Posteado por: M | 31 octubre 2010

Los enigmas del peronismo

La muerte súbita de Néstor Kirchner, líder del Partido Justicialista, ex presidente y esposo de la actual presidenta, Cristina Fernández, provoca el vacío político que acompaña ritualmente a la desaparición del caudillo y, al mismo tiempo, desencadena una convulsión de incertidumbre, cábalas y rumores sobre el futuro de esa ideología o sucedáneo de ideología que se denomina justicialismo o peronismo, fuerza hegemónica en la vida social y política de la Argentina desde los años 40 de la pasada centuria. ¿Qué es y qué fue el peronismo?, inquieren una y otra vez los especialistas. Me formulo la misma pregunta desde que el general Juan Domingo Perón fue enviado al exilio por sus conmilitones en septiembre de 1955, tres años después de la muerte de su esposa, la carismática Eva Duarte. Lo que sigue es simplemente un breve intento de explicación.

Néstor Kirchner

 

El interrogante reapareció casi 20 años después con nuevos ingredientes y una expresión más violenta en una coyuntura histórica distinta, en un escenario con grupos de guerrilla urbana dentro y fuera del peronismo, cuando el valetudinario dictador regresó a su país y fue elegido presidente (1973), acompañado en la vicepresidencia por su tercera esposa, María Estela Martínez, más conocida por Isabelita. Fueron unos días confusos, emocionantes y violentos, que rememoro, sobre todo, por las crónicas brillantes de Enrique Llovet, excelente escritor y diplomático español a la sazón destinado en Buenos Aires, publicadas en El Noticiero Universal, de Barcelona, con el seudónimo de Ignotus.

¿Qué es el peronismo, cuáles son los principios del movimiento aglutinado por Perón, cuyo fantasma revolotea por la Casa Rosada y lubrica todos los engranajes del poder?  ¿Acaso una enfermedad argentina crónica e incurable, cualesquiera que sean las circunstancias, en la prosperidad como en la indigencia? ¿Un morbo que arruina periódicamente a un país culto, completamente alfabetizado y bien dotado por la naturaleza, de enormes riquezas potenciales, pero políticamente descarriado? O tal vez “un acertijo envuelto en un  misterio dentro de un enigma”, según el apotegma atribuido a Winston Churchill para referirse a la URSS de Stalin. En cualquier caso, un ideal político de ardua comprensión, que se manifiesta con signos contradictorios o deliberadamente confusos.

Cumple el peronismo con “la triple dispensa” con la que Jean-François Revel caracterizó a la ideología: retiene sólo los hechos favorables y omite u olvida los otros; la dispensa práctica que despoja de todo valor de refutación a los fracasos; y la fabricación de las explicaciones que excusan los excesos y hasta los horrores, las perversiones más notorias. Y lo peor sucede, como en el caso argentino, cuando la falsificación política santifica el despotismo, la corrupción y hasta el asesinato, o cuando la muerte del caudillo se convierte en el espectáculo de un psicodrama que expone la aflicción colectiva.

El enigma no está en el nacimiento del peronismo, sino en su persistencia durante casi 70 años. Movimiento de masas aparentemente modernizador y socializante con el que Perón llegó a la presidencia (1946), resulta inteligible por la confluencia de dos fenómenos sociales: la emigración frenética de los llamados cabecitas negras, campesinos huidos del latifundismo depredador, que irrumpieron en Buenos Aires y su provincia, y una industrialización pretenciosa y exorbitante, fundada en el proteccionismo y la sustitución de importaciones, que dio empleo a los recién llegados, en una coyuntura de bonanza económica en el período de entreguerras y excelentes negocios durante y después de la segunda conflagración mundial, incluida la ayuda al régimen de Franco.

Los campesinos desarraigados, sin orientación política definida, junto con los inmigrantes españoles e italianos, seducidos por el anarquismo, formaban una masa heterogénea de maniobra que fue fácil presa de un demagogo sin escrúpulos, de inclinaciones fascistas, y su mujer, Evita, actriz mediocre pero sublime comunicadora, locutora de radio de tan buenos sentimientos como políticamente ignara, una virtuosa en el arte de la oratoria del balcón, que encarnó la mística del movimiento con su pasión por los descamisados que arribaban a Buenos Aires para lavarse los pies en la plaza de Mayo. Con ella nació el mito de la justicia social como esperanza siempre defraudada.

Del regreso de Perón a la catástrofe

La mezcla de nacionalismo y populismo, remedo del fascismo italiano en sus comienzos, con promesas utópicas y subsidios reales, propició la consolidación de un Estado intervencionista que transformó de forma duradera la estructura socio-económica y pervivió en las más diversas situaciones. Cuando Perón regresó en 1973, el país estaba convulsionado por la agitación de masas que sacudía todo el hemisferio, de modo que el caudillo fatigado no pudo hacer otra cosa que mitigar las incongruencias que socavaban el justicialismo. Carente de fuerza y probablemente de convicción para emprender una nueva aventura política, el caudillo añorado se refugió en la ambigüedad.

La trayectoria del peronismo, secuestrado por los sectores conservadores y el sindicalismo burocrático, gestor de los albañales del poder, resultó desconcertante para los nuevos descamisados, de manera que la euforia del regreso pronto dio paso a la desilusión de los impacientes, muchos de ellos seducidos por la revolución pendiente con acento e imágenes guevaristas. Cuando fue evidente que Perón no era el líder socialista esperado, al declarar fuera de la ley al Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP), los extremistas replicaron con el asesinato de José Rucci, secretario general de la CGT.

Ya no era posible cohesionar a toda la izquierda como en 1945, con el señuelo de la justicia social, cuando todo el subcontinente estaba en ebullición, agitado por Castro, Che Guevara y sus émulos, que alardeaban con la creación de muchas Sierras Maestras. El justicialismo tenía su propio grupo insurgente, los Montoneros, pero los  revolucionarios no calibraron bien la fuerza y la determinación represiva del estamento militar, y sobrevino la catástrofe.

A la muerte de Perón, en 1974, asumió la presidencia su viuda, María Estela Martínez, más conocida por Isabelita, ex artista de variedades, mangoneada por el brujo José López Rega y el sector más reaccionario del partido. Hoy se sabe que el gobierno de Isabelita fue el primero que aplicó el procedimiento del secuestro y el asesinato, ejecutado por el todopoderoso ministro de Bienestar Social (López Rega) a través de la tenebrosa Triple A. No obstante, la izquierda estaba contribuyendo con un entusiasmo insensato a la espiral destructiva y los propósitos de venganza que se incubaban en los cuarteles desde que el general Aramburu fue asesinado por los Montoneros en 1970.

Una situación surrealista y volátil que degeneró en el aquelarre de los escuadrones de la muerte, de la guerra civil subrogada, una locura bélica humillante por las Malvinas y una dictadura militar de terrible crueldad, en un país gangrenado por la infamia de las detenciones arbitrarias, las torturas y las desapariciones, el exterminio o el exilio (1976-1983).  La única ideología de los militares fue la de “la seguridad nacional”, propagada desde Washington, que promovió la lucha contra la subversión en un contexto de guerra fría generalizada en el hemisferio.

Tras la devastación moral y física de la dictadura castrense, de la larga noche de la indignidad y el terror, la victoria de Raúl Alfonsín y la Unión Cívica Radical (UCR) en las elecciones del 30 de octubre de 1983, hito de la recuperación de la democracia, inauguró una nueva esperanza, encarnada por un partido de vocación centrista y renovadora, antagonista histórico del peronismo, referente de la clase media, que enarboló la bandera de la reconciliación y obtuvo el 54 % de los sufragios. ¿Otra Argentina era posible? Nada más lejos de la realidad. La transición presidida por Alfonsín, una experiencia tan digna como inoperante, se vio interrumpida por  un desastre económico que azotó al país, hundió la frágil moral del presidente y preparó el retorno del peronismo con un nuevo disfraz.

