Posteado por: M | 1 febrero 2011

El cambio en Egipto, el mundo árabe y la democracia

Primero fue la caída del régimen en Túnez, luego los acontecimientos de Egipto y las protestas menos apremiantes pero significativas en otros países árabes, desde Argelia a Jordania. En menos de una semana, el presidente egipcio y su régimen, principal aliado de EE UU y ejemplo de aparente estabilidad, fueron colocados por las manifestaciones supuestamente espontáneas en una situación extrema: entre el abismo de una revuelta popular acéfala (los más impacientes hablan de revolución), sin plan ni dirección conocidos, y el poder expectante y dubitativo del ejército más poderoso del mundo árabe. Ahora que el cambio en Egipto parece inevitable, aunque falta por saber la forma que adoptará, los comentarios y las cábalas son innumerables, cargados de retórica y de comparaciones insólitas, a veces tan caóticos como las imágenes y exabruptos callejeros. ¿Acaso la democracia puede abrirse paso en el cerrado, atrasado y oprimido mundo árabe-musulmán?

Hasta ahora, la mayoría de los análisis en Occidente giraban en torno a la llamada “excepción del mundo árabe”, que parecía insensible a los vientos de libertad, aherrojado al mismo tiempo por el rigor religioso y la opresión política. “¿Están condenados por la historia o la cultura esos millones de hombres, mujeres y niños a vivir bajo el despotismo?”, se preguntaba el presidente George Bush en noviembre de 2003, como si pretendiera justificar la ocupación de Iraq que ya se encaminaba hacia el desastre.

El proceso de liberalización mundial que comenzó hacia 1985 con la llegada de Gorbachov al poder soviético, acelerado por el derrumbe del muro de Berlín (1989) y la desintegración de la URSS (1991), y que repercutió en todos los continentes, se detuvo abruptamente a las puertas del abigarrado y misterioso mundo árabe, donde se afianzaba, por el contrario, una nueva forma de fanatismo religioso que aterrorizó a todo el mundo luego del apocalipsis de los atentados del 11 de septiembre de 2001 en Nueva York y el Pentágono.

Protegidos desde Occidente como antídoto o mal menor de la toma del poder por los islamistas –el abusivo dilema, por su extrapolación en situaciones muy diversas, de autocracia o islamismo–, los regímenes dictatoriales árabes, militares y policíacos, o petromonarquías, gozaron hasta ahora de una longevidad sin precedentes. Nosotros o el caos, nosotros o los islamistas, repetían los dictadores ante sus interlocutores y protectores occidentales cuando éstos se permitían aconsejarles que respetaran los derechos humanos. Reprimen a los islamistas, pero asfixian también a los que no lo son. El corolario de esa tesitura pesimista es la prolongación indefinida de la autocracia.

El derrocado Ben Alí se hizo con la presidencia de Túnez en 1987; Mubarak lleva 30 años como rais de Egipto; el presidente del Yemen, Alí Abdalá Saleh, asumió el poder en 1978; Hafez el Asad se proclamó presidente de Siria en 1970 y fue sucedido por su hijo Bachar en 2000; Sadam Husein se mantuvo en el poder  desde 1979 hasta la invasión anglo-norteamericana de 2003; el coronel Gadafi dio un golpe de Estado militar en Libia y proclamó la república en 1969, hace más de 40 años. Las monarquías de Marruecos, Jordania y los países del Golfo prácticamente mantienen la línea sucesoria desde su fundación.

Romper con la maldición

Una maldición parecía planear sobre el mundo árabe: la maldición de la autocracia y la arbitrariedad, la ausencia de libertades, la policía omnipresente, los derechos pisoteados, la corrupción del poder, las elecciones falsificadas y la demora en el desarrollo. La religión persiste como un factor unificador e indiscutible. En unos países, prevalece una estrecha alianza pública o soterrada del poder político y la mezquita, y en otros, la amenaza real y como única alternativa de unos grupos islamistas cuyos programas se resumen en la imposición de la sharia, la ley coránica como panacea, y que son capaces de ganar las elecciones, como ocurrió en Argelia, en el umbral de la guerra civil.

