Posteado por: M | 5 noviembre 2010

Derrotas de Obama y sus planes progresistas

La política en general y las elecciones en particular suelen ser muy crueles con sus dioses. El presidente Barack Obama, que hace dos años fue llevado en volandas a la Casa Blanca, aureolado con el carisma de un mesías de color, llamado a cambiar el destino de la nación más poderosa de la Tierra; que suscitó el entusiasmo de grandes multitudes, dentro y fuera de su país, y fue encomiado como una estrella galáctica por buena parte de la despistada izquierda europea, acaba de tragarse la amarga píldora de la derrota y tuvo que descender del pedestal para pedir árnica a sus adversarios y proponer la conciliación para superar el gridlock, el temible bloqueo legislativo y el peligroso atasco de las instituciones en medio de una agobiante crisis económica.

Como estaba cantado, las elecciones parciales –toda la Cámara de Representantes, un tercio del Senado y otro de los gobernadores— fueron un plebiscito contra las políticas de Obama y su Partido Demócrata, porque el descontento se expande por las cuatro esquinas del país. El opositor Partido Republicano conquistó la mayoría en la Cámara de Representantes (240 por 184 y 11 por decidir) y avanzó en el Senado hasta dejar la ventaja demócrata en éste reducida a la mínima expresión (52 a 47 y 1 por decidir), de manera que si el presidente no corrige el rumbo y entierra algunos de sus proyectos, la guerrilla parlamentaria se prolongará peligrosamente hasta las elecciones presidenciales de 2012. “Lo más importante para nosotros es que el presidente no obtenga un segundo mandato”, reveló el senador Mitch McConnell, jefe de la minoría republicana.

El mayor desplazamiento de voto desde 1938

Para comprender la devastación del seísmo político, baste recordar que el Partido Demócrata dominó la Cámara de Representantes, mucho más sensible a los cambios, durante 40 años, desde la presidencia de Eisenhower (1953-1961) hasta la de Clinton (1993-2000), la perdió en 1994, pero la mantenía desde 2006. En cuanto a los gobernadores de los estados federales, los republicanos se hacen al menos con nueve hasta ahora en manos demócratas (en total, 29 republicanos, 16 demócratas, 1 independiente y 4 por decidir). El escrutinio refleja el mayor desplazamiento de voto a favor de un partido desde las elecciones de 1938.

Desde la izquierda del Partido Demócrata y desde algunos cenáculos europeos que tanto deploran el que los estadounidenses sean como son reprochan al presidente su falta de decisión, que no haya sido capaz de encauzar la ola del “Yes, we can” que lo encumbró en 2008 para introducir cambios radicales que en realidad eran y son inviables, salvo una genuina revolución, y que sólo hubieran contribuido a ahondar la fractura social. Lo que no admite discusión, como señala Serge Halimi en Le Monde Diplomatique, es que, “en dos años, la energía política y el entusiasmo han cambiado de bando”.

Según el New York Times, estandarte mediático de Obama, el mensaje de los electores resulta obvio: “No les gusta cómo el presidente está haciendo su trabajo.” La condescendencia del gran diario era previsible, pero probablemente resulte errónea. No se trata de una cuestión de procedimiento, accesoria, sino de fondo; ni de un mero déficit de comunicación o de una imagen desenfocada. El fracaso demócrata no se debe a un fallo de marketing, sino a la penuria de ideas o la fuerte discrepancia de las que exhibe el presidente con las que anidan en muy amplios sectores de la clase media.

Los electores no están de acuerdo con el comportamiento de su presidente, desde luego, pero es que, además, rechazan airados, como se vio en la campaña, gran parte de su programa de reformas, desde el rescate de los bancos y los estímulos fiscales indiscriminados hasta los proyectos ecológicos (reducir las emisiones de carbono) que perjudican a las empresas y reducen el empleo a corto plazo, o las facilidades para el aborto, pasando por las subidas de impuestos y el aumento del gasto público que genera una deuda superior a los 1,3 billones de dólares.

El conservadurismo vuelve por sus fueros, propulsado por el movimiento del Tea Party, tan radical como heterogéneo, cuyo primer acierto estratégico fue no convertirse en un tercer partido, como el de Ross Perot en 1992 (logró el 19 % de los sufragios), sino en infiltrarse e hinchar las velas republicanas. Según las encuestas a pie de urnas, los votantes de declararon más conservadores que en 2006 y 2008, y 4 de cada 10 añadieron que habían respaldado al Tea Party. Los electores independientes, decisivos para el éxito de Obama hace dos años, ahora le dieron la espalda abrumadoramente. “Los republicanos hacen añicos el mapa de Obama”, concluyen los analistas de Politico.com.

Los errores del partido gobernante y de su líder han sido innumerables y explican la derrota. El más grave es que los demócratas interpretaron pésimamente los resultados de 2008 y se confundieron de país al creer que éste, de la noche a la mañana, había girado al centro-izquierda, se había convertido al evangelio liberal (progresista) y posmoderno, representado por Obama y sus más entusiastas seguidores, pero los votos confirman que éstos sólo son una mayoría constatable en las metrópolis de la costa atlántica y California. La cultura política muda con lentitud y los norteamericanos persisten en considerar que la intervención del Estado es problemática y hasta peligrosa.

Los independientes (electores que no están censados como demócratas o republicanos y que votan más con la cabeza que con el corazón) dieron el triunfo a Obama en 2008, pero ahora se pasaron en masa a los republicanos, luego de que muchos de ellos engrosaran las filas aguerridas del Tea Party. Las encuestas reiteran el mismo patrón de adhesiones desde hace años: 42 % de conservadores, 20 % de liberales (izquierdistas) y 35 % de moderados, según la empresa Gallup. El 62 % de los encuestados a la salida de los colegios electorales manifestó que el país estaba “en el camino equivocado”.

Mitigado o esfumado el entusiasmo que Obama suscitó, EE UU se comporta de nuevo como un  país de centro-derecha y en muchos aspectos, ruidosamente conservador y nacionalista, al menos, entre los que acuden a las urnas y se muestran políticamente activos. Ninguna región fue inmune a los avances republicanos, que afectaron incluso a algunos suburbios de Pensilvania, Illinois y Florida, sectores claves para las presidenciales de 2012. Un ejemplo: el aspirante demócrata fue derrotado en el distrito de Chicago al que representó Obama. “Fuimos noqueados por doquier”, reconoció el ex presidente del comité nacional del Partido Demócrata, Don Fowler.

Obama fue elegido en 2008 como un líder pospartidista, posnacional y posracial, capaz de superar los más afincados prejuicios o las pertenencias más tradicionales, pero parece evidente que esas tendencias posmodernas fueron efímeras porque no conectan con las vibraciones patrióticas de “la América profunda”. Excesiva posmodernidad para una sociedad poco proclive al relativismo y reacia a la alternativa denominada liberal o progresista. El péndulo volvió a inclinarse a la derecha para alcanzar no sólo a las zonas rurales del Medio Oeste, sino a todo el sur, históricamente demócrata, y a esa Suburbia tan novelada como decisiva donde reside la clase media en ambas fachadas marítimas.

El presidente reconoció esa disonancia moral y política en una entrevista en la que lamentó que estuviera harto generalizada en el país la presunción de que él era “el mismo viejo demócrata de izquierdas que sistemáticamente aumenta los impuestos y el gasto público”. Una confesión paladina –corroborada por los hechos– de que no había podido alterar, como por otra parte era comprensible, ni las creencias más arraigadas, ni la aversión al Big Government (el Estado intervencionista), ni la diatriba contra la altivez de las élites ni la exasperación ante las tergiversaciones burocráticas.

Aunque han transcurrido seis años desde su primera edición en inglés, muchas de las conclusiones de John Micklethwait y Adrian Wooldridge en Una nación conservadora. El poder de la derecha en Estados Unidos (edición española en Debate, Barcelona, 2006) mantienen su pertinencia. La coalición exitosa de Franklin D. Roosevelt ya no existe y la pretensión demócrata de una coalición arco iris, para aglutinar a todas las minorías con intereses diversos y a veces contrapuestos, aunque revitalizada por Obama en sus momentos estelares, no ha resistido los embates de la crisis económica.

