Posteado por: M | 2 diciembre 2010

Visión parcial del mundo por la diplomacia de EE UU

En un reciente artículo publicado en Foreign Affairs, la secretaria de Estado, Hillary Rodham Clinton, argumentaba sobre la necesidad de que EE UU, ante los desafíos del mundo –desde el extremismo violento a la recesión global–, fortalezca y amplíe su poder civil en el exterior. Esos planes implicaban que la diplomacia podía tomar el relevo, al menos parcialmente, del poder militar en aparatoso repliegue. Una nueva versión del llamado soft power (poder blando), luego rebautizado smart power, o poder inteligente, cuya eficacia está por verificar y cuyos procedimientos han sido vapuleados por la masiva filtración de cables diplomáticos llevada a cabo por la polémica organización Wikileaks, dirigida por el periodista australiano Julian Assange, sirviéndose de cinco periódicos de ámbito occidental.

Las reflexiones de Hillary Clinton son las más afectadas por la indiscreción y el exhibicionismo documental, aunque las noticias sean escasas entre la maraña de comentarios poco relevantes, las confidencias, las conjeturas o el cotilleo que se hacen eco de los rumores, las maledicencias y los chistes de la calle, aderezados con el picante rijoso de las flaquezas humanas. Los 251.000 despachos diplomáticos publicados sólo sirven para confirmar lo que sabía todo el mundo, desde el horror árabe por los progresos nucleares de Irán hasta la corrupción del  gobierno de Afganistán y la paranoia de su presidente, el devastado panorama del Pakistán, el hermetismo de Beijing o las exigencias exorbitantes de Israel para atacar Irán o consentir el nacimiento del Estado palestino.

Según el New York Times, uno de los cinco periódicos que pagaron el privilegio de la filtración, lo más sorprendente en los cables revelados es “la ausencia de cualquier trapicheo o tejemaneje”, lo cual quiere decir que los diplomáticos y sus interlocutores son honrados y que su desempeño fue el adecuado e incluso inteligente y/o habilidoso. Una opinión semejante a la que sostiene el británico Timothy Garton Ash, en un artículo publicado por El País, en el que no vacila en la hipérbole elogiosa de los funcionarios estadounidenses: “El departamento de Estado ha mejorado bastante (…) Lo que tenemos ahora ante nosotros es un trabajo de primera categoría.”

Retratos de los líderes

¿En qué consiste la primera categoría? Quizá en un relato animado de actividades grotescas. Tal vez en copiar de la prensa local algunas atinadas o sarcásticas referencias sobre los supuestos grandes de este mundo sorprendidos en su intimidad precaria, sus debilidades o sus extravagancias. Sobre algunos líderes no occidentales, especialmente los asiáticos, las fuentes son de segunda mano, y en cuanto a los chinos, los diplomáticos norteamericanos se estrellan contra la muralla del silencio.

“Las fiestas salvajes” de Silvio Berlusconi, que provocan la náusea de los italianos, son juzgadas sin contemplaciones.  Pero ninguna novedad ni denigración que no hayan sido aireadas en la prensa transalpina. El retrato se torna vitriólico para calificar de “irresponsable, imbuido de sí mismo e ineficaz” al jefe del gobierno italiano y presentarlo como “el portavoz de Putin en Europa”, con el que intercambia “suntuosos regalos” y con el que tiene, al parecer, algunos negocios en comandita.

Sobre la Rusia actual planean aún los fantasmas de la guerra fría, que tan socorridos resultan para adornar la jerga diplomática. Los funcionarios tienen escasas esperanzas de que Rusia evolucione hacia la democracia y se torne menos imprevisible. La opinión no es mejor en Washington. Según el secretario de Defensa, Robert Gates, “la democracia rusa ha desaparecido” y el gobierno de Moscú está “dominado por una oligarquía estrechamente relacionada con los servicios de seguridad”.

Y como las filtraciones están siendo aprovechadas para ajustar cuentas, el diario ruso Kommersant asegura que “los norteamericanos califican al presidente ruso Dimitri Medvedev de insignificante y dubitativo y al primer ministro Vladimir Putin de macho dominante y estilo bravucón”. La nota de color local retrata al dictador y procónsul de los rusos en Chechenia bailando en una fiesta con una pistola de oro en el bolsillo trasero de sus pantalones tejanos.

Las relaciones con Nicolas Sarkozy, según coinciden varias confidencias, son ambivalentes. Después del gaullismo y la sorda hostilidad de los anteriores presidentes, el actual inquilino del Elíseo es un pronorteamericano notorio, aunque “susceptible y autoritario”, hiperactivo y vulnerable, “el emperador desnudo” de la fábula.  La cancillera alemana, Angela Merkel, “tiene aversión al riesgo y raras veces se muestra imaginativa”, y el primer ministro británico, David Cameron, “carece de profundidad”, según el juicio abrupto del gobernador del Banco de Inglaterra, Mervy King, en una conversación con el embajador estadounidense en Londres.

En el momento de llegar al poder en 2004, José Luis Rodríguez Zapatero fue presentado como  “un izquierdista trasnochado y romántico”, siempre pendiente del corto plazo, de las encuestas más que de los planes meditados. El País ha publicado hasta ahora un informe del anterior embajador en Madrid, Eduardo Aguirre, en el que se afirmaba que “Zapatero juega mirando a una base electoral izquierdista y pacifista, y utiliza la política exterior para ganar puntos en la política española, más que para atender las prioridades básicas de la política exterior u objetivos estratégicos, con la consecuencia de una relación bilateral errática y en zigzag”.

Según los despachos de la embajada en Madrid, ya bajo la presidencia de Obama, “el mayor fracaso de Zapatero”, que frustró las ansiadas confluencias planetarias, derivó de la negativa del presidente norteamericano de presentarse en Madrid en mayo de este año para asistir a una cumbre con la Unión Europea (UE) a la sazón bajo presidencia española. Las maniobras para influir en los jueces y fiscales de la Audiencia Nacional no dieron, al parecer, los frutos perseguidos.

El gobierno español guarda silencio sobre las informaciones que le presentan maniobrando para influir sobre el poder judicial en algunos casos que afectan a ciudadanos norteamericanos. El fiscal general del Estado, Cándido Conde-Pumpido, a su vez, niega que asesorara a EE UU para eludir el procesamiento de los soldados que mataron al fotógrafo José Couso en Bagdad, en 2003, supuestamente para congraciarse con Obama y favorecer los intereses norteamericanos.

Los retratos son numerosos y a veces divertidos. El líder libio Muamar el Gadafi es un hipocondríaco que viaja siempre acompañado por “una rubia voluptuosa”, a la que presenta como “su ayudante ucraniana”,  y el presidente de Zimbabue, Robert Mugabe, es “un viejo loco”. Y el rey Abdalá de Arabia Saudí invita a los diplomáticos norteamericanos “a cortar la cabeza de la serpiente”, es decir, a impedir por todos los medios que la República Islámica de Irán se dote del arma nuclear. El presidente de Irán, Mahmud Ahmadineyad, una vez más, es bosquejado como un Hitler islámico.

La presidenta de la Argentina, Cristina Fernández Kirchner, fue sometida a minuciosa vigilancia por los diplomáticos destinados en Buenos Aires, que la describen como voluble y una prolongación política de su marido. Suscitaba tantas sospechas, que la secretaria de Estado llegó a solicitar un informe sobre su salud mental.

Más opiniones que noticias

Como se ve, ninguna noticia, ni pruebas acusatorias, sino citas embarazosas y opiniones más o menos acertadas o ingeniosas. Con enormes lagunas, claro está, pues seguimos sin saber nada de China o de Corea del Norte, de las interioridades del Ejército ruso, ni siquiera de las discusiones dentro de la clerecía iraní sobre la panoplia nuclear. Como subraya Anne Applebaum en el Washington Post: “De hecho, los verdaderos secretos del mundo –los secretos de los regímenes sin libertades y con obsesivo control de toda la información– aún no han sido revelados.”

Se trata, pues, de una visión parcial e interesada de un mundo complejo y abigarrado, poblado por personajes que se prestan a la inquietud, el juicio severo, la descripción psicológica superficial y hasta la parodia. Los diplomáticos estadounidenses quizá realizan un trabajo encomiable, pero en todo caso insuficiente. Además, el proceso de decisión en Washington, en torno a la Casa Blanca y los hombres del presidente, no se ha visto afectado ni mucho menos condicionado por las filtraciones de los despachos diplomáticos.

Si la relevancia de los despachos es muy discutible, si los diplomáticos actuaron con profesionalidad escrupulosa y si los documentos no afectan al verdadero corazón del sistema norteamericanos (las redes de la Casa Blanca, el Pentágono y el Tesoro), ¿dónde se encuentra el meollo de la exclusiva periodística, cuyo importe dinerario y otros detalles desconocemos, y por qué se rasga las vestiduras la secretaria Clinton alegando que está en riesgo la seguridad nacional o que la filtración es nada menos que “un ataque contra la comunidad internacional”?

Todo lo conocido hasta ahora “confirma más que informa”, concluye Richard Haass, aunque lo más probable es que la publicación de los documentos cause problemas inmediatos en algunos puntos candentes, como Pakistán o Yemen, donde la diplomacia está volcada en la lucha contra el terrorismo. Peter Beinart, en el Daily Best, asegura que los documentos revelados “sabotean la política exterior norteamericana sin añadir prácticamente nada al debate público”. No obstante, las reticencias de los interlocutores en los diversos teatros de operaciones privarán a los estrategas de Washington de algunas valiosas fuentes de información.

El semanario alemán Der Spiegel, también agraciado con la lotería de las filtraciones, llega a la conclusión de que los documentos filtrados por Wikileaks ofrecen un detallado muestrario que cómo EE UU, a través de sus diplomacia, “busca salvaguardar su influencia en todo el mundo”.

Nada han dicho los cinco periódicos que han adquiridos los derechos de publicación –The New York Times, The Guardian, Le Monde y El País—sobre el precio de la exclusiva y las razones últimas del despliegue abrumador de los cables y sus inacabables interpretaciones. La personalidad y los propósitos de Julian Assange, el presidente de la web Wikileaks, así como sus redes comerciales, siguen envueltos en el misterio. Periodista australiano, hacker y programador informático, parece un gran negociante de la era cibernética, pero pocos lo consideran un apóstol de la libertad de expresión o un adversario concienzudo y recalcitrante de la diplomacia secreta.

La cuestión comercial, como señala The Economist, es saber “si las revelaciones conducirán realmente a un sostenido incremento de la circulación de los cinco periódicos” implicados en la divulgación de los despachos. Y su conclusión es negativa: “Por desgracia para el periodismo escrito, los Casandra sospechan que cualquier aumento de las ventas será temporal.” La previsión quizá apresurada es que internet ganará la partida a la prensa de papel como fuente de información.

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