Posteado por: M | 25 noviembre 2010

Otro conato de guerra en Corea con telón de fondo nuclear

Una de las últimas fronteras de la guerra fría vuelve a estar en ebullición tras el intercambio de fuego de artillería entre las dos Coreas en la zona marítima que se disputan en el mar Amarillo, el 23 de noviembre. El ataque norcoreano contra la isla surcoreana de Yeonpyeongdo, que causó por lo menos la muerte de dos soldados y dos civiles, constituye una nueva manifestación del conflicto iniciado hace 60 años y que periódicamente agita las aguas de la comunidad global, en forma de provocación, bravuconada o represalia, y para el que no se halla solución razonable. EE UU y China y en menor medida Japón y Rusia, participantes en los cabildeos diplomáticos, no saben cómo responder a los reiterados incendios ni al desafío que entraña el programa nuclear y de misiles de la dictadura estalinista y hereditaria, enclaustrada e imprevisible, que se perpetúa en Corea del Norte.

Los dos Estados coreanos siguen teóricamente en guerra desde hace 60 años porque un armisticio, arrancado con amenazas por el presidente Eisenhower, no instaura la paz, sino la vigilancia armada recíproca. El mar Amarillo y la zona desmilitarizada a lo largo del famoso paralelo 38 son como un volcán que puede entrar en erupción en cualquier momento. EE UU mantiene a unos 30.000 soldados en la frontera intercoreana, mientras que la VII Flota norteamericana con base en Japón dispone de bases en Corea del Sur y se despliega también torno en el estrecho de Formosa.

La isla que recibió el fuego de artillería norcoreano, aunque habitada por pescadores surcoreanos, se encuentra en la zona motivo de conflicto desde el armisticio de 1953 que puso fin a las hostilidades, en el paroxismo de la guerra fría con el general Eisenhower en la Casa Blanca, cuando EE UU impuso una divisoria marítima que no fue aceptada por el gobierno comunista de Pyongyang. El último acto bélico parece ser una respuesta a las maniobras navales que los surcoreanos realizan en la zona en cooperación con los norteamericanos.

Las circunstancias que rodean al hermético y paranoico poder de Pyongyang, tanto militar como político, con un proceso de sucesión en marcha, otorgan una dimensión inesperada a las escaramuzas producidas desde la batalla naval del 10 de noviembre de 2009, cuando buques militares de las dos Coreas se enfrentaron a cañonazos, coincidiendo con el anuncio por los norcoreanos de “un importante logro en utilizar el plutonio extraído para armamento y aumentar su poder de disuasión”.  Los ruidos de botas o de cañones, los conatos de conflagración general tienen como telón de fondo el terror nuclear.

Las sanciones de la ONU, como es habitual, no sirven para detener la escalada. Corea del Norte llevó a cabo dos ensayos de sendas bombas nucleares en octubre de 2006 y mayo de 2009, mientras proseguía con su programa de misiles de largo alcance que pueden ser equipados con cabezas atómicas. Un científico norteamericano, Siegfried Hecker, que recientemente pudo visitar las instalaciones donde se enriquece el uranio, emitió un informe alarmista sobre las centrifugadoras “increíblemente modernas” de que disponen los norcoreanos en el complejo científico-militar de Yongbyon. Estas revelaciones disipan las dudas de la comunidad científica sobre la efectividad del programa nuclear norcoreano.

El choque más grave se produjo el 26 de marzo de este año, cuando el buque de la Marina surcoreana Cheonan, que navegaba por aguas internacionales, fue hundido por un torpedo lanzado por un submarino norcoreano. Esa agresión militar causó la muerte a 46 marinos, según determinó una investigación internacional promovida por Seúl, pero recusada por Pyongyang, y con ese trágico episodio naufragó también la política de buena vecindad, apertura e intercambio que permitió a un centenar de surcoreanos cruzar la frontera militarizada del armisticio de 1953 y reunirse con sus parientes en Corea del Norte, el 26 de septiembre de 2009.

A pesar de la gravedad del ataque contra el Cheonan, tanto Seúl como Washington apostaron, según el mismo padrón de siempre, por el apaciguamiento, una señal de debilidad o conformismo que probablemente envió un mensaje equivocado a Kim Jong-il, el sátrapa norcoreano, en el sentido de que puede cruzar todas las líneas rojas con la mayor impunidad e intimidar a todos sus vecinos, si sus propios militares se lo consienten. El envío rutinario del portaaviones nuclear estadounidense George Washington con todo su acompañamiento logístico y disuasorio a la zona de conflicto sólo servirá para mitigar la humillación que experimentan muchos surcoreanos ante “las maniobras militares imprevisibles” de Corea del Norte.

La retórica enérgica y hasta belicista no faltó a la cita. El presidente surcoreano, Lee Myung-bak, tras reunirse con sus principales consejeros civiles y militares, anunció “un aumento de tropas terrestres en las cinco islas del mar Amarillo”, pero los altavoces norcoreanos amenazaron inmediatamente con nuevos ataques “en caso de una nueva provocación militar por parte de los belicistas de Corea del Sur”.

Algunos analistas, a pesar de la ignorancia harto generalizada sobre lo que ocurre dentro del régimen opaco y esotérico que oprime a 22 millones de norcoreanos, vinculan el último conato de guerra con el ascenso político de Kim Jong-un, hijo segundón del “amado líder” que acaba de ser promovido a general de cuatro estrellas y vicepresidente de la comisión militar del Partido de los Trabajadores (comunista), el organismo en que confluyen todos los mandamases del régimen, civiles y uniformados, a imitación de lo que ocurre en el PC de China.

Las conjeturas son inevitables. La traca artillera y las baladronadas siguientes serían una buena manera de festejar la promoción del hijo predilecto con las mismas armas intimidatorias de siempre, aunque tampoco puede descartarse que los generales cargados de condecoraciones y prebendas, más inclinados a la obediencia ciega que a la disidencia, pero descontentos con la entronización de un joven ignaro y sin experiencia, hayan querido expresar su malestar. Lo único cierto es que la política de buena vecindad entre los dos Estados de la península ha dado paso a una conducta desafiante y agresiva por parte Corea del Norte.

La arrogancia y la impunidad con que actúa la dictadura comunista encuentran su explicación parcial en la actitud de contención, como recomienda la ONU, y apaciguadora de Corea del Sur y de su protector estadounidense.  La discrepancia en el comportamiento señala también la distancia insalvable que existe entre un régimen democrático, propenso al pacifismo, y una dictadura comunista, tan aislada como retrógrada, que mata de hambre y priva de sus derechos a sus desgraciados súbditos, pero que está armada hasta los dientes y hace escarnio de las admoniciones de la comunidad internacional.

China, amiga y protectora de la dictadura de los Kim, se siente incómoda con la agresividad de ésta y los riesgos que comporta, pero no hará nada por provocar su caída. Porque el derrumbe de Corea del Norte, en un escenario similar al de Alemania oriental en 1989-1990, pero en medio de la hambruna crónica y quizá la violencia, provocaría un éxodo masivo y conduciría a la reunificación de la península y la extensión del capitalismo surcoreano hasta la frontera china. Los dirigentes de Beijing son adictos del statu quo porque temen que cualquier imprevisión precipite ese retroceso estratégico.

Los norteamericanos parecen maniatados entre las demandas y temores de sus aliados asiáticos (Corea del Sur, Japón) y las difíciles relaciones con una China emergente y financieramente poderosa, fábrica del mundo y prestamista universal. Las Administraciones demócratas y republicanas retrocedieron siempre ante los desvaríos, excentricidades y provocaciones de la dinastía comunista de Corea del Norte. ¿Hasta cuándo la sangría económica y el riesgo estratégico de los 30.000 soldados en las líneas del armisticio desde 1953?

Nada va a cambiar con el presidente Obama, tan proclive a parlamentar con el adversario y dirigir un repliegue generalizado de la que Raymond Aron denominó República imperial, ahora nuevamente asaltada por la tentación aislacionista tras las dos guerras de Irak y Afganistán que mantienen a más de 200.000 hombres desplegados por todo el mundo y ahondan las enormes grietas de la economía nacional.

Los más pesimistas entre los norteamericanos sugieren que no cabe esperar ninguna reacción contundente de EE UU, China o la ONU y los halcones republicanos propalan la insidiosa hipótesis de que Obama es “el primer presidente post-americano”. Gabriel Schoenfeld recuerda en el Weekly Standard que Hillary Clinton, en plena campaña nuclear, se preguntaba retóricamente si su contrincante estaba preparado para recibir una llamada telefónica a las 3 de la madrugada, en la Casa Blanca, anunciando que “algo ocurre en el mundo”.

Probablemente la tensión persistirá en los niveles conocidos, con periódicos conatos de conflagración hasta que el tirano dipsómano y lunático de Pyongyang desaparezca de la escena o hasta que decida bombardear Seúl con el prurito de reforzar su imagen para la posteridad o para demostrar a los militares el acierto de haber elegido a su hijo para que siga escribiendo los anales de un régimen de infamia. Los vaticinios más lúgubres apuntan a que la conflagración puede proseguir con armas nucleares tácticas.

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