Posteado por: M | 7 noviembre 2010

Vuelco estratégico en Oriente Próximo

Este artículo fue publicado, en una versión ligeramente abreviada, en la Revista de la Asociación de las Naciones Unidas en España, en su número de julio de 2010.

El grave y sangriento incidente de la flotilla con ayuda humanitaria para Gaza,  en la madrugada del 31 de mayo, interceptada y desviada de su ruta por el Ejército israelí (Tsahal), puso de relieve que la situación estratégica en el polvorín de Oriente Próximo se trastoca aceleradamente debido al viraje radical de la política exterior de Turquía, en consonancia con el islamismo creciente de su gobierno,  y al empeño de la República Islámica de Irán de proseguir su programa nuclear pese a las sanciones impuestas por cuarta vez por el Consejo de Seguridad de la ONU (Resolución 1929, de 9 de junio).

Otro ingrediente de la nueva situación es la actitud del gobierno de Binyamin Netanyahu, el más derechista e intransigente de la historia de Israel, abogado del expansionismo, vinculado con la extrema derecha de los colonos, siempre dispuesto a una exhibición de fuerza, sin reparar en sus efectos, y cuyas relaciones con la Administración de Obama son manifiestamente mejorables.  Un ejecutivo arrogante, aunque a la defensiva,  que utiliza las ambiciones nucleares de los ayatolás iraníes para mantener  militarizada a una opinión pública con síntomas evidentes de xenofobia y aislamiento en una región hostil, agitada por una vertiginosa carrera armamentista.

La actitud beligerante del gobierno de coalición israelí no le hace más fuerte, sino que evidencia sus fallos y debilidades. Ni el Mossad actúa como el servicio secreto infalible de la leyenda, ni Tsahal es el Ejército invencible que se ganó la admiración del mundo en 1967.  Los comandos que abordaron el ferri turco Mármara Azul lo hicieron con información equivocada o insuficiente –quizá también con órdenes contradictorias– y no contaban con la desesperada resistencia con palos y armas blancas de algunos de los simpatizantes pro Hamás que integraban el pasaje.

El abordaje en aguas internacionales, una operación mal planteada y peor ejecutada, se transformó en una carnicería con la muerte de nueve ciudadanos turcos por disparos de los soldados israelíes, lo que añadió leña al fuego de la controversia con Turquía y colocó a Israel en la picota del vituperio generalizado. La versión de Tsahal, según la cual los comandos de élite estaban en peligro y temieron ser linchados, dice muy poco en favor de esas unidades o de los cálculos y órdenes de sus jefes, a los que se supone al corriente de la determinación combativa de algunos pasajeros.

Ahora bien, los organizadores de la flotilla no formaban un coro de almas caritativas, ni eran todos pacifistas, ni pueden enmascarar como operación humanitaria lo que a todas luces era una iniciativa político-estratégica para “liberar Gaza”,  supuestamente del bloqueo israelí, sin confesar que al mismo tiempo pretendían reforzar en la franja el poder fanático y teocrático de Hamás. Está por demostrar que los armadores tuvieran vínculos con Hamás, Hizbulá o Al Qaeda, como asegura Israel, pero sus declaraciones sobre “la ruptura del asedio israelí” desbordan los límites de la acción humanitaria y apuntan al corazón del conflicto: el desafío político y la batalla propagandística.

La supuesta desobediencia civil de algunos de los pasajeros no resiste un somero análisis cuando se conocen los antecedentes de la ONG turca que dirigió la expedición: la Fundación de Ayuda Humanitaria (Insani Yardim Vakfi, IYV), próxima de los Hermanos Musulmanes, que mantiene estrechas relaciones con el islamismo radical, especializada en reclutar voluntarios para las zonas bélicas, como en Bosnia. Hace años que algunos de sus miembros fueron detenidos y acusados de connivencia con grupos terroristas, pero el proceso judicial decayó tan pronto como el Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP) y su jefe, el primer ministro Recep Tayyik  Erdogan, ganaron las elecciones  en 2002 y se hicieron con el poder.

