Posteado por: M | 3 febrero 2011

Debate en EE UU sobre la política árabe

El final poco glorioso del presidente Hosni Mubarak, forzado por las multitudes y los militares a abrir un incierto período de transición, reabre el debate en Washington sobre la influencia que EE UU puede o debe ejercer sobre los regímenes políticos, su orientación y sus dirigentes, especialmente en el mundo árabe. Aunque demócratas y republicanos han formado un coro casi unánime en torno a la Casa Blanca, conscientes del atolladero y el alcance de los intereses en juego, las revueltas de Túnez y Egipto reavivan los rescoldos de la controversia entre los idealistas y/o neoconservadores que arroparon a George Bush, adeptos de la promoción de la democracia, y los pragmáticos que integran la corte intelectual de Obama, postulantes de una diplomacia menos ideológica y abogados del compromiso (diálogo) y la negociación con el enemigo.

Abrió fuego el combativo Elliot Abrams, neoconservador notorio, subsecretario con Ronald Reagan y consejero de Seguridad Nacional de Bush, que en las páginas del New York Times publicó un breve y resonante comentario titulado “Less engagement, more Democracy” (Menos compromiso, más democracia), en el que, tras lamentar que Obama hubiera abandonado la “freedom agenda” (programa para la libertad) de su predecesor, aseguraba que la revuelta de Túnez había destruido “dos años de esfuerzos de Washington por practicar una política de diálogo con regímenes hostiles y represivos”, desde Irán a China, pasando por Egipto y Arabia Saudí. La revuelta de El Cairo reforzó su argumentación y enconó la disputa.

El mismo periódico, ferviente cancerbero del presidente Obama, salió en defensa de éste en un editorial y ensalzó una vez más su comportamiento por haber rechazado y vituperado la “agenda democrática de su predecesor, construida en torno a la intervención militar y la retórica huera”, ensayada con resultados desastrosos en Iraq, si bien se abstuvo de propugnar algún cambio significativo o global en la política exterior, ni exigió la dimisión de Mubarak hasta que la situación en El Cairo se hizo insostenible después de la visita relámpago de un emisario de la Casa Blanca.

Tanto EE UU como Europa mostraron signos de vacilación y malestar al ver acorralado al presidente tunecino Ben Alí, quizá porque el partido de éste forma parte de la Internacional Socialista, Túnez disfruta de un acuerdo preferencial con la Unión Europea (UE) y el dictador estaba considerado como un valladar inexpugnable contra el ascenso aparentemente irresistible del islamismo en el norte de África. Y en Washington y Bruselas no cambiaron de onda y cautela hasta que el ejército inclinó la balanza del lado de la calle y forzó la huida del presidente y su acaudalada familia.

La diplomacia de EE UU arrastra graves problemas en lo que concierne a la defensa de los derechos humanos y las relaciones con regímenes despóticos. La guerra fría y la voluntad de contener el expansionismo soviético, incluso durante la edad de oro de la coexistencia pacífica (1969-1973), fue un pretexto extraordinario para apoyar a dictadores inicuos cuyo único mérito era el furor anticomunista y la obediencia obsequiosa. Somoza, el sah de Irán, los reyes de Arabia Saudí, Marruecos y Jordania, Marcos o Trujillo eran y son “los dictadores amigos”, los family friends, el mal menor. El estrabismo moral afectó por igual a demócratas y republicanos, hasta que Jimmy Carter llegó a la Casa Blanca (enero de 1977).

El universitario de origen polaco Zbigniew Brzezinski, principal consejero de Carter, diseñó una nueva orientación que incluía la ardua empresa de hacer comprender a los soviéticos que la distensión era indivisible, es decir, que no se podía mantener la cooperación si no se respetaban los derechos humanos. Y reprochó a Henry Kissinger, maestro de todos los realistas, que hubiera erigido “la amoralidad en el principio directivo de la política exterior”. El dúo Carter- Brzezinski, teniendo en cuenta los intereses globales de EE UU, criticó el cinismo institucionalizado y propició una moralización de las relaciones internacionales, aunque de corta duración.