No obstante, lo ocurrido en Túnez y lo que sucede en Egipto sugieren que la supuesta excepción árabe, cuya manifestación más elocuente es el subdesarrollo político, la incuria burocrática y el desastre económico, quizá es un interesado estereotipo que millones de personas ponen en tela de juicio, aunque de manera harto desorganizada, en las calles de Túnez, El Cairo, Amman o Sanaa. El pueblo o al menos una parte importante de la población urbana se ha echado a la calle para romper con la pasividad y el fatalismo, para demostrar en Occidente que la estabilidad de los regímenes autocráticos es tan opresiva como ilusoria.

Nadie debe pensar que tras el tumulto surgirá la democracia como un logro prodigioso. La transición por la que abogan en Washington y Bruselas, tras muchas vacilaciones y remordimientos, nace de un voluntarismo forzado por los acontecimientos, por el deseo de evitar una carnicería, pero no es un pronóstico de fácil cumplimiento. Mubarak (82 años y enfermo) se encamina inexorablemente hacia el final de su carrera, pero no sabemos quién será el sucesor. La prensa occidental aplaudió a rabiar la caída del sah en 1979, pero no acertó a vaticinar la tiranía teocrática que se estaba incubando.

Las causas inmediatas y materiales de las revueltas son fácilmente discernibles y comunes a todos los países: una población muy joven azotada por el desempleo, la pobreza indignante de la mayoría, la clase media proletarizada, el enriquecimiento de unos pocos, el estancamiento económico, las perspectivas sombrías, la corrupción, la brutalidad de la policía, el aumento súbito del precio de los alimentos. Todas las plagas de Egipto. Lo de Túnez comenzó como una endémica revuelta de subsistencias tras el suicidio de un desesperado. Y por último, pero no lo menos importante, el abismo entre los resortes de la dictadura y la agitación de la calle, la ausencia de grupos o partidos políticos capaces de hacer de intermediarios e interlocutores del poder y que no pertenezcan a la nebulosa del islamismo. Un terreno abonado para cualquier aventura demagógica.

Varias novedades se detectan en las movilizaciones que se producen en el mundo árabe, donde los tumultos, hasta ahora, tuvieron el denominador común de los ataques, sucesivamente, contra el imperialismo inglés o francés, contra EE UU e Israel, o a favor de la causa palestina. Han cambiado los destinatarios de la cólera popular. Los manifestantes de Túnez o El Cairo se mueven ahora por motivos estrictamente internos, exigen pan y libertad, pero emplean masivamente las nuevas tecnologías de la información a través de internet (Facebook, Youtube y Twitter) o una cadena de televisión qatarí de alcance universal (Al Jazzeera). “Una revolución árabe alimentada por los métodos de Occidente”, como subraya un diario israelí.

El riesgo de los islamistas

El riesgo de que los islamistas se hagan con el poder, en el caso de unas elecciones honradas, no es una añagaza de Estados Unidos y de Occidente en general para mantener su respaldo de regímenes claramente dictatoriales cuando no tiránicos y anacrónicos. El temor ha degenerado en un pretexto, pero los islamistas están ahí, a la espera, tolerados o en la clandestinidad, con un programa integrista, violentamente antioccidental y antisionista. Los Hermanos Musulmanes forman el grupo más numerosos y mejor organizado.

Ya sabemos lo que ocurrió en Argelia cuando el Frente Islámico de Salvación  (FIS), que agrupaba a los diferentes sectores del integrismo, ganó primero las elecciones municipales y luego las generales de diciembre de 1991, lo que provocó un golpe de Estado militar, la anulación del proceso democrático y el estallido de una guerra civil entre los pretorianos del FLN y los islamistas que causó más de 100.000 muertos. Los militares siguen en el poder, con el presidente Buteflika como figura decorativa, y los islamistas, en la clandestinidad, muchos de ellos en la filas de Al Qaeda en el Magreb.

