Posteado por: M | 4 marzo 2011

Los árabes y la democracia (I)

Historia, cultura y economía

¿Puede la democracia florecer y perdurar en los países árabes? ¿Están los países árabes preparados para la democracia? Estos interrogantes se ha reiterado en diversos medios, tanto occidentales como orientales, desde que la revuelta popular que se inició en Túnez, en diciembre de 2010, prendió luego en Egipto, Yemen, Bahréin, Libia, Argelia, Marruecos, Omán y hasta Iraq y Siria. Otras veces, la pregunta no tiene contenido étnico, sino religioso, y se formulaba de esta guisa: ¿Son compatibles la democracia y el islam?  O de esta otra: ¿Establece el islam una excepción cultural y política permanente? La caída o acoso popular de los regímenes despóticos suscitan tantas esperanzas como especulaciones, pero prevalece la cautela ante el desenlace de lo que parece un levantamiento general contra la autocracia, la pobreza y la injusticia.

Las respuestas a las preguntas que anteceden son prácticamente inviables y chocan, demás, con los límites del periodismo con vocación de reflexionar sobre lo que ocurre en toda su complejidad sin pretender adivinar el futuro. No obstante, las revueltas árabes incitan a los que por cuenta de los gobiernos, de las corporaciones globalizadas o de los medios de comunicación están obligados a suministrar algún pronóstico, señalar alguna pista para arbitrar una apuesta política y económica, interesar al público o mover las fichas del tablero geoestratégico. Por eso hay tantos comentarios sobre la democracia, los árabes y el islam, y por eso creo que resultará oportuno ensayar un epítome de tan exuberante producción intelectual.

A todos los efectos, la democracia aludida es la de tipo occidental, liberal, cuyos pilares son el respeto escrupuloso de los derechos humanos, la garantía de las libertades civiles y políticas a través de un sistema judicial independiente, las elecciones libres, periódicas y competitivas entre individuos y grupos políticos para la legitimación de los que mandan. La economía de mercado que la acompaña normalmente constituye el requisito, históricamente irrefutable, del progreso y la prosperidad. Se trata de la democracia realmente existente, con algunas excepciones y variantes, en Europa, las dos Américas, parte de Asia e incluso algún país de África.

En la inmensa región donde se asientan los países árabes y musulmanes, desde Marruecos a Afganistán, por el contrario, la democracia no existe, es una flor efímera o una planta ornamental que sobrevive sometida a tutela o cuidados intensivos. Ante el reto democrático, las fuerzas actuantes en las revueltas no apuntan en una dirección única y reflejan múltiples contradicciones. La democracia islámica que elogian algunos musulmanes ilustrados (el parlamento subordinado a las normas sagradas del Corán), como el helvético-británico Tariq Ramadan, no es sino un proyecto sin precedentes históricos que la consagren y que, por lo tanto, deberá superar, llegado el caso, los criterios o pruebas del parangón y la eficacia.

Si los ciclos de liberalización del pasado reciente no desembocaron en la democracia, en contraste con lo que aconteció en otras regiones, ¿qué ocurrirá ahora? En la tesitura de no aventurar un vaticinio arriesgado o llegar a una conclusión que sería prematura, analizaré la historia más reciente, las tendencias que actúan en el proceso de cambio y los riesgos que entrañaría la transición hacia un sistema diferente de vocación democrática. En primer lugar me referiré a la historia de los árabes, de su emancipación contemporánea, y de los reinos y repúblicas surgidos de la descolonización; a sus complejas relaciones con el mundo occidental, con el petróleo de por medio, para abordar posteriormente la utopía islámica de la restauración del califato y de la conversión o eliminación de todos los que se oponen al reino de Alá sobre la tierra.

