Posteado por: M | 7 febrero 2011

Cameron imita a Merkel contra el multiculturalismo

Abrió fuego la cancillera de Alemania, Angela Merkel, que en octubre de 2010 declaró que el multiculturalismo “ha fracasado por completo” en su país, arrojando gasolina sobre el encendido debate concerniente a la inmigración y muy especialmente a la de origen árabe-musulmán. Tres meses después, le sucede en el escenario y en la controversia el primer ministro británico, David Cameron, que en un discurso pronunciado el 5 de febrero en Múnich, ante conspicuos representantes de Europa y EE UU, insistió sobre “el fracaso del multiculturalismo” en Gran Bretaña y abogó por la construcción de “una identidad nacional para todos”. La idea motriz de Merkel y Cameron sugiere que los inmigrantes, cualesquiera que sea su religión, deben adaptarse a la cultura, las tradiciones y los valores de los países de acogida.

Con la denuncia del multiculturalismo, tal y como se practicó hasta ahora en Gran Bretaña y Alemania, se reaviva la polémica sobre la xenofobia que supuestamente invade Europa y se instala en dos países que hasta la fecha habían preservado un clima multicultural de comprensión y tolerancia entre los autóctonos y los inmigrados. Los triunfos electorales de partidos vituperados de xenófobos, en Dinamarca, Países Bajos, Austria o Suecia, parecen haber creado una poderosa corriente de opinión que se aparta de lo políticamente correcto y preconiza la revisión o reconsideración de los criterios que hasta ahora habían regido el proceso inmigratorio. Cameron, en su discurso, instó a Europa a “despertarse” y “mirar lo que ocurre dentro de sus fronteras”.

Lo que ocurre dentro de las fronteras, según el primer ministro británico, no es otra cosa que el aumento incesante de los inmigrantes y la radicalización política de éstos cuando viven en comunidades cerradas, aisladas, a veces bajo la férula del imán o de los cabecillas del islamismo militante, en los suburbios de las grandes ciudades, donde “los predicadores del odio”, fustigadores de todos los pecados pasados y presentes de Occidente, sistemáticamente identificado con el colonialismo depredador, propician un ambiente sofocante que es el mejor caldo de cultivo para el terrorismo.

Ante el fracaso evidente de todos los intentos por construir en Europa una sociedad multicultural, en una atmósfera de la mayor tolerancia social y religiosa para con los que rechazan abiertamente los valores occidentales, Cameron y Merkel se caen del caballo y propugnan una mayor integración de los jóvenes musulmanes como la mejor manera de prevenir el terrorismo. El primer ministro británico abogó en Múnich por “un liberalismo más activo, más enérgico” para defender la igualdad de derechos, el respeto de la ley, la libertad de expresión, la democracia, a fin de fomentar la cohesión a través de una identidad nacional compartida.

Los instigadores y autores de los atentados terroristas de julio de 2005 en el sistema de transporte público de Londres, cuyo recuerdo sigue estremeciendo a los ciudadanos, tenían al nacionalidad británica y habían crecido en esas comunidades marginadas en las que proliferan los crímenes de honor, los matrimonios forzosos, los tribunales islámicos para algunas cuestiones civiles y la aplicación más o menos tolerada de otros preceptos de la ley coránica y hasta de prácticas culturales como la ablación del clítoris o la sumisión de las mujeres que son violaciones flagrantes o derogaciones subrepticias de los códigos británicos.

Cameron recusó cualquier estigmatización del islam, “religión practicada pacíficamente por más de mil millones de personas”, así como la teoría del choque de civilizaciones, que planteó el norteamericano Samuel P. Huntington en 1993 y que resulta tan socorrida para los políticos como mal explicada, pero insistió en que las autoridades deben mostrarse más firmes contra los extremistas y propugnó la promoción de “una identidad nacional para todos”. ¿Una nueva panacea imaginaria? ¿Cuáles serían las características asombrosas de esa identidad nacional para todos? Porque el islam no es una religión como las otras, sino que se confunde con la política.

