Posteado por: M | 7 diciembre 2010

Estabilidad y fraude electoral en Egipto

Cada vez que se produce un acontecimiento político en Egipto, releo el discurso de Condoleezza Rice, a la sazón secretaria de Estado, en la Universidad Americana de El Cairo, el 20 de junio de 2005, en el que ofreció a los estudiantes un cuidadoso epítome de la historia de Egipto durante los siglos XIX y XX y abogó imperativamente por la democratización del país, en el marco de lo que entonces se llamaba en Washington la “freedom agenda”, los planes de libertad para el Oriente Próximo. Un lustro después, el país de los faraones, lejos de progresar hacia la democracia, acaba de sufrir la afrenta de unas elecciones parlamentarias falsificadas en sus más nimios detalles y cuya segunda vuelta, el 5 de diciembre, transcurrió en medio del desánimo popular, el desistimiento de la oposición y la indiferencia de las potencias occidentales que supuestamente se identifican con el espíritu democrático y la decencia electoral.

En ese discurso de El Cairo, la secretaria de Estado denigró el realismo cínico de algunos de sus predecesores para proclamar sin ambages: “Durante 60 años, Estados Unidos persiguió la estabilidad a expensa de la democracia en la región, pero no consiguió ni la una ni la otra. Ahora seguimos un camino distinto. Ahora respaldamos las aspiraciones democráticas del pueblo.” Y recordó cómo después de la primera guerra mundial, a través del hegemónico Partido Wafd, Egipto llegó a convertirse en “el corazón liberal del Renacimiento Árabe”, es decir, del nacionalismo laico.

La “agenda de la libertad” ya no está de moda en Washington. Podemos decir incluso que fue enterrada sin ceremonia con todo el legado de George W. Bush, ya que los sucesores demócratas parecen poco interesados en distinguir entre la problemática imposición de la democracia en Irak mediante la guerra y la ocupación, de resultados desastrosos, y la conveniencia de promover gradualmente, aunque con la prudencia que demandan las circunstancias, los valores y los métodos democráticos. Porque sólo un impulso liberalizador podrá evitar que el islamismo radical aparezca como la única alternativa viable y honrada frente a las dictaduras corruptas realmente existentes en toda la región, descaradamente protegidas, armadas y subsidiadas por EE UU.

En otro discurso de El Cairo, el 4 de junio de 2009, el presidente Barack Obama tendió la mano al mundo árabe-musulmán, al que ofreció la reconciliación, y abogó por la creación de un Estado palestino, pero nada dijo de la deseable democratización de los países de la región como primer paso ineludible para resolver los demás problemas, desde el reparto equitativo de los beneficios del petróleo al respeto de los derechos humanos, pasando por el freno de la suicida carrera armamentista que consume los recursos que deberían dedicarse al desarrollo.

Las reacciones en Washington ante el descarado fraude electoral fueron tardías y vergonzantes, como subraya toda la prensa norteamericana. Los comentarios oficiales, además, no fueron atribuidos al presidente Obama o la secretaria Clinton, como cabía esperar, sino a portavoces de segunda fila que no suscitan el menor interés, pese a que “EE UU mantiene desde hace muchos años una estrecha alianza” con el gobierno egipcio, pieza crucial en el enrevesado tablero regional, según reiteró el departamento de Estado. Ante tan extraño comportamiento oficial, se preguntó el diario The Washington Post: “¿Quién teme a Egipto?” Como es obvio, según decía Rice, los gobernantes norteamericanos siguen apostando por la estabilidad y cierran los ojos ante la injusticia y el fraude.

Como era previsible, aunque quizá con menos desfachatez, el gobernante Partido Nacional Democrático (PND), del presidente Hosni Mubarak, se atribuyó una mayoría abrumadora en la Asamblea Popular (518 escaños), cámara baja del Parlamento. Según las previsiones oficiales, el PND y sus aliados ocuparán el 96 % de los escaños. Los principales partidos de la oposición, tanto la islamista Hermandad Musulmana, que pretende desmarcarse de su antigua connivencia con el terrorismo, como el liberal y laico Nuevo Wafd, refundado en 1978, no concurrieron a la segunda vuelta para mostrar su indignación y su protesta por “la farsa repulsiva” en que se convirtió la consulta.

La Hermandad Musulmana, que contaba con 88 escaños en la Asamblea elegida en 2005, no obtuvo ninguno, mientras que el Wafd, que presentó 220 candidatos, sólo logró dos diputados en la primera vuelta y 4 en la segunda, pero éstos serán expulsados del partido por haber desobedecido la orden de boicot. Los colegios electorales estuvieron prácticamente vacíos en la segunda vuelta, según señalaron los corresponsales occidentales.

La práctica eliminación de los opositores en la nueva Asamblea Popular es una operación de alto riesgo, pues si bien deja las manos libros al PND para las elecciones presidenciales de 2011, cabe suponer que agravará las muy perceptibles tensiones sociales. Según el Banco Mundial, hará falta una generación como mínimo para que los frutos del crecimiento lleguen a los sectores más afligidos de la población, esos casi 50 millones de personas (algo más de la mitad de la población) que viven con dos dólares diarios, protagonizan periódicos “motines del hambre”, padecen la represión  de la policía y del ejército y hallan su única ayuda en las redes sociales del islamismo radical.

Volvemos a la estabilidad de que hablaba Rice, tan importante para Washington, pero que cada día parece más comprometida. Las monarquías del golfo Pérsico, ricas en hidrocarburos, contrarrestan la ausencia de libertad política con el reparto de dádivas y las subvenciones generalizadas, en una especie de populismo en concertación con el máximo rigor religioso. Carente de recursos para extender el progreso material mediante el caciquismo, la dictadura egipcia tiene que recurrir a la coerción para controlar a una población cansada de promesas y humillada por las exhibiciones políticamente indecorosas y moralmente condenables del poder.

El endurecimiento de la dictadura se explica porque el Partido Nacional Democrático (PND), una oligarquía desarrollista y bastante corrupta, no quiere ninguna sorpresa en las elecciones presidenciales del año próximo. El presidente Mubarak, de 82 años, está bastante enfermo y pretende fundar una especie de dinastía cuyo primer heredero será su hijo Gamal, de 47 años, un exitoso banquero de formación norteamericana, más involucrado en los negocios que en la política, que desde hace ocho años forma aparte de la secretaría general del partido, pero que suscita escaso entusiasmo popular. El poderoso ejército permanece mudo en el escenario sucesorio y potencialmente explosivo.

Hosni Mubarak, militar profesional, recibió entrenamiento en la URSS como piloto de aviación y llegó a la vicepresidencia de la República en 1975. Sucedió en la jefatura del Estado al presidente Anuar el Sadat cuando éste fue asesinado por los extremistas islámicos el 6 de octubre de 1981, en El Cairo. Salió ileso de un atentado de los islamistas cuando efectuaba una visita a Addis Abeba en junio de 1995. En septiembre de 2005 fue elegido para un quinto mandato consecutivo.

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Responses

  1. No hay que dejar pasar por alto que uno de los peores enemigos para la política norteamericana en el Oriente Medio, es el desarrollo democrático de los países que lo componen. Aunque Egipto es economicamente uno de los estados más pobres de la región es social,política y culturalmente el más influyente entre el mundo árabe lo que a su vez significa que cualquier acontecimiento que él se de pueda ser decisivo para los países que lo circundan.
    Quizás vaya siendo hora para que los yankees dejen de gruñir tanto cuando se trata de Cuba, Iran o Cores del Norte y empiezen a considerar la forma en que los derechos humanos, y con ellos le evolución democrática, se trata entre sus aliados
    poseedores de los grifos del petroleo


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