Posteado por: M | 26 febrero 2011

Israel ante el levantamiento árabe

Desde que comenzó el levantamiento popular árabe en Túnez y, sobre todo, desde la caída del presidente egipcio, Hosni Mubarak, su principal aliado en la región, Israel vive en estado de alarma y fuerte conmoción. La inquietud generalizada de la opinión, el aislamiento diplomático creciente y el temor de que la intifada llegue a Palestina mantienen en vilo al gobierno de Benyamin Netanyahu. El colapso inesperado o al menos el debilitamiento del despotismo árabe, con el que Israel se había acomodado, a veces violentamente, durante los últimos 30 años, introduce un factor de incertidumbre en la región y constituye un reproche explícito para el gobierno hebreo, el más derechista y abiertamente anexionista de la breve y agitada historia del país.

Las causas del sobresalto ante la tormenta árabe son múltiples. En primer lugar, la sorpresa por lo ocurrido en Egipto, que puso en tela de juicio, una vez más, la eficacia que se le supone al Mossad, el servicio secreto israelí. Luego, por la amenaza del efecto dominó, con Jordania en primera línea, y el peligroso callejón sin salida en que se halla el proceso de paz con los palestinos, una situación proclive para un estallido de violencia en los territorios ocupados. Por último –probablemente lo más importante—, las ramificaciones estratégicas de un cambio profundo en el vecindario que consagra la emergencia de Irán como potencia regional en vías de dotarse del arma nuclear.

El que los árabes estén de nuevo en pie no es una noticia halagüeña para los israelíes menos sensibles a las sutilezas de la diplomacia o los enrevesados argumentos estratégicos. La aprensión, la desconfianza y la sospecha prevalecen sobre cualquier otra consideración. Lo único que tienen claro los israelíes es que han perdido al aliado egipcio que venía respetando el tratado de paz firmado en Washington el 26 de marzo de 1979 y obrando en consecuencia, a favor de preservar el statu quo e impedir que el islamismo, dominante en Gaza desde 2007, acabara por imponer su radicalismo y su negativa de reconocer al Estado de Israel, ni siquiera en sus fronteras de 1967. Conviene recordar que Hamás gano las elecciones palestinas de 2006 también en Cisjordania.

Las revoluciones — suponiendo que ese término sea pertinente para describir lo que ocurre en el mundo árabe– no avisan de su erupción e incluso la experiencia histórica nos advierte de los errores de apreciación cometidos por los que estaban llamados a protagonizarlas, acompañarlas o padecerlas. El tumulto deviene revolución sin que nadie haya podido anticiparlo. Los israelíes perciben confusamente que nada será igual entre el millón y medio de árabes que tienen la ciudadanía israelí ni entre los más próximos, en Gaza y Cisjordania, tampoco en Egipto, las monarquías petroleras, Irán, y ni siquiera en Washington, cuyos estrategas andan azacaneados en la búsqueda de un nuevo enfoque para los males persistentes y los remedios problemáticos en toda la región.

La estabilidad y el statu quo saltaron por los aires en la plaza Tahrir de El Cairo, desde el 25 de enero al 11 de febrero. La alarma sacudió todos los sectores del establishment hebreo, militares, civiles y espías confundidos. Los que habían confiado en Mubarak y también en su hijo, no sólo para preservar el tratado de paz, sino también para mantener cerrada la frontera sur, quedaron estupefactos. ¿Cómo frenar la extensión del islamismo radical e impedir que Gaza se convierta en un polvorín con los misiles cada día más pequeños y sofisticados? La situación se alteró por completo, pues si los militares egipcios aseguraron que respetarían el tratado de paz, nadie sabía por cuánto tiempo, y la Hermandad Musulmana, que dispone de una sucursal ideológica en Gaza, podría condicionar la vida política egipcia en el futuro in mediato.

Las relaciones egipcio-israelíes son determinantes para la prórroga de una tregua que se prolonga desde 1979. Hasta ahora, los fuertes sentimientos antiisraelíes de gran parte de la población egipcia estaban mitigados por la política oficial de colaboración y contención. Pero desde la caída de Mubarak, la seguridad se ha deteriorado considerablemente en el Sinaí por lo que Israel decidió acelerar la construcción de una nueva muralla fronteriza. Los gasoductos de Egipto a Israel y Jordania están bajo vigilancia reforzada luego de un sabotaje y de que un grupo armado de Gaza intentara atacar objetivos israelíes.

El flanco oriental también se encuentra amenazado. Jordania tiene un tratado de paz con Israel, similar al de Egipto, pero su gobierno y quizá la misma monarquía se enfrentan a una oposición envalentonada de islamistas, líderes tribales y palestinos (éstos son la mitad de la población) que menoscaban la estabilidad y podría provocar un nuevo septiembre negro, en referencia al conflicto sangriento entre el ejército jordano y las milicias palestinas en 1970.

El debate sobre la democracia y la estabilidad en el Oriente Próximo, planteado con virulencia por los neoconservadores durante la presidencia de George Bush y concretado por Condoleezza Rice en un resonante discurso en El Cairo (2005), rebrotó en Occidente y, desde luego, en Israel, cuyos dirigentes consideran que la experiencia histórica del mundo circundante no es precisamente alentadora. Para los israelíes en general, las secuelas de un sarpullido democrático en el mundo árabe-islámico en el pasado son inquietantes: el triunfo de la teocracia en Irán en 1979, el golpe de Estado y la guerra civil en Argelia en 1991 y el triunfo de Hamás en las elecciones parlamentarias palestinas de 2006.

Siguiendo los pasos de Rice, el primer ministro británico, David Cameron, que visitó Egipto y Kuwait inmediatamente después de la caída de Mubarak, a finales de febrero, dejó bien sentado que Occidente había errado gravemente e incluso había bordeado el racismo al apoyar a los dictadores en la creencia de que eran los únicos que podían garantizar la estabilidad y la buena marcha de los negocios. Y, además, el líder británico entonó la palinodia por haberse dejado obnubilar  por los prejuicios que alimentan la hipótesis reiterada de que el sistema democrático es incompatible con las leyes y las tradiciones islámicas.

En un discurso ante la Asamblea nacional de Kuwait, Cameron abandonó décadas de diplomacia militarizada y mercantil para proclamar que Londres se había equivocado por respaldar a regímenes autoritarios como si éstos fueran los únicos capaces de asegurar la estabilidad. En su opinión, Gran Bretaña y otros países de Occidente habían actuado guiados por “una falso dilema” entre los intereses y los valores. “Como han demostrado los reciente acontecimientos –prosiguió Cameron–, el negar a los pueblos los derechos básicos no preserva la estabilidad, sino todo lo contrario.”

Una oportunidad histórica

Empiezan a escucharse algunas voces en Israel que abogan por aprovechar la oportunidad histórica que se abre con las revueltas en el mundo árabe. “El camino de la paz es la única elección de Israel en un nuevo Oriente Medio”, aseguraba el analista Yoel Marcus en un artículo publicado el 25 de febrero en el diario liberal Haaretz. El optimismo llega a las más altas esferas y el presidente Shimon Peres, que es un optimista impenitente, sueña con una franja de Gaza convertida milagrosamente en el Singapur de la región.

La realidad nada tiene que ver con esas lucubraciones. Lo único cierto es que el presidente Mubarak, que aliviaba todos los recelos, ha representado un mutis deshonroso; que la predicación democrática de EE UU o Europa es muy selectiva y no puede traspasar, por ejemplo, las fronteras rígidas de Arabia Saudí, el máximo productor de petróleo; que Irán tiene una influencia nada desdeñable en la frontera norte, en el Líbano, como en la frontera sur, en Gaza; y, en fin, que el gobierno de Netanyahu no está por el compromiso y la paz con los palestinos, sino por la colonización y la exhibición de fuerza al menor contratiempo.

La última reunión anual de los  ministros de Exteriores de la Unión Europea (UE) e Israel, celebrada en Bruselas el 22 de febrero, terminó como el rosario de la aurora después de que el representante israelí, el ultraderechista Avigdor Lieberman, entregara a sus interlocutores una breve declaración que era simplemente una diatriba contra la Autoridad Palestina, a la que acusaba de violar los acuerdos e incitar  al odio. Los europeos rechazaron el documento y recordaron al israelí que las relaciones entre la UE e Israel no podrán mejorar mientras siga bloqueado el proceso de paz.

Además de guardar silencio ante las revueltas en Túnez y Egipto, como era comprensible, el gobierno israelí, falto de reflejos, se puso a la defensiva a la espera de que amaine la tormenta. Los consejos europeos fueron de nuevo echados en saco roto por el representante de un gobierno completamente autista, aislado geográfica y moralmente en un mundo en ebullición. La opinión pública se muestra indecisa, encerrada en el gueto inexpugnable, obsesionada por el llamado espíritu de Masada, simbólica alusión a la resistencia de los defensores judíos de la fortaleza, hasta el suicidio, frente a las legiones romanas, en el trágico episodio que precedió a la diáspora definitiva.

La posición de Europa es conocida: la creación de un Estado palestinos en las fronteras de 1967, con leves modificaciones, y Jerusalén oriental como capital; el fin de la construcción de nuevas colonias en Cisjordania; y la supresión de todas las disposiciones que discriminan a la minoría árabe-israelí. Pero lejos de escuchar a los amigos europeos, el actual gobierno israelí prefiere apretar los dientes y esperar a que se aclaren las consecuencias o repercusiones del levantamiento árabe. El problema de la demora en articular una respuesta es que pierde una oportunidad histórica para restaurar la justicia y corre el riesgo de que la agitación se reproduzca dentro de casa o en vecindad más próxima.

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