Empujado por una revuelta popular parecida a la de Egipto, la caída del sah de Irán en enero de 1979, gran aliado de EE UU e Israel, y la instauración de una dictadura teocrática en Teherán, inspirada por el ayatolá Jomeini, junto con la conquista del poder por los sandinistas en Nicaragua (julio de 1979), dieron al traste con el diseño humanista de Carter, el cual perdió su reelección ante Ronald Reagan en noviembre de 1980. La llegada de un republicano conservador a la Casa Blanca provocó un nuevo vuelco diplomático.

El error por omisión de Carter y Brzezinski sobre Irán estaba avalado nada menos que por la CIA, el famoso centro de espionaje que en 1978 publicó un informe en el que podía leerse: “Irán no se encuentra en una situación revolucionaria ni siquiera prerrevolucionaria.” Un plan de los generales iraníes para prroteger al sah, acordado con el embajador norteamericano, fue desautorizado en Washington por la pugna suicida que mantenían en torno a la Casa Blanca el secretario de Estado, Cyrus Vance, y el consejero de Seguridad Nacional, Brzezinski. Al final se impusieron los partidarios de no hacer nada, persuadidos de que era factible un acomodo con el campo de Jomeini.

Otra universitaria audaz, Jeane Kirkpatrick, a la sazón en las filas demócratas, publicó en la revista Commentary (noviembre de 1979) un análisis llamado a tener gran repercusión en los medios intelectuales que estudian y delinean las bases de la política exterior. El ensayo se tituló “Dictaduras y doble rasero” y en él argüía que las autocracias pro occidentales eran siempre preferibles a los regímenes totalitarios (pro soviéticos o comunistas) que podrían reemplazarlas si Occidente les retiraba su apoyo como castigo por sus veleidades opresivas. Kirkpatrick fue premiada con la embajada en la ONU por Reagan y la diplomacia de éste se endureció con Moscú y su área de influencia hasta que apareció Mijail Gorbachov en el horizonte.

Como ya he señalado en otros artículos, tras los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001, el islamismo pasó a ocupar el lugar del comunismo en el imaginario y la doctrina de que se nutre la diplomacia norteamericana. Así lo certifican todos los cables diplomáticos revelados por WikiLeaks. Pero los neoconservadores e idealistas o libertarios, al propugnar la promoción de la democracia, incluso por medio de la guerra, pretendieron un cambio copernicano que incluía un intervencionismo militar sin fronteras, precisamente cuando el imperio ofrecía síntomas de cansancio. El desastre que siguió a la caída de Sadam Husein frenó en seco la ilusión teórica de utilizar la influencia estadounidense para extender globalmente la democracia y la libertad.

La llegada de otra brillante universitaria, Condoleezza Rice, al departamento de Estado (2005) dio un nuevo impulso a la freedom agenda, a la promoción de la democracia. Y fue precisamente en la universidad norteamericana de El Cairo, el 20 de junio de 2005, donde la secretaria de Estado pronunció un magnífico discurso en favor de la democracia, del que he citado otras veces uno de sus párrafos más significativos: “Durante 60 años, EE UU buscó la estabilidad a costa de la democracia en el Oriente Medio, y no conseguimos ninguna de las dos. Ahora tomamos un rumbo diferente. Apoyamos las aspiraciones democráticas de todos.”

Esa proclama a favor de la libertad fue un aviso y desencadenó una tormenta de la que se resintieron las relaciones de EE UU no sólo con Egipto, sino también con todas las petromonarquías del golfo Arábigo, mientras se recrudecía la violencia en Iraq y quedaba prácticamente bloqueado el proceso de paz entre israelíes y palestinos. Pero acabó por imponerse la rutina, el más crudo realismo, sibilinamente racista, según el cual el mundo árabe no está preparado para la libertad ni aspira a la democracia.

Ahora, con motivos de los disturbios y la agitación de El Cairo, desempolvan los periódicos norteamericanos un excelente dibujo del fallecido Herblock (Herbert Lawrence Block), reputado dibujante y editorialista situado en la izquierda, en el que aparecen las multitudes de Teherán cantando: “¡El dictador se ha ido, traigamos a otro!” Algunos comentaristas se ponen la venda antes de que caiga el autócrata y sugieren que si Carter perdió Irán, Obama tendrá que asumir la responsabilidad histórica de haber perdido Egipto.

No cabe duda de que Obama fue a remolque de las algaradas, en Túnez y, sobre todo, en Egipto. Las elecciones generales de noviembre último, las sextas desde que Mubarak asumió el poder en 1981, fueron las más fraudulentas, en medio de un simulacro nauseabundo, y así lo reflejó la prensa norteamericana; pero tanto la Casa Blanca como el departamento de Estado y la Unión Europea guardaron un embarazoso silencio para no molestar al amigo y aliado, pese a que muchos lo consideraban “el hombre enfermo del Nilo”. El presidente tardó siete días en reclamar “una transición ordenada” que “debe comenzar ahora”, pues las manifestaciones en El Cairo comenzaron el 25 de enero y Obama se pronunció el 1 de febrero.

Obama inició su presidencia con un periplo emotivo y una apertura extraordinaria hacia el mundo árabe-musulmán, viajó a Turquía, Egipto y Arabia Saudí, y en un famoso discurso en El Cairo (4 de junio de 2009) desgranó citas del Corán, alentó la causa palestina e instó a los árabes a “un nuevo comienzo” en sus relaciones con EE UU. Dejó bien sentado que la democracia y la libertad “no son ideas norteamericanas, sino derechos humanos de validez universal”, pero repudió expresamente las ideas de su predecesor sobre los cambios de régimen en otros países teledirigidos desde Washington, incluso por la fuerza.

En cualquier caso, y pese al premio Nobel de la Paz, la ambigüedad calculada de Obama en cuanto a los derechos humanos en el mundo árabe-musulmán y el descalabro manifiesto de sus presiones sobre Israel para que detuviera la colonización desembocaron en un callejón sin salida, paralizaron el proceso de paz y suscitaron acerbas críticas. En el campo del diálogo, las negociaciones con Irán y Corea del Norte no han progresado lo más mínimo.

Después de haberlos animado, el presidente norteamericano fue acusado de traicionar a los manifestantes iraníes que se sublevaron contra el fraude electoral que permitió la reelección del presidente Ahmadineyad, en junio de 2009. Otra intervención desastrosa, aunque fuera soterrada. Las revueltas en Túnez y Egipto sorprendieron a la Administración demócrata, a pesar de que la prensa norteamericana estaba llena de invectivas contra la dictadura de Mubarak, y demostraron, además, que EE UU poco podía hacer por salvar a sus amigos y protegidos de la cólera y la desesperación de sus ciudadanos.

Para un hombre tan experimentado y clarividente como James Baker, que fue jefe de gabinete de la Casa Blanca con Reagan y luego secretario de Estado, la situación de Egipto es un ejemplo de libro de las dificultades de conducir una diplomacia que tenga en cuenta los valores y principios del sistema democrático, pero que, al mismo tiempo, pondere y defienda los intereses nacionales en una región tan complicada y en ebullición como el Oriente Próximo.

Aunque es republicano, Baker defiende la posición de Obama y Hillary Clinton en medio de la confusión y los altercados: “Creo que hubiera sido terrible si desde el primer día Obama y la secretaria de Estado hubieran quitado la alfombra debajo de los pies de Mubarak, porque habrían enviado un horrible mensaje a otros países en la región sobre lo que significa ser aliado de Estados Unidos.” Es evidente que el bipartidismo goza de muy buena salud en los círculos dirigentes de Washington, un verdadero bálsamo en estos momentos tan conflictivos.

Lo malo es que el juicio final sobre la gestión presidencial y de sus principales colaboradores dependerá del camino que tome Egipto después del tumulto, el caos y la transición preconizada con retraso desde Washington, pero muy problemática, en las manos inciertas del ejército, bajo la atenta mirada islamista. No sabemos si la estabilidad será compatible con un principio de democracia. ¿El mismo y sombrío horizonte que en Pakistán? Inestabilidad crónica, Estado delicuescente y ejército poderoso pero reticente a los mandatos exteriores.

Siempre se les podrá reprochar a Obama y Clinton la imprevisión o la torpeza en no columbrar el sentido de la historia. Y si finalmente se pierde el país del Nilo, pilar insustituible de la estrategia geopolítica norteamericana en la región, habrá que improvisar una coartada y una línea de defensa en compañía de un Israel más aislado que nunca.

 

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