Posteado por: M | 21 enero 2011

Entre EE UU y China, el fantasma de la guerra fría

Con pompa y circunstancias sin precedentes, el secretario general del partido comunista (PCCh) y presidente de la República Popular de China, Hu Jintao, fue recibido en la Casa Blanca el 19 de enero para una visita de Estado que puso de relieve tanto la rivalidad creciente como la necesidad de entendimiento entre la primera potencia mundial y la que le pisa los talones. De las relaciones entre los dos colosos dependen en gran medida la paz y la prosperidad del mundo, pero la disparidad de los regímenes políticos, la competición geopolítica en el Pacífico y la experiencia histórica de la guerra fría cuando dos potencias aspiran a la hegemonía aconsejan un pronóstico cauteloso para una nueva época que se anuncia conflictiva.

La estancia del presidente Hu en EE UU ha sido comparada a la de Deng Xiaoping en enero de 1979, hace 32 años, cuando China trataba de enterrar el maoísmo, liquidando los vestigios de la delirante y sangrienta revolución cultural, y pugnaba por abrirse al mundo con un plan acelerado de reformas que incluía una paladina incitación al enriquecimiento. Hu Jintao, que carece de la autoridad y la experiencia revolucionaria de Deng, es el representante de una abultada oligarquía nacionalista, la nueva clase enriquecida por un desarrollo asombroso, y la cabeza visible de una dirección colectiva y burocrática cuya gestión expira en 2012. Sus palabras y sus gestos deben interpretarse teniendo en cuenta esas limitaciones personal y temporal.

Deng Xiaoping arribó a Washington con un doble objetivo poco aireado públicamente: reafirmar la voluntad de reformas para superar el estancamiento socialista y hacer frente al expansionismo soviético mediante un acuerdo con EE UU. El cisma chino-soviético actuó como acelerador de la apertura, por lo que el entendimiento fue relativamente fácil con la Administración del presidente Jimmy Carter, concretado en el intercambio de embajadores y un aumento de los flujos comerciales. Hu busca el reconocimiento de China como número dos del mundo capaz de disputar la primacía al número uno en franco declive.

La situación ha cambiado radicalmente, y no sólo por la desaparición de la URSS. En los últimos 30 años, y a pesar de la sangrienta represión de Tiananmen en junio de 1989, a través de un capitalismo sin complejos y un sistema dual –relativa libertad económica, pero preservando la autoridad omnímoda del PCCh y el despotismo político–, China avanzó de manera imparable hasta convertirse en “la fábrica del mundo”.  Es mucho más rica y más influyente, pero mantiene la autocracia puntillosa y la represión implacable. Si el nacionalismo de gran potencia desplazó al comunismo, la confrontación ideológica se esfuma ante la rivalidad geoestratégica.

El presidente Hu Jintao, de la tercera generación de líderes desde la fundación de la República Popular en 1949, ya no exhibe la modestia calculada de Deng Xiaoping, pequeño timonel de un país convaleciente de los tumultos de la revolución cultural y las purgas, sino que reclama el estatuto paritario de gran potencia global y se permite exigir a Obama que restablezca el orden fiscal para proteger la inversión del Banco de China en la compra masiva de deuda norteamericana. Como Beijing es el máximo acreedor y atesora casi un billón de dólares, “nadie quiere problemas con su banquero”, según la muy pragmática Hillary Clinton.

China dispone del ejército más numeroso del mundo, con un millón de hombres en armas. Sus capacidades militares experimentan una expansión fulgurante y sus aspiraciones geopolíticas inquietan tanto a EE UU como a sus aliados asiáticos, Japón y Corea del Sur en primer lugar, desatando fuertes tensiones en Asia, además de las periódicas escaramuzas en torno a Taiwán y en el mar de China meridional. Los misiles de medio alcance DF-21D, un avión de caza capaz de eludir los radares y el despliegue de un portaaviones son las novedades de la panoplia armamentística y comportan un nuevo reto para la supremacía marítima estadounidense en el Pacífico occidental.

Los éxitos económicos de China son espectaculares, aunque sombríamente emparentados con la supuesta eficacia de la dictadura comunista y el Estado planificador como factores de cohesión de un inmenso país fracturado entre el dinamismo de la costa y el atraso del interior, al borde del estallido social, bajo el signo del éxodo permanente y con millones de personas al margen de los beneficios sociales, pese al aumento considerable de la clase media.

El producto interior bruto superó al de Japón en 2009, lo que confirmó la segunda plaza de China en el escalafón de las economías del mundo, y en 2010 desbancó a Alemania como líder de las exportaciones, se consolidó como el mayor inversor en el Tercer Mundo, el más avaricioso consumidor de energía y materias primas, así como el primer emisor de gases tóxicos a la atmósfera. La última hazaña radica en negociar con la deuda soberana europea para atacar la posición del dólar como moneda de reserva universal, que en Beijing tildan de anacronismo insostenible.

Aunque la economía china es aún un tercio de la norteamericana, las últimas estadísticas confirman que el crecimiento en 2010 alcanzó un fabuloso 10,3 %  (3,3 % de inflación) y que las diferencias seguirán acortándose. El comercio bilateral supera los 300.000 millones de dólares.

Los derechos humanos, en el candelero

Los motivos de discordia y competición hostil son numerosos, empezando por el del escaso respeto que China manifiesta hacia los derechos humanos, tema estrella, vidrioso e insólito en la conferencia de prensa conjunta de los presidentes Obama y Hu tras haberse entrevistado en la Casa Blanca, el 19 de enero. Hasta ahora, las autoridades chinas, en sus contactos con Occidente, habían eludido una comparecencia conjunta en la que sus líderes máximos pudieran ser preguntados directamente y en público por la situación de las libertades.

Durante la preparación diplomática de la cumbre, probablemente los chinos fueron advertidos por sus anfitriones de que la pregunta embarazosa podría producirse en cualquier momento, y aceptaron el envite, quizá con el prurito de demostrar al mundo, desde la rutilante plataforma de la Casa Blanca, que pueden codearse con la otra superpotencia sin ninguna precaución. Beijing paga así un precio modesto para asegurarse el éxito de su ofensiva de relaciones públicas que culmina con la visita de Estado y la triunfal recepción.

Cuando llegó el momento de la verdad, no se sabe muy bien si el sistema de traducción falló o si Hu trató de obviar el asunto. En cualquier caso, el periodista reiteró la pregunta y el líder comunista leyó unas notas que llevaba preparadas. Traducidas del chino al inglés y de éste al español, sus palabras fueron: “China es un país en desarrollo con una enorme población, y también un país en desarrollo en un estadio crucial de reforma. En ese contexto, China aún se enfrenta con muchos retos en su desarrollo económico y social y aún le queda mucho por hacer en materia de derechos humanos.” Una declaración que produce una doble impresión: entre la cautela diplomática y la tomadura de pelo inaceptable.

Lo curioso del caso es que mientras el líder chino reconoció ante los periodistas que la situación era manifiestamente mejorable, vinculando los derechos humanos a los esfuerzos que ser prodigan para liberar a las gentes de la pobreza, su anfitrión de mostró extrañamente complaciente y aseveró que el comportamiento liberticida “no impedirá la cooperación  en otras áreas”, a pesar de que algunos dirigentes del Partido Demócrata habían tildado de dictador al huésped chino e incluso se habían negado a asistir a la cena de gala en la Casa Blanca. Cabe suponer que la actitud meliflua y conciliadora de Obama fue pactada como contrapartida para que Hu aceptara una pregunta incómoda.

Esa desenvoltura o indiferencia de Obama, minimizando el problema cuando el último Nobel de la Paz, Liu Xiaobo, permanece en prisión, le valió la crítica severa de los medios sensibles a la represión de la disidencia. El Washington Post llegó a sentenciar en un duro editorial que “el fracaso de Obama [para mostrarse más incisivo] le hizo aparecer más tolerante con la dictadura que el mismo presidente de China”. El respeto de los derechos humanos retrocede y el suplicio de los intelectuales se encona, pero la Casa Blanca sacrifica su defensa, aunque fuera retórica, en aras de un acomodo efímero. Pragmatismo en estado puro y nada nuevo bajo el sol, porque la promoción de la democracia nunca estuvo en el orden del día de la Administración demócrata.

El fracaso de Obama es tanto más hiriente si se tiene en cuenta que en 1997 el entonces secretario general del PCCh Jiang Zemin, después de visitar Washington, puso en libertad a Wei Jingsheng, un célebre disidente, premio Sajarov, aunque fue obligado a exiliarse. Muchos analistas se han sentido defraudados por la aparente negativa de Beijing a liberar a Liu Xiaobo, flamante premio Nobel de la Paz, que sigue en la cárcel, aunque quizá la medida de gracia se produzca después del viaje de Hu si no se exacerban las tensiones en una burocracia que prepara febrilmente el congreso del PCCh y los cambios en la dirección en 2012.

No obstante, en el semanario conservador Weekly Standard dedican a Obama un comentario poco amable: “La determinación del presidente de evitar la utilización del peso y prestigio de su cargo para apoyar a los oponentes democráticos de los regímenes autoritarios en China, Irán, Bielorrusia y otros lugares está rápidamente convirtiéndose en una marca de su administración.”

Querellas económico-comerciales

En cuanto a la intendencia, las querellas económico-comerciales son recurrentes, pues Washington reprocha a Beijing que mantenga artificialmente bajo el valor de su divisa (el yuan) para primar sus exportaciones. Ahora bien, a la inversa, las importaciones chinas de productos norteamericanos, especialmente en el campo tecnológico, alcanzan unos niveles de vértigo que permiten mantener casi medio millón de puestos de trabajo en EE UU. China es, además, el primer comprador mundial de la deuda estadounidense.

Junto a la cuestión monetaria, Washington insiste en que deben cesar “las prácticas que vulneran los acuerdos internacionales”, como el robo descarado de la propiedad intelectual o la copia sistemática de patentes y marcas tecnológicas, y que China debería enfriar su economía y mejorar su demanda interior para mitigar la fiebre exportadora. El problema de los desequilibrios comerciales está sometido a revisión y ponderación porque, con mucha frecuencia, China no hace sino manufacturar en cadena los componentes fabricados en EE UU y otros países industriales.

Las discrepancias son insuperables en los espinosos temas del Tíbet y Xinjiang. Ante las presiones occidentales para que conceda libertad a los tibetanos y los uigures, Beijing replica airadamente que el trato que reciben sus minorías étnicas es “un problema interior”. Taiwán, parte integrante de China según la doctrina diplomática aceptada por EE UU y la ONU, pervive como “el portaaviones insumergible” protegido por  el poder naval y aéreo norteamericano, utilizado para bloquear o contener la expansión china en el Pacífico occidental. Washington se queja también de que Beijing no presiona como sería deseable a Corea del Norte para que ésta renuncie al desarrollo de su programa de armas nucleares.

Según el sondeo anual efectuado por el centro de investigación Pew, el 47 % de los norteamericanos cree que China es “la primera potencia económica del mundo”, mientras que sólo el 31 % considera que EE UU mantienen su ventaja. El error fáctico de los encuestados, en todo caso, transmite un estado de espíritu en sintonía con los numerosos estudios y lucubraciones de las élites norteamericanas sobre un supuesto declive de su país. Las manidas fantasías sobre la excepcionalidad de EE UU y su irremediable decadencia recibieron un nuevo impulso con la visita del presidente chino, heredero cultural y confuciano del Imperio del Medio. La idea de China como banquero y prestamista del imperio estadounidense estremece al establishment de Washington.

Entre la cooperación y la rivalidad

En su discurso sobre el estado de la Unión, en 2010, el presidente Obama aseguró que no aceptaría “una segunda plaza para Estados Unidos”, luego de citar por dos veces a China. ¿Qué quiso decir y hasta dónde está dispuesto a llegar para evitar el improbable desplazamiento? ¿Acaso se trató de una mera finta retórica para calmar las aprensiones de una opinión pública que contempla con estupor y aprensión el ascenso irresistible del gigante amarillo en la escena internacional?

Aunque es poco probable que se repita, la historia más reciente enseña que dos grandes potencias ideológica y geopolíticamente enfrentadas, pero conscientes de las trágicas e insoportables consecuencias de una conflagración nuclear, disputan una guerra fría que las coloca al borde del abismo o se hacen la guerra caliente por países interpuestos, hasta que encuentra un acomodo que adquiere la forma de la coexistencia pacífica. La teoría de la amenaza china, incluso de la conjunción islámico-confuciana, como explicó el profesor Samuel S. Huntington sobre el choque de civilizaciones, sigue pesando sobre las élites norteamericanas.

Dos tenores de la política exterior, Henry Kissinger y Zbigniew Brzezinski, éste consejero de Seguridad Nacional con Carter, salieron a la palestra para advertir de los peligros de una guerra fría con China y proclamar que el conflicto no es inevitable. “En la relación chino-norteamericana, la realidad primordial consiste en que ningún país dominará por completo al otro y que el conflicto entre ellos dejaría exhaustas a sus sociedades”, escribe Kissinger. Su propuesta consiste en organizar una comunidad del Pacífico que evite la formación de bloques. No hay que repetir con China la experiencia que se vivió con la URSS antes y después de la muerte de Stalin.

No obstante, esos dos gurús reconocen que los gobiernos respectivos deben enfrentarse a la opinión más extendida entre las élites, más proclive a poner el énfasis en los motivos del conflicto que en las poderosas razones para la cooperación. ¿Cómo desarmar a un nacionalismo con tintes imperiales? Queda mucho camino por recorrer para que los intercambios y la colaboración acaben por dominar los riesgos en aquellas regiones del mundo en las que existe un choque o confluencia de intereses, sobre todo, en el Pacífico.

El modesto y casi anodino comunicado que puso fin a la visita de Hu dejó bien sentado que las relaciones entre las dos superpotencias no van a mejorar como por ensalmo.  La cumbre de todas las cumbres deslumbró más por la liturgia que por el contenido. Persiste el desacuerdo sobre los derechos humanos, cuestión en que la parte china se mostró inflexible, y ningún cambio sustancial cabe esperar con relación a Corea del Norte o Irán. El debate sobre la divisa china y la balanza comercial desembocó en un callejón sin salida.

Las grandes preguntas siguen sin respuesta, quizá a la espera de que una nueva generación tome el poder en Beijing. No sabemos si EE UU tratará de obstaculizar el avance de China o si ambos países mantendrán el statu quo o se decidirán por cooperar sin reservas. O si EE UU encabezará una nueva revolución tecnológica que dinamice su economía para superar la paranoia que le aflige, la crisis que reduce sus expectativas  y la sospecha de decadencia que consume sus energías morales.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

Categorías

A %d blogueros les gusta esto: