Posteado por: M | 16 enero 2011

Lecciones de la revuelta en Túnez

La revuelta popular y la fuga infamante del presidente de Túnez y su familia sugieren que el despotismo dominante en el mundo árabe-musulmán, desde el Oriente Próximo al Magreb, puede tener los pies de barro. Y si esto es así, queda en evidencia la impostura del dilema —dictadura o islamismo—  que aprisiona a los gobiernos de Occidente. Como indiqué en un artículo publicado en este blog el 9 de enero, Europa y EE UU aplican la funesta doctrina del mal menor para apoyar a los regímenes impopulares, opresivos y corruptos que supuestamente garantizan la estabilidad e impiden el ascenso irresistible del islamismo. Esa estabilidad se ha evaporado en Túnez, donde puede ocurrir cualquier cosa. El vacío político resultante confirma el error y la vergüenza de no atisbar que las dictaduras, por definición, son regímenes temporales, aunque se prolonguen 23 años.

Siempre es plausible reconocer el error, al menos retóricamente. La caída de Ben Alí el 14 de enero, luego de que los jefes militares se negaran a disparar contra los manifestantes, se produjo 24 horas después de que la secretaria de Estado norteamericana, Hillary Clinton, en un discurso en Qatar, siguiendo los pasos de su antecesora, Condoleezza Rice, vituperara a los dirigentes árabes por tolerar “instituciones corruptas en un orden político estancado”. ¿Una platónica exhortación o acaso el pistoletazo de salida para la carrera que debe conducir a la corrección en profundidad del statu quo árabe?

Durante los últimos diez años, EE UU y la Unión Europea (UE) cerraron los ojos ante la cólera de los intelectuales y las manifestaciones intermitentes de protesta que se producían en Túnez contra una dictadura autista. Silencio en Estrasburgo, murmullos inaudibles en las cancillerías. El autócrata Ben Alí era un socio privilegiado de Francia y otros países europeos, aunque la embajada estadounidense enviaba cables de alarma al departamento de Estado en 2009, revelados por Wikileaks, en los que advertía: “El presidente Ben Alí está envejecido, su régimen es esclerótico y no existe un claro sucesor.” Buen diagnóstico, pero ningún remedio.

Algunos tunecinos recurren a la diatriba de reminiscencias anticoloniales, como Sihem Bensedrin, periodista y portavoz del Consejo Nacional para las Libertades en Túnez (CNLT), que declaró a la prensa: “La Unión Europea es directamente responsable de lo que pasa en África del Norte. La UE se mostró sorda y ciega ante todas las informaciones procedentes de Túnez. No hay ningún milagro en Túnez, ni económico, ni social, ni de ninguna otra clase.” Si los europeos son culpables, ¿qué responsabilidad tienen los magrebíes?

Lo ocurrido era previsible, si hemos de creer a la prensa francesa, pero Sarkozy y sus predecesores prefirieron seguir abrazados al dictador hasta pocos minutos antes de declararlo persona non grata cuando estaba huido. Era notorio que el autócrata tunecino y el clan de su familia, con procedimientos mafiosos, se habían adueñado de gran parte de la economía del país –bancos, inmobiliarias, empresas de turismo– y habían robado del común sin el menor escrúpulo con el pretexto de un desarrollismo de cortos vuelos. Como denuncia a posteriori Le Monde en su editorial: “La Francia oficial, de François Mitterrand a Nicolas Sarkozy, pasando por Jacques Chirac, no quería escuchar, y en nombre de una realpolitik muy poco realista, París multiplicó las complacencias hacia Ben Alí.”

Cuando la crisis de subsistencias se añadió a la sofocante represión se produjeron el estallido, la afrenta callejera y la brusca caída desde la cúspide del poder. Y ahora, el vacío político, la incógnita castrense y la imprevisión diplomática dibujan un panorama inquietante. El establishment y el aparato represivo de la dictadura siguen intactos, pero el incidente sucesorio anuncia que las tensiones y las luchas intestinas pueden estallar con la misma virulencia que la revuelta popular.

El primer ministro, Mohamed Ganuchi,  protegido de Ben Alí, anunció por la televisión estatal, el 14 de enero por la noche, que el presidente había puesto pies en polvorosa y que él asumía el poder como jefe de Estado interino. A la mañana siguiente, el mismo personaje rectificó y transfirió la púrpura al presidente del Parlamento, Fuad Mebaza, otro paniaguado de la dictadura, para respetar lo establecido por la Constitución. Se supone que los militares tuvieron algo que ver entre bastidores con la rectificación, pero no es seguro.