Otro error concierne a la idea que Obama se hizo de sí mismo al presentarse en la campaña de 2008 como un futuro presidente “postpartisan”, capaz de superar el bipartidismo, promotor de la reconciliación de credos, razas, origen y condición social. Tan ilusoria pretensión tuvo corto recorrido, hasta el punto de que el Partido Republicano dejó de ser un interlocutor para convertirse en un obstruccionista, y prevaleció el diálogo de sordos. El aislamiento de la Casa Blanca acabó por imponerse, el calor de los mítines resultó postizo y el primer presidente negro transmitió una imagen de intelectual frío y distante, demasiado flemático, deficiente en la comunicación, con graves dificultades para vender sus proyectos.

En vez de parlamentar con los republicanos en el Senado, Obama se dejó empujar por los radicales de su partido, con Nancy Pelosi y otras estrellas mediáticas a la cabeza, hacia un programa izquierdista, más en la forma que en el fondo, que resultó indigesto para los paladares medios. ¿Demasiado ambicioso o demasiado tímido? Buscó el consenso, pero fue muy lento en las decisiones. Su equipo de asesores polemizó en asuntos tan vidriosos como el aumento de tropas en Afganistán o la terapia de la crisis por el estímulo de la demanda. La reforma sanitaria se demoró durante 14 meses, demasiado tiempo para un presidente siempre apremiado por las urgencias, y al final resultó una ley híbrida que los progresistas tacharon de timorata, pero que la clase media recusó por intervencionista, onerosa y confusa.

La iniciativa del Tea Party

Los efectos del descontento encabezado por el Tea Party fueron mal calibrados por los demócratas, empecinados en el desdén y el sarcasmo, a veces la parodia de los  elementos más excéntricos, ignorantes o integristas religiosos, pero no los más representativos de una rebelión social alimentada por la depresión económica. El intento de los demócratas de demonizar a los agitadores del Tea Party, presentándolos como extremistas, no funcionó electoralmente. Las encuestas demuestran que muchos independientes y la mayoría de los republicanos no los consideran un peligro, sino unos  dinamizadores de la voluntad popular.

El mismo Obama ya había demostrado su falta de sensibilidad ante la manifestación de los agravios populares y cometió el error más notable de su campaña electoral al menospreciar a los trabajadores que, ante las acometidas de la crisis, según dijo, “se sienten amargados y se aferran a las armas o la religión” (es decir, que están alienados), unas palabras de las que se arrepintió y que los críticos ridiculizaron como un subproducto del marxismo más rancio y superficial, que probablemente forma parte de la jerga de los estudiantes de las universidades de élite, pero que no circula entre los batallones de la clase media.

El Tea Party no es la pandilla de indocumentados y reaccionarios que fue ridiculizada por la prensa progresista norteamericana y sus terminales europeas socialdemócratas, sino un movimiento proteico y sin complejos, que considera la libertad individual como el valor supremo y que tiene mucho que ver con los intereses y las ideas políticas del ciudadano común, desde los más conservadores a los libertarios, pasando por los cristianos de la mayoría moral, con rentas medias o medio-altas, mayoritariamente blancos, jóvenes y sospechosos de racismo en algunas regiones del sur.

El Tea Party, aunque ahora tiene mayor notoriedad, viene de lejos, de la mayoría silenciosa que sostuvo la revolución conservadora de Reagan a partir de 1980, especialmente dirigida acríticamente contra el gasto social reputado inútil y la injerencia creciente del gobierno federal, aunque en la trastienda de la movilización laten aún con fuerza los mitos del destino manifiesto y de la nación virtuosa y excepcional protectora de los derechos individuales y, por supuesto, de la iniciativa privada.

El programa es atractivo por su sencillez, anclado en tres principios de la tradición norteamericana: responsabilidad fiscal, libertad de mercado y competencias limitadas del Estado, es decir, menos impuestos, menos gasto público y una acción gubernamental subsidiaria, que sólo se produce en los asuntos que escapan por definición a la iniciativa privada. La prensa europea engloba toda esta filosofía de la acción política en los términos conservador o ultraconservador, epítetos de oprobio invariablemente antepuestos o pospuestos al Tea Party. Los más osados adoptaron la expresión “extrema derecha” para injuriar a todos los electores, eso, sí, con el Atlántico por medio.

Tras rumiar la derrota, Obama apareció en público para decir que los ciudadanos estaban “frustrados” por la crisis económica. ¿Otra vez el mismo error paternalista, la insufrible intención pedagógica, la presunción arrogante de que los electores andan descaminados? Quizá no entendió el mensaje. Porque los ciudadanos están más irritados con el poder que frustrados o errados (¿alienados?) y lo que demandan es una rectificación en toda regla. La cólera popular se dirige contra las subidas de impuestos o la imposición de la reforma sanitaria, no contra los procedimientos empleados.

Esa mala retórica persigue a Obama y le aleja cada vez más, desde luego, del norteamericano medio. El analista conservador Charles Krauthammer, en el Washington Post, ya se había mostrado sarcástico durante la campaña electoral: “El doctor Obama ha dado con un trastorno psicológico hasta ahora desconocido: el síndrome de subestimación de Obama, que ha hecho presa en el conjunto de la población, tan aturdida por sus temores económicos que es neurológicamente incapaz de apreciar los hechos, la ciencia y la lógica y de apoyar como se merece al señor presidente, que tantas bendiciones le ha concedido desde las alturas.”

Como refiere George F. Will en el Washington Post, “los demócratas describieron al electorado como si estuviera aquejado de parálisis cerebral, víctima de una apoplejía de miedo, rabia, paranoia y codicia”, y con frecuencia recurrieron a las teorías conspirativas, como hizo Hillary Clinton, a los pasquines sobre el dinero turbio, o incluso a las insinuaciones malévolas sobre el retorno subrepticio de los hombres de Bush, cuando, en realidad, pretendían enmascarar que los resultados de las elecciones fueron un plebiscito contra el liberalismo en sentido norteamericano (progresismo).

También el presidente parece empeñado en buscar explicaciones para la derrota sin querer reconocer que los electores han rechazo mayoritariamente un programa que podemos calificar de socialdemócrata. Los norteamericanos nunca han sido partidarios de importar el Estados del bienestar europeo que les parece una herejía y un ataque contra su individualismo, una suplantación de la iniciativa personal, y mucho menos quieren hacerlo ahora que en Europa empieza a mostrar síntomas de cansancio.

Los límites del sistema

Los propagandistas impacientes de Obama, deslumbrados por las perspectivas del cambio, pasaron por alto los estrictos límites del sistema político, alérgico a las mudanzas radicales. La rígida separación de poderes, la estructura federal, el famoso checks and balances (equilibrio entre los poderes del Estado), la protección de las minorías, la exigencia de una mayoría cualificada en el Senado para cerrar los debates y eludir el filibusterismo, junto con la distinta legitimidad de las cámaras legislativas y su modo de elección, están concebidas para frenar las iniciativas del presidente, al que, en justa contrapartida, se otorga un derecho de derecho de veto antes de sancionar las leyes. Todo fue dispuesto por los padres fundadores para impedir los cambios bruscos.

Los votantes concuerdan en que la mala situación económica no es culpa de Obama, pero creen que éste la ha empeorado o, en todo caso, que no sabido corregirla con la celeridad que esperaban. Quizá evitó lo peor con su programa de estímulo de 787.000 millones de dólares, pero esa satisfacción no puede probarse y deja muchos cabos sueltos. ¿Por qué tanto empeño en una reforma sanitaria polémica y costosa en vez de abordar un plan para crear empleo?  A juzgar por los resultados, es evidente que subestimó la crisis económica heredada de dos guerras, una rebaja de impuestos para los ricos y un colapso financiero. Según The Economist, “acertó con el plan de estímulo inicial, pero es culpable por no haber presentado un programa creíble a medio plazo para reducir el déficit gigantesco”.

A pesar del escenario bélico, de la guerra de Afganistán y del desafío del terrorismo islamista, la política exterior estuvo prácticamente ausente de la campaña electoral. Se trata precisamente del terreno en que progresistas demócratas y radicales del Tea Party pueden coincidir en temas como el escepticismo sobre las intervenciones en el extranjero, la repatriación de las tropas, el recorte de los gastos de defensa y la reconsideración de la ayuda exterior. Las guerras del denostado Bush se han convertido en las guerras de Obama.

El presidente, después de esta reprimenda interna, podría tener la tentación  de volcarse en la política exterior, en busca del éxito que le han negado sus compatriotas. “Podría abrirle caminos de éxito”, parece aconsejar el New York Times. Un terreno en el que brilla con luz propia la presidencia imperial, con menos restricciones que en las pugnas internas, y en la que puede contar también con las prerrogativas excepcionales del comandante en jefe. Como no entraba en el juego electoral, la acción estratégica de Obama en el mundo será analizada en otro artículo.

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