Posteado por: M | 12 febrero 2011

Los desafíos del poder militar en Egipto

La dimisión del presidente Hosni Mubarak, aparentemente forzada por el ejército mediante un golpe de Estado incruento y entre bastidores, satisface las perentorias exigencias de las multitudes concentradas en plaza de Tahrir durante 18 días, pero no resuelve los ingentes problemas que se levantan amenazantes en el camino de la salida del caos y la deseada construcción de un régimen democrático. La caída del autócrata no garantiza la floración de la libertad, ni la juventud, la voluntad pacífica y la tenacidad admirable de los manifestantes decidirán la eclosión de una sociedad más libre y más justa si no superan la prueba decisiva de las instituciones y las urnas. Porque las magistraturas auténticamente populares no son las que el pueblo aclama ante las cámaras de la televisión, creando el espectáculo superficial, sino las que el pueblo vota.

En realidad, Egipto retorna de facto a la situación de 1952, cuando los Oficiales Libres dirigidos por Naser derrocaron a la monarquía corrompida de Faruk. El sistema de hegemonía castrense se perpetúa ahora en el Consejo Supremo Militar, encargado de “gestionar los asuntos del país”, que en principio debería pilotar un período de transición hacia la democracia, pero que no tiene un programa conocido, ni ha fijado unos plazos razonables para las elecciones, previstas legalmente para septiembre, y del que no sabemos, ante todo, si está cohesionado y si pretende cambiar el régimen o lavarle la cara al que está en vigor, luego de haberlo descabezado.

Como señaló atinadamente el presidente Barack Obama, la cuestión esencial no radica en quién gobierna Egipto, sino en cómo se gobierna. Y ya sabemos que el país del Nilo vive desde hace 60 años bajo la férula de una dictadura rígida, militar, con leyes de emergencia, engranajes de corrupción y una policía oprobiosa; un sistema despótico, siempre encabezado por un alto mando del ejército, que comenzó como radicalmente nacionalista con Naser, artífice de la nacionalización del canal de Suez, y acabó con Mubarak como pilar de una triple alianza con EE UU e Israel en nombre de la estabilidad en la región, la seguridad petrolera y la lucha contra el terrorismo islamista.

La revuelta popular o intifada, con epicentro en la plaza Tahrir, alcanzó su primer objetivo: la caída del tirano, convertido en chivo expiatorio de la cólera de los manifestantes, pero dejó en pie todas las estructuras del régimen, incluso las más opresivas, y confió en el establishment castrense como garantía de liberación y de un proceso político que podría desembocar en un nuevo régimen más pluralista e internacionalmente más presentable, menos obsesionado por la estabilidad regional y más sensible ante las demandas de las élites de los nuevos sectores sociales en ascenso.

Uno de los lemas más coreados en la plaza de Tahrir fue: “El pueblo desea [exige] la caída del régimen”, un anhelo que evidentemente no se ha cumplido. El ejército es la columna vertebral de la dictadura. Pero también pudo escucharse que “el islam es la solución”, como los ideólogos de los Hermanos Musulmanes insisten desde su fundación en 1928. En cualquier caso, un éxito popular con muy pocos precedentes en el mundo árabe y un momento decisivo para los pueblos que se suponía condenados a vivir bajo el sistema del estancamiento económico, el fanatismo religioso y el despotismo político.

Desde el principio de la revuelta, en medio del lirismo y la fraternidad que afloraban en el ágora de Tahrir, los responsables de las Fuerzas Armadas mantuvieron fría la cabeza y dieron la impresión de estar interesados en suministrar combustible a los revoltosos mediante la promesa de no utilizar la violencia, de “no disparar contra el pueblo”; de permanecer como árbitros, como mediadores entre un poder presidencial delicuescente y una protesta acéfala en la calle tumultuosa. Como señala Brian Katulis, un comentarista próximo a la Casa Blanca, “los que dirigen Egipto desde 1952 son siempre los mismos, salidos del mismo marco de la élite militar”.

No tenemos información fiable sobre lo sucedido en la cúpula militar y en los cuarteles luego de que Mubarak se aferrara al poder con un discurso insólito en la noche del 10 de febrero, cuando su dimisión había sido anunciada por el jefe de la CIA, asumida por Obama y dada por cierta en las cancillerías europeas. ¿Cómo fue rematado en la madrugada del día 11 el poder agonizante de Mubarak? ¿Qué papel desempeñó en el desenlace EE UU, que contribuye con 1.500 millones de dólares anuales a la modernización y mantenimiento del aparato militar y su casi medio millón de hombres?

El arbitraje de los militares concluyó con la destitución de Mubarak y el silencio de sus esbirros. A partir de ahora, serán los uniformados los que determinen qué es legal o qué se debe hacer en caso de que las manifestaciones prosigan, al menos, mientras el estado de emergencia siga en vigor. O cómo actuar para que los blindados no se vean en la tesitura de dictar una ley sangrienta. También deberán los generales proseguir el diálogo con los grupos heterogéneos de la oposición, los partidos tradicionales, los sindicatos de las profesiones liberales y, sobre todo, los islamistas de los Hermanos Musulmanes. Una tarea ímproba que debería terminar con la celebración de unas elecciones limpias e inéditas.

La primera conclusión es que la tan anhelada estabilidad regional no puede ni debe mantenerse asentada sobre la iniquidad, la represión y la pobreza, ni justificar el crimen. Como escribe Gideon Levy en el diario israelí Haaretz: “La estabilidad en la región, por la que suspiran tanto los occidentales como los israelíes, sólo sirve para perpetuar el statu quo, una situación que puede ser buena para Israel y Occidente, pero que resulta pésima para los millones de personas que tienen que pagar el precio.”

Como insisten los neoconservadores que respaldaron a Obama en esta gran peripecia, luego de reprocharle su pasividad ante la revuelta poselectoral de Irán en junio de 2009, hay que asumir los riesgos que comporta la oportunidad democrática. Frente al despotismo medioriental no hay que tener miedo a la libertad. Como escribió William Kristol en The WeeklyStandard: “Estados Unidos debe apoyar el levantamiento egipcio, porque tiene un supremo interés moral y estratégico en la genuina democracia de Egipto y en la libertad del pueblo egipcio.”

También podemos aventurar que Obama no vivirá el mismo calvario de Jimmy Carter en 1979, cuando la revuelta popular en Teherán mandó al exilio al sah Reza Pahlevi, firme aliado de EE UU, y desbrozó la senda del régimen teocrático de los ayatolás. La Casa Blanca actuó quizá con excesiva prudencia, pero en la dirección de la historia. El bipartidismo funcionó perfectamente en Washington y pudimos comprobar cómo el candidato republicano en las últimas elecciones, el senador John McCain, arengaba a los manifestantes de la plaza de Tahrir y reclamaba la dimisión de Mubarak. Y mientras los militares tengan las riendas del poder, parece poco probable que los Hermanos Musulmanes se alcen a corto plazo con el santo y la limosna.

Los Hermanos Musulmanes, como es notorio, no son adeptos de la democracia estilo occidental, sino que están persuadidos de la superioridad de los valores islámicos y la alianza indestructible entre la mezquita y el poder. Lo ha expuesto con claridad uno de sus dirigentes, Essam el-Errian, en un artículo publicado en The New York Times: “La democracia secular y liberal de la variedad norteamericana y europea, con su firme rechazo de la religión en la vida pública, no es el modelo exclusivo de una democracia legítima.” Y lo ratificaron los manifestantes de la plaza de Tahrir al interrumpir metódicamente la protesta para las oraciones diarias.

No obstante, la incertidumbre es muy elevada en una región donde la libertad estuvo hasta ahora mismo supeditada a la estabilidad, según la propugnaban los estrategas de Washington y Jerusalén. El último esfuerzo norteamericano por forzar la mano del autócrata, protagonizado por Condoleezza Rice, desembocó en las elecciones parlamentarias y presidenciales de 2005, en medio de una relativa liberalización, cuando la Hermandad Musulmana obtuvo el 20 % de los sufragios. Pero muy pronto la dictadura desencadenó una violenta represión contra los opositores que habían osado adentrarse en el escenario manipulado.

Ahora que se ha derrumbado el mito de la estabilidad regional, desde el Magreb al Machrek, las dictaduras  árabes están más débiles que cuando la tierra empezó a temblar en Túnez, en diciembre de 2010, y no tenemos datos suficientes –se trata de sociedades cerradas– para lucubrar sobre el futuro inmediato. La esperanza de una primavera política y social debe ser mitigada por la cautela y por las estadísticas sobre el nivel de vida, el analfabetismo y el inicuo reparto de las riquezas.

Las analogías históricas no ayudan mucho a comprender lo ocurrido o adivinar el porvenir. Si hemos de descartar por el momento una epopeya teocrática como la dirigida por Jomeini en 1979 en Teherán, la comparación con lo ocurrido en Europa oriental tras la caída del muro de Berlín (1989) resulta forzada. Ni los regímenes denigrados se parecen, ni los ideales de la oposición son intercambiables, ni las masas árabes tienen el nivel cultural de checos, polacos o alemanes, ni existen en los países árabes figuras comparables con Lech Walesa o Vaclav Havel.

No existía en los satélites soviéticos ningún ejército comparable al egipcio. La estabilidad, en último extremo, era preservada por el Ejército Rojo, como se vio en Checoslovaquia en 1968. Las Fuerzas Armadas egipcias dependen del respaldo económico y armamentístico de EE UU, pero también son un ejército nacional y no un mero apéndice de las tropas norteamericanas destacadas en la región. Por último –y no lo menos importante, desde luego–, Gorbachov cometió otro grave error de cálculo al creer que con su apoyo a las revoluciones populares en Berlín, Varsovia o Praga garantizaría la influencia rusa en la zona e impediría el avance de la OTAN. Como sabemos, aconteció todo lo contrario.

Por el momento, a la espera de las réplica del terremoto egipcio, Obama no se encuentra en una situación tan comprometida como Gorbachov en 1989, pero no cabe duda de que la caída del dictador y amigo Mubarak, aunque ofrezca una oportunidad no desdeñable, constituye un serio aviso para otros aliados de EE UU en la región, en el mismo momento en que el imperio asiste perplejo a una multiplicación de los desafíos, a la presencia de nuevos actores en la escena global y a un claro declive de su influencia.

Anuncios

Responses

  1. Efectivamente la situación creada con la caida de Mubarak se asemeja a la Revolución de los Coroneles en 1952, con la diferencia de que desde entonces ha caido mucha agua y que las enseñanzas que emana de las prácticas tiránicas del dictador de turno
    deben haber servido como mayerial pedagogico al pueblo.
    Me encanta leer que la ansiada estabilidad, ya sea en el Oriente Medio o en otra parte del mundo, no tiene que hacerse a costa de la miseria y opresión de los pueblos.Una cosa parece clara, ocurra lo que ocurra Egipto, y quizás también el Mundo Arabe, no van a ser lo que hasta ahora han sido


Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

Categorías

A %d blogueros les gusta esto: