Posteado por: M | 15 enero 2011

El chantaje de Hizbolá y la injerencia de Irán en el laberinto del Líbano

La crisis o estado de excepción permanente en que está sumido el Líbano, quebrantados desde la guerra civil (1975-1990) los precarios equilibrios étnicos y confesionales, conoce un nuevo episodio provocado por Hizbolá (el Partido de Dios) y sus aliados al retirarse del gobierno de unión nacional dirigido por Saad Hariri, incapaz éste de sobrevivir en el Parlamento y en la calle sin abrir de nuevo las compuertas por las que podría colarse de nuevo la devastación de la lucha armada. Desde su fundación en 1982, coincidiendo con la invasión israelí, Hizbolá, un conglomerado de inspiración chií, armado y financiado por los ayatolas de Irán, constituye un factor tan perturbador como imprescindible para la estabilidad del país, un Estado dentro del frágil Estado libanés.

La arrogante maniobra de Hizbolá, que dispone de una poderosa milicia consagrada por su éxito en la guerra contra Israel en el verano de 2006, se ejecutó en protesta por la entrada en funciones del tribunal especial de la ONU que debe publicar un informe y pronunciarse sobre los autores y maquinadores del asesinato de Rafic Hariri, padre del actual primer ministro, protegido de Arabia Saudí, en un atentado terrorista perpetrado en el centro de Beirut el 14 de febrero de 2005 mediante un camión bomba, en el que murieron otras 22 personas. El tribunal fue establecido por la ONU a requerimiento del gobierno de Beirut.

De ser un grupo terrorista clandestino, que en 1983 atacó el cuartel general de los Marines norteamericanos en Beirut, causando 240 muertos, Hizbolá se ha convertido en un movimiento político-militar en constante expansión, respaldado por Siria e Irán, de cuya colaboración dependen la paz en las calles y el funcionamiento normal del gobierno libanés. Su líder es el carismático Hasan Nasrala, admirador y fiel seguidor del ayatolá Jomeini. Muy pocos se fían de su promesa de que no volverá las armas contra los mismos libaneses, como ya hizo en 2008, para imponer sus objetivos.

Según todos los indicios, el informe inminente del tribunal de la ONU presentará acusaciones y pruebas contra los presuntos autores o colaboradores del atentado. Ese informe inculpará tanto a dirigentes de Hizbolá como a las autoridades de Siria, aliados en la siniestra empresa de asesinar a un primer ministro popular que pretendía sacudirse la violenta tutela de las milicias sectarias y sus patrocinadores. No obstante, la detención y juicio de los sospechosos se considera altamente improbable porque ni siquiera el ejército libanés, teóricamente multiconfesional, está en condiciones de detener y extraditar a los que planearon, facilitaron o ejecutaron el crimen.

El partido chií, por su parte, presentó un ultimátum al primer ministro para que éste recusara y desautorizara a “ese tribunal que divide al país” y que considera teledirigido por EE UU e Israel. Saad Hariri, que el mismo día fue recibido por el presidente Obama en la Casa Blanca (12 de enero), no se amilanó ante el chantaje y ratificó su confianza en la instancia internacional para aclarar definitivamente, aunque con mucha demora, los misterios que rodean aún el asesinato de su padre.

En una declaración a la prensa, Obama reafirmó el apoyo de EE UU a Hariri y el tribunal de la ONU y recalcó que el comportamiento de Hizbolá “demuestra su temor y su determinación para bloquear la capacidad del gobierno para cumplir con sus obligaciones y asumir las aspiraciones de todo el pueblo libanés”. La Casa Blanca hizo saber que le repugna la idea de que el Líbano tolere la impunidad de los asesinos del primer ministro.

