Posteado por: M | 9 enero 2011

De Egipto al Magreb, el mismo dilema: dictadura o islamismo

El atentado con coche bomba en una iglesia copta de Alejandría, durante la misa de fin de año, y que causó al menos 23 muertos, suscitó una justificada alarma por la irrupción brutal del sectarismo religioso latente en Egipto, el más estrecho aliado de EE UU, el más importante de los países árabe-musulmanes, que acaba de sufrir la humillación política de unas elecciones generales amañadas. En todos los países del Oriente Próximo e incluso del norte de África, el radicalismo islámico en sus diversas pero coincidentes manifestaciones –la nebulosa de grupos locales unificados simbólicamente bajo la bandera de Al Qaeda o de los Hermanos Musulmanes– mantiene en ebullición a unas sociedades atrasadas, deprimidas por el desempleo y sin alternativa para el despotismo y la corrupción que las agarrota.

En esa atmósfera deletérea, los cristianos más o menos tolerados hasta época reciente son asesinados individual o colectivamente, están discriminados o padecen persecución, viven social e institucionalmente como ciudadanos de segunda clase desde hace mucho tiempo, no pueden construir iglesias y con frecuencia se convierten en chivos expiatorios para los males endémicos de la miseria y la represión. También son los primeros en marchar al exilio, como se comprueba a diario en Irak o el Líbano, y los gobiernos no hacen nada por detener el éxodo de una minoría bien preparada.

Hay que aclarar, sin embargo, que muchos de los cristianos de Oriente Próximo no se consideran una minoría, pues alegan que la confesión de sus antepasados árabes es muy anterior a la prédica de Mahoma y, por supuesto, al impulso de las Cruzadas. Por la lengua, la cultura y muchas tradiciones, forman parte indisociable de la comunidad del pueblo árabe. Sólo los islamistas y los gobiernos que se pliegan a sus exigencias pretenden presentar a los cristianos como un cuerpo extraño en las sociedades mahometizadas a partir del siglo VII.

El gobierno egipcio, por ejemplo, mientras promociona la construcción ilimitada de mezquitas, para conquistar las credenciales islámicas, restringe incluso la restauración de iglesias cristianas y actúa con pública parcialidad al reconocer jurídicamente la conversión al islam pero no al cristianismo, a pesar de que los coptos son autóctonos, sus raíces son más antiguas que las de los árabes, no pueden ser acusados de connivencia con  el imperialismo occidental y constituyen algo más del 10 % de la población (entre 8 y 10 millones de fieles). Son cristianos  monofisitas que se presentan como herederos del apostolado del evangelista Marcos.

El proselitismo de otras religiones está rigurosamente prohibido en todos los países árabes, y si algún musulmán osa convertirse al cristianismo, automáticamente deviene un apestado cuando no se ve sometido a juicio por apostasía, bajo el imperio de la sharia. En Egipto, la discriminación se extiende a los dominios del código penal. Nadie ha sido aún inculpado por el asesinato, en diciembre de 2009, de siete coptos en una iglesia de Nag Hammadi, al sur del país.

Los regímenes antidemocráticos realmente existentes en Egipto, Túnez, Marruecos, Libia, Argelia, Arabia Saudí o Siria, variables en su religiosidad, pero incapaces de resolver los acuciantes problemas sociales, prefieren ocultar o minimizar las tensiones sectarias, reprimir las protestas o apaciguar a los islamistas, verdadera y única fuerza de oposición, antes que proteger a los cristianos, sean autóctonos o extranjeros. En ninguna de ellos existe una alternativa política viable que no sea la de los islamistas y sus organizaciones caritativas. Sus gobernantes exhiben sin decoro el mismo dilema: dictadura o islamismo, para presionar a Occidente.

En Egipto, la situación se complica porque el liderazgo del presidente Hosni Mubarak, de 82 años y con problemas de salud, parecer haber perdido la energía que le caracterizó. La ilusión de estabilidad, su máxima conquista, merecedora del protectorado y las subvenciones de EE UU, se ha convertido en un corsé que impide cualquier reforma significativa. El país no progresa y ni siquiera permanece estable, sino que retrocede.  “Si Mubarak desaparece mañana, los islamistas [los Hermanos Musulmanes] serán la fuerza política más fuerte del país”, asegura Mohamed Salmaui, presidente del sindicato de escritores árabes.

El distinguido diplomático egipcio Mohamed El Baradei, que fue director de la Agencia Internacional de la Energía Atómica y regresó a El Cairo en 2010, con el propósito de encabezar un partido reformista, reconocía recientemente en un artículo periodístico su frustración y su desaliento por la falta absoluta de democracia en un régimen decadente cuando no corrupto. El panarabismo nacionalista, que tanto luchó por la emancipación, se encuentra desaparecido o en la clandestinidad.

A la espera de que estalle la bomba demográfica tantas veces anunciada –la población se ha más que doblado en los últimos 30 años–, la democratización de Egipto parece una quimera, el panarabismo nacionalista y la izquierda en general se evaporaron hace tiempo del panorama político y los demócratas son una ínfima minoría desamparada. Los únicos que están organizados y bien pertrechados son los islamistas, en muchos casos a la espera de que caiga la fruta madura o alentando las periódicas manifestaciones de descontento.

La emigración como válvula de escape

La situación no es muy distinta en los otros países árabes del norte de África, bajo regímenes impopulares, emparedados entre la amenaza de Al Qaeda en el Magreb Árabe y la impaciencia de unas poblaciones sometidas no sólo a la dictadura política, sino también a un deterioro constante de las condiciones de vida y una ausencia total de horizontes de prosperidad para la juventud, el sector más numerosos, más afligido y menos resignado. La emigración hacia Europa es la válvula de escape tradicional para una situación volátil. Y como es notorio, los primeros en abandonar su país son los más preparados o los más audaces.

Las protestas contra “la mala vida” surgen por doquier, en Túnez y Argelia desde finales de 2010, donde la cólera de los jóvenes responde a una verdadera crisis de subsistencias. Sometidos desde 1987 a la dictadura implacable del presidente Ben Alí y su partido, los sectores más ilustrados y laicos de la sociedad tunecina –estudiantes, funcionarios, médicos— se echan a calle para protestar contra el desempleo y el enriquecimiento ilícito del clan familiar del presidente, contra un régimen convertido en “una casi mafia”, según escribía la embajada norteamericana en Túnez en un cable revelado por Wikileaks.

En Orán, al oeste de Argelia, las protestas tuvieron un cariz violento la semana pasada, cuando varios edificios públicos fueron asaltados y saqueados. Los jóvenes menores de 30 años, que representan el 75 % de los 35 millones de argelinos, sufren una tasa de paro superior al 20 % y denuncian tanto la carestía de la vida como la corrupción administrativa. El recuerdo de la guerra civil de los años 90, que enfrentó de manera brutal al régimen pretoriano con los islamistas, y que causó más de 100.000 muertos, empieza a no tener un efecto disuasorio.

Aunque todos los países norteafricanos afectados por una agitación endémica están a las puertas de Europa e incluso asociados en la pomposa e inoperante Unión para el Mediterráneo, que se remonta a 1995, lo cierto es que la Unión Europea minimiza los problemas, enmascara sus causas, recibe cada día más inmigrantes y respalda implícitamente a las dictaduras en aplicación de la funesta doctrina del mal menor. Prefieren en Bruselas cerrar los ojos ante los desmanes del despotismo que promover un proceso de regeneración que podría desembocar en el éxito de los islamistas. La miopía y la complicidad son tan arriesgadas como manifiestas.

En Europa, después de que Angela Merkel declarara enfáticamente que el modelo multicultural había “fracasado por completo” en Alemania, un fiasco que se aprecia igualmente en todos los grandes países (Gran Bretaña, Francia, los Países Bajos, Italia y España), los líderes políticos y las opiniones publicadas, sometidos a la norma no escrita de la corrección política, se empecinan en negar la evidencia y cierran los ojos ante el avance del temor difuso y la xenofobia. Los altavoces de Bruselas insisten en que la colisión de civilizaciones en suelo europeo no se producirá jamás. Un pensamiento débil, que se nutre tanto de la tiranía del arrepentimiento como de un voluntarismo balsámico, que prevalecerá hasta las nuevas tragedias.

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