Una decadencia de casi un milenio

Desde los siglos XI y XII, agotado el impulso conquistador que les encaminó hasta la España visigoda, los pueblos árabes quedaron sometidos a poderes extranjeros (mongol, persa, turco). La región medio-oriental estuvo dominada por el Imperio otomano hasta la desintegración de éste tras su derrota en la Primera Guerra Mundial (1918), la abolición del califato y la implantación de la República por Mustafá Kemal (Ataturk). Las potencias europeas vencedoras de la conflagración, Gran Bretaña y Francia, se repartieron el botín de la Sublime Puerta, trazaron las fronteras, a veces de manera artificial, y crearon varios Estados árabes, monarquías, emiratos o repúblicas que aún dominan la geopolítica de la región.

El nacionalismo árabe de orientación laica (ante todo, el de Naser en Egipto y el del partido Baas en Iraq y Siria) se fortaleció durante el proceso descolonizador y se refugió en el neutralismo para escapar de la fatalidad de los bloques durante el período gélido de la guerra fría, pero fracasó estrepitosamente en su intento de corregir el subdesarrollo, perpetuó el atraso y la autocracia y acabó militar y moralmente hundido en 1967 por la fulminante derrota ante Israel, un Estado que representaba el avance occidental en una región deprimida a pesar de su riqueza petrolífera.

Un intelectual árabe, Jaled Hroub, que escribe desde Londres (Al-Hayat), centró el debate en la llamada “excepción árabe”, una idea culturalista, sibilinamente racista, según la cual “los árabes no estaban histórica, cultural y religiosamente (es decir, por esencia) preparados para aceptar los valores de la libertad, la democracia y el pluralismo”. Como habían comprobado los orientalistas más reputados, las formas tradicionales de sumisión al poder político-religioso en las sociedades musulmanas se habían reproducido en el Estado contemporáneo, acompañadas por nuevos instrumentos represivos, hasta el punto de prorrogar la autocracia bajo fórmulas benévolas o brutales, ilustradas o retrógradas, con frecuencia vinculadas a poderes externos.

La ola de liberalización y democratización que siguió a la caída del muro de Berlín (1989) y la desintegración de la URSS no produjo ningún efecto en el mundo árabe, cuyos regímenes despóticos exhibieron una asombrosa capacidad de resistencia, confirmada cuando el presidente George Bush, tras los atentados contra las Torres Gemelas de Nueva York (2001), alardeó de una campaña para democratizar el Oriente Próximo, concebida por los neoconservadores. Luego de la invasión de Iraq (2003), y siempre bajo la presión norteamericana, los autócratas árabes llegaron a celebrar una cumbre en Túnez (2004) con el cínico prurito de impulsar las reformas que jamás se ejecutaron.

La teoría de la excepción árabe

La teoría de la excepción árabe, estrechamente emparentada con el choque de civilizaciones elaborado por Samuel Huntington, incluyendo las amenazas que podrían derivarse de una conexión islámico-confuciana, tiene una prestigiosa tradición universitaria y estratégica. Uno de sus eximios representantes es el historiador británico-norteamericano Bernard Lewis, que enseñó en las universidades de Londres y Princeton, el primer occidental que tuvo acceso a los archivos del Imperio Otomano. En su libro The Emergence of Modern Turkey (1961), Lewis argumentó que Mustafá Kemal “había dado el primer y decisivo paso para la aceptación de la civilización occidental” en el orbe islámico.

En opinión de Lewis, el declive y el atraso de las sociedades árabes del Próximo Oriente hincaban sus raíces en las condiciones religiosas y culturales que prevalecieron durante siglos; en la arrogancia cultural, levantada como barrera y antídoto ante la acometida de la civilización occidental, y en la nostalgia de un pasado brillante pero irrecuperable. Por lo tanto, la solución del progreso había que buscarla, al igual que en Turquía, en un mundo árabe secularizado y occidentalizado. Ataturk impuso un laicismo puritano, abolió el califato y proclamó la república, cerró las escuelas religiosas, prohibió el velo y otros iconos de la cultura islámica e incluso transliteró el turco en caracteres occidentales y lo purgó de sus influencias árabes. Era el modelo a seguir, la bandera del nacionalismo y el panarabismo, éstos influidos por el marxismo y respaldados por el Kremlin después de 1945.

Según sus detractores, en todo el pensamiento de Lewis se transparentan un persistente desdén por el islam y la invocación hagiográfica de la revolución llevada a cabo por Ataturk, pese a su evidente autoritarismo y su fracaso para impedir el renacimiento del islamismo.  El líder turco estaba convencido de que el islam era fundamentalmente anti-moderno y perjudicaba el progreso de su país y de los vecinos. Y el profesor de Princeton resumió y justificó su tesis sobre la ruptura de las cadenas por Ataturk: “El mundo musulmán se encuentra ahora a comienzos del siglo XV.”

Tanto Huntington como Lewis fueron vinculados por sus críticos a la empresa de los neoconservadores, asumida por George W. Bush, de proceder a una democratización forzosa del Oriente Próximo, manu militari si fuera necesario, como en efecto ocurrió con la guerra victoriosa contra Sadam Husein y la ocupación calamitosa de Iraq. De hecho, la evolución posbélica iraquí no promovió el nacimiento de una sociedad secularizada, sino más bien el resurgir del poder religioso chií emparentado con el de los ayatolas de Irán, un bloqueo casi permanente del sistema político y una exacerbación de las tensiones étnicas. La reislamización prosigue sin tregua tanto en Iraq como en Irán, en Turquía o en Egipto, en contra de lo que habían preconizado Lewis, Huntington y sus epígonos.

“¿Y si el islam no fuera un obstáculo para la democracia en el Oriente Medio, sino el secreto para conseguirla?”, se preguntó el periodista Michael Hirsh en un ensayo contra Lewis. A medida que se ahondaba el desastre de Iraq, el determinismo cultural-religioso de Lewis encontró nuevos contradictores que incluso pusieron en tela de juicio la originalidad de la tesis al recordar el ensayo de Max Weber sobre La ética protestante y el espíritu del capitalismo, un análisis del impacto de la cultura y la religión en el avatar económico, publicado hace más de un siglo (1905), en el que trató de demostrar que el catolicismo era en gran parte responsable del atraso de los países de Europa meridional y América Latina, en contraste llamativo con lo ocurrido más al norte en los que había arraigado la reforma protestante.

El ataque más acerbo contra Lewis provino del profesor palestino-norteamericano Edward W. Said, cuya obra más ambiciosa, Orientalism (1997, traducción española de 2003), contenía un minucioso estudio y una requisitoria contra el orientalismo europeo y más concretamente contra la tesis de Lewis según la cual “la doctrina occidental sobre el derecho de resistir a un mal gobierno es ajena al pensamiento islámico”, lo cual conduce –siempre según Lewis—al derrotismo y al quietismo como actitudes políticas. Según Said, la obra de Lewis “ha sido, ante todo, ideológica hasta extremos que rozan la agresividad”.

No obstante, Lewis se mantuvo en sus trece. “No tuve ninguna duda de que el 11 de septiembre fue el primer disparo de la batalla final”, declaró en una entrevista periodística. Esa batalla no era otra que la que venía librando desde hacía siglos la civilización judeo-cristiana contra la civilización islámica, como había argumentado en su obra Las raíces de la cólera islámica (1990), en la que se inspiró Samuel Huntington para elaborar su influyente ensayo sobre El choque de civilizaciones y la reconfiguración del orden mundial (1996). En opinión de Lewis, la empresa de Osama Bin Laden era el último y violento espasmo de una causa perdida.

Aunque tiene 94 años, el profesor Lewis sigue en la brecha de la actualidad y la polémica. En una entrevista publicada el 25 de febrero en un diario israelí, el Jerusalem Post, sostuvo que la actual ola de protestas se debe a que las masas árabes han adquirido una aguda conciencia de la injusticia a que están sometidas. La agitación no era sino “una expresión masiva del ultraje sentido por la injusticia persistente.” Y añadió: “Los regímenes autoritarios e incluso dictatoriales que rigen en la mayoría de los países del Oriente Próximo son una creación moderna, mientras que los regímenes premodernos eran mucho más abiertos y tolerantes.”

No cree el profesor de Princeton en una rápida solución política con elecciones de estilo occidental, lo que entrañaría “una peligrosa agravación” del problema y ofrecería una excelente oportunidad para el avance de los islamistas, que son los mejor preparados, con una clientela fiel, en una atmósfera turbulenta y un aparatoso vacío político. Propone, por el contrario, “el desarrollo de instituciones locales autónomas según la tradición islámica de consulta”, y asegura que “el papel de las mujeres será crucial en el futuro del mundo árabe”.  La consulta se refiere a las que realizaban en el antiguo régimen el sultán o sus consejeros con los representantes de algunos grupos que no son democráticos en el sentido occidental (comerciantes, terratenientes, artesanos, juristas), pero que ejercen una autoridad distinta de la estatal.

A la pregunta sobre si “las masas árabes desean la democracia”, Lewis respondió:

“Las masas árabes ciertamente desean el cambio. Y desean el progreso. Pero en cuanto a si propugnan la democracia, la respuesta es más difícil (…) La democracia es una concepción política que carece de historia, de referencias en el mundo árabe-islámico (…) En el mundo occidental tendemos a pensar la democracia en nuestros propios términos, lo que es natural y normal, y en la celebración de elecciones en nuestro estilo. Pero yo creo que es un gran error pensar en el Próximo Oriente con esos parámetros, lo que sólo puede conducir a resultados desastrosos, como hemos visto en varios países. Simplemente,  [los árabes] no están preparados para unas elecciones libres y competitivas.”

Contra el determinismo cultural

Esa visión pesimista de la religión y la cultura como motores de la historia suscita acalorados debates. Lewis es un académico respetado, pero enfurece a la progresía norteamericana que le replica, como hizo Nicholas D. Kristof en el New York Times, que “esa línea de pensamiento resulta ser insultante para el mundo que no es libre”. Y añadía como testigo acalorado de la acusación contra Occidente: “Me he sentido humillado por los valerosos hombres y mujeres que he visto en Egipto y Bahréin desafiando los gases lacrimógenos o las balas para luchar por la libertad que nosotros tenemos garantizada.”

En las páginas del Guardian londinenses,  el historiador británico Timothy Garton Ash, empeñado en comparar las revueltas árabes con las de 1989 en Europa central y oriental, pontificó categóricamente que “las extasiadas muchedumbres de El Cairo probaban que no existe el choque de civilizaciones, porque todo el mundo desea la libertad”, y arremetió contra “la falacia del determinismo cultural” , atribuida a Huntington, aunque reconoció que “los modelos religioso-políticos del islam, tanto radical como conservador, y los legados específicos de la historia árabe moderna, no vayan a hacer que la transición a una democracia liberal consolidada sea más difícil de lo que fue, por ejemplo, en la República Checa”.

La izquierda europea alternativa prosiguió inmediatamente a identificar los males que afligen al mundo árabe, como hizo Serge Halimi en Le Monde Diplomatique: “Un crecimiento desigual, un desempleo elevado, unas manifestaciones reprimidas por los aparatos policiales inflados, unas burguesías parásitas que viven como turistas en sus propios países.” Las revueltas, pues, estaban más que justificadas, y sus causas inmediatas y sus causantes quedaban expuestos a la vindicta pública; pero más que explicar la excepción árabe, la corroboraban.

En los círculos académicos y del análisis estratégico en EE UU se produjo durante los días de las revueltas árabes una curiosa conexión entre los abogados del intervencionismo liberal o de izquierdas, que se retrotrae nada menos que al presidente Woodrow Wilson (1913-1921), y los neoconservadores que elaboraron la teoría que sirvió de base para “la agenda de la libertad” de George Bush y Condoleezza Rice, pese a las reticencias y vacilaciones de Barack Obama o Hillary Clinton, más inclinados hacia la escuela del realismo amoral, también llamada literariamente del realismo sucio, capitaneada por Henry Kissinger.

William Kristol, que pasa por ser el portavoz de los neocons, no sólo fustigó “la pasividad de Obama”, en un artículo en el Washington Post, sino que cuando Mubarak aún no había sido destituido expuso la siguiente conclusión en su editorial del Weekly Standard: “El pueblo egipcio desea ejercer su derecho de elegir a su gobierno y los conservadores norteamericanos, herederos de nuestros osados e inspirados revolucionarios, debemos ayudarle.”

A la cola del desarrollo humano

El modelo economicista también suscita una viva controversia. Aunque ya Adam Smith sentenció que una sociedad no podía progresar y ser feliz “si la mayoría de sus ciudadanos eran pobres y miserables”, la pretensión de condicionar la democracia a un elevado nivel de renta se presta a la caricatura, cuando no es sino una argucia de los dictadores para retrasar lo inevitable; pero tampoco el progreso económico está inexorablemente supeditado a la existencia de un régimen democrático, como China confirma.

Los países árabes están a la cola del desarrollo humano, pese a las ingentes riquezas de algunos de ellos. El atraso político y la miseria económica componen un cóctel explosivo. Según un informe de las Naciones Unidas sobre el desarrollo de los países árabes (2002), éstos sufrían de un triple déficit: de educación, de libertad y de emancipación femenina. El producto interior bruto (PIB) de todos los países árabes juntos era menor que el de España. En el mundo árabe se traducían 330 libros anualmente, apenas el 20 % de los traducidos en Grecia. Y la situación no ha variado mucho desde entonces.

Goza de buena salud académica, al menos en los círculos liberal-conservadores, la tesis de que una economía de mercado es una condición sine qua non para el normal funcionamiento de las instituciones democráticas. Otros analistas insisten en que los países árabes carecen de la clase media y de la cultura política que garantizan la estabilidad en momentos de crisis o de mudanza. El ya citado Jaled Hroub invierte las prioridades y lo resume así: “El verdadero desarrollo y el éxito económico exigen la libertad, la transparencia, la democracia y una justicia irreprochable que combata la corrupción en vez de ocultarla.”

Diversas experiencias corroboran que la transición política hacia la democracia suele comenzar con una liberalización económica y gradual del régimen represivo. La izquierda, más voluntarista, aunque incapaz de encontrar una alternativa global, tiende a ver la democratización como una elección contingente de los ciudadanos, el resultado de una dinámica de confrontación entre el poder y la oposición en los más variados escenarios culturales y socio-económicos.

El hecho de que ningún país del Oriente Próximo cumpla los mínimos requisitos democráticos y de desarrollo humano indica nítidamente que el déficit de libertad coincide con unas estructuras sociales atrasadas y una organización económica que no respeta los principios elementales del libre mercado. Lo que existe es “un capitalismo patrimonial”, el capitalismo de los padrinos, según la terminología de Oliver Schlumberger, en el que la clave del éxito se halla en la proximidad del poder y las reformas suelen articularse como una falacia demagógica que alimenta la corrupción de la élite dominante. En consecuencia, la tarea democratizadora se presenta tan urgente como abrumadora, requerirá tantos talentos y esfuerzos, que no sabemos si las nuevas autoridades podrán impulsar un cambio radical o tratarán de adaptarse a las circunstancias cambiantes.

Personalmente me inclino por la prudencia escoltada por el escepticismo, lo cual no quiere decir que no sienta admiración por los que se han levantado contra el despotismo arriesgando incluso sus vidas. Pero una metamorfosis completa me parece prematura. Espero que de las revueltas –revueltas del pan y revueltas de la juventud sin horizontes—surjan regímenes menos odiados y más desarrollistas, capaces de romper con los diversos pretextos de la “excepción árabe” y liberar, sobre todo, las conciencias, para colocar los cimientos de una lenta evolución hacia la libertad. Y claro está, siempre que EE UU y el Occidente en general acompañen esos movimientos con la convicción de que la democracia, a la larga, es la mejor garantía de la estabilidad en una región de alto valor estratégico.

El islam, por supuesto, estará en la cabina del tren del cambio, no sabemos si para acelerarlo, para retrasarlo o simplemente para hacerlo descarrilar. Pero esa es una cuestión capital que me propongo tratar en un próximo artículo.

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