La retirada de Siria

El magnicidio de Beirut en 2005 fue atribuido en primer lugar a Siria, que mantenía entonces una especie de protectorado sobre el Líbano, y suscitó una ola de protestas populares sin precedentes contra la presencia militar de los sirios, en combinación con las presiones combinadas de EE UU y Francia, hasta el punto de que el gobierno de Damasco se vio forzado a retirar apresuradamente a las tropas que mantenía en el país desde que se interpusieron con parcialidad notoria entre los contendientes durante la guerra civil.

Desde la retirada de las tropas sirias, la situación ha evolucionado hacia el abismo, con Hizbolá como principal impulsor y un creciente antagonismo étnico-religioso azuzado por fuerzas exteriores. Irán y Siria, por un lado, y Arabia Saudí, por otro, se enfrentan en el Líbano por personas o grupos interpuestos. Si Damasco y Teherán tienen en los chiíes de Hizbolá su principal cliente y punta de lanza, los saudíes se erigen en protectores de la coalición predominantemente suní dirigida por Hariri, detrás de la cual se perfilan también los intereses de EE UU y Francia.

Los cristianos están en franco retroceso demográfico, debilitados por la emigración y, además, profundamente divididos. El grupo del general populista Michel Aoun (Movimiento Patriótico Libre), de confesión maronita, cuyas motivaciones son un arcano, se alinea con Hizbolá y Amal, el otro partido chií, en la coalición del 8 de marzo, mientras que los otros partidos cristianos tradicionales forman parte de la coalición llamada del 14 de marzo, dirigida por Hariri, e integrada por los partidos suníes.

Tampoco hay que olvidar la vigilancia permanente de Israel, cuya frontera septentrional con el Líbano se encuentra teóricamente protegida por una fuerza de la ONU que no pudo impedir la guerra abierta del verano de 2006. Los militares israelíes tienen clavada esa espina y el gobierno de Netanyahu se apuntaría un gran tanto si aprovechara la oportunidad para lavar la afrenta y restablecer su superioridad estratégica puesta en tela de juicio por las aguerridas milicias de Hizbolá.

La situación actual se parece bastante a la que estalló en 2006, cuando los ministros de Hizbolá y sus aliados dimitieron del gobierno de Fuad Siniora, correligionario del asesinado Hariri, para expresar su rechazo de un tribunal internacional para juzgar el magnicidio de 2005. Las consecuencias fueron terribles, pues la milicia de Hizbolá entró en Beirut (mayo de 2008), levantó barricadas, desató una ola de violencia sectaria (más de 100 muertos), sin que el ejército regular osara detener la matanza, y provocó la parálisis gubernamental.

Con esa sangrienta demostración de fuerza, aureolada la milicia chií por sus éxitos contra Israel, Hizbolá impuso un acuerdo de todas las fuerzas políticas que le otorgó un derecho de veto sobre la actuación del gobierno con sólo un tercio de los ministros (10 en un gabinete de 30). Según las últimas evaluaciones, el partido chií cuenta con un millón de militantes y simpatizantes en una población que no llega a los cinco millones, perro ejerce una férrea dictadura en los sectores en que domina, principalmente en el sur. Desde la guerra civil, la emigración es un factor relevante en la alteración sufrida por la división confesional.

No obstante, en las últimas elecciones legislativas (7 de marzo de 2009), el triunfo correspondió a la coalición pro occidental del 14 de marzo, dirigida por Hariri, que obtuvo 71 de los 128 escaños del Parlamento, y el bloque opositor del 8 de marzo, que incluye a Hizbolá y sus aliados cristianos, logró 57. En medio de fuertes tensiones comunitarias y amenazas veladas, Hariri se vio obligado a optar por el mal menor y formar un gobierno de unidad nacional en el que Hizbolá y sus aliados mantuvieron la minoría de bloqueo que les coloca en árbitros de la situación.

En realidad, desde el magnicidio de 2005, el país pasó sin gobierno efectivo más meses de los que estuvo dirigido por una precaria coalición sometida a las fuertes tensiones derivadas de la cambiante situación estratégica en la región. La pugna de EE UU contra el programa nuclear de Irán, la rivalidad tradicional entre suníes y chiíes dentro del mundo árabe, igualmente exacerbada por las ambiciones de Teherán, y el perenne conflicto entre Israel y los palestinos resquebrajan los cimientos del Estado libanés, colocado en el mismo centro de la lucha por el poder regional.

