Posteado por: M | 1 enero 2011

Jodorkovski y las relaciones de Rusia con Occidente

El segundo juicio y condena por un tribunal moscovita del magnate petrolero Mijail Jodorkovski, que había llegado a ser el hombre más rico de Rusia, suscitó una atención extraordinaria en la prensa occidental, de manera que un asunto interno se transformó en un acontecimiento internacional en cuyo enfoque, harto sesgado en Occidente, se mezclan de manera inextricable las inquietudes legítimas sobre el destino de la democracia, la nostalgia apenas disimulada por los años tumultuosos de Yeltsin, los rescoldos y prejuicios de la guerra fría, la frustración por la frágil autoridad del presidente Dimitri Medvedev y las reticencias occidentales ante el poder personal y autoritario del primer  ministro Vladimir Putin.

Sorprenden, sobre todo, las reacciones en Washington, donde tanto el presidente Barack Obama como la secretaria de Estado, Hillary Clinton, salieron en tromba para denunciar “el abusivo uso del sistema legal” por parte de la justicia rusa, inmediatamente después de conocerse el veredicto de culpabilidad y antes de que el juez pronunciara la sentencia. La prensa estadounidense elevó el tono al airear todas y cada una de las observaciones de los abogados de la defensa de Jodorkovski, que definieron como “una farsa” lo ocurrido en el tribunal, y acabó lanzando invectivas contra el autoritarismo de Putin y su concepción parcial o selectiva del Estado de derecho.

The New York Times, no satisfecho con ahondar en un supuesto enfrentamiento o discrepancia entre Putin y Medvedev –el malo y el bueno de la película simplista–, recomendó a éste que utilizara la gracia presidencial en caso de que la apelación prevista no sirva para nada. Le Monde publicó un editorial corrosivo en el que consideraba que todo el proceso contra el magnate ruso había sido “un simulacro inquietante”, y el Guardian londinense afirmó que el segundo juicio contra Jodorkovski “no era sobre el robo sino sobre el temor: el temor de lo que pudiera ocurrir si esta particular víctima de la injusticia fuera liberada ahora”.

En lo que concierne a EE UU, esas reacciones resultan chocantes por varios motivos. La célere contundencia norteamericana contra el régimen de Putin, con la justicia en la picota, contrasta con la demora, la moderación y la ambivalencia con que actuaron la Casa Blanca y el departamento de Estado tras la concesión del premio Nobel de la Paz al disidente chino Liu Xiaobo, cuya biografía no tiene las sombras que la de Jodorkovski y cuya aflicción resulta más digna de conmiseración. Como es notorio, el sistema de campos de trabajo forzado en China es mucho más hermético, represivo y cruel que el ruso.

La renuncia a cerrar el campo de concentración de Guantánamo, como prometió antes y después de tomar posesión de la Casa Blanca, no es un timbre de gloria ni autoriza al presidente Obama a pavonearse con el cumplimiento de sus promesas o mostrarse muy escrupuloso e irritado por los fallos del sistema legal de Rusia y el trato de los detenidos. Los 174 presos que permanecen en la base cubana, descritos como “enemigos ilegales combatientes” —expresión ideada para encubrir el limbo jurídico–, no han sido presentados ante ningún juez o tribunal, de manera que su mantenimiento en el campo constituye una derogación implícita no sólo de las leyes norteamericanas, sino también del derecho de guerra codificado por la Convención de Ginebra.

La aparente indignación oficial por el veredicto contra Jodorkovski contrasta con la voluntad del presidente Obama de dar prioridad al entendimiento con Rusia y acelerar la ratificación del tratado para la reducción de armas estratégicas (Start), lograda en el Senado con el concurso de varios senadores republicanos, pero aún a debate en la Duma. Detrás de la pretensión reiterada de Clinton de mejorar las relaciones con el Kremlin se vislumbra, además, el espinoso problema del desafío nuclear de Irán y la escasa efectividad de las sanciones impuestas por la ONU.

El gobierno de Moscú, como era de esperar, acusó a EE UU y algunos países europeos de intromisión en los asuntos internos rusos. El ministerio de Asuntos Exteriores publicó una dura réplica, en forma de comunicado, en la que señaló, antes de que se conociera la sentencia: “Los intentos de presionar al tribunal son inaceptables. Confiamos en que todo el mundo se meta en sus asuntos, tanto en casa como en el campo internacional.”

El 30 de diciembre, el juez Viktor Danilkin condenó a Jodorkovski y su socio Platon Lebedev a 13 años y 6 meses de colonia penitenciaria por malversación de bienes y blanqueo de nada menos que 15.000 millones de euros. Y advirtió el magistrado: “Las circunstancias del caso no permiten aplicar una condena condicional porque la corrección de los procesados sólo se presenta posible mientras estén aislados de la sociedad.” Como los dos condenados cumplían otra pena de 8 años de cárcel, impuesta por fraude fiscal, y dado que los castigos no son acumulables, podrán recobrar la libertad en 2017, una vez descontados los años en detención preventiva desde 2003. Estaba previsto que la primera condena se extinguiera en octubre de 2011.

Ante el tribunal, Jodorkovski, según uno de sus abogados, hizo la siguiente declaración final: “Platon Lebedev y yo hemos comprobado por el ejemplo que en Rusia la justicia no te protege contra las autoridades gubernamentales (…) Pero no hemos perdido la esperanza, y confiamos en que nuestros amigos no la pierdan tampoco.” El abogado completó la protesta por su cuenta, ante los periodistas: “No es una sentencia sino un truco ilegal.”

Ambos condenados afirmaron desde la prisión, con importante eco mediático, que los juicios fueron una venganza política del Kremlin por el apoyo que ellos prestaron a varios partidos de la oposición. Putin añadió leña al fuego al pronunciarse antes del juicio por una sentencia preventiva y ejemplar: “Los delincuentes tienen que estar en prisión.” El dictado enérgico que deseaba oír la clientela de un primer ministro que combina el rigor administrativo con un nacionalismo de gran potencia que, por lo visto, encanta a los electores.

Por supuesto, ni la justicia rusa actúa de manera independiente, como prometió el jurista Medvedev que acontecería bajo su mandato, ni Jodorkovski es un ejemplo de virtud, sino más bien todo lo contrario, un miembro destacado del aparato burocrático soviético y un oligarca entrometido en la política, enriquecido a la sombra del Komsomol (la organización juvenil del PCUS), que aprovechó sus buenas relaciones con el clan de los Yeltsin, en la época de las privatizaciones masivas y fraudulentas, para dedicarse sin el menor escrúpulo, junto con otros individuos de su misma calaña, coligados en una especie de sindicato del crimen, a saquear los bienes del Estado ruso.

Algunos de esos oligarcas huyeron al extranjero, donde exhiben obscenamente y disfrutan de lo robado en Rusia, sin que el Estado y los periódicos británicos, por ejemplo, muestren la menor inquietud moral por estar amparando con el asilo político a un ladrón y defraudador tan notorio como Boris Berezovski, cuya maquinaria conspirativa contra el Kremlin no cesa de funcionar. Otros oligarcas llegaron a un acuerdo no escrito con Putin y sus colaboradores de los servicios secretos (KGB) para disfrutar de su fortuna sin inmiscuirse en los asuntos políticos.

Jodorkovski, por su parte, se negó a someterse, desafió personalmente al presidente y trató de sufragar con el dinero y el petróleo robados un movimiento político de oposición, alcanzando un protagonismo lógicamente mal visto por el poder y que acabó con sus huesos en la cárcel. Todo parece indicar que el oligarca sobreestimó sus fuerzas e hizo un mal cálculo sobre el futuro de Putin como dueño incontestable del Kremlin.

Típico producto del sistema soviético, un creyente del socialismo con el que sólo rompió intelectualmente tras haber leído Un día en la vida de Iván Denisovich, la joya literaria de Solzhenitsin, Jodorkovski aprovechó los años de caos que siguieron a la desintegración de la URSS (1991) para fundar un banco y hacerse con la primera petrolera rusa, la empresa Yukos, en una subasta amañada (1995), por el precio ridículo de 300 millones de dólares. También utilizó sus vínculos con la camarilla de Yeltsin y su hija como trampolín para los más diversos y condenables procedimientos –soborno de la élite política, fraude, evasión fiscal continuada, ingeniería financiera – que le permitieron amasar una fabulosa fortuna personal.

Desde su prisión en Siberia, Jodorkovski viene actuando como el verdadero director de una oposición dividida y diezmada desde que Putin llegó al poder en 2000, como sucesor designado de Yeltsin. Su hijo Pavel, que vive en Nueva York, asegura que “la familia no tiene problemas” [económicos]. Sus padres, por el contrario, siguen asentados en una finca aristocrática en un suburbio moscovita. Con cuentas multimillonarias en el extranjero y una legión de abogados y publicistas a su servicio, que inundan internet con análisis y declaraciones favorables y exculpatorias, la imagen del que fuera el oligarca más opulento contrasta con la del disidente maltratado y vilipendiado por la tiranía. Nada que ver con Aleksandr Solzhenitsin, que desafió al estalinismo, o Andrei Sajarov, cuyo destierro precipitó la perestroika.

A juzgar por su arrogancia y la de sus abogados, Jodorkovski quizá piensa que no todo está perdido, por más que en el horizonte político se adivine la candidatura de Putin para las elecciones presidenciales de 2012. Según algunas encuestas que circulan por Occidente, los rusos han mejorado su opinión con respecto al prisionero multimillonario, aunque están muy lejos de haberlo absuelto. Sabido es también que el confinamiento prolongado en Siberia suele suscitar la compasión popular hacia la víctima, a veces convertida en un mártir. Pero no es menos cierto que sobre Jodorkovski gravita el odio popular por todos los males y agravios sufridos durante los años en que Rusia, bajo el mando de Yeltsin y sus allegados, fue humillada internacionalmente y estuvo a punto de convertirse en un Estado fallido.

La incorporación de Rusia a la comunidad transatlántica, sus valores y sus procedimientos democráticos, no es para mañana, ni está claro cuáles serían los mejores métodos para conseguirlo. Para los rusos, sin embargo, parece evidente que el régimen organizado por Putin, además de restaurador del orgullo nacional e impulsor del desarrollo económico, resulta más tolerable que todo lo conocido desde el fin del imperio totalitario. Entre la justicia corrompida de la época de Yeltsin y otra sometida al poder político, los rusos eligieron la segunda como mal menor. Quizá los gobiernos occidentales preferían tratar con una Rusia más débil y sumisa pero también menos previsible.

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