Posteado por: M | 9 diciembre 2010

Obama, ante el tribunal progresista

El presidente Barack Obama, al que las encuestas de popularidad no dan tregua, ha provocado una revuelta en las filas del Partido Demócrata por haber llegado a un pacto fiscal con el Partido Republicano para prorrogar por dos años las exenciones y ventajas que su predecesor, George W. Bush, otorgó a las rentas familiares por encima de los 250.000 dólares, y que expiraban el 31 de diciembre. Los progresistas (liberales en la jerga política) norteamericanos están furiosos por una transacción que tildan de capitulación, o de trágala, dado que beneficia a los más ricos, aunque, al mismo tiempo, preserva las ayudas para los parados y establece otras para las empresas y las clases medias que deciden las elecciones.

La iracundia de los progresistas por un acuerdo parlamentario que el New York Times califica nada menos que de “odioso”, por cuanto incluso mejora las bicocas de Bush, resultaría más comprensible si las culpas de lo ocurrido no estuvieran muy bien repartidas entre la Casa Blanca y el Capitolio, entre demócratas desmesurados o sectarios y republicanos obstruccionistas o ególatras. La razón última radica en la derrota del Partido Demócrata en las elecciones parciales de mitad de mandato, del 2 de noviembre último, cuando cedió al Partido Republicano la mayoría en la Cámara de Representantes y vio reducida su mayoría en el Senado a un nivel que permite el filibusterismo y obliga al presidente a negociar con el adversario si quiere, como es su obligación, evitar la parálisis legislativa.

El presidente está en su papel, y aún deberá profundizar en el bipartidismo cuando empiece a funcionar el nuevo Congreso, emulando en las maniobras con la habilidad y el éxito de su inmediato predecesor demócrata, Bill Clinton; pero sus amigos más a la izquierda han puesto el grito en el cielo, como Katrina vanden Heuvel, editora del semanario progresista The Nation, que acaba de publicar un vitriólico artículo en el que lo acusa de haber traicionado a sus partidarios y de seguir “el camino del desastre”, no sólo en esta cuestión de los impuestos, sino también en Afganistán y en el abandono de los más afligidos, lo que sólo puede conducir, en su opinión, a “la autoinmolación política”.

Obama fue elegido en 2008 con un programa llamado postpartisan, más allá de los partidos, que buscaba expresamente la superación de las líneas de fractura entre demócratas y republicanos en asuntos de relevancia nacional. Y el de los impuestos lo es en grado superlativo. Pero ocurre que los progresistas, creyendo equivocadamente que su mayoría en el Congreso entrañaba un cambio radical en el país, forzaron la maquinaria de las reformas, como se vio con la del sistema sanitario, y tropezaron con una resistencia que no esperaban por parte de una sociedad proclive al conservadurismo y un sistema político fundado en la rígida separación de poderes y el equilibrio de fuerzas (checks and balances).

Un presidente tuvo que salir a la palestra, inusualmente enojado, para recordar a sus correligionarios críticos que “este país se fundó en el compromiso”, en las soluciones impuestas por el deber o la necesidad, y que las posturas angélicas y obstinadas suelen ser contraproducentes. Al mismo tiempo, acusó a los republicanos de “mantener secuestrado al pueblo norteamericano” y reconoció que había cedido “porque no estaba dispuesto a que el rehén resultara herido”. Como se ve, Obama no puede renunciar a la retórica inoperante ni siquiera en tiempos de debilidad y tribulación, lo que constituye una forma de escatimar la autocrítica que debería hacer por los errores estratégicos y las ocasiones perdidas durante los dos años que lleva en la Casa Blanca con mayoría absoluta en ambas cámaras del Congreso.

En el fondo del debate se agitan las dudas sobre la recuperación, las guerras y los gastos de armamento, los tremendos déficits y la deuda estratosférica, y las posiciones contrapuestas de ambos partidos para reducir aquéllos y reembolsar ésta, aumentando o reduciendo los impuestos, mediante el estímulo de la demanda, como proponen los keynesianos o socialdemócratas, o por un reforzamiento de la oferta, según preconizan los epígonos de George Friedman. Ambos partidos, en contra de sus teóricas posiciones tradicionales, parecen embarcados en el aumento de los estímulos y el gasto –ahora, otros 800.000 millones– y rechazan la cura de austeridad que a la larga será inevitable. “La austeridad demorada”, como resume The Economist.

Obama no será, desde luego, el primer presidente que debe gobernar con  una mayoría hostil en el Congreso. Peor incluso lo tuvieron Reagan y Clinton, y fueron reelegidos triunfalmente en 1984 y 1996, respectivamente. El general Eisenhower, presidente republicano, fue tantas veces humillado por la mayoría demócrata en el Congreso, durante su segundo mandato (1957-1961), que al final tiró de la manta y lanzó una diatriba devenida histórica contra las abusivas imposiciones del “complejo militar-industrial” y otros grupos de presión.

El problema con Obama se deriva de las expectativas absolutamente idealistas que suscitó su llegada a la Casa Blanca, porque muchos de sus más ardorosos seguidores lo consideraron un probable redentor de casi todos los pecados sociales y políticos, con un supuesto mandato histórico para cambiar el curso de la historia y, según los progresistas, para liquidar la hegemonía conservadora que se arrastra desde Reagan. Los mismos progresistas que ahora lo colocan en el banquillo, ante el tribunal de la utopía, cuando la desilusión es evidente y el encanto se ha quebrado ante la crudeza de los hechos certificada por la derrota electoral de noviembre. Por causa de la nueva relación de fuerzas en el Congreso, la incógnita de la misión de Obama se despejará inevitablemente velis nolis por el lado del pragmatismo.

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