Posteado por: M | 26 octubre 2010

El dinero y el poder nuclear de los ayatolás

Desde que la revolución islámica se impuso en Irán con el regreso del ayatolá Jomeini (1 de febrero de 1979), el régimen clerical ha tratado por todos los medios de exportar la agitación político-religiosa y conquistar el estatuto de potencia regional dominante en el golfo Arábigo (o Pérsico). La cuestión nuclear no hizo sino añadir un temible ingrediente a la confusión ideológica y la ambición estratégica. Las noticias recientes sobre los pagos que la embajada iraní en Kabul efectúa periódicamente y en metálico al presidente de Afganistán, Hamid Karzai, confirman que el dinero del petróleo, en vez de paliar las necesidades imperiosas del pueblo iraní, se dedica a una empresa de resultados problemáticos pero que mantiene vivo el antagonismo con EE UU e Israel y permite reiterar el discurso demagógico del presidente Mahmud Ahmadineyad.

El presidente Karzai admitió sin pestañear que los funcionarios iraníes en Kabul donan regularmente a su gobierno centenares de miles de dólares que se destinan a la compra de jefes tribales, señores de la guerra e incluso talibanes que contribuyen con su lealtad bien remunerada a mantener en el poder a un gobierno tan corrupto como impopular. Y mientras tanto, EE UU y sus aliados de la OTAN sacrifican a sus soldados y gastan miles de millones de dólares en una guerra que parece librarse en una ratonera, de objetivos inciertos y vacilantes, y para la que nadie se atreve a formular un pronóstico que no sea automáticamente desmentido por los hechos.

La entrega de dinero por Teherán es un soborno descarado cuyo objetivo no es otro que promover la influencia político-religiosa iraní y socavar la presencia occidental en una vasta región que se extiende desde las estribaciones del Himalaya al Magreb. Allí donde no pueden llegar con la fe chií, minoritaria en el orbe musulmán, los herederos del ayatolá Jomeini emplean los dólares para comprar voluntades, extender su zona de influencia y promover un cordón sanitario que proteja su programa nuclear de un ataque de EE UU e Israel. La empresa atómica suministra combustible letal al desafío y solivianta a los vecinos.

Los más inquietos son los países árabes, las llamadas monarquías del golfo Pérsico, que observan cómo la injerencia de los ayatolás se extiende por el Irak antes archienemigo y ahora aliado, además de Siria, el Líbano y los palestinos de Gaza. Arabia Saudí, que se encuentra en primera línea, ya ha llegado a un acuerdo con la Administración de Obama para una multimillonaria compra de armas y aviones que va a engrosar los balances de la gran industria. Hazem al-Amin, el diario árabe Al Hayat, editado en Londres, enciende la señal de alarma para subrayar que el activismo de Irán no es sino el lógico corolario del abandono de los occidentales. “Esta situación es el fruto del repliegue norteamericano en el mundo”, escribe.

Un reproche similar al que esgrimen los halcones israelíes para justificar su rechazo de las presiones de Washington en el asunto de las colonias en Cisjordania. La visita triunfal de Ahmadineyad al Líbano (13-15 de octubre) y su discurso incendiario no lejos de la frontera con Israel, donde acampan los cascos azules de la ONU, además de subrayar el repliegue occidental, favorece inevitablemente un endurecimiento de las posiciones del primer ministro israelí, Benyamin Netanyahu, y sus aliados más extremistas. Retorna la paranoia del asedio a dominar a la opinión pública hebrea. Tanto el Hizbolá libanés en el norte como Hamás en Gaza son clientes casi forzosos de esas bolsas con dólares y misiles sofisticados que reparten los ayatolás.

La influencia iraní está muy bien asentada porque descansa tanto en el dinero, en el Líbano, Gaza y Afganistán, como en la solidaridad confesional con los chiíes de Irak, todo ello bien explotado desde el común sentimiento antioccidental y especialmente antinorteamericano y antiisraelí. En Irak, luego de haber perdido las elecciones hace ocho meses, el primer ministro chií, Nuri al-Maliki, tuvo que acudir en sumisa peregrinación a Teherán para recibir el nihil obstat en la formación de un gobierno sectario que descolocará a las fuerzas integradoras que se coligaron detrás del chií laico Iyad Alaui. Una vez más, los objetivos democratizadores de Washington se hunden en el ridículo, a pesar de mantener 50.000 soldados en el país.

El anuncio el 26 de octubre de que los iraníes han comenzado a alimentar con uranio enriquecido procedente de Rusia su primera planta nuclear de Bushehr, un  paso más en el objetivo de generar energía, confirma, por si fuera necesario, que el régimen teocrático desoye cuando no se burla de las sanciones internacionales impuestas por la ONU para que renuncie a sus actividades de enriquecimiento del uranio. No sabemos si Irán está más cerca de fabricar una bomba atómica, pero no cabe duda de que su activismo acrecienta las aprensiones de sus vecinos, empezando por Israel.

Si a todo ello se añade el viraje de la diplomacia de Turquía, cada día más alejada de los parámetros occidentales, se comprenderá hasta qué punto los poderes fácticos y el lobby israelí presionan sobre Obama para que recupere la iniciativa después de las elecciones parciales del 2 de noviembre. Conviene recordar, ahora que la tensión se dispara, que la Administración norteamericana sigue designando a Irán como “el más activo Estado de los que respaldan el terrorismo”, un Estado que por su ideología y sus procedimientos concita la animadversión tanto de los republicanos como de los demócratas y de amplias capas de la sociedad norteamericana.

Cualquier impulso de la negociación entre israelíes y palestinos deberá ir precedido por una estrategia bien mediada y engrasada para contrarrestar la estrategia, el poder nuclear y el expansionismo de los ayatolás. Fracasada la opción favorita de Obama –las conversaciones con el enemigo–, lo más probable es que muy pronto volverán a sonar los tambores del ataque preventivo contras las instalaciones nucleares de Irán, así en Israel como en EE UU, mientras se argumenta que Ahmadineyad falsea las elecciones, compra influencias, persigue a la oposición y sigue vociferando.

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