El revisionismo de la política exterior turca resulta tan espectacular como inquietante, de gestación lenta pero ejecución implacable. El  APK, conservador , enraizado en el movimiento islamista, aunque se defina como moderado, lleva a cabo sin vacilaciones un programa de reislamización, en abierta contradicción con los principios laicos de supremacía del poder civil sobre la mezquita que impregnaron la revolución dirigida por Mustafá Kemal (Ataturk),  la abolición del califato y la instauración de la república (1919). La resistencia de los sectores secularizados y kemalistas del Ejército y la judicatura turcos no ha logrado frenar los avances del integrismo visibles en todo el país, incluido el escaparate de Estambul.

La evolución diplomática propulsada desde Ankara afecta a las relaciones con EE UU e Israel y, por tanto, modifica profundamente el equilibrio de fuerzas en toda la región. Turquía fue el primer Estado de abrumadora mayoría musulmana que estableció relaciones con Israel, tan temprano como el 28 de marzo de 1949, menos de un año después de la fundación del Estado hebreo. Ambos países están vinculados, además, por un acuerdo secreto, el Peripheal Pact (1950), una alianza claramente antiárabe, y un acuerdo de cooperación estratégica de 1996 para el suministro de armas israelíes al Ejército otomano.

Ruptura de una alianza histórica

Al permitir que la flotilla fuera armada y patrocinada en Turquía, Erdogan confirmó su determinación de romper la lianza histórica con Israel, prolongación de la OTAN en su flanco oriental, alimentada por el resquemor antiárabe de muchos otomanos, para sustituirla por una arriesgada apuesta que se nutre de la solidaridad islámica y se concreta en la aproximación a Irán y Siria, así como en la protección de Hamás en Gaza e Hizbulá en el Líbano, focos de agitación armada al sur y el norte de Israel.

Los vínculos privilegiados que Israel mantuvo durante muchos años con Irán  — otro Estado musulmán, pero no árabe–, se fueron deteriorando tras la proclamación de la república islámica  (1979), hasta su definitiva liquidación con la llegada al poder del presidente Mahmud Ahmadineyad (2005), furioso predicador del antisemitismo.  Por eso aparece en el horizonte el negro presagio de un frente antisionista impulsado por Ankara y Teherán, de manera que el conflicto árabe-israelí, con el nacionalismo como motor, está a punto de convertirse en una guerra religiosa de musulmanes contra judíos, el mismo objetivo perseguido por Bin Laden. Quizá un anticipo del temido choque de civilizaciones.

El abordaje de la flotilla no hizo sino enconar las tensiones entre Ankara y Jerusalén, degradas por los avances paralelos del islamismo y la colonización, y que adquirieron la máxima publicidad cuando Erdogan increpó directamente al presidente israelí, Shimon Peres, en la reunión internacional de Davos, en enero de 2009, a propósito de la ofensiva que Tsahal había lanzando contra el brazo armado de Hamás en la franja de Gaza (diciembre de 2008), oficialmente para destruir los túneles de suministro de armas e impedir el lanzamiento de cohetes contra territorio hebreo.  El incidente de la flotilla precipitó los acontecimientos.

Los dirigentes turcos descalificaron a Israel como un “Estado terrorista” (Erdogan) y condenaron el “acto de piratería”, mientras los portavoces israelíes aseguraban que el desafío de la flotilla no se hubiera producido sin el estímulo y la connivencia de Ankara con los grupos islamistas que habían organizado la expedición naval y se habían encargado de la agitación y la propaganda. El trágico desenlace de la operación confirmó que los canales de comunicación entre los gobiernos turco e israelí estaban prácticamente obstruidos cuando no definitivamente cancelados. Al calor de la emoción popular, el gobierno turco congeló las relaciones con Israel y encabezó las protestas internacionales contra el cerco de Gaza.

La protesta en Turquía tuvo un carácter fuertemente islamista, apoyada por los altavoces gubernamentales y de las mezquitas que incitan a los creyentes en los momentos de oración. La describió muy bien el diario liberal Hurriyet, de Estambul: “Las imágenes de Turquía, que se reflejaron  globalmente en el mundo con motivo del incidente de la semana pasada, fueron puramente islámicas,  con los manifestantes ataviados con pañuelos y turbantes profiriendo consignas islámicas bajo pancartas islámicas e invocando el nombre de Alá frente a las sedes diplomáticas de Israel.”

