Posteado por: M | 20 febrero 2011

La hora de los carniceros, de Libia a Bahréin

Después del triunfo de las revueltas de Túnez y Egipto contra la opresión, la miseria y la falta de expectativas, ahora parece que ha llegado la hora de los carniceros, de los que disparan contra las multitudes desarmadas hasta en los entierros. Tras las brutales represiones en Libia y Bahréin, ya no es seguro que los manifestantes valerosos vayan a tener éxito contra un caudillo imprevisible y extravagante, Muamar Gadafi, y un monarca medieval, Hamad al-Jalifa, y su nutrida familia. El levantamiento árabe, que es también el corolario de un despertar vital y moral, impulsado por una juventud tan numerosa como frustrada, está siendo ahogado en sangre por un histrión implicado en crímenes abominables de terrorismo, que se pavonea por la orilla sur del Mediterráneo, y por un jeque petrolero que ofrece abrigo y recreo a la poderosa quinta flota de EE UU.

Durante los casi dos meses de protestas en Túnez y Egipto, los analistas occidentales y también árabes buscaron similitudes con otros acontecimientos en el pasado, la revolución iraní de 1979, que desembocó en una teocracia más intolerante que el régimen del sah derrocado, o las revoluciones de terciopelo (salvo en Rumanía) que se extendieron por la Europa central y oriental en el otoño de 1989 y dieron el golpe de gracia a los regímenes del socialismo real abandonados por el Ejército Rojo en aparatosa retirada. Ahora, ante la sangre derramada en Bengasi y Manama, la comparación apunta hacia la plaza de Tiananmen, en Beijing, cuando los blindados del ejército, bajo las órdenes del reformador en jefe, Deng Xiaoping, aplastaron con ferocidad la revuelta democrática, el 4 de junio de 1989.

El coronel Gadafi (68 años) es el más veterano de los líderes árabes, pues está en el poder desde el golpe de Estado de 1969 que abolió la monarquía del rey Idris. Puede aplicarse a Libia la constante histórica de que cuanto más represivo es un régimen, menores son las probabilidades de que caiga arrastrado por la muchedumbre. Además, el dictador libio es un habilidoso populista que mezcla la lectura interesada del Corán con las paternalistas dádivas petroleras y unas relaciones enrevesadas pero eficaces con todos los clientes del gas y el petróleo, los europeos en primer lugar, y entre éstos, muy destacadamente, los italianos. Bajo la cobertura retórica de un igualitarismo islámico, Gadafi utiliza un pérfido sistema tribal para perpetuarse en el poder.

Muamar Gadafi

 

Ante la eventualidad de que se reprodujeran ahora las protestas que lo pusieron contra las cuerdas en los años 90, Gadafi se apresuró a doblar el sueldo de los empleados públicos, instruyó a su guardia pretoriana, recurrió a mercenarios, movilizó a sus hijos y apareció en las calles de Trípoli rodeado de su cohorte de aduladores. La carnicería se perpetró en el este del país, con ametralladoras y helicópteros, en Bengasi, Tobruk y Baida, donde se concentra tradicionalmente la oposición conservadora por más islamista.

En un país tan hermético, donde los periodistas extranjeros tienen prohibida la entrada, la contabilidad del terror se hace difícil. Según la ONG humanitaria Human Rights Watch, el número de muertos por disparos de las fuerzas represivas supera el centenar. Y las declaraciones de un médico del hospital de Al Jalah, recogidas por la cadena de televisión panárabe Al Yazira, disipan cualquier duda sobre la carnicería: las víctimas tienen “heridas de bala de fusiles de gran potencia (…), todas son civiles de entre 15 y 35 años.  Es una política de disparar a matar”.

Tratado por sus súbditos como Líder Fraternal y Guía de la Revolución, ditirambos para  competir con los que utiliza el norcoreano Kim Jong-il, su Libro Verde recoge prolijamente su ideario, un proyecto confuso y supuestamente revolucionario, estrambótico, que critica tanto el capitalismo como el socialismo y mantiene la utilización del Corán como arma arrojadiza contra todos sus oponentes reales o ficticios.

Cuando parecía haber expiado su connivencia con el terrorismo internacional, Gadafi se ha quitado ahora la careta fraternal y, a pesar de los afeites, se transforma en el carnicero de Bengasi. Y como corresponde a su prurito de originalidad, implanta un ciclo infernal de la violencia: sus esbirros disparan en los funerales, causan más muertos y obligan a nuevos cortejos fúnebres. Al menos 20 muertos se produjeron en Bengasi el día 19 de febrero en el entierro de las víctimas del día antes.

Libia se constituye oficialmente como Jamahiriya, un neologismo árabe que sustituye al término república y que se traduce libremente como “Estado de las masas”. La autoridad suprema se encarna en el Guía de la Revolución, que no ocupa ningún cargo en el gobierno, pero que ejerce todos los poderes a través de toda una serie de comités populares que no son sino las correas de transmisión del poder autocrático. Los ingresos del petróleo son utilizados para comprar la paz social y satisfacer los caprichos y excentricidades  del dictador y su familia numerosa. El 88 % de los 6, 5 millones de libios son analfabetos y casi la mitad de la población está por debajo de los 25 años.

En el interior, el régimen libio cuenta con los ingresos por la venta de los hidrocarburos para mejorar las infraestructuras, preservar la cohesión social entre los seis millones de ciudadanos y promover un calculado equilibrio entre los poderes tribales. Las reservas de petróleo se cifran en unos 40.000 millones de barriles y el 85 por ciento de las exportaciones se dirigen a Europa. Gadafi dispone de unas cuantiosas reservas financieras de 136.000 millones de dólares, según cálculos occidentales.

Las turbulentas relaciones con Occidente están regidas y condicionadas por la petropolítica. Según leo en Le Monde, el periodista francés Antoine Vitkine ha realizado un documental titulado Gadafi, nuestro mejor enemigo, en el que repasa los 40 años de las peripecias diplomáticas con el régimen libio, durante los cuales Gadafi “pasó de ser el enemigo número uno a convertirse en un individuo tratable”, precisamente a causa del petróleo y el gas que administra con habilidad, entre la prodigalidad y la cicatería, mientras evoluciona erráticamente, acompañado por una voluptuosa enfermera ucraniana, y pernocta en su lujosa tienda de campaña en las capitales de Europa.

Según el embajador norteamericano en Trípoli, en un despacho de 2009, revelado por Wikileaks, “Libia es una cleptocracia en la que el régimen, sea la propia familia Gadafi o sus aliados políticos cercanos, tiene un interés directo en cualquier cosa que merezca ser vendida o comprada”. Y añadía: “Gadafi utiliza los contratos más jugosos para mimar a otros países y dirigentes del régimen (…), supervisa todos los contratos de más de 200 millones de dólares (…) para asegurarse que el clientelismo político está correctamente repartido.”

El crimen de Lockerbie

Ya en 1979, EE UU colocó a Libia en la lista de los Estados “patrocinadores del terrorismo”. Tras la voladura de una discoteca en Berlín occidental, frecuentada por militares norteamericanos, y unas escaramuzas navales en el golfo de Sirte, el presidente Ronald Reagan ordenó como represalia un bombardeo intensivo de los edificios oficiales de Trípoli y Bengasi, una operación que fue internacionalmente considerada como un intento de asesinato de Gadafi. En el bombardeo perecieron 45 militares y funcionarios libios, así como una hija adoptiva del Guía de la Revolución.

El 21 de diciembre de 1988, un avión de la compañía Pan Am que volaba de Londres a Nueva York fue destruido por una potente explosión sobre Lockerbie (Escocia), causando la muerte de sus 259  pasajeros y de otras 11 personas en la localidad escocesa. Libia se negó a entregar a dos libios sospechosos de haber colocado la bomba en el avión, por lo que EE UU y Gran Bretaña estrecharon el cerco y aumentaron las sanciones contra el régimen libio decretadas por la ONU. Sólo 11 años después, en 1999, Gadafi aceptó la entrega de los dos acusados para que fueran juzgados en Holanda, según la ley escocesa. Uno de ellos, Abdelbaset al-Megrahi, fue declarado culpable del múltiple asesinato y condenado a cadena perpetua por un tribunal escocés (2001).

En agosto de 2003, el gobierno libio escribió a la ONU para aceptar oficialmente “la responsabilidad por las acciones de sus funcionarios” en la tragedia de Lockerbie y ofrecer una compensación de 2.700 millones de dólares a las familias de las víctimas. Fue el principio del fin de las sanciones internacionales y del retorno de Libia a la comunidad internacional. Libia aceptó indemnizar a las familias de las víctimas del atentado de Berlín, se comprometió a combatir el terrorismo y restableció las relaciones diplomáticas con  EE UU (2006). En 2008, Gadafi y Berlusconi firmaron un tratado de cooperación.

Tanto Europa como EE UU mantienen un silencio vergonzoso sobre la actuación represiva, quizá porque la poco probable caída del régimen de Gadafi tendría que venir desde dentro, como consecuencia de una pugna dinástica entre los hijos o una revuelta del ejército, pero no se pueden hacer previsiones cuando un autócrata decide disparar contra sus conciudadanos para retener el poder. Entre los siete hijos y presuntos sucesores, Saif al Islam (espada del islam en árabe), de 38 años, menos calavera que sus hermanos, tiene reputación de reformista, mientras que su hermano Mutasim es el jefe de fila de los sectores más conservadores del régimen. Según fuentes diplomáticas, sobre la cuestión sucesoria prevalece una gran confusión.

Sólo el ministro británico de Asuntos Exteriores, William Hague, se atrevió a declarar que la represión con armas pesadas “era claramente inaceptable y horrible”. Una vez más, seguimos esperando la reacción de Catherine Ashton, jefa de la lenta, ineficaz y costosa diplomacia europea. Y otra pregunta incómoda: ¿Dónde se encuentra el dinero atesorado por los Gadafi durante los 42 años de férrea dictadura?

La situación es un poco más problemática para la familia reinante en Bahréin, donde se libra una verdadera guerra de religión y también clasista entre la mayoría chií y la minoría suní que detenta el poder y disfruta de considerables ventajas sociales. Los chiíes, aunque suman más del 60 % de la población, están discriminados social y políticamente desde que el pequeño archipiélago en el golfo Pérsico se independizó de Gran Bretaña en agosto de 1971.

Hamad al-Jalifa

 

Los factores externos complican, además, la salida de la crisis. La influencia del cercano Irán, que hace causa común con la mayoría chií, y la proximidad de Arabia Saudí, donde reina otra dinastía suní, adversaria declarada del régimen de los ayatolás, añaden gasolina a las protestas, pero ponen en guardia a EE UU. En plena ebullición en Oriente Próximo, la quinta flota estadounidense, con base en el emirato, está destinada a proteger el statu quo que sólo proporcionan los aliados tradicionales. Prudencia en la Casa Blanca ante los desmanes de la policía del emir. Ante todo, la petropolítica imperante desde que Carter perdió Irán.

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Responses

  1. Excelente artículo. Dios Guie a los heroicos pueblos de la región ante la represión salvaje de los tiranos y el silencio cómplice de Occidente.Felicitaciones


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