El papel desempeñado por los integristas en Túnez y Egipto, desde los recovecos más profundos de unas sociedades poco o nada secularizadas, dista mucho de estar claro y no disponemos de instrumentos para medir su verdadera fortaleza. Tampoco debe generalizarse, pues el mundo árabe es bastante más heterogéneo de lo que suele pensarse en función de las apariencias, y no sólo por la coexistencia de minorías multimillonarias con las masas desheredadas, por más que aparezca fuertemente uniformado por las diversas manifestaciones del islam y las prédicas desde los minaretes dotados de altavoces.

Túnez es probablemente el país más secularizado y los islamistas tunecinos sufrieron una represión implacable y constante que no les permitió organizarse. Pero ya se ha visto el multitudinario recibimiento del líder islamista Rachid Ganuchi, que estaba exiliado en Londres desde hace más de 20 años. La situación es distinta en Egipto, donde los Hermanos Musulmanes forman un movimiento de fuerte arraigo, fundado en 1928, que sobrevivió a todos los avatares del país y se expandió por el mundo árabe para ocupar el vacío dejado por las sucesivas derrotas y fracasos del nacionalismo laico, militar y anticolonialista, el panarabismo socializante y neutralista predicado por Naser en medio de los rigores de la guerra fría.

Durante los últimos años del régimen de Mubarak, los Hermanos Musulmanes fueron tolerados por el poder e incluso estuvieron representados en la Asamblea Nacional, elegidos como independientes, mientras la represión más violenta del régimen militar se abatía sobre los grupos liberales o izquierdistas de inspiración laica que hablan o redactan carteles en inglés, escriben o se expresan en la prensa occidental, o viven en París o Londres, pero carecen de raíces y seguidores en la sociedad.

El funcionario de la ONU que fue Mohamed el Baradei, premio Nobel de la Paz, les representa en las calles de El Cairo, pero quizá, como señala George Friedman en Stratfor, es un émulo de Gorbachov, tan estimado por los occidentales como detestado por los rusos, que será rápidamente desbordado por los mismos que ahora lo ponen en las candilejas. Como es notorio, los gobiernos supuestamente de unidad nacional acaban en alguna forma de termidor, de nueva dictadura militar o religiosa.

Esa tolerancia del régimen de Mubarak explica quizá la ambigüedad táctica de los islamistas, que deliberadamente adoptaron un perfil bajo cuando estallaron las protestas y éstas se centraron en exigir el abandono del presidente. Si el ejército es la columna vertebral del régimen desde la revolución de los Oficiales Libres en 1952 que proclamó la república (Naser, Sadat y Mubarak proceden de sus filas), los Hermanos Musulmanes forman una especie de contrapoder que se mueve en la sombra y dispone de una muy eficaz red de asistencia social.

Los Hermanos Musulmanes cuentan además con la colaboración o el apoyo de otros grupos más radicales y vociferantes como el Gama´at Islamiya y la Yihad Islámica Egipcia, a los que se atribuyen los atentados terroristas, el asesinato del presidente Anuar el Sadat en 1981 y el fallido atentado contra Mubarak en Addis Abeba en 1995. También mantienen estrechas relaciones con Hamás, el grupo integrista palestino que gobierna Gaza después de haberse hecho con el poder mediante la violencia, y ejercen algún tipo de influencia sobre los más jóvenes oficiales del ejército.

La orientación y el poder electoral o fáctico de los Hermanos Musulmanes son un arcano y una pesadilla para los servicios secretos israelíes y norteamericanos, una vez más fracasados en su previsión de los acontecimientos. La supuesta moderación de los islamistas egipcios, según la visión apaciguadora de algunos sectores de la izquierda europea, está por demostrar. Se trata de un movimiento muy conservador, reaccionario y profético, y la prédica inflamada de guerra santa (yihad) de Sayyid Kutb, uno de sus fundadores, goza de un gran predicamento en las mezquitas.

Un seísmo geopolítico

La agitación callejera suele inducir a confusión, porque no sabemos muy bien quiénes son los que gritan, exhiben carteles contra Mubarak y hablan en inglés por las televisiones occidentales reclamando libertad y elecciones, en un país con 85 millones de habitantes, políticamente invertebrado y culturalmente en la inopia. La extensión y profundidad de la revuelta popular resulta muy difícil de calibrar. Baste recordar que la sublevación popular en Irán por las elecciones fraudulentas de junio de 2009, que tenía sus líderes conocidos, provocó una acogida muy favorable en los medios occidentales, pero su desenlace favoreció al régimen teocrático y a su mandatario, el presidente Mahmud Ahmadineyad.

El colapso del régimen egipcio tendría el efecto de un terremoto geopolítico en el Oriente Próximo. Toda la política exterior de EE UU e Israel durante los últimos 30 años estuvo fundada en la amistad, la alianza y la subvención generosa con los presidentes Sadat y Mubarak. Los cambios en El Cairo, salvo que el ejército siga manteniendo las riendas del poder y los compromisos internacionales, forzarían un cambio en la estrategia de las Fuerzas Armadas israelíes e incluso en su economía. Sería el acontecimiento más importante en la convulsa región desde el derrocamiento del sah de Irán en 1979.

Desde la proclamación de la República en 1952, las Fuerzas Armadas egipcias, bien pertrechadas con la ayuda de Washington, mantuvieron la estabilidad del sistema en sus peores momentos, en las derrotas y la paz. Una de las consecuencias inmediatas de las protestas es la toma directa del poder por los uniformados, pero no sabemos hasta cuándo mantendrán a Mubarak teóricamente en el poder, si las presiones arrecian, y si podrán preservar su unidad en medio del caos y las tensiones innumerables e incoercibles que se agitan detrás de los manifestantes. No puede descartarse un golpe militar que rompa la aparente confraternización y complique el nacimiento de un nuevo régimen. Los jefes de los Oficiales Libres de 1952 eran jóvenes coroneles que se sublevaron contra la jerarquía establecida.

Jimmy Carter fue el promotor de los acuerdos de Camp David de 1978 que sellaron la paz entre Israel y Egipto y generaron estabilidad en la región, pero pasó a la historia, sobre todo, como “el presidente que perdió Irán”, lo que sin duda frustró su reelección en 1980. Luego de haber solicitado de forma vacilante cambios en Egipto, pero manteniendo a Mubarak, Obama corre el riesgo de cargar con el oprobio de aparecer como el presidente que perdió Egipto. Ese es el debate que actualmente se libra en Washington y del que me ocuparé en un próximo artículo.

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Responses

  1. Un buen análisis que parte del “sorprendente” despertar de un Mundo Arábe que los expertos occidentales creian condenado a vivir eternamente bajo los caprichos arbitrtarios del dictador de turno y presenciar, desde lejos, la evolución democrática en otros lugares del planeta.
    Con el cuento, ya clásico, de o nosotros o el terrorismo integrista, Occidente, con los EEUU a la cabeza no han dudado en ningún momento apoyar la tirania practicada ya sea por Ben Alí en Tunez, Mubarak en Egipto, la familia Saud en Arabia o otrora al sanguinariko Saddan Husein. Lo peor de todo, y de ahí la sorpresa, es que creiamos haber comprado todos los números del sorteo con lo que las ganancias estaban aseguradas. Nunca se pensó, si no es relacionándolo con el terrorismo, en el pueblo, un pueblo que reune un cómputo de victimas, ya sean causadas por el integrismo islámico o por los caprichos de sus dirigentes, muy superior al de muchas Torres Gemelas.
    Creo que va siendo hora de abrir los ojos y considerar que lo que no queremos para nosotros no es tampoco válido para los demás y, sobretodo, los dictadores no
    se producen por la voluntad de los pueblos y si por intereses mezquinos disfrazados en términos como estabilidad y balance tras los que se esconde, como es en este caso, un suministro energético seguro y a buen precio.

  2. magnifico tu analisis sobre la situación en Egipto y demas paises cercanos,creo y me preocupa, que la “invasión” islamista es irremediable y nos traera a los paises occidentales muchisimas preocupaciones. Los gobiernos y el nuestro en particular, están dando todas clases de facilidades.


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