Posteado por: M | 22 noviembre 2010

Cumbre de la OTAN en Lisboa, ¿para qué?

Después de la cumbre de la OTAN en Lisboa, no queda claro para qué se celebran esas reuniones periódicas de jefes de Estado y sus apabullantes séquitos, en las que el debate brilla por su ausencia, una vez eliminadas las discrepancias por el trabajo previo de los ministros y consejeros; unos cónclaves tan anodinos como pretenciosos, preparados de antemano en todos sus detalles, incluidos el lugar que debe ocupar cada participante en la foto de familia. Tampoco sabemos cuál es el futuro de la Alianza Atlántica, ahora extendida hacia las marcas del derrumbado imperio soviético, ni para qué sirve el empeño de seguir alimentando ese costosísimo instrumento burocrático-militar con sede en Bruselas que se estrella literalmente contra los talibanes en las altiplanicies de Afganistán, convertidas éstas en tumbas simbólicas y multinacionales de los imperios en pugna por la supremacía en el corazón de Asia.

La nueva doctrina estratégica, la guerra de Afganistán y las relaciones con Rusia, el antiguo enemigo, fueron los temas abordados en la capital portuguesa, “la playa más occidental de Europa, donde convergen los caminos marítimos procedentes del Norte y del Mediterráneo”, según la descripción del polígrafo portugués António Sérgio (1883-1969), el adversario intelectual por antonomasia de Salazar. Una vez más, el fantasma del crepúsculo norteamericano revoloteó sobre los reunidos y se coló tanto en el comunicado como en el farragoso y reiterativo concepto estratégico, el tercero desde el fin de la guerra fría, que sustituye al aprobado en Washington en 1999.

Para preservar la relevancia de una organización vencedora de la irrepetible guerra fría, y de su abultado acompañamiento burocrático, la bandera de la Alianza se despliega en teatros de operaciones para los que no fue creada, como en Afganistán, o busca su justificación en las patrullas contra la piratería o en la lucha contra el terrorismo islamista o internacional, al mismo tiempo que persigue la cooperación con la heredera del enemigo fundacional, la Rusia de Putin, con el prurito oneroso de un escudo antimisiles que proteja al continente, desde el Atlántico a los Urales, de la poco probable vesania atómica de un poder emergente como la República Islámica de Irán, señalada casi unánimemente como el principal objetivo de la disuasión.

En lo concerniente a la guerra de Afganistán en su noveno aniversario, los aliados realizaron extraños ejercicios de funambulismo para decir que la retirada de tropas de combate comienza en 2011, como ya anunció imprudentemente Obama en 2009, y terminará en 2014, pero que la misión de “reconstrucción nacional” se prolongará tanto como sea necesario mediante “una asociación a largo plazo” fundada en el hipotético traspaso de poderes al gobierno corrompido e incompetente del presidente Hamid Karzai. No obstante, los estrategas de Washington reconocen que los talibanes no están debilitados, sino todo lo contrario.

Canadá y Gran Bretaña ya han fijado el calendario para la repatriación total de sus soldados, los alemanes no lo dicen pero están deseando de abandonar el campo de batalla y en otros países europeos crece por momentos la desmilitarización de los espíritus y el recorte de los gastos de defensa, de manera que Washington se pregunta hasta qué momento podrá contar con los aliados para mantener la escalada de un conflicto que el presidente Obama, sin motivos evidentes, se empecina en patrocinar como “una guerra de necesidad”, es decir, en la que están implicados los intereses vitales del imperio. Quizá lo que no desea es una derrota psicológica y moral por anticipado, un Vietnam en pequeña escala.

Ante las diferentes sensibilidades estratégicas, derivadas de la frenética ampliación hacia los países del fenecido Pacto de Varsovia, satélites que fueron de la URSS, el arma atómica se mantiene como último recurso de la disuasión, pero, como compensación, se ofrece a Alemania, que había abogado por una Europa desnuclearizada, la declaración retórica de que las circunstancias de su eventual utilización “son extremadamente remotas”. La OTAN se mantiene, pues, como una alianza con armas nucleares, tributaria del paraguas táctico de EE UU, que ni siquiera Obama se atreve a remover.

Pese a los temores y amargos recuerdos de algunos países de Europa del este, la guerra de Georgia de agosto de 2008 ha desaparecido del debate, lo cual parece indicar que las zonas de influencia serán respetadas en el futuro inmediato con el designio estratégico y la incuria moral de no crear nuevos conflictos o reavivar los latentes. El objetivo de incorporar a Ucrania fue aplazado indefinidamente para no comprometer los progresos en la cooperación con el Kremlin. Y para no incomodar a nadie, la OTAN sigue sin fijar los límites geográficos, el número de socios o los objetivos concretos de su actuación.

El ambicioso proyecto de una comunidad euroatlántica que incluya a Rusia suscita escaso entusiasmo a uno y otro lado de la divisoria de la guerra fría. El presidente ruso, Dimitri Medvedev, parece acomodaticio e incluso pro occidental, pero el primer ministro, Vladimir Putin, y los sectores nacionalistas nostálgicos desconfían de las intenciones de Occidente, mientras que algunos miembros de la OTAN procedentes del bloque soviético se sienten incómodos ante los deseos franco-alemanes de confraternizar con los legatarios del imperio opresor. No obstante, Medvedev aseguró que el período de fuertes tensiones entre el Kremlin y la OTAN ha sido definitivamente superado.

Un optimismo excesivo por parte del líder del Kremlin si se tiene en cuenta que el nuevo tratado START ruso-norteamericano firmado en abril último, para la reducción de las armas estratégicas, se encuentra bloqueado por los republicanos en el Congreso y su ratificación se reputa altamente improbable.

La flexibilidad mostrada por Medvedev y su prometida ayuda en el transporte de los suministros de la OTAN hacia Afganistán no pueden desvincularse de la congénita inestabilidad democrática de Rusia, pendiente de que Putin decida presentarse de nuevo a las elecciones presidenciales en 2012, y del temor a que una derrota de la coalición atlántica en Afganistán tenga efectos catastróficos para los intereses rusos en Chechenia, en todo el Cáucaso y en las repúblicas asiáticas ex soviéticas.

Las complejidades de hoy contrastan con la sencillez de la guerra fría, cuando 50 divisiones blindadas y cerca de dos millones de soldados del Pacto de Varsovia estaban estacionados al oeste de los Urales, o cuando el general De Gaulle advertía de que los tanques soviéticos estaban de París a una etapa del Tour de Francia. Durante la glaciación ideológico-militar, muchos europeos dudaban de que EE UU arriesgara la seguridad de Nueva York o Washington para salvar a Europa de una acometida soviética, luego de que Kennedy se hubiera cruzado de brazos cuando Nikita Jruschov y sus lacayos alemanes erigieron el muro de Berlín (1961).

Ahora habita en la Casa Blanca el presidente cultural y estratégicamente menos europeo de la historia de EE UU, influido por el multiculturalismo, la corrección política y, sobre todo, la presunción estratégica de que el centro del universo se ha trasladado desde el Atlántico al Pacífico. En época de grave depresión, además, los consejeros de Obama insisten en salvar la presidencia por la economía y arguyen que Europa debe contribuir en mayor medida a la defensa conjunta, pero tropiezan con la desagradable réplica de que los europeos reducen sus cargas militares.

El día en que los Estados de la Unión Europea (UE) tengan que asumir su propia defensa, la OTAN conocerá el principio de su decadencia irremediable. ¿O preferirán los europeos emular el modelo helvético a escala continental, quizá sin Gran Bretaña? Por el momento, los dirigentes de la UE, ante el aumento del rechazo de la guerra de Afganistán en las opiniones públicas, se limitan a ganar tiempo, pero no saben qué hacer ante los riesgos que acechan a la eurozona y cuando se dan cuenta de que Obama disputa una carrera de obstáculos, dentro y fuera del Congreso, que pondrá a prueba sus nervios y los de sus incondicionales aliados.

 

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Responses

  1. Efectivamente hay que preguntarse el para qué de estas cumbres aunque en el fondo se vislumbra la necesidad de colaboración de las dos ex-potencias rivales para afrontar el reto que significa el fundamentalismo islámico, que mide a rusos y américanos con el mismo rasero


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