Posteado por: M | 1 noviembre 2010

Una presidenta por herencia en Brasil

El esperado triunfo de Dilma Rousseff en las elecciones presidenciales de Brasil significa la consagración popular de la política seguida por Luiz Inácio Lula da Silva durante sus ocho años en la jefatura de un Estado emergente y poderoso, locomotora económica de América Latina, desde la que combatió con efectividad la pobreza, redujo el paro a niveles tolerables (7 %), puso en marcha el ascensor social y obró el milagro de favorecer a los más afligidos sin espantar a los poderosos ni a las fuerzas vivas y a veces ocultas de la globalización. La votación del 31 de octubre (56 % de los sufragios para Rousseff y 44 % para José Serra) arrojó un claro pronunciamiento en pro de la continuidad.

Primera mujer electa para la máxima magistratura de la República federal, Rousseff es una presidenta por herencia. Su holgado triunfo lo debe, sin ninguna duda, a la adhesión que suscitan las políticas y el carisma de Lula, que hace mutis en el cenit de su popularidad, con el 80 % de opiniones favorables. La ex guerrillera Dilma, encarcelada de 1970 a 1972 por la dictadura militar, hija de un abogado comunista de origen búlgaro, nunca fue elegida para un cargo, pero fue ministra de Energía y desde 2005, jefa de la Casa Civil  —el Gabinete presidencial— o primera ministra oficiosa, encargada de la gestión diaria y de la intendencia mientras el presidente inauguraba los crisantemos y actuaba con creciente soltura como estrella de la escena internacional.

Lula mantuvo la política socialdemócrata de su predecesor, el presidente Fernando Henrique Cardoso; dio garantías a los inversores extranjeros, emprendió una limitada reforma agraria (40 millones de hectáreas) e inventó el programa de Bolsa Familia para subsidiar a 12 millones de hogares que se encontraban en la más absoluta pobreza, su baza más efectiva desde el punto de vista político. El Brasil moderno, capitalista y mundializado, mantuvo su velocidad de crucero, pero siguió coexistiendo con un Brasil pobre, atrasado y semifeudal que se extiende por todo el noreste en torno a Recife, con la caña de azúcar como monocultivo pernicioso.

En política exterior, Lula se convirtió en actor de primera fila, viejo sueño de los estrategas de Itamaraty, el bello palacio de Brasilia que alberga el ministerio de Relaciones Exteriores. Aunque no estaba previsto que el presidente, quizá presionado por sus orígenes ideológicos, se entregara al abrazo y el compadreo con los hermanos Castro y frecuentara a otros dictadores o que incluso pronunciara unas palabras indignas para referirse a la opresión que padecen los disidentes cubanos. No sabemos si la nueva presidenta, pese a sus antecedentes, se mostrará más circunspecta, en el estilo de la chilena Michelle Bachelet.

La presidenta hereda, junto al legado de Lula, unos problemas tan ingentes como la superficie del país (8,5 millones de kilómetros cuadrados). La pobreza está muy lejos de haber sido erradicada. Sólo el 25 % de los brasileños están alfabetizados, según leo en el prestigioso semanario Veja, de Sâo Paulo. Y ya se sabe que la educación es la única manera de obtener una mejora perdurable de la productividad y garantizar el progreso. La reforma agraria ofrece un panorama esperanzador pero de obra inacabada, de complicada ejecución, cuyo alcance fue cercenado por un Parlamento en el que Lula no disponía de la mayoría absoluta requerida. El Partido de los Trabajadores (PT), al que pertenecen Lula y Rousseff, está aliado con fuerzas políticas de centro y derecha que seguirán exigiendo moderación.

Unos 20 millones de brasileños accedieron a la clase media, pilar de la democracia, durante los ocho años prodigiosos, pero, en contra de una opinión muy extendida, las desigualdades sociales no han disminuido. Según demuestra con cifras apabullantes el periodista Clovis Rossi, editorialista del gran diario Folha de Sâo Paulo, “las desigualdades salariales disminuyeron pero no así las existentes entre el capital y las rentas del trabajo”. Y añade: “El abismo que separa el capital y el trabajo alcanza precisamente el colmo de la obscenidad.”

A pesar de la innegable prosperidad, los economistas coinciden en señalar que el próximo gobierno deberá reducir el gasto público, que está creciendo arriesgadamente más deprisa que el producto interior bruto. Sólo así podrán rebajarse los elevados tipos de interés, reajustar a la baja el valor de la divisa y liberar la inversión que reclaman tanto las infraestructuras como los servicios públicos. Pero la presidente electa, al menos durante su campaña electoral y como corresponde a su formación izquierdista, prometió una mayor intervención del Estado en la economía.

Dilma Rousseff, pues, se encuentra ante una empresa tan atractiva como abrumadora, con múltiples obstáculos, problemas de imagen y deficiencias estructurales. Aunque con reputación de adusta tecnócrata con escaso atractivo personal, la ex guerrillera moderó su discurso, confió al bisturí el rejuvenecimiento de sus facciones, se liberó del lastre de la obesidad y cambió sus gruesas gafas de miope por las lentes de contacto, pero siguió siendo “la candidata de Lula”. Ahora no bastará con los cambios cosméticos. Luego de haber modificado su posición sobre el aborto y las parejas homosexuales, a demanda de los sectores cristianos, deberá formar su propio equipo, proseguir en la senda de su predecesor y ordenar las pertinentes prioridades. Además de aceptar la herencia a beneficio de inventario, única manera de que la continuidad no degenere en continuismo.

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