Fue “el fin de la ilusión”, como señaló el historiador Luis Alberto Romero en su excelente epítome sobre la historia de la Argentina en el siglo XX, y el fracaso del empeño de reconciliar a la sociedad con las Fuerzas Armadas. La hecatombe de la hiperinflación acabó con la experiencia que había suscitado tantas expectativas. El poder recayó en un peronismo supuestamente renovado, cuyo líder, Carlos Menem, triunfó en las elecciones de 1989 y llevó a cabo la sorprendente hazaña de guiar al justicialismo por los derroteros de sus enemigos: los grandes consorcios agropecuarios y la práctica del liberalismo a ultranza, hasta convertirlo en “el partido del mercado”.

La capacidad de adaptación del justicialismo resultó prodigiosa, una verdadera revolución si se tiene en cuenta que la privatización de las grandes empresas estatales liquidó el intervencionismo y cercenó las políticas benefactoras que Perón y su esposa habían impulsado. “Cirugía mayor sin anestesia”, como proclamó Menem. Un genuino baile de máscaras. El sindicalismo burocrático y corrupto experimentó una crisis aguda, de la que aún no se ha recuperado, y el peronismo sufrió una transformación tan radical que le alejó perentoriamente de sus principios y de su historia.

Tras el definitivo colapso económico (diciembre de 2001-enero de 2002), cuando cinco presidentes se sucedieron a un ritmo vertiginoso (15 días), en medio de las penosas consecuencias de la quiebra del país con una deuda de 80.000 millones de dólares, la congelación de las cuentas bancarias (el famoso corralito) y un paro galopante, los llamados conciertos de las cacerolas y las protestas coléricas de la clase media fueron reprimidas por la policía y se saldaron con un baño de sangre en la plaza de Mayo en la noche del 29 de diciembre (más de 30 muertos).

Con el partido radical en franco declive y el peronismo bajo una dirección colegiada, con cinco presidentes incapaces de cumplir con su deber, huidos literalmente de la Casa Rosada, la muerte de la cultura política tradicional era evidente, pero la esperada reforma no cuajó. Todo ocurrió entre bastidores. La desafección hacia la clase gobernante, identificada colectivamente con el cohecho y el robo, alcanzó niveles sin precedentes. ”Hay dos tipos de políticos: los incapaces y los capaces de todo”, podía leerse en un grafito colocado en el centro de Buenos Aires.

Presidente con el 22 % de los votos

Un peronista de la vieja escuela, Eduardo Duhalde, muñidor electoral del gran Buenos Aires, maniobró para calmar la efervescencia y convocar elecciones. El justicialismo estaba profundamente dividido, hasta el punto de que contó con tres candidatos en las presidenciales: Menem compitió con un recién llegado y oscuro gobernador de una provincia de la Patagonia, Néstor Kirchner, y con el camarada Adolfo Rodríguez Saá. Cuando Menem, que había obtenido el 24,45 % de los votos en la primera vuelta, vislumbró una derrota abrumadora, retiró su candidatura, de manera que el segundo más votado, Kirchner, con sólo el 22,24 % de los sufragios, fue proclamado presidente sin que se celebrara la segunda vuelta.

Con tan escasa legitimidad popular, el nuevo presidente, que empezó como funámbulo, pragmático o posibilista, como simpatizante de George W. Bush y de las políticas de ajuste fiscal, acabó por abrazar la nostalgia del izquierdismo y el populismo que tanto habían contribuido a crear el mito peronista. En vez de reformar el sistema, como demandaban los más lúcidos, decidió regresar al pasado. El país empezaba a salir de la pesadilla del corralito gracias al aumento espectacular del precio de las materias primas y, sobre todo, a la creciente demanda de soja.

En 2005, Kirchner despidió al ministro de Economía, el respetado Roberto Lavagna, verdadero artífice de la recuperación económica, y se reveló con un apetito de poder insaciable. “Jamás dejó el poder”, sentenció Joaquín Morales Solá en su obituario de La Nación. Tras dominar la burocracia peronista, empezó a gobernar por decreto, reorganizó el sistema fiscal para controlar a los gobernadores provinciales y presionó a los jueces del Tribunal Supremo. Nacionalizó el sistema de pensiones y utilizó a su antojo las reservas del Banco Nacional. Disolvió el Instituto Nacional de Estadística para manipular descaradamente los altibajos de la recuperación. Una de sus medidas más populistas fue la abolición de las leyes de amnistía de los militares acusados de torturas y asesinatos, pero indignó a las víctimas del terrorismo de izquierdas.

También a partir de 2005, el pragmatismo en la esfera internacional  experimentó un viraje de 180 grados para alinear a la Argentina con la denominada empresa bolivariana del presidente venezolano, Hugo Chávez, la manifestación más ruidosa y soez de los nuevos liderazgos nacionalistas y populistas, empeñados en la lucha contra el molino de viento del anticolonialismo (la utopía arcaica que vituperó Vargas Llosa), cuyo enfoque postmarxista ha sido explicado y reivindicado por Ernesto Laclau en La razón populista, ensayo que Jesús Silva Herzog desentrañó implacablemente y rechazó como “antiliberalismo con traje folclórico”, de inquietantes connotaciones fascistizantes.

La exuberancia y la hipérbole argentinas en la hora de la muerte del “hombre que devolvió la ilusión a un pueblo herido, inestable y crítico, el único que se enfrentó al empresariado y los poderes que históricamente han pactado con dictaduras criminales y con el expolio imperial”, según uno de sus turiferarios, contrastan con la discreción de la gran prensa internacional poco inclinada a derramar lágrimas por un personaje controvertido. Sólo una sucinta crónica sobre el óbito y ni siquiera una necrología en el International Herald Tribune, el genuino periódico global.

En realidad, Kirchner fue un oportunista sin muchas preocupaciones ideológicas, con escaso bagaje doctrinal. Comenzó su carrera como liberal y dos años después de ser proclamado presidente pasó a defender un extraño modelo de socialismo, receloso de la democracia y compañero de viaje de los hermanos Castro y, sobre todo, de Hugo Chávez, el caudillo petrolero y entrometido que le acompañó en el último viaje hasta su panteón de la Patagonia.

Como cabía esperar de un peronista, supo encubrir con la demagogia su desenfrenado enriquecimiento, mientras impulsaba un nacional-populismo de los gestos y los símbolos, del grito y de la dádiva, pero sin un programa coherente. Un improvisador de los programas del corto plazo. El balance es contradictorio, como resumió Abel Gilbert en una crónica desde Buenos Aires en El Periódico de Catalunya: “Kirchner es para unos un paladín de la distribución de la renta y, para otros, un bandido.”

Cristina Fernández

 

Nadie ha explicado el enigma de por qué Kirchner, en el cenit de su popularidad, cedió el trono a su esposa en las elecciones de 2007. Algunos maliciosos aseguran que pretendía crear una dinastía y evocar el protagonismo de Evita, recomponer la mitología dual del peronismo renaciente. Fue Cristina, sin duda movida por su esposo y principal consejero, la que dio una nueva vuelta de tuerca a la empresa benefactora y se enfrentó con las fuerzas vivas, con la poderosa Sociedad Rural, con los grandes periódicos (Clarín y La Nación), con los inversores nacionales e internacionales, con los caciques más conservadores del justicialismo. Y para tan singular batalla contó con un ejército heteróclito y un poco extravagante: ex montoneros, el grupo más radical de las Madres de la plaza de Mayo (con la proetarra Hebe de Bonafini a la cabeza), los piqueteros, algunos policías y sindicalistas de oficina, el lumpenproletariat y los fanáticos del fútbol.

“Eva, Perón y Néstor, juntos en el cielo, y en la tierra, Cristina”, podía leerse en un cartel exhibido frente a la Casa Rosada en el día del oficio de difuntos. “Fuerza Cristina, Néstor vive en nuestro corazón”, rezaba otro. Reflejaban el nuevo despertar del sentimentalismo, como si hubieran sido convocados todos los mitos del pasado para alimentar una congoja tan extendida como incomprensible, una extraña solidaridad en la desgracia, cuando ya se sabía que varios dirigentes del peronismo heterodoxo habían sido advertidos de que no debían acudir a la capilla ardiente para no desatar las iras del círculo íntimo del líder. Son los indicios de las batallas por librar.

El populismo más lúgubre se escenificó en la capilla ardiente. Las imágenes nos mostraron a la viuda enlutada y con gafas negras rodeada de sus dos hijos y del futbolista Diego Armando Maradona, el único personaje que superó “el férreo cordón protocolar”, como nos contó un cronista bonaerense para reflejar la necrofilia ambiental. Parece ser que el polémico jugador, cuya veneración popular resulta tan insondable como la del peronismo, se erige en factótum de las llamadas barras bravas, los grupos de hinchas violentos que fueron objeto de la atención demagógica y las subvenciones de la pareja presidencial. Así se explican las pancartas que aparecían en los estadios con el lema “Kirchner vuelve”, en previsión de la campaña electoral de 2011 frustrada por la muerte repentina.

El peronismo está más dividido que nunca entre camarillas y personalidades, mientras sus masas de maniobra se encuentran, como siempre, a la espera de un nuevo caudillo. ¿Qué hará Cristina sin su mentor? El matrimonio Kirchner había perdido las elecciones parlamentarias de este año, lo que parece reflejar un relativo cansancio de los votantes tranquilizados por la prosperidad; pero las últimas encuestas sugerían una remontada del presidente consorte. Sin embargo, son varios los aspirantes peronistas que se postulan para la púrpura presidencial en las elecciones de 2011, y no es probable que cierren filas detrás de la viuda.

Las precedentes viudedades en la Casa Rosada transmiten inquietud e incertidumbre, pero cabe abrigar la esperanza de que Kirchner sea “El último peronista”, título de la biografía escrita por el periodista Walter Curia. Sería la señal inequívoca de que el mal argentino no es incurable y que el destino puede revocarse con la ayuda de las nuevas circunstancias nacionales e internacionales, de la economía globalizada que disparó el índice de crecimiento hasta el 10 %, si es que podemos creer en las estadísticas de los Kirchner. Genio y figura. Pocos son, sin embargo, los que abogan por enterrar los espectros e idear un nuevo sistema político. ¿Habrá que echar siete llaves al sepulcro patagónico?

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Responses

  1. Estimado Mateo,

    Con el mayor respeto que me merece su aquilatada trayectoria en prensa, tengo que decirle que encontre en su post un larga y abultada recurrencia a lugares comunes y perspectivas lejanas para describirle a sus lectores un proceso politico que, con contradicciones y falencias, merece de su parte un analisis un poco más de información y profundidad.

    Estimo que una razón crucial de esas inconsistencias puede radicar en sus fuentes. Es posible. Pasa con frecuencia. Salvo que Ud. personalmente haya estado en Argentina en el pasado reciente, estimo que sus fuentes son los medios tradicionales. Los diarios españoles de mayor tirada, los cables de agencias de noticias internacionales, etc.

    Sugiero que, sin desestimar los anteriores, busque agregar a sus proveedores de informacion otros algo menos “tradicionales”, que permitan tener una mirada menos sesgada sobre la realidad de la Argentina, del peronismo y de su hijo dilecto, el kirchnerismo.

