Posteado por: M | 10 noviembre 2010

Obama, de nuevo atrapado entre Israel e Irán

La política exterior estuvo ausente de la reciente campaña electoral norteamericana, pero la derrota de Obama y sus proyectos provoca ya la primera consecuencia en uno de los asuntos más sensibles y explosivos: la negociación entre israelíes y palestinos bajo los auspicios de Washington, paralizada tras la expiración en septiembre de la moratoria para la construcción de viviendas en las colonias judías de la Cisjordania ocupada. El 8 de noviembre, apenas una semana después del éxito de los republicanos y del Tea Party, el gobierno israelí pregonó a los cuatro vientos la próxima construcción de 1.300 apartamentos en el sector árabe de Jerusalén. El presidente de EE UU, desde Yakarta, declaró que “ese género de actividad no ayuda nunca cuando se trata de negociaciones de paz”.

El conflicto vuelve a los altavoces, alimenta el rencor recíproco y coloca una vez más al presidente norteamericano ante el fait accompli, sorprendido tanto por la desenvoltura del gran aliado como por la cólera de los árabes, los cuales piensan mayoritariamente como ese libio que envía una breve misiva al New York Times, reproducida en la primera página de la web, para proclamar: “La crítica de Israel por EE UU es fingida, y ésa es la razón por la que los musulmanes desconfían de la superpotencia. La historia demuestra que su actuación persiste en el camino equivocado.”

Las relaciones entre EE UU e Israel atraviesan por su peor momentos desde hace años, sin perspectivas de mejora. “Estamos profundamente disgustados por el anuncio de un plan avanzado para construir nuevas viviendas en áreas sensibles de Jerusalén este, porque es contraproducente para nuestros esfuerzos para reanudar las negociaciones entre las partes”, se apresuró a comunicar el departamento de Estado, casi como expresión rutinaria que no causa la menor impresión en los halcones hebreos.

En marzo último, mientras se encontraba en Israel, el vicepresidente norteamericano, Joseph Biden, fue sorprendido y humillado por el anuncio de otro plan para nuevas viviendas en el sector árabe jerosolimitano. En esta ocasión, la declaración del gobierno israelí fue entregada a la prensa unas horas después de que Biden se hubiera entrevistado con el primer ministro israelí, Binyamin Netanyahu, en Nueva Orleans, con ocasión de un cónclave judío. ¿Pura casualidad? ¿Acaso una pretensión israelí de desacreditar a un conocido adversario de su intransigencia?

Obama parece turbado y consciente del doble desafío. Abandonando el idealismo y las esperanzas que pretendió insuflar en el mundo árabe con su discurso de El Cairo (4 de junio de 2009), no tuvo más remedio que reconocer en la capital de Indonesia, el país musulmán más poblado, que “persisten inmensos obstáculos” en el camino de la paz, mientras en Washington se abría paso la hipótesis más que probable de que el gobierno judío había preparado el anuncio de las nuevas viviendas en la expectativa de que los amigos del Partido Republicano llegaran con renovados bríos al Capitolio tras las elecciones del 2 de noviembre.

Los congresistas republicanos, sobre todo los adalides del Tea Party, no sólo defienden abrumadoramente las posiciones israelíes más anexionistas, sino que abrigan una irrefrenable desconfianza hacia el multilateralismo y el multiculturalismo del que Obama hizo gala en su discurso de Yakarta, la ciudad donde vivió de los 6 a los 10 años, y en la que mostró su admiración por el modelo indonesio de tolerancia religiosa. En cuanto a la cuestión iraní, los republicanos pretenden ir más allá de las sanciones comerciales impuestas por la ONU, a petición de Washington, que reputan inoperantes.

Obama vuelve a encontrarse entre la espada de Israel y la pared de Irán. Pocas horas después de su declaración en la capital indonesia, la oficina de Netanyahu respondió abruptamente: “Jerusalén no es un asentamiento [colonia]. Jerusalén es la capital del Estado de Israel.” Verdad a medias, porque el primer ministro israelí confunde deliberadamente la Jerusalén occidental, parte del Estado de Israel desde su nacimiento en 1948, con la Jerusalén oriental o árabe, conquistada en la guerra de 1967 y anexionada en 1980 en contra de la ley internacional, y cuya anexión no reconoce ni siquiera EE UU.

La crítica de Obama y la réplica israelí se produjeron pocas horas después de que Netanyahu hubiera pronunciado el domingo (7 de noviembre) un discurso ante el pleno de las Federaciones Judías en Nueva Orleans, en un tono que la prensa norteamericana considera desafiante.  El primer ministro israelí “sabe que trata ahora con un presidente políticamente debilitado y que muchos de sus amigos en Washington son republicanos, con los que se siente más a gusto”, declaró Daniel Kurtzer, ex embajador norteamericano en Israel.

En su discurso en Nueva Orleans, Netanyahu puso todo el énfasis en una cuestión que incomoda a la Casa Blanca —los progresos nucleares de Irán— y reclamó una actitud más agresiva para detenerlos. Y además, echó más leña al fuego con una admonición inquietante: “Si la comunidad internacional, dirigida por EE UU, espera detener el programa nuclear de Irán sin recurrir a una operación militar, entonces deberá convencer a Irán de que sí está preparada para desencadenar esa acción.” El secretario de Defensa, Robert Gates, se dio por aludido inmediatamente y advirtió de que el recurso de la fuerzas militar no es la mejor opción para disuadir a Teherán.

Netanyahu no habla a humo de pajas, sino que lo hace en EE UU, territorio amigo, y se dirige a un sector del público tradicionalmente muy favorable a las pretensiones de los israelíes más integristas. Además, aprovecha la ocasión para sermonear implícitamente a Obama: si éste no impide que la bomba nuclear caiga en manos de los ayatolás, debe olvidarse de la paz en Palestina. Un argumento con mucha fuerza en la opinión pública tanto israelí como estadounidense, puesto que un Irán nuclear quebraría de manera irreversible la superioridad estratégica israelí.

Muchos congresistas republicanos aseguran que Obama es un presidente débil cuando se trata de combatir al islamismo militante y bastantes demócratas consideran que Irán es una teocracia que vulnera sistemáticamente los derechos humanos o que falsifica las elecciones. El discurso de Obama en Yakarta, como antes el de El Cairo, sin duda suministrará nueva munición dialéctica a los que reniegan del diálogo multicultural, recuerdan los atentados islamistas y miran con reticencias los progresos del islam.

La acción militar contra la República islámica, desde luego, requeriría una justificación, o al menos, un pretexto poderoso, como serían las pruebas fehacientes de que Irán está fabricando una bomba nuclear. ¿Desempeñaría ese ingenio el mismo papel que las armas de destrucción masiva en la invasión de Iraq?

La política exterior vuelve perseguir a Obama tras la tregua electoral y cuando su popularidad retrocede de manera alarmante. Un sonado éxito diplomático contribuiría, sin duda, a facilitar su reelección en 2012, que en estos momentos se presenta problemática. No obstante, para abordar con determinación el doble desafío de Israel e Irán, el presidente norteamericano debería correr graves riesgos estratégicos y un probable quebranto de su aureola personal después de haber sido coronado como premio Nobel de la Paz.

Si ataca a Irán o ayuda a que lo haga Israel, recibiría el apoyo de los que ahora lo consideran timorato con el mundo islámico. El estrecho de Ormuz que cierra el golfo Pérsico podría ser estrangulado por los iraníes, impidiendo o dificultando los suministros de petróleo, y las consecuencias serían desastrosas para la economía mundial y para la situación política en Iraq. Si, por el contrario, negocia una salida precaria con los ayatolás, encastillados éstos en un nacionalismo intransigente, Obama se expone a recibir fuertes críticas por parte de todos los amigos de Israel y las negociaciones de paz entre israelíes y palestinos quedarían bloqueadas con la amenaza de una nueva explosión de violencia.

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