Subyace tanto en el discurso de Cameron como en el de Merkel, representativos de la derecha liberal europea, aunque también de parte de la izquierda, la idea de que las naciones de Europa tienen unas raíces judeo-cristianas –las raíces cristianas que fueron eliminadas del proyecto fallido de constitución europea—, compartidas por la mayoría de la población y que además se reafirmaron históricamente en la lucha contra la expansión del islam en el occidente europeo, en Poitiers, las Navas de Tolosa o Viena.

La prensa de izquierdas reprochó a Cameron  no tanto sus ideas como el hecho de que éstas alimenten el discurso xenófobo de los partidos de extrema derecha como el Partido Nacional o la Liga de Defensa Inglesa. El diario The Independent criticó severamente “el ataque devastador contra 30 años de multiculturalismo”, lo que, a su juicio, representa “un cambio radical de estrategia”, y uno de sus editorialistas defendió el multiculturalismo, “que trata de crear un factor común social más fuerte”, en contra de la propuesta del primer ministro que “nos aboca a buscar el más pequeño común denominador”.

Para el dominical The Observer, también situado en la izquierda, “la cruda caricatura de Cameron no resuelve los problemas” de una población inmigrada y con frecuencia marginada, cuya integración no traumática en la sociedad británica sólo podrá alcanzarse a través del progreso material, la igualdad de oportunidades, el fin de la explotación inicua y, por supuesto, el respeto de las leyes. El periódico, no obstante, deja bien sentado que “el Estado nunca debe cerrar los ojos ante la crueldad y el crimen en aplicación de un falso sentido de sensibilidad cultural”.

El discurso de Cameron constituye, en cualquier caso, un viraje importante de la política británica hacia las minorías étnicas y religiosas. Frente a la apología de las más pequeñas diferencias simplemente por existir, propia de un pensamiento reaccionario, y frente a la práctica nefasta del comunitarismo, que encierra a las personas en comunidades estancas que no han elegido voluntariamente, hasta la misma izquierda reniega del multiculturalismo dogmático y preconiza tanto la igualdad de oportunidades y la identidad común como las ventajas de la ciudadanía laica y un rechazo inequívoco de los rasgos culturales que degradan a la persona.

Ya Todd Gitlin había denunciado en el multiculturalismo la pérdida de la visión universalista de la izquierda, en su obra El ocaso de los sueños comunes (1995), y había sugerido con excelentes argumentos que la integración de los inmigrantes en los valores de libertad y democracia sólo podrá llegar con la promoción inequívoca de la cohesión social.

Quizá parece exagerado concluir que la integración de los inmigrantes musulmanes en Europa ha fracasado por completo, porque la realidad ofrece ejemplos harto heterogéneos; pero no puede negarse que experimenta graves contratiempos y está creando una malestar popular que favorece el discurso xenófobo.

Los dos modelos de integración están desbordados por una marea que crece de manera incesante y padecen una crisis estructural. El modelo multicultural, practicado en Alemania y Gran Bretaña, tendente al comunitarismo, parte de la creencia ilusoria en un melting pot (crisol) espontáneo, mientras que el liberal monocultural cuenta con el favor oficial en Francia como un corolario del Estado laico y neutral basado en la igualdad de derechos y el combate contra la discriminación. Según el conservador Daily Telegraph, Gran Bretaña debe “abandonar la pretensión de que diferentes comunidades pueden vivir según sus propios valores y tradiciones, a condición de que respeten la ley”.

Los flujos migratorios y la mutación demográfica hacen más urgente el estudio y la búsqueda de soluciones para un problema que amenaza seriamente la convivencia a escala continental. El espacio público y político tradicional está también en crisis, el espacio multicultural no acaba de nacer, pero las desigualdades y la marginación provocan actitudes de rechazo que con frecuencia desembocan en la violencia. Las particularidades de la cultura islámica, en la que la religión y la política están estrechamente relacionadas, perturban todos los esfuerzos por lograr una sola comunidad política con espacios culturales diferenciados.

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