    Me permito argumentar el tema de las fuentes con un ejemplo: el diario El País que circula en la península, es propiedad del grupo Prisa. Dicho grupo, por otra parte, es accionista principal de un paquete accionario denominada GLR, Grupo Latino de Radio, el cual es propietario a su vez de una importante red de radios en toda America Latina. En Argentina, por ejemplo, GLR es la propietaria de Radio Continental entre otras, una radio en AM que por motivos técnicos (alta potencia y frecuencia baja, 590 kHz) tiene una excelente recepción no sólo donde está constituida (ciudad de Buenos Aires) sino en toda la región de la pampa húmeda, escuchándose en ciertos lugares con mayor fidelidad que las más humildes radios locales.

    Eso hace que Radio Continental tenga una muy alta audiencia en pueblos y ciudades con definido perfil agropecuario y eso ha llevado a que sus anunciates (especialmente en el horario matutino) sean principalmente grandes empresas de productos e insumos rurales. Una cosa ata a la otra, y cuando el gobierno de Cristina Kirchner tomó una resolución que afectaba intereses, la línea editorial de dicha radio se tornó decididamente antigubernamental. Y fue también a partir de allí que el periódico El País marcó un fuerte cambio de rumbo en sus notas y caracterizaciones antigobierno argentino que continuan hasta hoy.

    Usted menciona como al pasar que el gobierno de Cristina Fernandez se enfrentó con los diarios La Nación y Clarín, locales. Es bueno saber que dichos diarios son socios en la organización de ExpoAgro, la feria anual más grande de productos, bienes e insumos agropecuarios que atrae a unos 200.000 visitantes cada año.

    En el mismo párrafo usted postula que los bandos que componen la pugna por el poder en la Argentina son, por el lado opositor, “las fuerzas vivas, con la poderosa Sociedad Rural, con los grandes periódicos (Clarín y La Nación), con los inversores nacionales e internacionales, con los caciques más conservadores del justicialismo” mientras que por el otro, defendiendo a un gobierno populista y deshonesto, hay “un ejército heteróclito y un poco extravagante: ex montoneros, el grupo más radical de las Madres de la plaza de Mayo (con la proetarra Hebe de Bonafini a la cabeza), los piqueteros, algunos policías y sindicalistas de oficina, el lumpenproletariat y los fanáticos del fútbol”.

    Me pregunto si alguno de sus lectores creé en semejante simplificación. Me pregunto si usted mismo se ha detenido a analizarla: en un país complejo y vasto, levantisco y argumentativo como el argentino, un grupito de alucinados, solitarios y dogmáticos, puede enfrentar el poder de las fuerzas vivas de La Nación, de la Sociedad Rural, de la prensa, etc, etc.

    Pues en ese caso como es posible que a 9 meses de las elecciones presidenciales y sin que estén definidas las candidaturas, Cristina Fernandez arañe una intención de voto del 35% mientras que la segunda y tercera fuerza no superen el 14?

    Será que los “alucinados” alteran las encuestas? Será clientelismo? Qué otra explicación se le puede hallar?

    La explicación, mi estimadísimo Mateo, es que su análisis del complejo fenómeno político argentino, está hecho con uno solo de los lentes de sus gafas. Eso conduce a que sus análisis puedan engañar a sus lectores, pero fundamentalmente engañarlo a usted mismo.

    Y como yo lo respeto, quiero evitarle el error.

    Le propongo, entonces, que me pida ayuda y algunas fuentes que permitan un análisis menos sesgado y más profundo. Incluso podré responderle la supuestamente ignota respuesta a la pregunta de por qué “Néstor Kirchner le cedió el mando a su esposa en 2007” (elecciones mediante, amigo Mateo, esto no es una monarquía).

    Un atento abrazo,

    Contradicto
    de San Telmo
    Buenos Aires
    Argentina


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