Posteado por: M | 20 diciembre 2010

La crisis del euro y el ´diktat´ alemán

Al cumplirse el primer aniversario del tratado de Lisboa, sucedáneo de la farragosa y frustrada Constitución europea, Europa volvía a entrar en crisis por causa de la fuerte tormenta que planea sobre la eurozona integrada por los 16 países más avanzados que comparten divisa, en esta ocasión acompañados por Gran Bretaña. Los eurócratas aseguran que estos socavones no corroen los cimientos del edificio, pero el optimismo invariable cada día resulta menos convincente. La falta de liderazgo es inquietante, de manera que otra vez se escuchan las palabras de Kissinger preguntándose cínicamente por el número de teléfono para llamar a Europa. ¿Quién habla por Europa?, volvía a inquirir con aviesa intención la prensa norteamericana.

La cancillera de Alemania, Angela Merkel, actuaba como la estrella de un escenario oscurecido por el apagón del endeudamiento y los malos presagios luego de los rescates de Grecia e Irlanda y las amenazas que pesan sobre otros Estados periféricos o problemáticos, con Portugal y España en primera línea de la aproximación al abismo, pero sin descartar a Italia y Bélgica. La dirigente alemana, de concierto con el presidente francés, Nicolas Sarkozy, descartó con un giro brusco de su bolso, quizá remedando a Margaret Thatcher, la propuesta de emitir eurobonos, que le parece una extraña maniobra para “colectivizar los riesgos” o generalizar las deudas y perdonar los pecados de la manifiesta prodigalidad.

Antes de que la cancillera se presentara en Bruselas para la última cumbre europea (16-17 de diciembre), el presidente de la Comisión, el portugués José Manuel Barroso, cumplió con el ritual al pedir a los jefes de Estado y de gobierno que mantengan la disciplina  (¿qué disciplina?) para demostrar que “la Unión Europea controla los acontecimientos” y que no están a merced de las presiones o las maniobras insidiosas de los que alternativamente se denominan especuladores o inversores en la jerga políticamente correcta de los gobiernos en apuros.

Como Europa no necesita “una cacofonía de escenarios divergentes”, según la metáfora de Barroso, el cónclave de Bruselas acabó sin grandes agobios con una modesta propuesta de Berlín para reformar el tratado de Lisboa, sin necesidad de referéndum, y convertir en permanente el fondo y el mecanismo de actuación creados en la primavera pasada para el rescate de los Estados en quiebra técnica, pero sin precisar el tamaño de las contribuciones, quizá para no soliviantar a una opinión alemana que se muestra reticente ante el dispendio forzado por la ineficiencia de los socios del sur. Un acuerdo concebido en términos tan vagos que deja amplio margen para la interpretación.

Fue una victoria “irónica” de la cancillera, según la apreciación del semanario Der Spiegel. Porque no ha resuelto el dilema entre defender, ante todo, los intereses alemanes, o promover una mayor integración europea; entre contentar a su clientela interna, que le insta a reducir al mínimo las operaciones de rescate con fondos alemanes, y los que denuncian su falta de liderazgo ante la crisis del euro o su propensión a actuar como una nueva Cancillera de Hierro; entre los que la acusan de no poner freno a las irresponsabilidades de los demás y los que se quejan del diktat berlinés. Así se explica que la cancillera más renuente ante los rescates haya terminado por proponer un mecanismo permanente, aunque aplazado a 2013 y sometido al doble criterio del beneficio de inventario y de las demandas electorales.

El pensamiento de Merkel, sin embargo, quedó bastante claro en Bruselas: “Europa necesita avanzar hacia una más profunda integración política y económica, pero de una manera que combine la solidaridad y la mejora de la competitividad.” Esto quiere decir que Alemania sólo será solidaria si los causantes de los problemas –esos manirrotos meridionales– se someten a una disciplina germánica, se imponen draconianas medidas de austeridad y mejoran su eficiencia económica.

La UE sigue desgarrada por las tensiones derivadas de la crisis y enconadas por las discrepancias dentro de la eurozona y en sus relaciones con otros países no europeos en acelerado desarrollo. Las tensiones lógicas este-oeste, derivadas de la ampliación imprudente de 2004, con la entrada de diez nuevos socios, con el corolario de una mayor heterogeneidad del conjunto, fueron exacerbadas por la crisis que estalló en 2007, de manera que de nuevo la eurozona está perturbada por las discrepancias entre el norte con fuerte capacidad exportadora, con Alemania al frente, y el sur asfixiado por la deuda, la ineficiencia de sus mercados laborales y la mediocre competitividad, pero que no puede recurrir al empobrecimiento mediante la devaluación.  Una divergencia fundamental entre los que ya han salido de la recesión, capitaneados por Alemania, y los que siguen estancados.

Si hemos de creer a los llamados eurófilos, voluntaristas persuadidos de que todas las soluciones pasan por más Europa y menos egoísmos nacionales, como el francés Jacques Delors, “la Unión Europea ha sido víctima del capitalismo financiero y de un error provocado por la irresponsabilidad de nuestros dirigentes al pretender construir una unión monetaria sin la unión económica”. Otros creen que la eurozona carece de instrumentos adecuados para resolver algunas cuestiones argentes, especialmente en el orden financiero.

En la misma Alemania, la cancillera no comparte necesariamente el europeísmo esencial de todos sus predecesores, que no concebían otro futuro para Alemania que su firme anclaje en el orbe comunitario. Angela Merkel tiene menos complejos históricos, es más racional o pragmática que emotiva, y piensa en la Europa que fue el valladar frente al comunismo y la del impulso liberador de los países que estuvieron bajo el yugo comunista. Y muchos menos en la Europa como balneario para restañar las profundas heridas del pasado. Mira quizá más al este que al oeste, aunque diga que Europa es la paz y que el euro marca nuestro destino común. En otro tiempo, Alemania fue un gigante económico y un enano político, pero ahora parece haberse sacudido su condición secundaria en la geoestrategia mundial, locomotora y protector de la UE.

Casi veinte años después de la caída del comunismo y la desintegración de la URSS, aún tengo presente la famosa pregunta del historiador François Furet: “Surgida de los escombros del nazismo, como último recurso, ¿podrá Europa sobrevivir a la agonía del comunismo?” ¿Qué ocurrirá, como parece altamente probable, si tenemos más Alemania y menos Europa, o si una Europa cada día más alemana, sometida al diktat o protectorado germánico, se erige como protectora efectiva de esa Unión Europea decadente en la que sobra muchos funcionarios y faltan proyectos?  Hasta el presidente Rodríguez Zapatero parece haber recapacitado y rectificado su torpeza protocolaria y su fatal error de cálculo con respecto a la muy sólida Angela Merkel, para presentarse ahora como buen alumno protegido de la disciplina que irradia desde Berlín.

Mientras la cancillera saca de la bancarrota a sus vecinos del sur, a cambio de unas reformas a regañadientes y al borde del abismo, esperamos a que se configure el nuevo destino de Alemania y de sus Estados protegidos o vasallos en medio de este vendaval horrísono de la deuda soberana y el recorte inexorable del Estado del bienestar. Una riqueza sobrevenida, quizá inesperada e injusta, y unos servicios sociales generosos de los que por lo visto han abusado los nuevos ricos del continente, es decir, esas gentes versátiles y manirrotas del sur que ahora aparecen como figuras de cera en el escenario lúgubre de las urbanizaciones orwellianas sin moradores.

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