Posteado por: M | 5 marzo 2011

La violencia islamista se adueña de Pakistán

El asesinato del único ministro cristiano en el gobierno de Pakistán, Shahbaz Bhatti, aunque poco comentado en la prensa española, confirma cómo aquel país, que dispone de un importante arsenal nuclear, aliado de EE UU, se hunde en una espiral de violencia mientras los grupos paramilitares islamistas explotan la parálisis del gobierno e incluso del ejército para aterrorizar a la población, imponer el fanatismo religioso y reavivar la llama de la guerra contra Occidente que se libra en el vecino Afganistán. Los autores del magnicidio, a plena luz del día, en un suburbio de la capital pakistaní, Islamabad, fueron varios talibanes armados que acribillaron a tiros el automóvil en que viajaba el ministro, sin escolta, el 2 de marzo.

Tal es el clima de violencia en que está sumido Pakistán, que el ministro de las Minorías, Shahbaz Bhatti, de 42 años y confesión católica, predijo su propia muerte en un escalofriante vídeo y una entrevista con la BBC. Bhatti viajaba sólo con el chófer, sin ningún guardaespaldas, como es preceptivo para todos los ministros, circunstancias que ponen en la picota al gobierno y rodean de misterio todo lo ocurrido. Los cristianos en Pakistán son una minoría que apenas si llega al 2 % de la población (185 millones de habitantes) y que está incluida parlamentariamente en la Alianza de todas las Minorías de Pakistán.

Ese asesinato es el segundo en lo que va de año de una personalidad política, en medio de la campaña de crímenes selectivos o indiscriminados que llevan a cabo los distintos grupos islamistas para amedrentar al gobierno del primer ministro, Yusuf Raza Gilani, e impedir que lleve adelante sus planes para abrogar o modificar la controvertida ley sobre la blasfemia que data de la época de la colonia británica y que castiga con la pena de muerte a cualquiera que insulte al islam, expresión ambigua que permite una aplicación extensiva contra cualquiera que sea reconocido culpable de faltar el respeto a Alá o el Profeta.

El ministro asesinado estaba a favor de modificar esa legislación bárbara, lo mismo que el núcleo dirigente del Partido del Pueblo de Pakistán (PPP) en el poder. Le había precedido en el martirio el gobernador de la provincia del Punjab, Salman Taser, también opuesto a la ley de la blasfemia, aunque de confesión musulmana, asesinado en enero por uno de sus escoltas seducido por los integristas. Otra cristiana, Asia Bibi, fue condenada a morir en la horca el pasado noviembre, también en el Punjab. La primera ministra Benazir Bhutto, del PPP, fue asesinada por los islamistas en 2007.

Algunos grupos abiertamente terroristas, como el Lashkar-e-Taiba (LeT), organizador del atentado de Bombay de 2009, o el Movimiento de los Talibanes en Pakistán (TTP), vinculado a Al Qaeda, están al frente de un programa político que no sólo pretende la reislamización forzosa, sino la erosión del gobierno para avanzar hacia el Estado islámico, mientras la situación económica se degrada y el primer ministro se humilla hasta el punto de pedir árnica a los mulás (ulemas o doctores de la ley) que utilizan la predicación en las mezquitas para justificar y bendecir con sermones incendiarios el furor contra todos los infieles.

Pakistán, criatura deforme del imperio británico, “en la frontera del apocalipsis”, como señala Christopher Hitchens, hace tiempo que se convirtió en un Estado fallido en el que unas instituciones supuestamente democráticas, pero inoperantes, ya no pueden encubrir la insurgencia y el terror de los islamistas que han cometido 450 atentados en los últimos tres años –la mayor parte, por terroristas suicidas—mientras los partidos islamistas legales, como la Jamaat-i-Islami (JI), propugnan desde el ejército, los servicios secretos o el parlamento el establecimiento de un Estado islámico regido por la sharia (ley coránica).

El terrorismo se recrudece a pesar de la existencia de un Consejo de la Ideología Islámica (CII), órgano constitucional encargado de aconsejar al gobierno en materia de derecho islámico, y el Tribunal Federal de la Sharia, que examina la conformidad de las leyes con la ley coránica, ambos dominados por los ulemas más radicales aunque sean poco representativos de las corrientes religiosas que se disputan los fervores de una ciudadanía desconcertada. Y mientras Pakistán se desmorona, cualquier intento de ganar la guerra de Afganistán está condenado al fracaso.

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