La revuelta fue acéfala, sin injerencia exterior aparente, y no existe dentro ni fuera del país un líder conocido capaz de arrastrar a las masas en esta incipiente primavera política. Los partidos políticos tolerados son más proyectos que realidades, de manera que la situación está muy abierta en un país que quizá tiene la estructura social –clase media y laicismo teórico—más favorable para abrir un esperanzador proceso de transición hacia la democracia. Por sus índices educativos y económicos, Túnez está en cabeza de los países árabes, pero lo único seguro es que los jefes islamistas del grupo Ennahda (Resurrección), exiliados en los años 90, regresarán prestos para la agitación y el combate.

El ejército tunecino es menos numeroso que los de otros países de la región y hasta ahora no manifestó tentaciones pretorianas, pero su protagonismo puede ser decisorio para conducir a buen puerto cualquier proceso de apertura y elecciones libres. O para hacerlo descarrilar. Del general Rachid Amar, comandante en jefe, sólo se rumorea en los diarios árabes de internet que se negó a disparar contra los revoltosos, sellando la caída de la cabeza visible del régimen.

La vida política de Túnez estaba dominada por un partido que se confunde con el Estado, llamado sarcásticamente Agrupación Constitucional Democrática (Rassemblement Constitutionnel Démocratique), nombre adoptado por el Partido Socialista Desturiano, heredero, a su vez, del viejo partido Destur y Neo-Destur (Constitución) con el que Habib Burguiba destronó al bey, proclamó la república y logró la independencia del país en 1957.

De tendencia socialdemócrata e inspiración laica, el partido fundacional  de Túnez formó parte del nacionalismo árabe socializante que alcanzó su máxima resonancia en la época de Gamal Abdel Naser en Egipto (1953-1970), pero que degeneró hasta convertirse en una mera estructura de poder gangrenada por la corrupción. El fracaso de ese nacionalismo laico, neutralista y tercermundista, tan denostado en los países occidentales en la época de la guerra fría, forma parte de la explicación para comprender el vacío ideológico sobrevenido y el ascenso del islamismo más radical en toda la región.

La situación está abierta en todo el mundo árabe-musulmán, ya que Ben Alí es el primer dictador árabe arrastrado por una revuelta callejera. “¿Será Túnez la primera ficha del dominó en caer?”, se pregunta en su web la cadena internacional de televisión Al Jazeera. Frente a problemas similares de estancamiento económico y glaciación política, la agitación es perceptible en Argelia, Jordania y, sobre todo, en Egipto, donde el presidente Hosni Mubarak es el decano indiscutible de los autócratas. Los jóvenes egipcios intercambiaron mensajes telefónicos en los que podía leerse: “Mubarak, Mubarak, el avión te espera”, en alusión a la fuga de su homólogo tunecino.

Las primaveras políticas en el mundo árabe suelen ser efímeras, muy pronto secuestradas por el conformismo o una nueva dictadura, a veces más cruel que la derribada; pero no cabe descartar que la democracia sea un señuelo atractivo para esas masas norteafricanas tan en contacto con los productos y las ideas que son moneda frecuente y hasta práctica diaria entre sus compatriotas establecidos en Europa occidental. Y la teoría del contagio forma parte de las visiones más optimistas.

La revuelta de Túnez refuta las hipótesis más pesimistas sobre el inmovilismo congénito, aunque es cierto que estuvo mucho más motivada por la carestía de la vida, por el aumento incesante de los precios y del paro, que por las ansias de libertad. Ambas causas, sin embargo, suelen formar una coalición invencible frente a las dictaduras desbordadas por la crisis internacional, degradadas por la avaricia ciega de la casta gobernante, convertida en una cleptocracia, que perdieron la legitimidad derivada de su capacidad para satisfacer las necesidades más elementales de la población.

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Responses

  1. Lo interesante de la revuelta tunecina es la escasa influencia en ella de los grupos del islamismo radical, ecusa alegada por occidente, lease en este caso concreto Francia y los EEUU, para apoyar el régimen de Ben Ali.El pueblo cansado de ignominias, desempleo y promesas incumpldas ha decidido asumir su propio destino e intentar buscar el camino de algo mejor, más democrático y libre. Creo que es el momento
    para apoyar ese sentir ya que de su triunfo depende el futuro pacifico y libre de gran parte de los países árabes.


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