Posteado por: M | 23 febrero 2011

Los crímenes y las amenazas de Gadafi

Luego de haber visto las imágenes espantosas de la represión en Libia y al energúmeno de Muamar Gadafi increpando y desafiando a sus ciudadanos, a los que amenazó con perseguirlos “como ratas”, no me cabe duda de que el líder libio es un criminal de guerra, como antes fue un promotor del terrorismo, pero no abrigo esperanzas de que la comunidad internacional pueda detener la vesania asesina del que en un artículo anterior vituperé como el carnicero de Bengasi. Ni la ONU, paralizada por escrúpulos leguleyos e intereses contrapuestos, ni EE UU y la Unión Europea (UE) a través de la OTAN, como hicieron en Kosovo en marzo-junio de 1999, han dado el menor paso eficaz para detener o mitigar la catástrofe que se abate sobre los libios.

La situación en Libia es un testimonio aterrador e irrecusable de la inoperancia de la comunidad internacional ante las atrocidades comprobadas incluso por las imágenes de televisión. El sistema legal vigente, a través del Consejo de Seguridad de la ONU, se pierde en los meandros jurídico-burocráticos o consultivos y ni siquiera logra encubrir la hipocresía o el oportunismo de los principales actores. La ONU vacila en prevenir las matanzas, y cuando trata de hacerlo, siempre llega tarde al escenario del crimen. Una vez más, el Consejo de Seguridad condenó el uso de la fuerza contra manifestantes desarmados (el 21 de febrero) en Libia, pero las sanciones o la intervención ni siquiera se plantearon.

El llamado intervencionismo humanitario tampoco alteró sustancialmente la legalidad internacional, cuyos pilares esenciales resultan contrapuestos: la no injerencia en los asuntos internos de los Estados miembros de la ONU y la imposición de la paz o la protección de las personas por la fuerza militar (las operaciones para restablecer el imperio de la ley). La secretaria de Estado, Hillary Clinton, fustigó las baladronadas y el látigo manejado por Gadafi, pero atribuyó al Consejo de Seguridad la responsabilidad de detener la represión y en su caso castigarla, a sabiendas de la inoperancia del procedimiento.

Pese a la solemne promesa grabada en el muro de piedra del campo de extermino de Dachau –“Nunca más”–, los genocidios o la brutalidad represiva se reprodujeron en Budapest, Camboya, Ruanda, Beijing, en Corea del Norte en forma de hambruna, Srebrenica, Somalia, Sierra Leona, Darfur, antes de que la comunidad internacional quedara sobrecogida por el espectáculo de la desolación y la muerte. La OTAN, sin embargo, intervino en Kosovo y llegó a bombardear Belgrado, sin el aval preceptivo de la ONU, para detener la represión de Serbia contra los albano-kosovares, pese a que éstos habían organizado una guerrilla, en una situación menos trágica, más controvertida y probablemente menos justificada que en Libia.

Ahora, la Unión Europea (UE), con la lentitud y la dispersión que la caracteriza, se contentó con una condena simbólica del sátrapa libio, cuando obviamente está en sus manos, a través de la OTAN, el proceder al cierre del espacio aéreo sobre Libia para impedir, cuando menos, que Gadafi, como un nuevo Nerón, reduzca a escombros las viviendas de sus súbditos. Algo parecido se hizo en el Iraq de Sadam Husein, antes de la invasión de 2003, al establecer una zona de exclusión aérea, vigilada por EE UU y Gran Bretaña, para proteger a los kurdos.

La verdad, en todo caso, es que el tan cacareado ejército europeo (la política de defensa común) es una entelequia, y que sólo EE UU dispone de los barcos y los aviones necesarios para una rápida intervención en cualquier punto del planeta y, sobre todo, en el Mediterráneo. Sólo el presidente de Francia, Nicolas Sarkozy, llegó a solicitar la imposición de sanciones, pero sus palabras levantaron escasos ecos en el confuso conglomerado de Bruselas.

La Liga Árabe, en una decisión honorable adoptada por unanimidad, suspendió los derechos de Libia a participar en sus reuniones, lo que equivale a una condena sin paliativos de los métodos despiadados del coronel Gadafi, y el Alto Comisario de ONU para los Derechos Humanos dejó bien sentado que el uso de la fuerza bruta contra civiles desarmados constituye un crimen contra la humanidad. Tras estos pronunciamientos, que traducen la repugnancia ante la represión y el total aislamiento del régimen libio, ¿qué esperan EE UU y la UE para impedir, por la fuerza si fuera necesario, que se consume el genocidio? Los crímenes se están perpetrando muy cerca de las costas de Sicilia.

Ni el petróleo y el gas, principalmente consumidos por Europa, ni el temor al islamismo extremista deberían ser obstáculos para que Gadafi fuera conducido, como se hizo con el serbio Slobodan Milosevic, ante un tribunal ad hoc de la ONU para juzgar los crímenes contra la humanidad. Los líderes europeos tampoco deberían verse paralizados por las numerosas fotografías en que aparecen confraternizando con el dictador libio, destacado personaje de la Alianza de las Civilizaciones, cuya policía está especializada en la protección del excéntrico Guía y la tortura de los opositores.

Como se recordará, después de expiar sus culpas como patrón del terrorismo internacional y ser perdonado por la ONU (2003), que levantó las sanciones impuestas en 1992, Gadafi fue acogido de nuevo por los grandes de este mundo, se paseó por todas las capitales europeas y plantó su jaima en Madrid, en los jardines del Pardo, en 2007, para ser recibido por el rey Juan Carlos, el cual le devolvió la visita en Trípoli dos años después. El petróleo y la buena salud de alguna empresa española compensan las incomodidades protocolarias, mas no liberan del oprobio moral.

La continuación del terror contra los civiles sólo puede servir los designios del extremismo islámico en general y del Al Qaeda en particular, especialistas en llenar los vacíos políticos que siguen a la caída de las tiranías. Las tribus de Cirenaica, la provincia oriental donde los insurgentes son más fuertes, es el bastión del Grupo Islámico Combatiente de Libia, que actúa en la órbita de Al Qaeda desde hace más de un decenio. La mayoría de los yihadistas libios que combatieron en Iraq procedían de Darna, epicentro de la revuelta contra Gadafi, donde la semana pasada se proclamó un fantasmal “califato islámico”.

El temor del islamismo no puede ser un pretexto para mantener regímenes dictatoriales y sátrapas sangrientos. Porque la política del mal menor produce monstruos y a la larga favorece a las fuerzas del fanatismo y la violencia. Saif al-Islam, el hijo preferido, que pasa por ser el ilustrado de la familia, advirtió de que lucharían hasta “la última bala” para salvar al régimen. El 22 de febrero, en un discurso enloquecido, el gran histrión de Trípoli, en un escenario devastado, recuerdo de los bombardeos de Reagan, anunció más atrocidades y alardeó de que estaba dispuesto a morir “como un mártir”. Espero que no se cumpla tan lúgubre vaticinio y que el decrépito tribuno y malhechor notorio de Libia comparezca algún día ante la justicia internacional.

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