente, pero esta vez sin utopías y sin alternativa global.

Los resultados están a la vista. Una Cámara de los Comunes ruidosa y atestada, en la que no caben sus señorías, y unas calles de Lyon con automóviles en llamas en medio del humo de los gases lacrimógenos. Las mismas imágenes que en Atenas, como no podía ser de otra manera en nuestra sociedad del espectáculo y la televisión en directo, tan adicta del populismo como adversaria de los rigores materiales y morales. Y un patético Sarkozy tratando de recuperar la autoridad escarnecida.

Ahora vemos en el corazón de Europa, en Viena, París, Londres o Berlín, la cólera de los manifestantes que no pudo frenarse en la periférica Grecia, incluso después de que ésta fuera rescatada por el Fondo Monetario Internacional (FMI) y sus principales acreedores. Hasta en Madrid desfilaron los sindicatos amigos del gobierno, forzados a salvar la cara y las subvenciones. La sacudida se extiende desde Vilna a Dublín, desde Estocolmo a Roma, mientras se levanta el novísimo telón de acero de la austeridad.

La amenaza de una nueva recesión recorre Europa, pero el debate que suscita sigue anclado en las teorías tradicionales. Los socialdemócratas keynesianos, como Joseph Stiglitz, permio Nobel de Economía, vuelven a defender la inyección de dinero público para sostener la demanda y recusan, por ende, el rigor presupuestario, incluso en el caso de que los déficits se disparen temporalmente. Los estímulos no han cesado desde que el presidente Bush, en plena campaña electoral, arrastró a los dos candidatos, Barack Obama y John McCain, a convalidar la más vasta operación de salvamento de las estrellas financieras en caída libre, en septiembre de 2008.

La Unión Europea siguió los mismos pasos, rescató a Grecia, expuso sobre el papel un programa ambicioso de salvamento, para el caso de que el morbo se extendiera por otros países como España y Portugal, y mantuvo la práctica heterodoxa de que el Banco Central Europeo siguiera comprando deuda y prestando dinero a los endeudados hasta las cejas. Y ya se sabe lo que ocurre cuando un país pierde el control de sus déficits: o la ominosa suspensión de pagos (default) o los acreedores extranjeros imponen el recorte de gastos sin miramientos, como hicieron en Grecia, y dictan la política económica, como Rodríguez Zapatero comprobó en directo en mayo último y le confirmaron varias llamadas telefónicas.

Hasta el muy recordado John M. Keynes consideraba que la activación de la demanda mediante la inyección de dinero público debía ser una medida estrictamente temporal, porque “a largo plazo todos estaremos muertos”. Los seguidores de Milton Friedman, adalides del retorno a la economía clásica, en su versión menos dogmática, siguen pensando que no se puede gastar indefinidamente más de lo que se ingresa y que los déficits desbocados constituyen, además de un grave error, una inmoralidad. La receta es simple: recorte de gastos, equilibrio fiscal y reactivación de la economía por la oferta. Un nuevo círculo virtuoso de trabajo, mesura en el consumo y responsabilidad en la gestión, además de una reflexión profunda sobre el Estado de bienestar y sus límites.

Como viene ocurriendo en la Unión Europea desde la masiva y poco meditada ampliación de 2004, la cuestión europea no radica sólo en cuadrar los presupuestos, que también, sino en unificar las políticas económicas, corolario de la unión monetaria, y corregir con  celeridad y determinación la ausencia de autoridad política que aqueja al proyecto vertebrador, agravada desde la entrada en vigor del euro (1 de enero de 2002), y perpetúa la parálisis institucional.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

Categorías

A %d blogueros les gusta esto: