Posteado por: M | 8 marzo 2011

Los árabes y la democracia (y II)

La influencia del islam y su problemática reforma

La agitación y las revueltas en el mundo árabe suscitan en Occidente y especialmente en EE UU un ardoroso debate sobre el islam, los islamistas, sus objetivos, sus divergencias y contradicciones, o sus polémicas relaciones con la democracia liberal. Hay una coincidencia universal en que el islam desempeñará un papel relevante en el proceso político en marcha en los países árabes, acelerado por la caída de los dictadores, pero se agudizan las discrepancias entre los que suponen que a trancas y barrancas acabará por imponerse la democracia de tipo occidental o un sucedáneo y los que sostienen que el triunfo sonreirá a los que piensan que el Corán ofrece solución para todos los problemas contemporáneos. ¿Acaso es viable un Estado islámico y al mismo tiempo democrático, nuevo modelo de síntesis inédita y provechosa?

Un número creciente de árabes de todos los horizontes consideran que el fin de sus aflicciones puede llegar con la resurrección del Estado islámico, es decir, regido por la sharia, un sistema antiquísimo en el que una constitución no escrita era analizada, discutida e interpretada por los ulemas (alfaquíes o faquíes), doctores de la ley mahometana o  jurisconsultos, y administrada por el califa, vicario de Mahoma, jefe supremo en el que confluían todos los poderes (religioso, civil y militar).  Al contrario de la tradición cristiana, que distinguió desde sus orígenes entre Dios y el César, el islam previo a la occidentalización mantuvo la confusión de poderes y no separó lo sagrado de lo profano.

La sharia (“el camino del manantial” o “el camino recto”, en su traducción literal o interpretativa al español) o ley islámica es una compilación del derecho cuyas fuentes principales son el Corán y los hadices (sentencias o hechos ejemplares del Profeta), aquél irrefutable e imperativo como palabra divina revelada, mientras que éstos admiten la exégesis. El conjunto de los hadices de veracidad supuestamente confirmada constituyen la sunna (tradición), cuyos seguidores integran la comunidad suní (tradicionalista) por oposición a la chií (partidarios de Alí). La sharia rige todos los actos del creyente, así privados como públicos. Mahoma no fue sólo el fundador de una religión, sino también un jefe político.

Corán

Tras la abolición del califato

La última manifestación histórica del Estado islámico se plasmó en el Imperio Otomano hasta que el califato fue abolido (1924) por Mustafá Kemal en el marco del proceso de modernización de Turquía. Tras la caída del sah y el impulso de un movimiento religioso dirigido por el ayatolá Ruhollah Jomeini, en territorio de la disidencia chií, Irán se convirtió en una República Islámica que desembocó en un Estado teocrático y finalmente en una dictadura ideológica, paradigma del islam político o islamismo, cuya autoridad suprema se encarna en el Guía de la revolución o jurisconsulto (velayat-e-faqih).

Algunos aspectos de la sharia están vigentes en muchos países islámicos e incluso en algunos barrios de las urbes europeas donde se concentra la población musulmana, aunque sólo para las cuestiones civiles y el código de familia, con reconocimiento oficial o de manera clandestina. El rigor de su aplicación depende de la clase de régimen político, con el rigor extremo en Arabia Saudí y la mayor tolerancia en Asia (Indonesia, Malasia).

¿Cómo es posible que muchos musulmanes preconicen el retorno al sistema de la sharia? ¿Cómo se pueden retroceder quince siglos para abordar la solución de los problemas contemporáneos? Noah Feldman, en su excelente epítome The Fall and Rise of the Islamic State (Caída y ascenso del Estado islámico, no traducido al español, Universidad de Princeton, 2008), argumenta que la autoridad de los jurisconsultos para interpretar la ley en el contexto de la sharia actuaba como un contrapeso del poder supremo en los períodos históricos más florecientes, de manera que la nostalgia de un pasado glorioso, el fracaso de los Estados modernos parcialmente occidentalizados y la fe religiosa se mezcla con un profundo sentido de la injusticia para crear un fermento social bastante explosivo. Como hemos visto en Egipto y Túnez.

En el mundo despiadado de las dictaduras y los regímenes policiales y corrompidos que dominan el mundo árabe, la recuperación de la sharia se interpreta en el imaginario popular como un retorno benéfico del derecho islámico frente a la arbitrariedad del rais o jefe e incluso como un instrumento del impulso democrático. No obstante, y puesto que la restauración del antiguo orden se reputa inviable, los predicadores del islam en todas sus manifestaciones buscan una adaptación de contornos imprecisos, en medio de una gran confusión y de disputas escolásticas y geoestratégicas.

Aunque la teoría del choque de civilizaciones no traspase los círculos académicos, parece evidente que la presencia del islam en Occidente suscita la reprobación o provoca una inquietud popular  que no se puede disimular bajo el disfraz de lo políticamente correcto. Al temor de los atentados terroristas se añaden el particularismo alimentario o de la vestimenta, la prohibición de las imágenes del Profeta, con su pretensión de coartar la libertad de expresión, y, sobre todo, la discriminación de la mujer (la obligatoriedad del velo, los matrimonios forzados, los crímenes de honor).

Cismas y dispersión geográfica

Desde luego, no hay un solo islam, sino varios, no sólo por la dispersión de la comunidad en todos los continentes (unos 1.400 millones de fieles), sino por los numerosos cismas que marcaron su evolución, de los que el más importante fue el del chiismo (alrededor del 15 % de los musulmanes), corriente legitimista según la cual el poder político y religioso de la comunidad quedó reservado a la familia de Mahoma, autoridad ejercida una sola vez por el cuarto califa, Alí, primo y yerno de aquél, que murió asesinado en 661. Los suníes o tradicionalistas concedieron el poder a los miembros de la aristocracia de La Meca, y éstos, a sus descendientes.

A partir del siglo X, el poder suní se resquebrajó irremediablemente entre los numerosos señores de la guerra llamados sultanes, que ni siquiera eran árabes, sino bereberes y, sobre todo, turcos. El despotismo prevaleció sobre la sharia y con el sobrevinieron el estancamiento económico y el marasmo intelectual. Tanto el sunismo como el chiismo quedaron subdivididos en varias corrientes. Los descendientes de Alí o chiíes, cuyo jefe supremo lleva el nombre de imán (guía, jefe o modelo religioso), se desgarraron por problemas sucesorios, y los mayoritarios, que se concentran en Irán, veneran una línea de doce imanes, de los que el último (el mahdi) desapareció misteriosamente en 874 y cuyo retorno aguardan los fieles.

A esta fragmentación religiosa se superponen otras divisiones étnicas y culturales surgidas de la extraordinaria expansión de la religión mahometana. Los tres grupos étnicos más importantes fueron el árabe, el persa y el turco, y éste ejerció la hegemonía política desde Argelia a la India hasta 1918. Esa diversidad religiosa está en el origen de fuertes divergencias sociales y políticas, hasta el punto de que muchos analistas consideran que la fitna (la discordia) es el dato fundamental de una supuesta comunidad religiosa que trasciende las fronteras, los continentes y las razas.

Una cosa es el islam, religión monoteísta, y otra distinta el islamismo o islam político, un movimiento heterogéneo y radical, cohesionado por el tradicionalismo y la violencia en el combate contra Occidente, que utiliza la religión como ideología para justificar su voluntad de imponer la sharia o ley coránica en la vida social. Aunque sus orígenes hay que buscarlos en el período de marasmo y profunda decadencia que siguió al colapso del antiguo orden islámico con la derrota y desintegración del Imperio otomano en 1918, su eclosión universal empezó tras el derrumbe del muro de Berlín (1989) y alcanzó su notoriedad más siniestra con los atentados del 11 de septiembre de 2001 que derribaron las Torres Gemelas de Nueva York, especie de declaración de guerra contra todos los infieles.

La prédica religiosa devino discurso político e impulsó un seísmo con múltiples réplicas que sacude los países islámicos y perturba gravemente la comunidad internacional. Los fieles no pueden discrepar salvo apostasía, delito castigado con la pena capital, y los predicadores más radicales ensalzan el martirio e incitan a cometer actos de terrorismo, su expresión más primitiva, fanática y abominable, contra el Gran Satán norteamericano o sus aliados en Europa.

Desde el primitivismo bárbaro de los talibanes hasta las formas más sofisticadas de propaganda y coerción en los suburbios de Europa, los islamistas conciben el islam como un instrumento social y político para capitanear un ambicioso proyecto de regeneración y restauración que culminará con el nacimiento de un Estado islámico gobernado por la ley y los valores islámicos. “El islam es la solución”, reiteran los Hermanos Musulmanes en Egipto, y repiten sus acólitos en otros lugares.

Según encuestas norteamericanas, más de la mitad de los egipcios, jordanos y paquistaníes sostenían en 2008 que la sharia debería ser la única fuente de la legislación. Las cosas han cambiado mucho desde que hace más de 60 años Naser se preguntaba: “¿Cómo es posible gobernar sólo con el Corán?” Según lo resume Noah Feldman: “En el mundo islámico, la reputación de la sharia experimentó una extraordinaria recuperación en años recientes”.

Los árabes no creen que el atraso de sus sociedades tenga nada que ver con el islam, sino que propenden a culpar al colonialismo occidental de todas sus frustraciones y amarguras, olvidando los siglos de decadencia que precedieron a la irrupción del imperialismo europeo en África y el Oriente Próximo en el siglo XIX.

Numerosos estudios demuestran lo contrario. El profesor Timur Kuran, historiador de la economía, en su reciente libro The Long Divergence: How Islamic Law Held Back the Middle East (La larga divergencia: cómo la ley islámica retrasó al Oriente Próximo), llega a la conclusión de que el islam fue un factor retardatario, que quizá no es el problema en la actualidad, pero tampoco la solución. El período colonial, en contra de la tesis del chivo expiatorio que explotan los islamistas, fomentó la transformación de la estructuras, no el estancamiento; elevó los niveles de alfabetización y educación, y en ningún caso extendió la ignorancia; y promovió el crecimiento a unas tasas sin precedentes.

La ponderación de la Casa Blanca

Ante las revueltas en Túnez, Egipto, Libia y otros países árabes, cabe preguntarse hasta dónde llegará la influencia de los islamistas, así violentos como presuntamente moderados, y qué papel desempeñarán en la consolidación de un nuevo orden político y social menos autoritario y corrupto, pero probablemente más sensible o condescendiente con los dictados de la religión, en todo el Oriente Próximo.

La Administración de Obama ha hecho saber que está estudiando cómo debería comportarse ante el previsible ascenso de varios movimientos islamistas en la región agitada por las protestas populares. Una conclusión provisional, según aparece formulada por un alto funcionario en el Washington Post, es la siguiente: “Los juzgaremos [a los grupos islamistas] según su comportamiento como partidos políticos, no por su relación con el islam”, si bien reconoce que existen abundantes indicios de que “los levantamientos podrían beneficiar a las fuerzas más religiosas”.

El último assessment (análisis) confidencial de la Casa Blanca, que llegó discretamente a algunos periódicos norteamericanos, revela las deliberaciones de los asesores y está dedicado, sobre todo, a estudiar las divergencias entre Al Qaeda, promotora del terrorismo transnacional y partidaria de borrar las fronteras en su búsqueda de la restauración del califato, y la Hermandad  Musulmana egipcia y sus franquicias en otros países, que se decanta por métodos pacíficos y trata de adaptarse a los contextos nacionales.

Una vez más, los asesores de Obama pretenden establecer una distinción intelectual y una división operativa entre el islamismo radical y el islamismo moderado, que comparten los fines –reislamización de la sociedad y Estado islámico– pero no los medios, violentos o pacíficos. Pero como subraya Fakher Sultan en el periódico árabe en la red llamado Shaffaf (Transparencia), de París, “el pensamiento absolutista y sagrado que conduce a Al Qaeda a querer exterminar al otro es compartido por numerosas organizaciones islamistas llamadas moderadas”.

El problema no radica en el islam como religión, desde luego, pero sí en el islam político, la ideología extremista que comparten los terroristas suicidas de Al Qaeda y los clérigos egipcios o yemeníes que predican en la cadena de TV Al Yazira. Valga como ejemplo el del jeque y teólogo egipcio Yusuf Qaradaui, miembro influyente de la Hermandad Musulmana, exiliado en Qatar y ahora recibido como un héroe en El Cairo, especializado en el lanzamiento de edictos religiosos para justificar los actos terroristas suicidas en Israel o Iraq.

Fakher Sultan, en un artículo titulado “El islamismo moderado no existe”, sostiene que esa construcción ideológica será rechazada por la historia como lo fueron otras escuelas de pensamiento extremista que fueron incapaces de una modernización según los imperativos de la época. Y sentencia:

“El islam político moderado no ha tomado conciencia de las evoluciones políticas y sociales recientes. Continúa predicando y defendiendo sus particularidades concernientes a las libertades públicas, el pluralismo, los derechos humanos o el estatuto de la mujer. Por esa razón, ese islam moderado no puede considerarse sino como una copia insulsa del islam radical.”

Pese al memorando filtrado por la Casa Blanca, las vacilaciones afectan también a los círculos dirigentes de Washington, como puso de manifiesto el discurso en Ginebra (28 de febrero) de la secretaria de Estado, Hillary Clinton, en el que implícitamente instó a los partidos islamistas a participar en los futuros procesos electorales, pero con algunas condiciones. “La participación política –señaló Clinton—debe estar abierta a todas las fuerzas que rechacen la violencia, promuevan la igualdad y acepten el respeto de las normas de la democracia.”

En un libro colectivo que acaba de publicar la Rand Corporation, laboratorio californiano de análisis especializado en temas de seguridad y defensa, titulado Building Moderate Muslim Networks, se propugna la creación de una red de organizaciones tanto en el Oriente Próximo como en las comunidades musulmanas de la diáspora, en Europa y EE UU, para ayudar al fortalecimiento y extensión del mensaje del islamismo moderado y así contrarrestar las dogmáticas hermenéuticas del islam que ganaron la batalla de las ideas en el último decenio.

Recordando el papel desempeñado por EE UU en la ayuda a las instituciones y organismos europeos que se opusieron con éxito a la penetración soviética (partidos, sindicatos, organizaciones culturales y cívicas), durante el período de la guerra fría, los analistas de la Rand Corporation recomiendan una reflexión sobre aquella experiencia para aplicar un programa similar en favor del islamismo moderado. Uno de los capítulos del libro está dedicado a estudiar el valor ejemplar y dinámico de los musulmanes laicos, los disidentes del islam, “una división olvidada en la guerra de las ideas”.

Los equívocos del islamismo moderado

Los gobiernos europeos respaldan en general la contención y el diálogo con los moderados del islam. En muchos casos, la corrección política deviene imperativo diplomático. Los más optimistas aseguran, siguiendo el pensamiento de François Burgat (El islamismo en tiempos de Al –Qaida, Ediciones Bellaterra, Barcelona, 2006), que en último extremo, el islam será un medio para acceder a la modernidad o pasará a un segundo plano cuando cambien las condiciones socio-políticas. Olvidan, empero, que el islam moderado se sitúa en la retaguardia cuando no en la clandestinidad por temor de las represalias, desbordado por los radicales tan pronto como surge un motivo de disputa con los infieles.

No es fácil hallar a los moderados cuando estalla la crisis. La regresión del laicismo y la tolerancia se manifiesta por doquier en el orbe musulmán, no sólo en Turquía, donde la reislamización es notoria, sino igualmente en Túnez, Egipto y otros países de la región, donde el laicismo no pudo resistir el asfixiante repliegue religioso e identitario.

Los sectores que abogan por el diálogo en Europa insisten en que es imperioso separar el islam, que puede ser una religión de tolerancia y paz, dependiendo de su exégeta, del islamismo como ideología política de la confrontación. Hay que renunciar a una problemática integración por la cultura para propiciar otra fundada en la libertad, a través de las leyes, las instituciones y el ejercicio democrático. Como escribe Ian Buruma, “los inmigrados deben aprender que las leyes que protegen su libertad de pensar amparan también la libertad de otros de criticar e incluso de ridiculizar sus creencias”. Única manera de salvar lo que de bueno pueda haber en el multiculturalismo.

Un grupo de intelectuales publicó el 28 de febrero de 2006, en plena crisis de las caricaturas de Mahoma en un periódico danés, un manifiesto contra el islamismo radical, virulenta requisitoria que no ha perdido actualidad y que comenzaba con la siguiente frase: “Tras haber derrotado al fascismo, el nazismo y el estalinismo, el mundo se enfrenta ahora a una nueva y global amenazara totalitaria: el islamismo.” Entre los firmantes, junto al filósofo francés Bernard-Henri Lévy, varias personalidades de origen musulmán, los disidentes: Ayaan Hirsi Alí, Chahla Chafiq, Taslima Nasreen, Salman Rushdie e Ibn Warraq. A su juicio, la situación no era de choque de civilizaciones ni de antagonismo entre Oriente y Occidente, “sino un combate global que enfrenta a los demócratas contra los teócratas”.

Ese combate tiene un desenlace problemático, mientras el islam no proceda a su aggiornamento. Sin Ilustración y sin reforma, el islam lleva varios siglos de retraso con respecto al cristianismo. La primera batalla para la liberación de los pueblos árabes debe darse en el seno del islam, allí donde el pensamiento se vuelve extremista por su incapacidad para analizar racionalmente la realidad social. No siempre el islam estuvo dominado por el quietismo, como nos enseña la obra deslumbrante de Averroes (Ibn Rushd), un racionalista del siglo XII.

Reunidos recientemente en El Cairo, en medio de la agitación que condujo a la caída de Mubarak, un grupo de religiosos e intelectuales redactaron un proyecto de reforma del islam para renovar el discurso apologético y adecuarlo a las evoluciones de nuestra época. Entre los asuntos tratados figuran la revisión de los textos religiosos, la reafirmación del islam como religión de la innovación, el estatuto de la mujer, la definición de la yihad y la separación de la mezquita y el Estado. Sin duda, un primer paso tan firme como de tan escasa repercusión.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

Categorías

A %d blogueros les gusta esto: