Posteado por: M | 11 enero 2011

Bielorrusia, el último muro de Europa

El presidente de Bielorrusia, Aleksandr Lukashenko, es el dictador de Europa, tolerado tanto por Rusia como por la Unión Europea (UE), el último superviviente del despotismo comunista en el continente, estrecho colaborador y amigo del sátrapa de Corea del Norte, Kim Jong-il, y anfitrión caluroso del líder de Venezuela, Hugo Chávez. El 19 de diciembre de 2010 volvió a falsear las elecciones y fue reelegido jefe del Estado para un cuarto mandato consecutivo de cinco años con el 80 por ciento de los sufragios. Ante las protestas airadas por el descarado fraude, en el centro de Minsk, la policía política detuvo y encarceló sin reparos a los más destacados opositores. Las reacciones de Bruselas, Washington y Moscú resultaron prácticamente inaudibles. ¿Por qué esa condescendencia con el tirano?

Las razones para la indulgencia con un régimen de oprobio radican en la situación estratégica de Bielorrusia, de cuyo territorio dependen tanto la profundidad estratégica de Rusia como la seguridad de los gasoductos que llegan al corazón del continente y alimentan a la voraz industria alemana. Lukashenko y Vladimir Putin mantienen desde hace años unas relaciones detestables, pero el Kremlin no desea que se produzca en Bielorrusia una de esas revoluciones de colores, como las de Georgia y Ucrania, que debilitaron la posición de Rusia en el llamado “extranjero próximo”, el escudo protector espacial vinculado al paneslavismo y los hidrocarburos a precios subvencionados, la reminiscencia más perdurable del sistema imperial soviético.

Las malas relaciones de Lukashenko con Moscú no se deben sólo al contencioso económico sobre el precio del gas ruso y los derechos de tránsito, sino a los constantes vaivenes de su política exterior. Tras llegar al poder en julio de 1994, el dictador bielorruso firmó un acuerdo con Boris Yeltsin para crear una unión confederal con Rusia (mayo de 1997), proyecto completa y rápidamente olvidado. A medida que fue consolidando su poder, Lukashenko, ex director de un sovjos –gran explotación agraria en la URSS–, abandonó la idea de convertirse en el gobernador de una región a las órdenes de Moscú e incluso irritó al Kremlin por su negativa a reconocer la independencia de las repúblicas georgianas de Osetia del Sur y Abjasia.

No obstante, 10 días antes de las elecciones presidenciales del 19 de diciembre, Rusia y Bielorrusia sellaron un pacto por el que ésta dispondrá de nuevo de petróleo subvencionado a cambio de no formular más reclamaciones sobre los derechos de tránsito. El presidente Lukashenko, al que una televisión rusa había llegado a presentar como el jefe de una mafia muy infiltrada en todos los engranajes del Estado, volvía a gozar de los favores y el beneplácito del Kremlin.

Las relaciones europeas con Bielorrusia están atravesadas por la ambigüedad. Bruselas y el Parlamento Europeo denuncian ritualmente la violación sistemática de los derechos humanos y llegaron a prohibir los viajes de Lukashenko a cualquier país de la UE, una prohibición levantada en 2008. El garrote europeo se detuvo y sigue prudentemente escondido ante el riesgo de que el dictador se eche por completo en brazos de Moscú u organice una nueva crisis del gas. Todas las incitaciones en favor de las reformas cayeron en el erial del despotismo, lo mismo que la promesa de una ayuda financiera de 3.000 millones de euros en caso de que las elecciones fueran “libres y democráticas”.

La misma actitud mantiene Estados Unidos, incluyendo sanciones manifiestamente inoperantes y unas palabras de aliento para la oposición proferidas por la secretaria de Estado, Hillary Clinton. Dos años de engagement o compromiso negociador con los diplomáticos bielorrusos, según la receta del presidente Obama, no ofrecieron ningún resultado. Según los cables revelados por Wikileaks, la embajada estadounidense en Minsk se refería invariablemente al “régimen criminal de naturaleza violenta y autoritaria” para describir la situación y los cabildeos para organizar una dinastía hereditaria cuyo beneficiario sería Viktor, el hijo del dictador.

La cooperación directa en el marco de un programa de asociación de la UE sólo ha servido para fortalecer a los diversos clanes del régimen. Las expectativas cifradas en el diálogo con una dictadura suelen desembocar en la frustración y las demostraciones de solidaridad con los bielorrusos perseguidos o escarnecidos tropiezan con la indiferencia de la UE o, en todo caso, con su inoperancia para evitar las violaciones más flagrantes y escandalosas de los derechos humanos. Un informe del Consejo de Europa aseguró en 2003 que los esbirros sospechosos del secuestro y la desaparición de dos líderes de la oposición gozaban de la protección presidencial.

En consecuencia, la situación de los demócratas de la oposición es de abandono, cárcel y aflicción. Las condenas públicas por parte de Alemania, Suecia, Polonia y la República Checa no provocaron la menor inquietud en Minsk. Las prisiones, los métodos del KGB y los campos de concentración funcionan en Bielorrusia como en la época soviética. Andrei Sannikov, candidato de la oposición en las elecciones presidenciales, y su esposa, la periodista Irina Jalip, fueron detenidos durante las protestas. Ahora, el régimen les amenaza con mantenerlos en el gulag y arrebatarles la custodia de su hijo de 3 años. Otro de los candidatos opositores, Vladimir Neklyaev, fue torturado en público antes de ser encarcelado. La atmósfera de intimidación vuelve a reinar en la calle tras la farsante apertura de la campaña electoral y la represión alcanza el nivel suficiente para garantizar la continuidad del poder.

Las grandes bazas de Lukashenko son la estabilidad, una discreta prosperidad, algunas garantías para los jubilados sobre los efectos del liberalismo y la defensa a ultranza de la independencia del país frente al gran hermano eslavo. Bielorrusia se encuentra por delante de Rusia en la lista que establece el Banco Mundial sobre los países seguros para hacer buenos negocios con impuestos más bajos. Razón de más para que la UE presione en la defensa indeclinable de los derechos humanos en la última dictadura de Europa, luego de comprobar que la tolerancia hacia el déspota sólo sirve para engrasar los mecanismos de la represión.

En este como en otros asuntos importantes, ¿está dispuesta la UE a hablar con una sola la voz y conducirse con la energía necesaria para derribar el último muro entre al Atlántico y la llanura moscovita? Lo que no cabe duda es que el destino final de Europa pasa por un acuerdo de estabilidad, democracia y cooperación con Rusia que obligaría al nomenklaturista Lukashenko a suprimir o al menos mitigar los aspectos más siniestros y repulsivos de su régimen. Por el momento, no hay motivo para la esperanza.

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