Las primeras declaraciones de Erdogan tras el trágico abordaje confirman, en todo caso, la flaca memoria y la hemiplejia moral que aquejan al gobierno de Ankara, que pretende impartir  lecciones de derecho internacional, pero que persiste en su ocupación militar de la parte norte de Chipre, un Estado amputado de parte de su territorio, miembro de la Unión Europea, o se niega a reconocer el genocidio armenio y el exterminio de los kurdos  (45.000 muertos en los últimos 25 años) e incluso invade o bombardea el Kurdistán iraquí cuando lo estima conveniente.

Sorda irritación del mundo árabe

La súbita irrupción de Turquía en la enquistada cuestión palestina, aparentemente como aliada y protectora de Hamás, causó una sorda irritación en el mundo árabe, cuyos dirigentes piensan que la solución del problema palestino pasa por la reconciliación entre la Autoridad Nacional y Hamás, pero siempre que prevalezca la dirección de la primera. En cualquier caso, los árabes en general, Egipto, Jordania y Arabia Saudí en particular, no podrán contrarrestar  la alianza que se está fraguando entre Ankara y Teherán, susceptible de extenderse hasta Damasco, si no cuentan con la protección y el firme liderazgo de EE UU.

Bajo la presión de los acontecimientos, Egipto abrió a regañadientes la frontera sur de Rafah con Gaza, igualmente cerrada desde 2007, pero teme que el éxito propagandístico de la flotilla envalentone a Hamás y, en consecuencia, a los Hermanos Musulmanes egipcios que progresan precisamente por el oscuro callejón sin salida en que se encuentra la dictadura del presidente Hosni Mubarak. Un más que probable triunfo islamista en Egipto, en el caso de que se celebraran elecciones libres, como ya ocurrió en Argelia, podría desencadenar una guerra civil, asestaría un golpe fatal a la diplomacia norteamericana y acentuaría las tendencias militaristas en Israel.

Parece evidente que el cierre de Gaza, por más que haya sido mitigado tras la protesta internacional y hoy nos parezca insostenible, no es sólo una decisión israelí, como propalaban los heraldos de la flotilla, sino también de gran parte del mundo árabe, cuyos dirigentes en El Cairo, Ammán o Riad están alarmados por la creciente influencia de Turquía e Irán sobre los radicales palestinos agrupados detrás de Hamás e incluso sobre las organizaciones terroristas que les acompañan y medran con su desesperación.

Washington y el viejo aliado de la OTAN

Todas las luces de emergencia se encendieron en Washington ante la perspectiva de que Turquía cambie de campo, si es que no ha cambiado ya, en una región tan volátil y conflictiva. Un viejo aliado de la OTAN, plataforma desde la que se vigilaba al imperio soviético durante la guerra fría (1947-1989), se aleja de EE UU para aproximarse a Irán y ponerse al frente de la alianza de facto de países emergentes (India, Brasil, Indonesia, Suráfrica), con el discreto respaldo de China, que propugna la resurrección del neutralismo y aboga sin ambages por un nuevo reparto de poder en el mundo globalizado.

Como tantas otras veces en el mismo escenario, Washington reaccionó con retraso, como si no quisiera creer lo que estaba ocurriendo.  Los problemas comenzaron en 2003, cuando el Parlamento turco, dominada por el APK, y pese a un discurso ambiguo de Erdogan, rechazó la petición de EE UU para que sus tropas atravesaran Turquía en su camino hacia Bagdad.  La Administración Obama cargó aquel episodio en el desastroso legado de su predecesor o, a lo sumo, creyó que Turquía se sentía menoscabada en su seguridad por la libertad de movimientos de que gozan los kurdos iraquíes tras la caída de Sadam Husein.

Resulta tan sorprendente como mal intencionada la propensión de la Administración de Obama a echar la culpa a Europa por la aparatosa fuga de Turquía del redil atlántico, como si la actuación prepotente de Israel, las guerras en el mundo musulmán y la eterna pugna por el petróleo no fueran factores más que suficientes para explicarla.  El secretario de Defensa, Robert Gates, comunicó el 9 de junio a los periodistas, en Londres, en medio de la sorpresa general, que “las reticencias europeas a estrechar los lazos con Turquía desempeñaron un papel relevante en la marcha de Ankara hacia el este”.

La verdad, sin embargo, es que las relaciones bilaterales  y multilaterales de Turquía con sus socios atlánticos probablemente no regresarán a los días gloriosos de la estrecha cooperación dentro de la OTAN. Hace años que el divorcio devino previsible, pese a que el presidente Obama pronunció un discurso apaciguador en El Cairo (4 de junio de 2009), visitó al mausoleo de Ataturk e intervino ante el Parlamento de Ankara. El enojo de Washington fue notorio cuando el primer ministro turco y el presidente de Brasil, Lula da Silva, firmaron con el presidente de Irán, Mahmud Ahmadineyad, un acuerdo para el enriquecimiento de uranio, en el mismo momento en que la diplomacia estadounidense bregaba en el Consejo de Seguridad para promover nuevas sanciones contra el régimen teocrático de Teherán.

Turquía aparecía claramente enfrentada a EE UU en los tres principales problemas de la región: la agitación militar de Hamás en Gaza, el reparto de los hidrocarburos  y las ambiciones nucleares de la teocracia iraní. “Tenemos que acostumbrarnos a tratar con una Turquía más reivindicativa, cuyos intereses sólo parcialmente coinciden con los de EE UU”, según señalaron en el departamento de Estado haciendo de la necesidad virtud.

Otro de los efectos del abordaje de la flotilla con ayuda humanitaria la súbita aceleración de los preparativos para organizar un frente panislámico y  antisionista, dirigido por Turquía e Irán, que propague el odio contra Israel entre los musulmanes.  La propaganda iraní delira en la presentación del Estado hebreo como  “la vergonzosa entidad sionista”  y confunde la realidad con la utopía ideológica cuando asegura que Israel camina inexorablemente hacia su destrucción. El vesánico antisemitismo del presidente Ahmadineyad y la propaganda del régimen teocrático llegan a todos los terminales mediáticos vía satélite que el islamismo radical tiene establecidos en la gran comunidad de religión que se extiende desde Afganistán al norte de África.

Según Amir Taheri, en un artículos publicado en el Times de Londres, “Teherán ha conseguido influir en otros Estados musulmanes, pero no árabes, especialmente Turquía y Malasia, para que entren en conflicto con Israel, y ahora trabaja con otros, como Pakistán e Indonesia, para que se unan a la causa panislámica”, una especie de cruzada que Ahmadineyad llama “el asalto final contra el Estado sionista”.  Uno de los primeros actos de esa cruzada fue el anuncio del envío problemático de una nueva flotilla del Creciente Rojo para romper el bloqueo de Gaza.

Las razones del giro de 180 grados de la diplomacia turca son muy complejas.  La economía de Turquía, una de las pocas de la región que no precisa de las subvenciones norteamericanas, desea mantener abierto el grifo del petróleo ruso e iraní, en un momento en que las aspiraciones de una rápida integración en la Unión Europea (UE) se han visto negativamente afectadas tanto por la crisis financiera cuanto por el escaso entusiasmo de Alemania y Francia. En cualquier caso, los problemas económicos no serían un obstáculo para que Turquía se alineara al lado de Occidente, incluso teniendo en cuenta las comprensibles ambiciones de convertirse en una potencia regional.

La explicación última del vuelco estratégico se deduce de la ideología islamista –no la religión del islam– que impregna todas las actuaciones del gobierno de Ankara y cuyo núcleo esencial radica en la confrontación perpetua con Occidente. El ministro de Exteriores, Ahmed Davutoglu, insiste en que la economía se encuentra en el corazón de la nueva estrategia, pero en su libro titulado Profundidad Estratégica asegura que “los tradicionales y fuertes lazos de Turquía con Occidente representan un proceso de alienación”, y concluye: “Desde el fin del imperio otomano, a los musulmanes les ha tocado siempre la peor parte, y aquí está el APK para corregir esa situación.”

El futuro del islamismo turco

En EE UU y la Unión Europea prevalece el criterio de que el triunfo del islamismo y el cambio estratégico de Turquía no son irreversibles. Según cálculos de algunos periodistas turcos, aproximadamente el 40 % de la población, si bien concentrada en las grandes urbes, jamás votará por un partido islamista como el AKP. Los problemas internos en el último decenio han sido resumidos por el analista Soner Cagaptay: “El ascenso de un AKP autoritario y la ausencia de una oposición efectiva para contrarrestar la tendencia.”

La dimisión de Deniz Baykal, líder desgastado y desprestigiado del Partido Republicano del Pueblo (CHP, kemalista), y su sustitución por el carismático Kemal Kilicdaroglu, culturalmente liberal y socialdemócrata al mismo tiempo, capaz de recuperar a la clase obrera y conectar con la ascendente burguesía pro europea, parece que han puesto alas a los sectores sociales más inquietos por los excesos del islamismo gobernante y que hasta ahora fracasaron en su empeño de fomentar un nuevo kemalismo para presentar batalla a las huestes de Erdogan en las elecciones generales de 2011.  Militares, jueces, universitarios liberales y propietarios del bazar están de acuerdo en que el golpe de Estado militar ya no es el instrumento adecuado para proteger el laicismo del Estado y la occidentalización como proyecto de los desbordamientos periódicos del activismo musulmán.

Ataturk quiso que Turquía se moviera hacia el oeste, hacia Europa, único camino de la modernización, con un sistema político fundado en los valores occidentales. No parece que ese proyecto esté definitivamente enterrado, a pesar de los avances del islamismo y de la rémora del bloque de inercia estructural de una población campesina aún mayoritaria y sometida a la prédica reaccionaria de los imanes. La alternancia en el poder protagonizada por los neokemalistas corregiría las inclinaciones autoritarias o caciquiles del AKP y contribuiría decisivamente a moderar las ambiciones teocráticas de los islamistas.

El permanente dilema israelí

Cinco años después de que las tropas israelíes y los últimos colonos evacuaran Gaza (2005), el conflictivo enclave palestino, gobernado con mano de hierro por Hamás desde 2007, se ha convertido en una pesadilla para Israel y en una plataforma militar o terrorista para todos los sectores que propugnan la yihad o guerra santa. Ante el dilema de estrechar el cerco de la franja, para evitar que se convierta en una plataforma terrorista, o buscar el acomodo con Hamás, el gobierno israelí está en manos de los que preconizan una política de fuerza, pero el fiasco del abordaje es una dura lección.

Un comentarista  israelí en el diario Haaretz, Aluf Benn, arguyó que el choque era inevitable porque si Erdogan milita desde hace tiempo por un frente panislámico, su homólogo israelí, Netanyahu, está alimentado la causa del Gran Israel y la xenofobia  de los colonos israelíes contra las minorías y los extranjeros, en un clima de fortaleza asediada que ni siquiera se fía del gran aliado norteamericano.

Algunos sectores de la oposición israelí consideran, por el contrario, que es conveniente promover un cambio de mentalidad porque el aislamiento creciente del país, ahora que se extiende por el mundo el horrendo muestrario de “la  prisión a cielo abierto de Gaza”, constituye un ominoso reto estratégico que se consuma con el programa nuclear y balístico de Irán, las vacilaciones de Obama y la militancia islamista de Turquía. Los mismos círculos que acusan al gobierno de Netanyahu de permanecer anclado en un dilema de guerra fría y petropolítica mientras el mundo acelera su marcha hacia nuevas estructuras diplomáticas y estratégicas.

Enclaustrados psicológicamente desde hace tiempo los israelíes en “un gueto victorioso”, la salida del laberinto pasa necesariamente por la contribución de buena fe al nacimiento de un Estado palestino, única manera de favorecer a los sectores moderados de la Autoridad Palestina que se hallan inmovilizados desde 2007 entre la espada de Israel y la pared del islamismo suicida de Hamás.  El apaciguamiento será inviable mientras sobre la democracia israelí gravite tanto la insolencia de los colonos como la tibieza o las aprensiones de una opinión pública corroída por el síndrome de Masada, símbolo de la resistencia ante Roma, de la fortaleza a ultranza y contra todo el mundo.


Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

Categorías

A %d blogueros les gusta esto: