Posteado por: M | 29 noviembre 2010

Crisis y ‘saudades’ de Portugal

Los portugueses viven unos días frenéticos tras la huelga general, más bien parcial, el 24 de noviembre, y el bronco debate sobre la aprobación dos días después de los presupuestos del Estado de 2011 (Orçamento do Estado), que implantan una austeridad draconiana, recortan tanto los salarios de los funcionarios y empleados públicos como las pensiones y elevan la mayoría de los impuestos. Pero el acuerdo presupuestario, negociado hace casi dos meses por el Gobierno socialista de José Sócrates y la oposición conservadora de Passos Coelho, que se autodenomina socialdemócrata, no mejoró la situación de la deuda soberana ni aquietó a los mercados.

Los más pesimistas temblaron ante el recuerdo de la República democrática que, incapaz de conseguir un préstamo en los mercados, fue liquidada por un pronunciamiento además de un paseo militar desde Oporto a Lisboa en 1926 que, a su vez, allanó el camino para llegada del doutor Salazar al poder como cancerbero de la Iglesia y mago de las finanzas, primero como ministro de Hacienda con plenos poderes y luego como eterno Presidente do Conselho desde 1932, hasta que quedó incapacitado y fue sustituido por Marcelo Caetano en 1968.

También este año, el 5 de octubre, Portugal celebró el primer centenario de la proclamación de la República desde el balcón del ayuntamiento lisbonense, tras una revuelta cívico-militar prácticamente limitada a Lisboa. Asesinado por extremistas republicanos del rey Carlos I (2008), al que sucedió por solo dos años su hijo Manuel II, la República inició su andadura con el combate contra la Iglesia católica como principal y casi única preocupación. El Partido Republicano y los gobiernos sucesivos hicieron gala de un anticlericalismo furibundo, de un sectarismo sin precedentes, y lanzaron una campaña de desprestigio contra la Iglesia, expulsaron a todas las congregaciones religiosas, decretaron la separación de la Iglesia y el Estado, introdujeron el divorcio y prohibieron la enseñanza del cristianismo en las escuelas.

Un país agrario, poco urbanizado, católico y conservador se sintió profundamente herido en sus convicciones, pero fue la cuestión financiera la que exacerbó los más candentes problemas y determinó la precariedad de la República y finalmente su caída. El equilibrio presupuestario, la deuda pública y la devaluación del escudo presidieron las innumerables crisis de un régimen en esencia inestable, más oligárquico que democrático, dominado por las logias y desasistido por el atraso. En 16 años se celebraron siete elecciones generales y ocho para la presidencia de la República, hubo 45 gobiernos (cada 4 meses de media) y tres conatos de guerra civil, además de un intermedio autoritario (1917-1918) encarnado por el espadón y cirujano de hierro Sidónio Pais, asesinado en diciembre de 1918.

Como señala el profesor A. H. de Oliveira Marques, en su manual de Historia de Portugal, la clase media de las pocas ciudades, sobre todo de Lisboa, que fue la promotora y el principal sostén de la República, estaba saturada de revoluciones y motines, algaradas y pronunciamientos, que indefectiblemente se centraban en la capital, y recelaba tanto del anarquismo como del bolchevismo. En consecuencia, suspiraba por un gobierno que restaurase el orden y la tranquilidad para defender la estabilidad del escudo.

La República y el Partido Democrático que la había sustentado entraron en descomposición, abrumados por las deudas, los reiterados déficits y la incapacidad manifiesta para cuadrar las cuentas públicas. Luego de un pronunciamiento dirigido por el general Gomes da Costa (28 de mayo de 1926), héroe de la primera guerra mundial, los militares no lograron sanear la situación, “en plena bancarrota”, según la expresión  de Josep Pla, y recurrieron dos años más tarde a un profesor de hacienda de la universidad de Coimbra, António de Oliveira Salazar (1889-1970), nacionalista y dirigente del Centro Católico, que obró el milagro de equilibrar el presupuesto (1928-1929), pero a costa de sentar las bases de una dictadura que llegó a ser la más longeva de Europa, hasta su liquidación manu militari en 1974.

El salazarismo fue también una reacción poco ruidosa contra el liberalismo laicista cuando no violentamente anticlerical; pero fue esencialmente precavido, conservador, tradicional, no comportó innovaciones ideológicas o políticas y, por lo tanto, nada tuvo que ver con la ilusión fascista de la reconciliación de las clases sociales a través de un mito, en el sentido soreliano. La burguesía liberal era un sector minoritario, concentrado en Lisboa y Oporto, que no fue inmune a la tentación corporativa y autoritaria, corolario de la debilidad congénita del mercado nacional y su decaimiento tras la independencia de Brasil.

El salazarismo visto por Josep Pla

Al menos en sus primeros años, el salazarismo se justificó como una solución bastante tradicional, eficiente, para la crisis financiera que se arrastraba desde el último tercio del siglo XIX, en el marco definido por una economía agraria y un librecambismo impuesto y perpetuado por la alianza con Inglaterra y el colonialismo.

Josep Pla, uno de los incondicionales admiradores de Salazar, al que defendió incluso en medio del fervorín periodístico desatado por la llamada revolución de los claveles (1974-1975), se refirió a su actuación política con las siguientes palabras: “Con una impresionante rapidez equilibró el presupuesto, puso orden en la vida económica y dotó a Portugal de una moneda real, estable, y esta fue una de sus más grandes obsesiones.” Para más detalles puede consultarse el tomo 28 de la Obra Completa de Josep Pla, titulado precisamente Direcció Lisboa.

Salazar mantuvo una actitud ambivalente o al menos recelosa en cuanto al proceso de modernización. La tentación del desarrollismo afectó mucho menos al dictador, alérgico a las manifestaciones de masas, reñido con cualquier exhibicionismo, como le gustaba a Pla, que a algunos de sus ministros. La política económica fuertemente deflacionaria, anclada en el dogma del equilibrio financiero, discrepó ostensiblemente de la industrialización a ultranza, la movilización social y el frenético intervencionismo que caracterizaron, por ejemplo, a la Italia de Mussolini o la España de Franco. Salazar cultivó persistentemente el mito agrario, de una nueva Arcadia capaz de resistir el acoso de los valores materialistas.

Cuando el país vive en la angustia de no encontrar quien le preste dinero o de tener que pagar intereses de excepción (por encima del 7 %), que anuncia una nueva recesión y comprometen el futuro, la nostalgia resulta casi inevitable entre una población que se identifica con la saudade, una forma de melancolía del recuerdo, laberíntica y paralizadora, que se expresa en la política, la poesía y en el fado. Y como la crisis se arrastra, como mínimo desde 2003, no estará de más recordar que Salazar fue proclamado por votación popular (41 % de los votos), en un show televisivo nacional en 2007, “el más grande portugués de todos los tiempos”, rompiendo todos los tabúes, pese a las airadas protestas de la clase dirigente y los guardianes de la corrección política.

La izquierda se preguntó cómo un hombre que envió a sus enemigos a los campos de concentración en África y cuya policía política asesinó en España al general Humberto Delgado podía ser reverenciado aún en un país de la Unión Europea. La inseguridad económica, la incertidumbre moral y los nubarrones en el horizonte socio-político alimentan los recuerdos idílicos de un régimen autoritario que mantuvo contra viento y marea la estabilidad del escudo y el orden social. La memoria es más flaca para recordar los aspectos más siniestros del salazarismo: la policía política (PIDE), la obstinación colonial y la censura de cualquier forma de disidencia.

Según he podido apreciar por lo que dice la prensa y lo que me cuentan los amigos de Lisboa, probablemente los portugueses no desean en ningún caso la resurrección de Salazar ni del Estado Novo, pero se sienten vejados y abrumados por una situación económica cada día peor y que no mejora desde hace muchos años, ahora agravada por la crisis internacional. El estancamiento es evidente, y las promesas que se hicieron cuando el ingreso junto con España en  la entonces Comunidad Europea (1986) no se han cumplido.

A la cola de Europa

A pesar de las subvenciones llegadas de Bruselas, Portugal sigue a la cola de Europa, con un crecimiento raquítico, el paro en aumento (en torno al 10 %) y los problemas estructurales sin resolver. Llegado al poder en febrero de 2005, el Partido Socialista y su primer ministro, José Sócrates, sometieron al país a una terapia de choque que implicó la reducción del gasto en todos los sectores públicos –seguridad social, funcionarios,  jubilaciones–, a fin de cumplir con los criterios del tratado de Maastricht sobre el déficit y la deuda, cuya vulneración había provocado un fuerte tirón de orejas de la Comisión Europea.

Reelegido en 2009, pero sin mayoría en la Asamblea de la República, Sócrates se vio de nuevo arrastrado por la crisis económica financiera, obligado a pactar la abstención de la oposición conservadora para sacar adelante el presupuesto, de manera que la inestabilidad política se añadió a los endémicos problemas de la intendencia. Las elecciones presidenciales de enero próximo, con la probable reelección del actual jefe del Estado, el conservador Aníbal Cavaco Silva, pueden señalar el comienzo de un  nuevo ciclo político que desembocará en la convocatoria de elecciones generales anticipadas.

El brutal ajuste del presupuesto es un alivio, pero no una solución. Si la recesión vuelve el año próximo, como vaticinan los especialistas, el crecimiento se estancará de nuevo y el país no podrá hacer frente a sus compromisos: 37.000 millones de euros para financiar la deuda pública y otros 15.000 para cubrir el déficit exterior en 2011. Portugal terminará este año con un déficit del 8,7%, inferior al de 2009 (9,3%), pero que quedará lejos del objetivo inicial del 7,2%, razón por la que los mercados cuestionan la  credibilidad del gobierno socialista cuando promete un déficit del 4,6% para el 2011.

Desaparecida legalmente la frontera económica, las estrechas relaciones comerciales entre los dos Estados de la península Ibérica, si bien corrigen una lamentable anomalía histórica, fomentada ésta por el puntilloso nacionalismo que resurge periódicamente en Lisboa, desatan ahora las tribulaciones comunes. Portugal es el cuarto cliente de España (aproximadamente el 10 % de nuestras ventas en el exterior), y los españoles son los primeros compradores de productos portugueses. Muchas grandes empresas españolas están sólidamente instaladas en el país vecino. El contagio de cualquier desastre sería inevitable.

El deficiente desarrollo económico fue estudiado con detalles en abril de 2007 por la revista The Economist, que consideró a Portugal “el nuevo enfermo de Europa”, y la agencia norteamericana Standard and Poor´s rebajó la calificación crediticia del país de “estable” a “negativa”, con comentarios pesimistas sobre las debilidades estructurales, la baja competitividad y los obstáculos para mejorar sus finanzas y reducir la deuda.

El CEE Council (Canadian and European Economic Council) insiste en vincular los problemas portugueses con una política económica keynesiana falsamente expansiva, caracterizada por un endeudamiento generalizado con la complacencia del Banco Central Europeo, pese a que está encargado de velar por la estabilidad del euro. Aunque Portugal no han soportado una burbuja inmobiliaria tan escandalosa como la de España, no cabe duda de que los portugueses se han olvidado del viejo catecismo de Salazar –no gastar un escudo más de los que se ingresan—y que ahora deberán pagar las consecuencias de su prodigalidad, aunque sea abriendo de nuevo la válvula de seguridad de la emigración.

La Comisión Europea prevé que la economía portuguesa decrecerá el 1 % el año próximo y que el déficit presupuestario se moverá en torno al 5 % del producto interior bruto (PIB). Un panorama desolador. A la postre, el rigor europeo será tan inevitable como doloroso, y lo más probable es que la aflicción –la rebaja de precios y salarios que preconizan los especialistas– se extienda por toda la antigua Hispania.

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