La pésima situación económica tampoco favorece la estabilidad. La deuda pública es enorme y la inflación se dispara con el aumento incesante de los precios de las materias primas. La electricidad y el agua están racionadas. La que en otro tiempo fue conocida como la Suiza del Oriente Próximo, centro financiero del mundo árabe, está prácticamente arruinada.

Repliegue norteamericano y francés

En un panorama tan complejo, la actuación de Hizbolá, teledirigida desde Teherán, suele tener unos efectos demoledores sobre la estabilidad libanesa por tratarse de un poder de facto tan beligerante como teocrático, que dispone de un brazo bien armado y entrenado, curtido en la resistencia a ultranza y las escaramuzas guerrilleras en la frontera con Israel. En contra de todas las prescripciones democráticas, el Partido de Dios y sus adláteres mantienen un tercio de las carteras ministeriales y una abusiva minoría de bloqueo.

La dominación ejercida por el muy dinámico presidente iraní, Mahmud Ahmadineyad, que en octubre último se hizo aclamar tanto en Beirut como en la frontera con Israel, es muy poderosa porque descansa en la ideología, el dinero del petróleo y, sobre todo, la obediencia confesional ante las autoridades supremas e infalibles del chiismo que residen en Teherán. Esa influencia corre paralela con el desistimiento de Occidente en general y el repliegue norteamericano y francés en particular. Durante la visita de Ahmadineyad, aclamado por la milicia y las masas de Hizbolá, las instituciones libanesas dieron la impresión de haberse volatilizado.

El “Estado Hizbolá” ejerce una férrea dictadura sobre la minoría chií, en las escuelas, en la predicación coránica y en los medios de comunicación. La enseñanza religiosa se centra exclusivamente en Mahoma y el cuarto califica, su primo y yerno Alí ibn Abi Taleb, inspirador del chiismo en la crisis de sucesión del siglo VII, y sostiene que Fátima, hija del Profeta, fue salvajemente asesinada por los adversarios de su marido, actualmente venerados por los suníes. Así se perpetúa la fractura entre las dos principales ramas del árbol frondoso del islam y se liquida el espíritu de tolerancia que fue un timbre de gloria del país.

Probablemente el factor desencadenante de la crisis ha sido el temor de Hizbolá a perder gran parte de las simpatías de que goza, más allá de sus propias filas, si finalmente aparece implicado en el asesinato de Rafic Hariri, un político muy popular. Su hijo y heredero político, Saad Hariri, desea evitar la confrontación que comprometería su futuro en un mundo árabe predominantemente suní, pero no puede imponer un gobierno que se aleje suicidamente de Francia y EE UU y se niegue a colaborar con el tribunal de la ONU.

A este episodio local se añade el activismo de Teherán tanto contra las sanciones de la ONU promovidas por EE UU como contra Arabia Saudí a través de la rebelión en el Yemen. Y la sombra de Siria, aliada de Hizbolá, que mantiene su irredentismo histórico sobre el Líbano, pero que trata de aproximarse a Arabia Saudí para escapar de su incómoda connivencia con los ayatolas de Irán en las cuestiones regionales. El entendimiento entre Damasco y Riad podría ser además señalar el comienzo del retorno de la influencia siria al país del cedro.

La mediación sirio-saudí fracasó la semana pasada, luego de que Obama reiterara su apoyo al tribunal especial de la ONU, pero podría reavivarse si las fuerzas políticas libanesas, una vez más, retroceden ante el abismo. Cualquier gobierno que acepte las artimañas y el chantaje de Hizbolá, al servicio de un poder extranjero y no árabe, habrá colocado el primer cartucho de dinamita para la demolición del país surgido en 1941 del protectorado francés.

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